EN Oración
Serie Enfoque

Deja que Dios te tome y te promueva

Sirve con humildad, rinde tus planes a Dios y confía en su tiempo y su propósito. Como a David, Dios te toma del pastizal y es él quien te promueve.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
47 min

Cualquiera que se enaltece será humillado, y cualquiera que se humilla será enaltecido. No dice que quien se humilla se enaltecerá a sí mismo: es Dios quien lo enaltece. No te promuevas ni te consideres superior; deja que Dios sea quien te levante.

Versículo clave

«Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Mateo 23:12

La humildad cambia la manera en que miras a quien está a tu lado: estima a los demás como superiores a ti mismo. No fuiste llamado a enseñorearte de nadie, sino a inspirar. Jesús vino a servir, no a ser servido. El camino del servicio no consiste en buscar estar por encima de otros.

Servir no requiere anunciar por todas partes que sirves. Si lo haces para pregonarlo, tu motivación es incorrecta. No dejes de servir a Dios ni a quienes te rodean: tu familia, tus hijos y toda persona a la que puedas servir. El servicio mismo te hace grande; no necesitas proclamarte grande.

Dejar que Dios tome la iniciativa

«Ahora, pues, dirás así a mi siervo David: Así ha dicho Jehová de los ejércitos». Dios es todopoderoso. Hay futbolistas que mantienen una condición física impresionante, pero su cuerpo envejece y su nivel no dura para siempre: buscan uno o dos años más de contrato, y luego el ciclo termina. Entre todas las fuerzas, solo Dios es verdaderamente fuerte y poderoso.

Si atraviesas algo difícil, has venido a escuchar la palabra del Dios Todopoderoso, que puede hacer un milagro. «Yo te tomé del redil, de detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel». No te promuevas tú mismo, y deja que Dios tome la iniciativa en tu vida.

Versículo clave

«Ahora, pues, dirás así a mi siervo David: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo te tomé del redil, de detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel»

2 Samuel 7:8

El orgullo y el ego te impiden rendirte a Dios. Dios mira de lejos al altivo, pero está cerca del humilde y del quebrantado de corazón. Deja que Dios te tome, en lugar de insistir en tenerlo todo bajo control. Tú sientes el calor del desierto y la angustia; Dios no tiene calor ni angustia, y es dueño del tiempo.

Dejarte tomar por Dios no significa que tu vida estará libre de lágrimas. Hay momentos difíciles: los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. No te amargues mientras lloras: presenta ese tiempo a Dios con un corazón dispuesto. Dios limpia tus lágrimas y te forma, y las mismas manos que te limpian, te toman y te forman son las que después te promueven y te levantan.

El pastizal es un lugar incómodo y difícil, pero no necesariamente el problema que haya que eliminar de inmediato. La pregunta no es solo cómo salir de allí, sino qué permites que Dios haga en ti mientras estás allí. No te enfoques únicamente en escapar: atraviesa el proceso transformado y conociendo a Dios de una manera nueva.

Cuidado con la tentación de llevar a Dios adonde tú ya decidiste ir: «Ven, Señor, que yo quiero ir adonde quiero». Entrégale tu vida y pregúntale qué quiere hacer con ella. A veces convertimos una idea nuestra en un ídolo. Cuando una idea se vuelve innegociable, ocupa el lugar que le corresponde a Dios: suéltala y deja que Dios haga algo nuevo. Incluso una idea que dio resultado puede terminar siendo objeto de adoración si te aferras a ella en lugar de buscar a Dios.

Cuando los planes no salen, aparecen los berrinches, el «¿por qué no me sale esto?» y la frustración. Da gracias aun cuando una idea no prospere, porque tus buenos planes no sustituyen la voluntad de Dios. Sus planes son mejores que los tuyos: dilo, y si quieres, publícalo: «Tus planes son mejores que los míos».

El reconocimiento que alimenta el orgullo

Amán presumía ante sus amigos de la gloria de sus riquezas, de la multitud de sus hijos y de cómo el rey lo había engrandecido sobre todos. Él mismo se había promovido. Quizá sus amigos no le decían lo que necesitaba oír, porque dependían de él.

Y Amán decía: «Todo esto de nada me sirve cada vez que veo al judío Mardoqueo sentado a la puerta del rey». Su búsqueda de reconocimiento lo tenía intoxicado. Los amigos podían obtener dinero de Amán mientras le daban la aprobación que él deseaba: dos necesidades que se alimentaban mutuamente.

Las personas con necesidades o áreas no sanadas pueden hacer mucho daño cuando nadie se atreve a hablarles con sinceridad. La falta de identidad es una herida que Dios puede llenar y transformar, porque Dios te da identidad de hijo. Amán estaba rodeado de amigos; David, en el pastizal, rodeado de animales. A veces es preferible estar con los animales que con malas influencias.

El proceso de David y la promoción de Dios

«He estado contigo en todo cuanto has andado, y delante de ti he destruido a todos tus enemigos, y te he dado nombre grande, como el nombre de los grandes que hay en la tierra». Quizá te incomoda la idea de ser engrandecido, pero es Dios quien habla. Dios no tiene problema en promover a alguien cuando la motivación de su corazón es correcta; el problema es la autopromoción.

