EN Oración
Serie Harvest

Una oportunidad más para dar fruto

La misericordia renovada es una nueva oportunidad para reconocer dónde no damos fruto, permanecer en Jesús y responder con fidelidad a lo que Dios ha puesto en nuestras manos.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
57 min

El tema es «una oportunidad más». Las misericordias de Dios son nuevas cada mañana, y eso alcanza a las decisiones y áreas de la vida que todavía pueden cambiar. Pero la nueva oportunidad no se aprovecha sola: cada persona decide qué hará con ella, si seguirá obedeciendo la Palabra y dará el siguiente paso.

Los errores no significan que Dios se haya alejado. Dios levanta a las personas en medio de sus equivocaciones; las malas decisiones pueden haber impedido dar fruto, pero no anulan la posibilidad de volver a levantarse. El justo cae y vuelve a levantarse, aunque nadie es justo por cuenta propia: la justicia viene por la sangre de Jesucristo. Por eso puedes reconocer que no actuaste justamente y aun así recibir una nueva oportunidad.

Caer no es lo mismo que permanecer en el orgullo. Dios no se aleja de quienes cometen errores: los mantiene cerca, los levanta y les da una nueva oportunidad para dar fruto. Pero al orgulloso y al altivo los ve de lejos. El orgullo impide reconocer los errores que estorban el fruto. Todos hemos fallado: arrepiéntete, levántate y da fruto allí donde antes no pudiste.

No hace falta conocer todos los detalles antes de obedecer. Cuando las circunstancias son inciertas, no necesitamos saberlo todo para decidir: hay que dar el paso y tomar una decisión de fe. No necesitamos saber qué ocurrirá en los próximos cinco años para dar hoy lo mejor de nosotros. No sabemos cómo será mañana, pero sí podemos decidir dar lo mejor hoy y buscar fruto en medio de lo que estamos viviendo.

No esperes un mapa completo del futuro. No saber qué va a suceder no impide dar el siguiente paso, ni hace falta conocer de antemano todo el plan de Dios para responder con fidelidad en el presente. La nueva oportunidad se concreta en el paso de hoy.

1. Renunciar al engaño y hacer un diagnóstico

Génesis 1:27-28 dice que Dios creó al ser humano a su imagen, varón y hembra, los bendijo y les dijo que fructificaran, se multiplicaran, llenaran la tierra y la sojuzgaran. Dios depositó en las personas capacidad para dar fruto: nadie fue creado inútil. Una persona puede llegar a considerarse inútil si acepta el engaño del enemigo o de las circunstancias, pero esa idea contradice lo que Dios dice de sus hijos.

Renuncia a todo engaño, incluidas las palabras que quizá escuchaste en tu niñez o las ideas que mantienen estéril un área de tu vida. Haz un diagnóstico personal y mira con honestidad dónde no estás dando fruto, sin engañarte sobre los resultados. Todos tenemos áreas en las que no hemos dado fruto, y no debemos ocultárnoslo. La misericordia renovada no es el problema; el desafío está en responder a ella.

Ese diagnóstico puede llevar a cambios pequeños que produzcan grandes frutos. Hay vidas que quizá no están perdidas en cuanto a salvación, pero sí desperdiciadas en su propósito. Abandona la mediocridad de repetir lo mismo cuando no está dando resultados, y ten la humildad de decirle a Dios: «Esto no ha traído resultados a mi vida; quizá el equivocado soy yo». No todo cambio tiene que ser enorme: a veces el primer paso es reconocer lo que no funciona.

2. Ser fieles con lo que recibimos

El segundo punto se apoya en la parábola de los talentos, en Mateo 25:14 en adelante. Un hombre se va lejos, llama a sus siervos y les entrega sus bienes: cinco talentos a uno, dos a otro y uno a otro, conforme a la capacidad de cada cual. Los dos primeros negocian y obtienen otros cinco y otros dos; quien recibió uno cava en la tierra y esconde el dinero de su señor.

Lo central no es comparar las cantidades entregadas, sino la fidelidad. Los siervos eran cercanos, no extraños: «tú no eres extraño para Dios; eres su hijo». El señor se fue lejos para que se probara la fidelidad de los siervos, que no depende de que alguien esté presente cada día repitiendo qué hacer.

Cuando regresa, el señor elogia a los dos siervos que hicieron producir lo recibido: fueron fieles en lo poco y los pondrá sobre mucho, y los invita a entrar en el gozo de su señor, un festival. La recompensa principal no es simplemente recibir «mucho», sino ser puesto «sobre mucho». El fruto forma el carácter necesario para ejercer autoridad sobre lo que llegue a tus manos.

Lo importante no es cuánto recibió otra persona, sino qué haces con lo que se te dio. La fidelidad se prueba con lo que cada cual tiene en sus manos. Al final del pasaje, el talento quitado al siervo que lo enterró se entrega al que tenía diez: el que había recibido cinco y ganado otros cinco termina con once. Quienes han sido fieles y han dado fruto con lo que Dios puso en sus manos verán sus capacidades llevadas a un nuevo nivel. Deja las excusas y da fruto con lo recibido.

