De Génesis a Apocalipsis, Dios promueve, bendice, transforma, restaura y hace nuevas todas las cosas. Eso no significa negar la frustración ni fingir que no forma parte de la vida. No dejes de hablar de lo difícil, pero habla del Dios que te bendice y te acompaña también en medio de la frustración. Confía en que Dios promueve, y no reduzcas tu vida a lo que hoy te frustra.
Un joven enamorado hace lo imposible: cose un mantelito con el nombre de ella aunque se pinche los dedos, se desvía cuadras para verla cuando lo mandan a comprar pan, y se viste de blanco para impresionarla aunque la bicicleta le llene la ropa de lodo. Con esa misma pasión y ese mismo gozo celebramos a Jesús y su amor, que no falla ni abandona.
El camino que Dios traza
Andad en todo el camino que Jehová vuestro Dios os ha mandado, para que viváis y os vaya bien, y tengáis largos días en la tierra que habéis de poseer. Dios traza un camino, y te metes en problemas cuando escoges el tuyo en lugar de seguirlo. Si te desviaste, no es el final: es una oportunidad para volver. Jesús es el camino: la cruz, el sacrificio, el perdón de pecados, la salvación y la resurrección. Retoma la senda.
Versículo clave
«Andad en todo el camino que Jehová vuestro Dios os ha mandado, para que viváis y os vaya bien, y tengáis largos días en la tierra que habéis de poseer.»
Deuteronomio 5:33
Aquella generación no poseyó la tierra: dio vueltas en el desierto. No todos aceptan el camino que Dios ofrece. La promoción de Dios es un empuje hacia adelante, pero no una vida sin dificultades. Vendrán desafíos que te superarán: ¿estás preparado para lo que no puedes alcanzar con tus propias fuerzas?
En la Biblia, hombres y mujeres de Dios enfrentaron desafíos que los superaban y fueron promovidos. Pero lo más grandioso no fue la promoción, sino el Dios que los promovió. Enfoca tu mirada en él: lo que es imposible para ti no es imposible para Dios. La promoción de Dios va unida a un proceso, a la formación del carácter y al propósito. Si deseas ser promovido, no te promuevas tú: espera que Dios lo haga.
Mientras esperas, tu carácter se forma en distintas situaciones y tu propósito se manifiesta. No es pasividad: no busques reconocimiento por tu cuenta. Haz lo mejor que está en tus manos como para Dios, adóralo y hónralo, y deja que él se encargue de la promoción. El libro de Ester lo muestra en el rey Asuero, en Amán y en Mardoqueo.
Amán se exalta; Mardoqueo mantiene su posición
Amán quería exterminar a los judíos, incluido Mardoqueo, y se promovía a sí mismo. Mandó llamar a sus amigos y a Zeres su mujer, y les refirió la gloria de sus riquezas, y la multitud de sus hijos, y todas las cosas con que el rey le había engrandecido, y con que le había honrado sobre los príncipes y siervos del rey. Amán presumía de sus riquezas.
Amán se llenaba de ira porque Mardoqueo no se arrodillaba ante él. Mardoqueo mantuvo su posición: no se rindió ante la situación, sino ante Dios. No te inclines ante lo que estás viviendo: inclínate ante Dios, que te sostiene en medio de ello.
«Pero todo esto de nada me sirve cada vez que veo al judío Mardoqueo sentado a la puerta del rey». Después de enumerar riquezas, hijos y honores, Amán confiesa su vacío. Así es la promoción que se busca engrandeciéndose a sí mismo: había llegado a esa posición promoviéndose, mintiendo y difamando, y sus posesiones y su rango no podían satisfacerlo mientras su atención estuviera fija en el reconocimiento que Mardoqueo no le daba.
No necesitas una posición para convertirte en alguien: si estás en Cristo, ya eres hijo de Dios, lavado por su sangre, y te llamó rey y sacerdote. No es lo mismo recibir algo de Dios que tomarlo por tu cuenta. ¿Permitirás que tu carácter sea formado para vivir de acuerdo con esa identidad? El necio usa su fuerza sin control ni enfoque; usada así, la riqueza puede sacarte de tu propósito e impedir que tu vida sea formada.
No te promuevas para llegar a un puesto y ser alguien: el valor más grande no es el cargo, sino Dios presente en cualquier posición. Dios puede llevarte a lugares que jamás imaginaste, pero ese avance va unido a un proceso en el que tu carácter es formado y tu propósito está presente. Mardoqueo no se inclinó. Quizá Amán le dio a entender que lo saludara para evitarse consecuencias, pero Mardoqueo mantuvo su posición.
No hagas acuerdos con lo que no debes aceptar para conseguir un lugar o salir de un problema. No entres por puertas que Dios no haya abierto: que la mano de Dios esté en la manija de tus puertas. Quizá te han dado palabras sobre cargos o títulos; recíbelas con alegría, pero no te enfoques en los títulos, sino en lo que Dios quiere hacer en tu vida. Quien se presenta acumulando títulos o exige ser presentado con todos ellos está buscando promoción, y eso puede revelar un área no sanada.
