Dios trae sanidad al corazón. Al final de cada año existe el riesgo de endurecerse por lo que se espera y aún no se ha visto. Háblale a tu alma: hay cosas que todavía no han llegado, pero sigues creyendo que las verás. Se cumplirá. Quizá aún no has visto lo que esperas, pero sigue creyendo y esperando.
«Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios». Amén significa «así sea». Tu respuesta no es solo de palabras: es permanencia. El sí que le das a Dios debe seguir expresándose en tu vida, aun cuando la promesa tarda o el camino se vuelve difícil.
Versículo clave
«porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios.»
2 Corintios 1:20
Dios le prometió a Israel que lo llevaría a una tierra buena, y el pueblo dijo que sí. Pero en el desierto surgieron dificultades, y su respuesta cambió. Dios dijo sí; Faraón dijo no, porque no quería dejar salir al pueblo. Pero la oposición de Faraón no anulaba lo que Dios había dicho. No fijes tu atención en los «faraones» que enfrentas: examina tu corazón y tu disposición a ejercer fe.
Hay dos batallas: la que Dios pelea y la que se libra en tu corazón. El mayor problema del pueblo no era Faraón, sino la respuesta de sus propios corazones en el desierto. Cuando el pueblo dijo no, Dios esperó otra generación, y aquella generación murió en el desierto. La promesa de Dios reclama una respuesta perseverante. Los herederos son más valiosos que la herencia: Dios está formando en ti algo que va más allá de recibir una tierra.
Decirle sí a Dios no es ser perfecto. Es decirle sí a Dios y no al pecado, no alcanzar la perfección por tu cuenta: tu sí es a quien realiza la obra en ti. No se limita a una emoción inicial. Tu forma de vivir y permanecer da testimonio de tu fe, y cuando por fin llega lo que esperabas, la gloria es para Dios, que lo hizo posible.
José: el sí que continúa en la cisterna
Imagina a José despertando de su sueño y contándoselo a sus hermanos, con su túnica de colores. Le quitaron la túnica y, en lugar de matarlo, lo vendieron; antes quedó en una cisterna. Allí pudo haber dicho: «Ya no quiero ser gobernador; solo quiero salir de aquí». Pero Dios lo estaba formando. Lo más valioso del heredero no era la herencia, sino el corazón que Dios formaba en él.
En casa de Potifar, la mujer de su amo quería acostarse con él, y José dijo que no. Fue un sí a Dios y un no al pecado, aunque esa decisión lo metió en problemas. Ceder a la tentación habría sido tomar un atajo; esperar el tiempo de Dios fue decirle sí a sus planes. No confíes en la carne: dile sí al Espíritu y a los planes de Dios.
«Por medio de él»; «por medio de nosotros». El «sí» resuena: es un sonido que se prolonga y se amplifica. El sí de tu boca debe prolongarse en la permanencia de tus acciones. El sí que le das hoy a Dios tiene que continuar durante la semana y en el camino hacia la promesa. Que las promesas de Dios sigan resonando en tu vida.
Que el año termine no significa que Dios haya terminado: Dios cumplirá lo que ha dicho. Dilo: «Dios cumplirá». Todavía hay cosas que no has visto, y precisamente en esa espera necesitas mantener la fe y una respuesta que perdure.
«Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios». Dios quiere capacitarte, pero tienes que querer ser formado. Muchos se entusiasman por ir a un concierto cristiano —y es hermoso adorar a Dios allí—, pero tienen menos disposición para comprometerse con su formación como discípulos. Adorar también es permitir que Dios forme tu vida. Comprométete no solo con las promesas, sino también con el proceso: en él Dios te capacita para lo que tiene para ti.
José no podía llegar al día siguiente a ser gobernador sin preparación. Si la gente se arrodillara ante alguien que no ha sido formado, podría llenarse de orgullo en lugar de gratitud. Es como quien estrena un reloj y hasta saluda con la izquierda para que se lo vean. La formación importa tanto como el destino que esperas.
Si permites que Jesús te capacite, te mantendrás firme en Cristo. Los límites que Dios pone son capacitación para una libertad que permanece. Dios nos selló y nos dio las arras del Espíritu en nuestros corazones: el Espíritu Santo es el sello de que Dios cumplirá. Sería triste que Dios tuviera que decirte que menospreciaste la tierra deseable porque, en lugar de querer, murmuraste y dijiste que no. Responde al Señor con un sí que no sea solo de palabras.
