EN Oración
Serie Herederos

Mentalidad de hijo: deja de vivir como esclavo y vuelve a la casa del Padre

Jesús vino a reconciliarte con el Padre para que vivas como hijo, no como jornalero. En la parábola del hijo pródigo hay dos hijos perdidos: uno lejos de casa, comiendo algarrobas, y otro dentro, sirviendo sin gozarse. Vuelve en ti, cambia de mentalidad y deja que el Padre te vista, te ponga el anillo y el calzado de heredero.

Predicador
Josué Pascual
Publicada
Duración
34 min

Además de darte salvación, Jesús vino a reconciliarte con el Padre. Eres heredero: perteneces a la casa de Dios porque eres su hijo. Sin embargo, muchas veces vives con mentalidad de esclavo, sin la seguridad de lo que Dios tiene para ti ni de los beneficios de ser hijo.

Conocer al Padre por medio del Hijo

Felipe le pidió a Jesús: «Señor, muéstranos el Padre, y nos basta». Jesús respondió: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Jesús quería que tuvieras cercanía con el Padre y te parecieras más a él, porque en Jesús ves el carácter del Padre.

Versículo clave

«Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.»

Lucas 10:22

El Hijo es quien te revela el corazón del Padre. Una de las mayores carencias en la iglesia es la falta de paternidad: no conocer a Dios como Padre, no tener la seguridad de su amor. Muchos problemas nacen de ahí. La parábola del hijo pródigo muestra el corazón del Padre, y en realidad habla de dos hijos perdidos.

Cuando pierdes el apetito por Dios

El hijo menor pidió su herencia en vida, una parte de todo lo que su padre tenía: dinero, tierras, ganado. Con prisa por irse, seguramente lo vendió mal, y luego lo malgastó todo. Llegó la crisis, y «fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba». Para un judío, el cerdo era un animal inmundo. Ese no era lugar para un hijo.

Se conformaba con algarrobas, y ni eso le daban. Pensaba que eso era lo que merecía por sus errores. Así te pasa cuando dejas de alimentarte de Dios y te sacias con cualquier cosa. Aparecen los síntomas: «Hace frío, mejor me quedo en casa el domingo»; «No voy al grupo»; «Qué aburrido leer la Biblia». Pierdes el apetito por lo que Dios tiene. Pero tienes un Padre que te ama, que tiene un lugar de honor para ti, y que te ve como hijo escogido.

Hijo, no jornalero

«Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros». Volver era un avance, pero todavía pensaba como esclavo: creía que trabajar le quitaría la culpa. Seguir a Cristo no es solo esperar bendiciones o recompensas; es vivir la vida plena de un hijo.

Versículo clave

«Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!»

Lucas 15:17

También tú puedes creer que haciendo más cosas o sirviendo más estarás más cerca del Padre, como le pasó a Marta, afanada mientras María estaba a los pies de Jesús. Lo que haces importa, pero lo esencial es que tu corazón esté cerca de él. Muchas veces piensas más en hacer que en ser. Cargar con culpa o multiplicar actividades no te acerca al Padre: eres hijo.

El hermano que servía sin sentirse hijo

En casa había otro hijo, que servía a su padre y tenía acceso a todo, pero no se sentía con derecho a tomarlo. Cuando su hermano volvió, «se enojó, y no quería entrar». Le reclamó a su padre: «He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo». Sabía dónde estaba su hermano y no hizo nada por él.

Con frecuencia estás en la casa del Señor, pero perdido: sirviendo con la actitud de quien nunca recibe nada, comparándote con otros —«¿por qué a él sí, si yo llevo años sirviendo?»— y sin gozarte. Eso también es estar lejos. El padre le respondió: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas». Lo que hay en el campo del Padre también es para ti. Quítate la mentalidad de esclavo.

Un hijo adulto que visita la casa de sus padres abre el refrigerador sin pedir permiso, aunque no tenga hambre, solo porque sabe que es su casa; y a sus padres eso les alegra. ¿Qué te hace pensar que Dios no es así contigo? Tienes acceso a su mesa, a su sanidad, a su provisión. No te compares: el anillo y el calzado del Padre eran a la medida exacta del hijo. Dios tiene cosas a tu medida. Y la iglesia es el lugar correcto para quienes vienen de lejos: estás aquí para levantar a otros, no para juzgarlos.

Quizá ves en otros más de lo que ellos ven en sí mismos: personas que podrían emprender y siguen pensando como empleados sin esperanza, personas que podrían avanzar y no lo hacen, no porque no puedan, sino porque no creen tener derecho. Si tú lo ves, imagina lo que ve el Padre. Si la belleza de un lugar de adoración aquí en la tierra te conmueve, piensa en lo que el Padre te tiene preparado en el cielo. Deja de pensar como esclavo.

Volver en ti es cambiar de mentalidad

El hijo menor tocó fondo y tomó una decisión: «Esto no es lo que mi padre tiene para mí». Volver en sí implica un cambio de dirección y de pensamiento, ligado al arrepentimiento. Quizá sentía vergüenza, pero la vergüenza no lo cambió; lo cambió la decisión de volver. Hoy puedes decir: «He vivido y pensado como esclavo, pero en la casa de mi Padre hay abundancia de pan».

Esa decisión también te pide no malgastar el tiempo. No necesitas perderlo todo para reconocer lo que tienes como hijo: puedes aprender de la sabiduría de la palabra. Hay quienes dicen: «Algún día saldré de la cueva». Hoy es el día. Y no vuelves solo: puedes volver con tu familia y tu casa, porque el Padre os espera a todos.

El Padre corre a tu encuentro

«Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó». En aquella cultura, que un hombre respetable se recogiera la túnica y corriera era deshonroso; pero al padre no le importó. Dios te espera de la misma manera: te ve desde lejos y corre a abrazarte.

«Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies». El anillo representa la identidad de heredero; el calzado, la libertad, porque los esclavos andaban descalzos. Hay caminos que no se andan descalzo, y el Padre tiene zapatos a tu medida para que camines sobre sus promesas. Hay fiesta en la casa del Padre, y también es para ti: no te quedes afuera.

Referencias bíblicas