EN Oración
Serie Nuevo nuevo

Lo nuevo por hacer

Lo nuevo de Dios también requiere tu respuesta: dominio propio, consejeros con fruto, decisiones guiadas por la Palabra y hábitos que te permitan crecer.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
1 h 04 min

Por medio de Jesucristo, lo nuevo ya llegó. Pero a veces no ves cosas nuevas porque todavía hay algo que te toca hacer para que se manifiesten. Dios tiene cosas nuevas para tu vida, pero no hará lo que te corresponde a ti.

Dios le dijo a Josué: «Esfuérzate y sé valiente, porque yo estaré contigo»; esforzarse y ser valiente le tocaba a Josué. Dios llamó a Moisés para ir ante Faraón, y Moisés preguntó: «¿Quién soy yo?». Dios podía destruir a Faraón por sí mismo, pero no fue en lugar de Moisés: Moisés tenía que hacer su parte.

Prepárate para hacer cambios y recibir lo nuevo. Hay cuatro principios prácticos. El primero es el dominio propio.

1. Dominio propio

«Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda». Estás expuesto a ataques y tentaciones, y el dominio propio es tu muralla. Pide ayuda a Dios, pero al final tú decides cómo responder. Sin dominio propio, puedes pasar otro año como una ciudad sin protección.

Versículo clave

«Como ciudad derribada y sin muro Es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda.»

Proverbios 25:28

Dios peleó por Israel: lo sacó de Egipto, envió las plagas, abrió el mar y lo condujo al desierto. Pero allí el pueblo recordó los puerros y las cebollas de Egipto y quiso volver. Dios venció a Faraón, pero la dificultad estuvo en que el pueblo permitiera que Dios hiciera su obra en ellos: solo dos entraron en la tierra prometida. La batalla interior puede ser más difícil que la que Dios pelea por ti.

«Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad». Cuando haya elecciones, elige a alguien capaz de gobernar su propia vida: quien no la gobierna, difícilmente gobernará una familia o un país. Y tú, proponte gobernarte, seguir creyendo en Dios y no tomar decisiones fuera de él.

Es difícil bendecir a otros si no puedes dirigirte a ti mismo. Hay mañanas en que no tienes ganas de hacer ejercicio, y tienes que mirarte al espejo y darte una orden. Aprende a gobernarte: a decir no cuando corresponde y sí cuando corresponde.

Pablo recordaba la fe no fingida que habitó primero en Loida, luego en Eunice y también en Timoteo, y le dijo: «Te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio». El temor apaga el avivamiento; el dominio propio lo mantiene. Avivar el fuego del don de Dios es tu responsabilidad, no solo la de tu pastor. La oración da vida al avivamiento.

Ejerce dominio propio ante lo que sabes que te hace daño, también en lo que comes. Dios puede sanarte, pero una vida saludable también depende de tu dominio propio. El «no» de Dios puede ser un «sí» para tu vida, pero Dios no decide por ti: tienes libre albedrío.

A un perro se le puede enseñar a esperar ante una galleta, aunque tenga hambre y la galleta huela a jamón. Así se desarrolla el dominio propio. Aun cuando creas tener razón o algo se te presente con fuerza, puedes ejercer dominio propio: es tu muralla y tu protección.

2. Nuevos consejeros

Busca nuevos consejeros. No es «en la multitud de consejos», sino «en la multitud de consejeros hay seguridad». La sabiduría requiere mirar el fruto de quien te aconseja, no acumular opiniones sin discernir quién las da.

Una persona amargada alimenta la amargura de otra, y un consejero herido refuerza las heridas y aplaude conductas en lugar de ayudarte a superarlas. Acércate a alguien que tenga fruto en el área en que necesitas consejo, y disponte a escuchar algo distinto de lo que quieres oír.

Imagina a alguien que piensa dejar la iglesia porque un servidor lo saludó de mala cara y siente que la Palabra ya no le llega. Otro, igual de herido, le confirma que tiene razón y añade críticas. Pero un consejero con fruto le dirá que quizá aquel servidor no tuvo su mejor día: también es humano, aunque esté sirviendo.

Un buen consejero te ayuda a avanzar: no alimenta lo que quieres hacer o escuchar, sino lo que debes hacer. No uses «Dios me dijo» para descartar de antemano el consejo de un pastor, un líder o alguien que te guía. Busca consejeros con fruto, que vayan más adelante en el área que consultas.

«Los pensamientos son frustrados donde no hay consejo; mas en la multitud de consejeros se afirman». Algunos buenos planes de Dios se frustran por falta de un buen consejero. La Palabra de Dios es uno de tus mejores consejeros. A veces no buscas consejo, sino aprobación. Pedir consejo no es debilidad, sino humildad.

3. Nuevas decisiones

La fe es más que una emoción: es la convicción de una creencia y una decisión. «A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia; amando a Jehová tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a él». Tú tomas la decisión: escoge el bien.

Versículo clave

«A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia»

Deuteronomio 30:19

Una decisión firme cambia tu respuesta ante las tentaciones y te permite dejarte aconsejar por la Palabra. Todos hemos tomado decisiones pésimas. Quizá prestaste tus ahorros a alguien por lástima, con la intención de ayudar, y los perdiste. Guíate por la Palabra y ten cuidado: si te metes entre un pródigo y su Padre, terminarás comiendo algarrobas con él.

Si alguien le hubiera ofrecido un banquete al hijo pródigo mientras comía algarrobas con los cerdos, quizá se habría quedado una semana más. No te dejes arrastrar por las malas decisiones de otros ni intervengas guiado solo por tus emociones. Sé generoso, pero déjate guiar por Dios: él puede transformar una vida y proveer siempre; una ayuda impulsiva solo cubre unos días.