La respuesta a la inseguridad sobre quién eres no es buscar un título, sino recordar que eres hijo de Dios y confiar en que él está en control y ha trazado un camino. Los hijos de Dios hacen lo mejor que está en sus manos como para Dios y lo honran; Dios se encarga de la promoción. Cuidado con el «síndrome del caballo blanco»: querer aparecer siempre como quien tiene la razón y conservar tu imagen, aunque para ello hundas a otro. Todos tenemos defectos y estamos en proceso: en lugar de defender una apariencia de perfección, ríndete ante Dios y deja que obre aun en tus debilidades.
Amán reúne a sus amigos y presume de sus riquezas, de sus hijos y de la honra del rey, mientras sigue molesto por Mardoqueo. No hables mal de otros ni los hagas quedar mal para lucir tú mejor. Un verdadero amigo te dice con franqueza cuando algo no está bien, y que lo que parece importante no te dará satisfacción si se convierte en el centro. Deja de buscar la confirmación de tu identidad en el reconocimiento ajeno: busca a Dios.
No te promuevas hablando mal de los demás ni intentando hacerlos quedar mal para lucir bien, ni en el matrimonio ni en la vida diaria. Puedes engañar por un tiempo, pero todo saldrá a la luz. En lugar de ocuparte de las palabras de otros, mantente enfocado en Dios. Aunque parezca que Dios se ha olvidado, está trabajando y todavía no ha terminado.
La promoción que Dios prepara
Aquella misma noche se le fue el sueño al rey, y dijo que le trajesen el libro de las memorias y crónicas. Allí estaba escrito que Mardoqueo había denunciado el complot de quienes querían matar al rey. Y el rey preguntó: «¿Qué honra o qué distinción se hizo a Mardoqueo por esto?». Y respondieron: «Nada se ha hecho con él». El libro se abrió precisamente en la página donde estaba el nombre de Mardoqueo.
Mardoqueo no había contado su propia historia ni se había promovido, pero Dios estaba a punto de contarla y promoverlo. Y Amán tomó el vestido y el caballo, y vistió a Mardoqueo, y lo condujo a caballo por la plaza de la ciudad, e hizo pregonar delante de él: «Así se hará al varón cuya honra desea el rey». ¡Fue Amán quien tuvo que conducir a Mardoqueo!
Versículo clave
«Y Amán tomó el vestido y el caballo, y vistió a Mardoqueo, y lo condujo a caballo por la plaza de la ciudad, e hizo pregonar delante de él: Así se hará al varón cuya honra desea el rey.»
Ester 6:11
Dios actuó detrás de la orden del rey y en su corazón; el poder de Asuero no se comparaba con el de Dios. Si crees que Dios se ha olvidado de ti, quizá ya está preparando el vestido, el caballo y la plaza.
Amán terminó colgado en la horca que había preparado para Mardoqueo. Quien pensaba que el final ya estaba decidido vio un comienzo inesperado. No dejes que el odio, la frustración o una motivación incorrecta ocupen tu corazón: alcanzar algo no compensa una intención centrada en promoverte y perjudicar a otros.
Quizá te inquieta recibir menos «me gusta» que alguien más rico, o te preguntas si Dios te quiere y qué pudo haber pasado. No te amargues: adora a Dios en todo tiempo y no te promuevas por desesperación. Si menosprecias a tu jefe y piensas que podrías ocupar su lugar, no hables mal de él ni lo rebajes: ofrece lo mejor y hazlo todo como para Dios, que ve aunque las personas no vean.
Dios puede usar a alguien importante para que se reconozca a un Mardoqueo, porque Dios está detrás de los acontecimientos. Ninguna persona, sistema o circunstancia puede detener a Dios cuando se propone promover. Suelta la obsesión por cargos y títulos, desde gerente de ventas hasta títulos eclesiales. Toda persona es limitada y morirá, cualquiera que sea su carrera. Los títulos pueden ser buenos, pero hay algo más valioso: ser hijo o hija de Dios.
Alégrate cuando Dios bendiga a otro en distintas áreas, porque es hijo, igual que tú. Tienes Padre y un camino trazado: camina por el camino de Dios. Mardoqueo, rodeado por el poder de un imperio, quizá pensó que aquel día sería el último, pero mantuvo su posición como hijo.
La horca que Amán preparó para Mardoqueo fue la de su propio fin. No siembres desprestigiando a otros para salir en caballo blanco: la cosecha llega, y podrías estar preparando el fin de tus propios planes. Imagina que hoy fuera el último día: programadores, mercadólogos, doctores… ¿qué dirías delante de Dios? «Aquí está tu hijo». Lo más valioso no es tu título profesional ni tu ministerio, sino ser hijo de Dios.
Sana tu identidad y deja de promoverte para llegar a ser alguien: ya eres. Dile a quien tienes al lado: «Soy hijo de Dios». ¿Qué mérito tienes para recibir esa identidad? Ninguno: es por la sangre del Cordero derramada en la cruz del Calvario. No la merecías, pero te ha sido otorgada. Ora: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te recibo como mi Señor y mi Salvador; hoy celebro que soy hijo».
Referencias bíblicas
- Deuteronomio 5:33 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Ester 5:10 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Ester 5:13 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Ester 6:1-3 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Ester 6:10-11 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Ester 7:9-10 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Ester 6:11 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


