EN Oración
Serie Nuevo nuevo

Lo nuevo comienza en el corazón

Lo nuevo de Dios comienza en el corazón. Ábrelo a Dios, conserva la esperanza en medio del dolor y de los escombros, y sigue adelante con ánimo: él puede hacer algo nuevo.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
53 min

¿Sigue haciendo Dios cosas nuevas? Sí. Pero para recibir lo nuevo de Dios necesitas atender ciertos principios. El primero es renovarte. No basta con esperar que cambie una fecha o comience una temporada: lo nuevo empieza en el corazón y en la manera de pensar. Prepara tu corazón para recibir la palabra y ábrete a lo que Jesús puede hacer.

Renovarse para recibir lo nuevo

Los discípulos de Juan le preguntaron a Jesús por qué sus discípulos no ayunaban. Jesús respondió que el vino nuevo se echa en odres nuevos. Lo que Jesús trae es nuevo, y necesitas disposición para recibirlo. Algunos lo seguían para ver si sanaba en el día de reposo y así acusarlo, pero Jesús no se distraía tratando de convencer a quienes no querían aprender. Que Dios quiera hacer algo nuevo no significa que lo recibas automáticamente: tu respuesta importa.

«El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo». Quienes estaban encerrados en sus estructuras tenían dificultad para comprender y recibir una enseñanza nueva. Abre tu corazón a Jesús. Una fecha por sí sola no transforma tu vida: la diferencia está en disponer tu corazón delante de Dios para comenzar una nueva etapa.

«Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne». La renovación interior es el comienzo de lo nuevo. Un corazón endurecido es uno al que la palabra ya no llega con facilidad. La frustración, la amargura y el dolor endurecen el corazón; y cuando deja de recibir, también le cuesta acoger lo nuevo que Dios quiere hacer.

Versículo clave

«Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne»

Ezequiel 11:19

Los tiempos difíciles traen el riesgo de que el corazón se endurezca. A veces no reconoces tu propia dureza, pero la advierten quienes te rodean o quienes te ofrecen una corrección. Una señal es dejar de recibir la palabra o cerrarte por una ofensa. La ofensa puede apartarte de la madurez y de lo nuevo que Dios quiere hacer en tu vida.

Goliat se burlaba de Israel, y Eliab, el hermano de David, lo ofendió. Pero David entendió que su pelea no era con su hermano, sino con Goliat. No te quedes mirando a quien te ofende: mira más allá de la ofensa y crece en madurez. La ofensa duele, incluso cuando viene de alguien cercano. Pero no permitas que ese dolor endurezca tu corazón ni te distraiga del propósito de Dios.

Madura, y no pierdas de vista lo que tienes por delante a causa de las ofensas. Un corazón nuevo no es un corazón al que nunca ofenden, sino uno que, aun después del dolor, conserva la capacidad de recibir. Reconoce que algo te dolió, pero no dejes que la ofensa gobierne tu corazón. Las dificultades pueden convertirse en ocasión para crecer y afrontar desafíos mayores.

Esperanza en medio de las pérdidas

El segundo principio es conservar la esperanza para poder ver lo nuevo. Quizá has perdido amigos, familiares, líderes o hermanos de la iglesia que partieron a la presencia del Señor. Esas ausencias duelen, y no son algo pequeño. Pero Dios puede hacer algo nuevo aun cuando el dolor sigue presente.

«Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él». Los muertos en Cristo resucitarán primero, y seremos arrebatados para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Anhela la venida de Cristo, y no pierdas la perspectiva eterna por enfocarte solo en lo temporal.

«Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras». Tienes esperanza. Sostenerla puede ser difícil, sobre todo cuando no ves lo que esperabas, pero sigue esperando en Dios. El dolor no desaparece de inmediato, pero no abandones la esperanza mientras lo atraviesas.

Congregarte no es una meta de comienzo de año. Que tu meta sea una relación estrecha con Dios, y que tu comunión con la iglesia no dure solo un mes. La palabra de Dios no ha caducado: hubo tiempos en que reunirse podía costar la vida. Persiste en la comunión.

«Así ha dicho Jehová: Reprime del llanto tu voz, y de las lágrimas tus ojos; porque salario hay para tu trabajo… Esperanza hay también para tu porvenir». Son palabras de consuelo en un tiempo de angustia y dolor. Enfócate no solo en las promesas, sino en el Dios que las hizo. Dios ve tus lágrimas y puede devolverte lo que creías perdido. No pierdas la esperanza cuando tu vida parece marcada por el quebranto.

«La tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo». Quizá en medio de la prueba lo que más te falta es precisamente esperanza. Cuando ya no tienes dónde aferrarte, vuelve tu mirada a Dios y pon en él tu esperanza, en lugar de apoyarte en algo temporal que no puede sostenerte.

Quizá te sientes avergonzado por haber esperado algo que todavía no has visto. No te avergüences de seguir esperando: la vergüenza llega cuando el corazón se endurece y deja de creer. No permitas que lo que vives hoy te haga abandonar la esperanza.

