El mundo está dividido por posiciones políticas, por intereses de poder y por distintas maneras de ver la vida. Las diferencias se han acentuado, y las iglesias no han quedado al margen: hay congregaciones que se han separado por asuntos secundarios, y familias divididas por conflictos que parecían pequeños. La unidad es una necesidad urgente.
Una iglesia fructífera solo puede ser una iglesia unida. Los discípulos discutían sobre quién sería el mayor y sobre cuántas veces debían perdonar a quien pecara contra ellos. Es fácil juzgarlos desde una supuesta superioridad moral, pero ¿somos mejores hoy?
No lo somos. Ellos vieron a Jesús, Dios hecho hombre, y aun así siguieron discutiendo sobre importancia, éxito, unción y quién tenía la razón. Nosotros retenemos ofensas en la iglesia y no pedimos perdón, aun teniendo delante la imagen de Jesús crucificado. Examina tu corazón.
La unidad como testimonio
La noche antes de la cruz, Jesús reunió a sus discípulos en una cena íntima y oró por ellos: «Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste». La unidad de la iglesia está ligada a su credibilidad ante el mundo. Aunque el mensaje sea verdadero, una iglesia dividida hace difícil que otros crean.
Versículo clave
«para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.»
Juan 17:21
Matrimonios que se divorcian dentro de la iglesia, servidores divididos, grupos que compiten por el éxito, pastores enfrentados por territorio: cada una de esas divisiones daña la credibilidad del evangelio.
El modelo de unidad no es terrenal, sino celestial: «como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti». El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se honran, se dan preeminencia y viven en perfecta comunión, como una danza que gobierna el universo. Que la unidad en la tierra refleje ese modelo divino.
Jesús sabía que se acercaba su muerte y que la obra quedaría en manos de sus discípulos. Sus rivalidades podían desmembrar al grupo. Por eso les dejó una imagen inolvidable, para que, cuando surgieran nuevas disputas, recordaran aquella noche y permanecieran unidos.
El lavamiento de pies
Durante la cena, Jesús se levantó, se quitó su manto, tomó una toalla y se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla. Cuando llegó a Simón Pedro, este le dijo: «Señor, ¿tú me lavas los pies?… No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavare, no tendrás parte conmigo». Pedro dijo: «Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza». Después les dijo: «Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros».
Versículo clave
«Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros.»
Juan 13:14
En aquel tiempo se usaban sandalias que dejaban los pies expuestos, y se caminaba por caminos polvorientos en verano y embarrados en invierno. Se comía en mesas bajas, recostados sobre cojines, con los pies cerca de los demás. Lavarlos era una cuestión de higiene y cortesía antes de compartir la mesa, y en las casas con recursos esa tarea le correspondía al esclavo de menor rango.
Aquella noche había agua, lebrillo y toalla, pero ningún discípulo dispuesto a asumir la tarea humillante. Entonces Jesús, a quien llamaban Maestro y Señor, tomó el lugar de un esclavo.
Pedro dijo lo que quizá todos pensaban: el maestro no debería lavarle los pies al discípulo. Pero Jesús no le permitió invertir los papeles: «Si no te lavare, no tendrás parte conmigo». Dejarte servir por Jesús crea una plataforma de comunión.
La unidad no es una idea, ni un discurso, ni una filosofía, ni una reunión periódica. Es un cambio de perspectiva: dejar de mirar a otros desde arriba y arrodillarte para servirlos. Entre los discípulos había un zelote nacionalista y un publicano al servicio de Roma, pescadores y hombres de distintos trasfondos; en la iglesia, mujeres y hombres, amos y esclavos se llamaban hermanos. Jesús no esperó a que surgiera espontáneamente una unidad improbable: la provocó mediante el servicio.
Sé un lavador de pies en tu matrimonio, en tu familia y en tu iglesia. Hay tres movimientos: inclinarte ante el otro, ver correctamente la suciedad ajena y verter gracia. No son primero gestos físicos, sino decisiones del corazón que sanan relaciones difíciles.
Primer movimiento: inclinarte ante el otro
El primer movimiento es la humildad. El orgullo es el mayor enemigo de la unidad: divide matrimonios, familias, iglesias y naciones. «Sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó de la cena». El que sabe quién es puede humillarse y tomar la iniciativa.
Jesús sabía quién era y no necesitaba demostrar autoridad. Es peligroso tener autoridad en las manos e inseguridad en el corazón: quien no está definido por dentro intenta aparentar por fuera. Muchos problemas en matrimonios, familias e iglesias nacen del deseo de demostrar quién manda, quién tiene razón o quién es más exitoso.
Puedes ganar una discusión con tu cónyuge y, en el proceso, ir perdiendo su corazón. Puedes ganar la disputa sobre quién tiene razón y alejarte de alguien importante. Hay quienes llevan la corona de cada pelea ganada y terminan como reyes de un mundo donde nadie quiere estar a su lado.
Muchas veces no es Satanás, sino el orgullo, lo que está destruyendo un matrimonio. Es más fácil mostrarte humilde ante un desconocido que ante alguien cercano, porque inclinarte ante tu pareja, un hermano de la iglesia, tus padres o tus hijos implica vulnerabilidad. Hace falta fe para colocarte en esa posición y dejar de defender la apariencia de autoridad.
Jesús podía pedir al Padre más de doce legiones de ángeles, y no lo hizo. Siendo el más fuerte, se dejó vencer para ganar el corazón de las personas. A veces alguien tiene que perder una discusión para que prevalezca el amor: en el reino, importa más amar que tener razón.