Ninguna promesa ha dejado de cumplirse
«Y he aquí que yo estoy para entrar hoy por el camino de toda la tierra; reconoced, pues, con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma, que no ha faltado una palabra de todas las buenas palabras que Jehová vuestro Dios había dicho de vosotros; todas os han acontecido, no ha faltado ninguna de ellas». Ninguna. Que Dios no tenga que esperar otra generación: respóndele hoy: «Tú dijiste sí; yo digo sí».
Versículo clave
«Y he aquí que yo estoy para entrar hoy por el camino de toda la tierra; reconoced, pues, con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma, que no ha faltado una palabra de todas las buenas palabras que Jehová vuestro Dios había dicho de vosotros; todas os han acontecido, no ha faltado ninguna de ellas.»
Josué 23:14
Dios le dijo a Josué: «Esfuérzate y sé muy valiente». Necesitarás valentía cuando se presente la tentación o cuando sientas que ya no puedes avanzar. Quizá digas que no puedes pasar por allí, pero Dios abrirá camino donde no lo hay, porque él dijo sí. Permanece, para que al final de tu vida no te atribuyas lo logrado, sino que reconozcas la fidelidad de Dios.
Piensa también en las generaciones que vienen. No digas con tus palabras que tu generación es bendita mientras tus acciones dicen lo contrario. Es incongruente desear cuidar a los jóvenes y los niños y llevarlos de la mano a espectáculos donde se dicen vulgaridades y se habla contra Dios. Que tu generación diga sí, y cuídala también con tus acciones.
Mientras caminas hacia lo que esperas, descubrirás otras promesas. «Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces». Quizá esperas por tus hijos, por un negocio o por prosperar en todas las áreas, y mientras esperas experimentas promesas que no imaginabas: la presencia y la grandeza de Dios. La mayor promesa no es solo llegar a una tierra, sino experimentar la visitación del Espíritu Santo y la manifestación de Dios.
No pases por alto las provisiones del desierto: el maná de cada día, la ropa que no se envejeció ni el calzado que no se gastó durante cuarenta años. Aunque las cosas no sucedan como querías, los detalles cotidianos del desierto anuncian el cuidado y el amor de Dios. Se cumplirá.
Vino palabra de Jehová a Jeremías por segunda vez, estando él aún preso en el patio de la cárcel. No estaba de vacaciones en la playa: estaba preso. Y aun allí le llegó la palabra de Dios. El lugar donde te encuentras no impide que Dios se manifieste. Así dijo Jehová, que hizo la tierra, Jehová que la formó para afirmarla: Dios no abandona a los suyos y cumple su palabra.
La herencia que permanece
«Acuérdate de mi aflicción y de mi abatimiento, del ajenjo y de la hiel». Hay quienes terminan el año con ganancias y quienes lo terminan con pérdidas. No hace falta ocultar el lamento: puedes lamentarte por lo que perdiste y por respuestas que todavía no has visto.
«Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. Mi porción es Jehová, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré». Háblale a tu propia alma: el Señor es tu herencia. Esa confesión te sostiene mientras esperas otras respuestas: aun en un proceso doloroso, puedes aprender que tu mayor herencia es el Señor.
Si este año no has visto muchas cosas, dile a Dios que él es tu herencia. Dios puede añadirte muchas cosas, pero no hay herencia mayor que él. Hay quienes conquistaron naciones y derribaron imperios y terminaron lamentando sus pérdidas. Mejor es un día con tu verdadera herencia que palacios, ejércitos, carruajes y ovaciones. Lo que recibes puede terminar; Dios permanece.
Recibe la presencia de Dios como tu mayor herencia. Ábrele tu corazón a Jesús: pide perdón por tus pecados y recíbelo como tu Señor y Salvador. Espera lo que Dios ha prometido, deja que forme tu corazón durante el proceso y mantenlo a él como tu herencia más grande.
Referencias bíblicas
- 2 Corintios 1:20-22 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Josué 23:14 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Jeremías 33:1-3 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lamentaciones 3:19-24 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 37:3-28 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 39:7-12 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Corintios 1:20 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