Como el puerto era incómodo para invernar, la mayoría acordó zarpar de allí, por si pudiesen arribar a Fenice, puerto de Creta. Pablo les advirtió que no zarparan, pero no le hicieron caso. La mayoría no determina lo correcto: tu decisión debe basarse en lo que Dios dice.

Es mejor quedarte en un lugar incómodo que ir a uno que terminará destruyéndote. Espera en Dios durante la incomodidad: a veces él está acomodando cosas allí. No tomes las peores decisiones en momentos de angustia o en un día malo. El problema no es que exista un día malo, sino lo que decides en él. En una pelea matrimonial puedes decir cosas que se seguirán recordando años después. Decide por lo que crees que Dios puede hacer, no solo por lo que estás viviendo.

Abraham no esperó la promesa: tomó a Agar, y se metió en un problema. No interpretes la incomodidad como señal de que Dios olvidó su promesa.

«Después de esto aconteció que Sansón se enamoró de una mujer en el valle de Sorec, la cual se llamaba Dalila». La madre de Sansón era estéril, y él nació con el propósito de comenzar a salvar a Israel de los filisteos. Pero se enamoró de alguien que estaba en su contra: decidía según sus deseos. Decide según tus principios, no según tus deseos, y no le pidas a Dios protección mientras corres hacia lo que te hace daño. Dios te ofrece algo nuevo, pero hay acciones que te corresponden.

4. Nuevos y buenos hábitos

«Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno». ¿Qué hábitos necesitas cambiar? Dios sabe qué es mejor para tu vida.

Lo que te lastima puede irte envolviendo poco a poco, como Dalila con Sansón: parece inofensivo o hermoso, y termina en atadura que impide que lo nuevo de Dios se manifieste. Ten hambre de seguir creciendo. No te congregues solo por emoción, sino con el deseo de ser mejor cada día.

Un hábito es una práctica repetida que se adquiere y se vuelve automática. Hay hábitos que debes romper: reconocer, desaprender y volver a aprender. Algunos los aprendiste de otros; otros vienen de tu vieja naturaleza. «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta». Los malos hábitos te impiden recibir esa voluntad.

Los malos hábitos son terreno fértil para los planes de Satanás. Hay personas talentosas cuyos talentos se desperdiciaron con los años por falta de buenos hábitos. Tus dones y talentos son bendiciones de Dios, pero los buenos hábitos se forman cuando permites que Dios forme tu carácter. No justifiques el desorden diciendo que Dios te ama: Dios también es orden y disciplina.

Hay hábitos que nacen de experiencias difíciles que marcaron el alma o el espíritu: en el nombre de Jesús, se rompen. Hay quienes vivieron escasez, ahora tienen dinero, y todavía les duele pagar un buen plato de comida: salieron de la escasez externa, pero conservan una escasez interna.

Alimenta tus hábitos con las promesas y la Palabra de Dios, y actúa con intención. Comienza el día reconociendo que las cosas no han sido fáciles, pero decide seguir adelante, buscar y creer. Alinea tu boca con tu corazón y tus acciones: el desorden no funciona. Si has dejado hábitos buenos, como el ejercicio, vuelve a levantarte y retómalos.

«Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba». Simón y los que con él estaban lo buscaron y le dijeron: «Todos te buscan». Había presión para que Jesús atendiera a la gente, pero él mantuvo su hábito de buscar al Padre. El lugar era desierto, pero la habitación —la comunión con el Padre— era la mejor.

Forma hábitos que transformen tu día, aunque no sea el mejor. Aparta tiempo para estar con Dios y reordena tus prioridades: lo que dejas para el final corre el riesgo de no hacerse. Madrugar para orar cuesta: la carne prefiere el desayuno en la cama. Ningún gran negocio llenará lo que solo Dios puede llenar.

Congrégate. No congregarse es un mal hábito que puede llevarte a perder tu relación con Dios. Hay valor en reunirse, recibir la Palabra y adorar juntos. Nada ha podido detener a la iglesia.

Llevaron a Babilonia a los jóvenes más hermosos e instruidos, y el rey les señaló ración de su comida. Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, y Dios le dio gracia ante el jefe de los eunucos. Cuida también lo que escuchas. A los jóvenes les cambiaron los nombres, pero cambiar un nombre no cambia la identidad de un hijo del Dios todopoderoso.

Cuando se firmó el edicto, Daniel entró en su casa, abrió las ventanas y se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes. Mantuvo su hábito pese al edicto y a la amenaza del foso de los leones. Hacer lo correcto no siempre trae un resultado favorable inmediato, pero el final será glorioso. Daniel durmió en paz rodeado de leones, cuidado por el León de la tribu de Judá. Escoge hábitos que te permitan dormir en paz aun rodeado de leones.

Una decisión personal para un nuevo comienzo

Habla con Dios personalmente: nadie puede hacerlo por ti. ¿Te has acercado a consejeros con fruto? ¿Has ejercido dominio propio? Dios avivará el fuego del don para que no se apague. Hoy es día de decisiones: di no a la amargura, a la frustración, a lo que mantiene tus heridas, a la adicción que destroza tu corazón y tu vida, y a las relaciones dañinas. Decide conforme a la Palabra, identifica tus hábitos destructivos y reemplázalos por hábitos buenos.

Ríndete al Espíritu Santo. Bajo las alas de Dios estás seguro; entrégale lo que eres. Pide un nuevo tiempo y una nueva persona. Jesús hizo algo distinto: decidió ir a la cruz, dar su vida y salvarte. Ábrele tu corazón, pide perdón por tus pecados y recíbelo como tu Señor y Salvador. Haz lo que te corresponde, y Dios te sorprenderá.

Referencias bíblicas