Cuando el orgullo se vuelve un obstáculo para lo que Dios quiere construir, Dios lo confronta. «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes». Humíllate antes de que la vida te humille. Hay matrimonios en los que la palabra «divorcio» ya apareció en la conversación, y el problema de fondo era el orgullo.
A veces el orgullo se quiebra cuando quedas indefenso: una enfermedad o un accidente te obliga a depender de la persona con la que peleabas, que tiene que alimentarte, cuidarte y vestirte. Allí comienzas a verla de otra manera: deja de ser tu enemiga y la reconoces como tu aliada. Valora tus relaciones por encima de ganar discusiones, y deja de pelear por asuntos triviales con tu pareja y con tus hermanos en la fe.
Segundo movimiento: ver correctamente la suciedad del otro
El segundo movimiento es distinguir los errores de una persona de su identidad. Cuando Pedro pidió que le lavara también las manos y la cabeza, Jesús le dijo: «El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio». Una cosa es la persona limpia, y otra el polvo que se le pega en el camino. Los pies sucios son errores o pecados, pero no definen por completo quién es la persona.
La sangre de Jesús te limpió, y aun así hay errores, palabras y actos que se te adhieren en la vida cotidiana. Cuando ves una falta en alguien cercano —tu padre, tu madre, tu hijo, tu hermano o alguien de tu grupo— tiendes a juzgar todo su carácter. En lugar de decir «tiene los pies sucios», concluyes «es sucio». Corrige sin convertir una acción equivocada en un veredicto sobre su identidad.
No seas juez de pies, sino lavador de pies. Juzgar es más fácil, porque el juez permanece de pie; quien lava tiene que inclinarse. Deja la lupa que busca las faltas ajenas, toma la toalla y comprométete a ayudar a limpiar.
Cuando alguien comete un error público, las redes arden: lo llaman falso, engañador, corrupto. Quien se equivocó quiere defenderse y siente que tiene más enemigos que amigos. Pero un verdadero hermano no se suma al ruido: busca a la persona, se sienta a la mesa con ella y le dice con claridad que lo que hizo estuvo mal. Y luego le habla con honra: «Sé quién eres. Esto fue un error, pero no define tu corazón. Pide perdón y sigue adelante». Eso es tener un hermano que señala el error sin reducirte a ese error.
Sé parte de una iglesia que lava pies, no de una que critica pies. Las redes invitan a opinar sobre todo, pero Dios no te llama a opinar, sino a amar. En un mundo en llamas, echa agua sobre los pies sucios de una generación en lugar de añadir fuego. La iglesia lleva el agua del evangelio, que limpia.
Tercer movimiento: verter gracia
El tercer movimiento es ofrecer gracia. El agua con que Jesús lavó los pies de sus discípulos es gracia. Unas horas después, esos pies lavados correrían para abandonarlo.
Tomás dudaba. Pedro dijo que iría con él hasta la muerte, y lo negó tres veces. ¿Qué hace Jesús con quienes dudan o no cumplen sus promesas? Les lava los pies. Vierte gracia. Jesús lavó también los pies de Judas, a quien llamó amigo, aunque esa misma noche lo entregaría con un beso. Su gracia alcanza aun a quien traiciona.
Lavar los pies de alguien es un acto de fe a favor de esa relación. Ambos tendrán errores; habrá discusiones, diferencias de opinión, mensajes sin respuesta. Decide hoy, antes de que llegue la ofensa, que habrá gracia para ella. No tomes esa decisión en caliente: decide de antemano que la relación vale lo suficiente como para ofrecerle gracia y dejar que prospere.
El gesto puede hacerse físicamente, pero su sentido principal es espiritual: inclinarte con humildad, ver las faltas como polvo del camino sin emitir juicios severos sobre la identidad, y ofrecer gracia aun ante los errores futuros.
La ayuda profesional es valiosa, y hay que buscarla cuando hace falta. Pero algunas relaciones quizá no necesitan en este momento un consejero, sino que tomes el lebrillo, el agua y la toalla para servir a tu cónyuge o a tu hermano.
Un matrimonio puede decidir que la palabra «divorcio» deja de existir en su vocabulario. El orgullo seguirá luchando por crecer, y cada vez que lo reconozcas, humíllate más y pide perdón. Ese camino de servicio y humildad preserva matrimonios, y sirve para todas tus relaciones.
Respuesta y oración
Si reconoces que necesitas aprender a lavar los pies de otros, dile: «Aquí estoy, Jesús, para seguir tu camino». Que la iglesia deje de criticar pies, aprenda a ver sin juzgar y sea agua que limpia en lugar de fuego que incendia. Que sean restaurados los matrimonios, las familias, las iglesias y la nación. No conviertas en adversarios a quienes Jesús amó en la cruz.
Todos tenemos defectos. Pide a Dios aprender a ver como Jesús, crecer en carácter y madurar. Tu familia, tu matrimonio, tu hogar, tu iglesia necesitan unidad. Desde hoy, sé un lavador de pies.
Si quieres acercarte a Jesús o reconciliarte con él, ábrele tu corazón: pide perdón por tus pecados y recíbelo como tu Señor y Salvador. Por su sangre tienes entrada y unidad con el Padre.
Referencias bíblicas
- Juan 13:1-17 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 17:20-23 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Filipenses 2:5-8 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Colosenses 3:12-14 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 17:21 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 13:14 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