Mientras David estaba en el campo, en su casa se celebraba el sacrificio en el que sería escogido el nuevo rey, y nadie lo había llamado. Samuel vio a los hijos de Isaí y dijo: «Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón». Imagina al padre destacando la fuerza de alguno de los hermanos mayores, como quien exhibe su brazo.

Dios buscaba a alguien que dependiera de él, no de sus propias fuerzas, que tienen límites. Quienes se promueven se cansan y se agotan; quienes Dios promueve enfrentan cosas que los superan y necesitan buscarlo. Hoy, alguien en el lugar de David quizá se negaría a ir porque no lo invitaron, buscaría hacer justicia por su cuenta o le aplicaría a su familia la ley del hielo. Quizá tengas razones para sentirte ofendido, pero tus razones no están por encima de los principios de Dios.

Samuel dijo: «Envía por él, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí». Cuando Dios decide promover a alguien, no hay estrategia humana ni diabólica que pueda impedirlo. Dios está contigo en el pastizal difícil.

Reposo, generaciones y una promesa mayor

«Y a ti te daré descanso de todos tus enemigos». Viene un tiempo de reposo para ti. «Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres».

Vive con prudencia. Un joven creyente puede manejar a toda velocidad y responder, cuando le piden que baje la velocidad: «Dios nos guarda». Pero Dios guarda al prudente: no adelantes tus días.

No conoces todas las consecuencias de una imprudencia o de una mala decisión. Cuando los días se cumplen, la muerte es descanso para quien muere en Cristo, porque para Dios esa persona vive: hay eternidad. Por eso no dejes de predicar la palabra de Dios dondequiera que vayas.

«Yo levantaré después de ti a uno de tu linaje… y afirmaré su reino». La promesa se cumplió en Salomón, pero apuntaba más lejos: al Mesías, Jesucristo, del linaje de David, cuyo reino es para siempre.

Y entró el rey David y se puso delante de Jehová, y dijo: «Señor Jehová, ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí?». David reconoció lo mucho que había recibido. No pensó «ya era hora» ni que lo merecía. El corazón de alguien a quien Dios promueve no se adjudica el mérito: reconoce su condición de siervo y la gracia recibida.

Dios puede hacer cosas grandes, aun en circunstancias que te sobrepasan: piensa en grande, porque Dios es grande. La humildad no es negar que Dios hará algo, sino reconocer que Dios es grande y que hay cosas que te superan. Lo extraordinario empieza dentro de ti y luego se manifiesta afuera: tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público.

Imagina a David llegando con su palacio, sus guardias y su ejército: algunos lo juzgarían por el carruaje o la ropa y lo llamarían creído. El vehículo, la vestimenta o la apariencia no miden la humildad. Hay quien pide limosna con arrogancia: la pobreza no garantiza humildad, ni la prosperidad la descarta.

No pierdas el corazón en medio de lo que Dios te permita alcanzar. Cuanto más recibas por gracia, más debes servir a los demás. Puedes querer ser jefe de una empresa o presidente para bendecir a muchos, dar trabajo y servir. Y si el presidente de una empresa trae un café, no es impropio: servir no está por debajo de nadie. Los hijos de Dios imitan a Jesús, que vino a servir.

Hay lugares donde varias personas se ofrecen a ayudar con el saco, el lapicero o lo que haga falta. El honor se agradece, y hay personas muy serviciales, pero pide las cosas con humildad y no uses el lugar donde Dios te puso para abusar de él. Sirve donde estés: tu posición no te hace superior. Todos necesitamos a Dios, y nuestra única garantía es la sangre de Cristo.

La decisión de Dios y una identidad firme

«Todas estas grandezas has hecho por tu palabra y conforme a tu corazón». Dios decide bendecir y hacer cosas grandes, pero primero ocurre una obra interior. ¿Amas igual a tu pareja cuando estás enojado o cuando se equivoca? «Te amo» y «no quiero verte» pueden salir de la misma boca. El amor humano es inconstante.

Dios decidió amarte, y sigue amándote cuando fallas o te equivocas. Decidió bendecirte, y lo único que puede detener su bendición es tu decisión de rechazarlo: Dios respeta esa decisión. Recuerda esta palabra: Dios decidió amarte, bendecirte y hacer cosas grandes.

Dios es el único Dios, y no hay nadie como él. Reconócelo. Pide perdón por las veces en que elaboras explicaciones para lo que sucede en lugar de reconocer la acción de Dios, y por quedarte estancado mirando el pastizal sin mirar a Dios ni permitirle obrar. Si Dios no te ha promovido en cierta situación, quizá todavía no estás listo. No envidies lo que otro alcanzó promoviéndose a sí mismo: confía en el proceso de Dios.

Lo que Dios promueve alcanza a tu familia, a tu descendencia y a tus generaciones: Dios guarda su pacto y su misericordia hasta mil generaciones. No te vayas sin llevarte lo más importante: a Jesús en tu corazón. Pide perdón por tus pecados y recibe a Jesús como tu Señor y Salvador. Jesús va contigo.

Referencias bíblicas