Dios abre puertas tan grandes que ni siquiera las imaginas. La pregunta no es si Dios abre puertas, sino qué tan acertadas serán tus decisiones ante las puertas que él ha abierto. Muchas veces Dios abre puertas grandes, y nuestras decisiones no están a la altura de la oportunidad.
La fe va mucho más allá de una emoción: es convicción y decisión. Una revelación es tan poderosa como la siguiente decisión que tomes. Nunca ha habido escasez de revelación; lo que escasean son las decisiones. Las puertas que Dios abre nadie las puede cerrar: ninguna adversidad puede cerrarlas. Solo tú puedes decidir no aprovecharlas. Dios es soberano, y tú eres responsable.
Permanece en la libertad
Jesús abrió la puerta de la libertad en la cruz del Calvario, por su sangre derramada. A ti te toca tomar decisiones para mantenerte en esa libertad. «Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».
Versículo clave
«Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos»
Juan 8:31
Jesús no solo te libera cuando crees en él: te mantiene libre cuando permaneces en su palabra. No se trata solo de escucharla, sino de mantenerte firme en lo que escuchas. No es la palabra que oyes, sino la palabra que practicas, la que te hace vivir en libertad.
Quizá ayer pecaste, y hoy, por el poder de su sangre, Dios te perdona: sus misericordias son nuevas cada mañana. Sales libre. Pero al salir tienes que tomar decisiones y seguir sus enseñanzas para mantenerte en esa libertad. Dios abre la puerta; tú decides permanecer.
El enemigo no puede darte órdenes, solo sugerencias: «Toma ese dinero que no te corresponde», «Esa otra persona te va a amar más». Tú puedes convertir sus sugerencias en órdenes con tus decisiones. Dios, en cambio, te da mandamientos, y somos especialistas en convertirlos en sugerencias. «Dios me ama; soy débil; mañana me perdonará». Te perdonará, sí; pero las consecuencias las llevarás tú. Una puerta correcta, con una decisión incorrecta, te impide disfrutar los planes perfectos que Dios tenía para ti.
Nada es vulnerable a menos que sea valioso. Eres vulnerable porque eres valioso. Y cuando entiendes que eres vulnerable, dependes más de quien le dio valor a tu vida. Pablo no escondía su debilidad: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte». Lo que escondes lo dirige el orgullo; lo que reconoces lo expone la humildad, y Dios da gracia al humilde. No decidas pelear solo contra el pecado; nunca lo vencerás. Ríndete ante aquel que ya lo venció.
Cuando te afectan las decisiones de otros
A todos nos toca llevar las consecuencias de las malas decisiones de otros. Guarda tu corazón, porque es lo más valioso que tienes: de él mana la vida. Pablo iba preso rumbo a Roma, y les advirtió: «Varones, veo que la navegación va a ser con perjuicio y mucha pérdida, no solo del cargamento y de la nave, sino también de nuestras personas». Pero el centurión daba más crédito al piloto y al patrón de la nave que a lo que Pablo decía.
«Y siendo incómodo el puerto para invernar, la mayoría acordó zarpar también de allí». Para decidir mal, la mayoría suele ponerse de acuerdo. No te impresione lo que decida la mayoría: enfócate en lo que dice la palabra. En lugar de quedarse en un lugar incómodo, decidieron ir al que los destruiría. Es preferible un lugar incómodo con Dios que un lugar que parece cómodo sin él. No decidas desde la desesperación de querer salir de la incomodidad: en esos lugares Dios acomoda muchas cosas.
A Sara también le pasó: el tiempo pasaba, el hijo prometido no llegaba, y le dijo a Abraham que se llegara a su sierva. La espera incomoda y desespera, y entonces decimos: «Esto lo resuelvo yo». No decidas por lo que sientes; decide por lo que crees. La fe no te evita las tormentas, pero te sostiene en ellas y te saca de ellas.
«Y soplando una brisa del sur, pareciéndoles que ya tenían lo que deseaban, levaron anclas e iban costeando Creta». Cuando decides por lo que quieres y no por lo que debes, un viento suave puede engañarte. Decide por lo que debes, no por lo que quieres.
Vino la tempestad, y comenzaron a echar la carga al mar; y al tercer día, con sus propias manos, arrojaron los aparejos de la nave. Ya había una tormenta que no podían evitar, y una segunda mala decisión los llevó a una tormenta peor. Cuidado con lo que decides en medio de la tormenta. Y quizá tú también necesitas soltar aquello que ya no te da impulso, aunque creías que te sostenía, y decir: «Señor, necesito tu impulso».