Abraham creyó en esperanza contra esperanza: siguió esperando en Dios aunque lo que esperaba no había llegado. Tenía noventa y nueve años cuando Dios lo llamó padre de multitudes, y su esposa era estéril. Imagina a alguien burlándose de su nombre. Pero Dios le prometió una descendencia como las estrellas del cielo y como la arena del mar. Si te preguntan por tu promesa, responde con confianza: Dios la cumplirá.

Aprovecha cada oportunidad de reunirte y prepararte, porque no sabes cuándo cambiarán las circunstancias. La iglesia se prepara para la venida de Cristo. Ayunar no es hacer dieta: es sujetar la carne y atender la vida espiritual. Dios usa personas con funciones distintas y un mismo propósito: que ocurra algo nuevo.

Ánimo para trabajar entre los escombros

El tercer principio es tener ánimo, aunque lo que veas parezca poco. «¿Quién ha quedado entre vosotros que haya visto esta casa en su gloria primera, y cómo la veis ahora? ¿No es ella como nada delante de vuestros ojos?». El pueblo había vuelto de Babilonia, y el templo estaba en escombros. Dios dirigió su palabra al remanente, a los que quedaron.

El templo de Salomón tenía una cantidad inmensa de oro; ahora el pueblo encontraba escombros. Pero Dios dijo: «Esfuérzate, Zorobabel; esfuérzate también, Josué; y cobrad ánimo, pueblo todo de la tierra». Aunque haya escombros, Dios puede levantar a su pueblo. Cobra ánimo.

Cuando Samuel fue a ungir a un rey, Isaí le presentó a sus otros hijos y dejó a David con las ovejas; tuvieron que llamarlo. Dios no mira lo que mira el hombre, sino el corazón. Después, aunque otros lo desanimaban y Goliat lo menospreciaba, David dijo: «¿Quién es este filisteo incircunciso?», y fue tras él. David se fortaleció en Jehová su Dios: anímate en Dios aunque nadie más te dé palabras de aliento.

«Trabajad; porque yo estoy con vosotros, dice Jehová de los ejércitos». Manos a la obra. No te fijes solo en lo poco que queda: usa lo que tienes. La fuerza no estaba en el oro del templo, sino en Dios. Comienza con lo disponible y con lo que Dios ha dicho. Aunque tus finanzas estén en ruinas, no pierdas el corazón, porque con el corazón se cree, se recupera la esperanza y se cobra ánimo.

Duele cuando alguien a quien cuidaste y amaste se va. Quizá te dijo que esa era su casa, y luego se fue; otros prometieron quedarse y también se marcharon, como Pedro prometió no negar a Jesús.

Versículo clave

«La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos; y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos.»

Hageo 2:9

Si te enfocas en quienes se fueron, te desenfocas y te distraes del remanente que permanece. Dios dirigió a su pueblo a mirar al remanente y a prepararse para algo mayor. El dolor de la partida es real, pero no permitas que te desvíe del cuidado de quienes siguen contigo.

«Haré temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca… Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos. La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera». Dios es dueño del oro, de la plata y de tu vida. No pierdas el tiempo intentando que todo vuelva a ser como antes: si todo fuera igual, no llegaría lo mejor. Atravesar los escombros te lleva a reconocer que la restauración no fue obra de tu fuerza, sino de Dios.

No hay gloria sin una historia

Imagina unos trozos de madera que alguien mira como pérdida: son la cruz de Jesús. La muerte y la resurrección de Cristo fueron el camino hacia una gloria nueva y hacia la salvación.

Quizá ibas a sembrar algo para la obra de Dios y te lo robaron. Quizá entraste triste a la casa de Dios, y él te preguntó si estabas triste, y le dijiste que sí. Y Dios te respondió: «A mí también me ha tocado perder». En la cruz del Calvario, Dios perdió a su Hijo por un momento. Y quizá ese mismo día alguien te dice que dejó las drogas y que antes robaba y asaltaba. Aunque a veces pierdes, al final triunfas con Cristo Jesús.

Aquellos trozos de madera parecían una pérdida, pero Cristo descendió a la muerte y le quitó las llaves. Lo nuevo que vino por medio de Jesús fue tan grande que trajo salvación a todo el que lo reciba. No hay gloria sin una historia. No todas tus pérdidas se revertirán de la misma forma, pero cobra ánimo: no pongas tu fe en una fecha, sino en Dios, que puede obrar en cualquier momento.

Un corazón nuevo y manos a la obra

Examina cómo está tu corazón: ¿cansado, agotado, endurecido, cerrado? Pídele a Dios un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Si has atravesado dolor, cree que algo nuevo todavía puede ocurrir. Que tu corazón vuelva a tener esperanza y sea transformado para recibir la palabra de Dios.

Pide la presencia del Espíritu Santo. Cuando vuelvas a ver escombros, Dios sigue siendo todopoderoso. Vuelve a creer, a esperar y a recibir su palabra, que no te abandona. En los escombros de la cruz, el Salvador estuvo allí para que vivieras una gloria eterna.

Ábrele tu corazón a Jesús: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te recibo como mi Señor». Y manos a la obra: sigue adelante con ánimo aunque haya escombros; consagra no solo tus metas y anhelos, sino tu vida; no te apartes de Dios ni dejes de congregarte y escuchar su palabra. Pase lo que pase, tu esperanza está en Dios.

Referencias bíblicas