«Y no apareciendo ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos». Lo que siempre los guiaba desapareció. Pero la puerta que Dios le había abierto a Pablo seguía abierta. Hay momentos en que pierdes de vista lo que siempre te guiaba: es un nuevo nivel de fe, en el que te guía Dios mismo. La puerta grande sigue abierta para tu vida.
Pablo se puso en pie y les dijo: «Habría sido por cierto conveniente haberme oído… Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, pues no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros, sino solamente de la nave. Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo, diciendo: Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo».
Versículo clave
«Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo»
Hechos 27:23
¿A quién vas a escuchar: al ángel de Dios o a tu enemigo? El barco se perdería. Si Pablo hubiera llegado en el barco, quizá le habría dado la gloria al barco; llegando sin él, conocería al Dios que no necesita barcos para cumplir su propósito. El barco puede romperse, pero aun sus pedazos pueden llevarte a la puerta más grande que Dios tiene para ti.
No te amargues. Es fácil decir: «Es injusto; si mis padres, mis hermanos o mi socio hubieran decidido diferente, todo sería distinto». Tienes razón, sería distinto. Pero lo tuyo no va a terminar distinto: va a terminar glorioso. Pon esa mala decisión ajena en las manos de Dios. No te llenes de razones; llénate de revelación.
Escucharon al dueño del barco en lugar de a Pablo. Ese es el riesgo de creernos dueños: nos llenamos de orgullo y decidimos desde el orgullo. No eres dueño de nada: eres administrador. Tu Padre celestial es dueño de todo: de tu vida, de tu propósito y de las puertas que está abriendo para ti.
En la isla de Malta, Pablo recogió leña para el fuego, y una víbora se le prendió en la mano. Seguía sirviendo en medio de la dificultad, y aun así lo mordieron. No siempre puedes evitar la mordida, pero puedes decidir no dejarte envenenar por lo que viviste. Pablo sacudió la víbora en el fuego, y ningún daño padeció.
Los que lo veían esperaban que se hinchase o cayese muerto de repente. Hubo quienes juzgaron su proceso. Sacúdete la tristeza y la angustia, y no esperes que todos crean que Dios está contigo para seguir adelante.
Cuando tus decisiones afectan a otros
Hay decisiones tuyas que afectan a otros. Sansón tenía grandes puertas abiertas, y se enamoró de Dalila. Por grandes que sean las puertas que Dios abre, tus decisiones siguen siendo tu responsabilidad. Sansón puso sus deseos en el centro. No bases tus decisiones solo en tus deseos. Hay deseos legítimos e ilegítimos: querer sacar adelante a tu familia es legítimo, pero no justifica una acción incorrecta.
Cuando tus decisiones te afectan a ti
Hay decisiones tuyas que te afectan a ti mismo. El hijo pródigo pidió su herencia, la desperdició viviendo perdidamente, y terminó cuidando cerdos. Buscó en lo que había recibido una felicidad que no encontró.
Pero tomó una decisión: «Me levantaré e iré a mi padre». Y el padre lo vio de lejos, corrió, se echó sobre su cuello y lo besó. Aun después de tus errores y sus consecuencias, todavía puedes volver. El amor del Padre te espera, y hay un nuevo comienzo.
Reconoce el error y levántate
Sansón, ciego y humillado, pidió que lo acercaran a las columnas, y clamó: «Señor Jehová, acuérdate ahora de mí, y fortaléceme, te ruego, solamente esta vez». Rinde tus errores ante Dios y pídele fuerzas para volver a caminar hacia su propósito.
Hay decisiones propias que nos dejan secuelas, y decisiones de otros que nos causan daño. Pon unas y otras en manos de Dios, y enfrenta con fe las tormentas que no puedes evitar.
Pide perdón por tus malas decisiones y por la amargura que te dejaron sus consecuencias. Reconoce el daño que hiciste a otros, vuelve al Dios que recibe a sus hijos, y asume con responsabilidad las decisiones que vienen. Las puertas grandes que Dios va a abrir, aprovéchalas. Ora: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te abro mi corazón; entra en él».
Referencias bíblicas
- Juan 8:31-32 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hechos 27:9-11 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hechos 27:21-24 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hechos 28:3-6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Jueces 16:4 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 15:11-24 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 8:31 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hechos 27:23 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