La fidelidad abre la puerta a un nuevo nivel.

Lo recibido es para hacerlo producir.

3. Permanecer en Jesús

El tercer punto es que la permanencia hace posible dar fruto. Juan 15:4-5 llama a permanecer en Jesús y a que Jesús permanezca en nosotros; el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo si no permanece en la vid. Jesús es la vid y sus discípulos, los pámpanos: quien permanece lleva mucho fruto, porque separado de él nada puede hacer.

Versículo clave

«Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.»

Juan 15:4-5

A veces no damos fruto porque permanecemos en la amargura, el enojo, las excusas, la frustración o las ofensas. En una relación de pareja, dar fruto sin permanecer en Jesús es imposible. El amor ágape es el amor de Dios; el eros, el amor humano, que puede depender de que la pareja se porte bien. Permanece en el amor de Dios, que sigue amando pese a las imperfecciones, para poder dar fruto.

La permanencia se vincula también con la poda: la misma mano que planta es la que poda para que haya fruto. Todos tendemos a esquivar aquello que Dios quiere transformar, en lugar de ajustarnos a su Palabra. A nadie suele gustarle ser podado, ni presentarse pidiendo que le señalen lo que debe corregir. Aun así, déjate podar y examina tu vida, en vez de preguntar solo cuánto durará el proceso.

Es fácil alzar las manos en la adoración y difícil aceptar la corrección. Hay un chiste: en una pelea, un hombre no se defiende cuando el otro le pega; al preguntarle por qué, responde que es cristiano y ha leído que, si le dan en una mejilla, debe poner la otra. El otro dice que también es cristiano, pero que solo ha leído que es mejor dar que recibir. Hablar de la Palabra y dar fruto en la práctica no siempre coinciden.

Hace falta fe para seguir animados cuando el entorno desanima, conservar la expectativa después de decepciones y permanecer donde uno será podado. Jesús indicó a sus discípulos que permanecieran en Jerusalén hasta la venida del Espíritu Santo. Según un cálculo, llegaron allí más de trescientas personas y ciento veinte estaban en la visitación de Pentecostés. ¿Qué pasó con los demás? Se desesperaron y no pudieron dar fruto.

Permanecer es parte de dar fruto.

Jesús no era guiado por las multitudes, sino por el Padre; no le impresionaban las multitudes, sino los discípulos. Por eso, la apuesta es una iglesia de discípulos. El mandato es ir y hacer discípulos, y la formación no es solo responsabilidad del pastor: es personal. No te acomodes a permanecer siempre como oveja: entra en procesos de discipulado, comprométete, déjate formar y busca transformación para que la vida de otros también pueda ser transformada.

Formar a una persona también forma a quien acompaña; el discipulado es alegre y es un camino de paciencia. Jesús necesitó doce discípulos para revolucionar el mundo: las multitudes aplauden, pero pocos permanecen a su lado. Prepara a la iglesia para lo que viene, en lugar de pensar solamente en escapar de los procesos que Dios usa para transformar.

La permanencia puede ser necesaria cuando la solución no llega de inmediato. «Permanece», porque Dios cumple su palabra y la permanencia conduce a dar fruto.

4. No rendirse: una oportunidad más

El cuarto punto se basa en la parábola de la higuera estéril de Lucas 13:6-9. Un hombre tiene una higuera plantada en su viña, busca fruto y no lo encuentra. Lleva tres años buscándolo y ordena cortarla porque ocupa la tierra; el viñador pide que la dejen todavía un año, mientras cava alrededor y la abona, y propone cortarla después si no da fruto.

Versículo clave

«Dijo también esta parábola: Tenía un hombre una higuera plantada en su viña, y vino a buscar fruto en ella, y no lo halló. Y dijo al viñador: He aquí, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo; córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra? Él entonces, respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía este año, hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone. Y si diere fruto, bien; y si no, la cortarás después.»

Lucas 13:6-9

Salmo 72:16 anuncia otra cosa para quien da fruto.

¿Has trabajado sin ver fruto? ¿Has pensado en dejar de hacer el bien? No te canses: aunque esperes cosechar de la persona a quien ayudaste, Dios puede sorprender por otro lado. Si te estafaron y ya no puedes hacer nada legalmente, preséntalo a Dios como una siembra y suelta esa carga: bendice a quien te estafó en vez de maldecirlo, y deja que Dios se encargue de la cosecha. La siembra hecha para Dios tendrá su cosecha por otro lado.

Es peligroso disfrutar de grandes privilegios sin fruto: hay personas que se han acomodado sin advertir lo que tienen delante. Agradece también que algunas cosas aún no hayan llegado, porque, sin fruto para sostenerlas, podrían destruir tu vida. La higuera no solo carecía de fruto: ocupaba un espacio que podía aprovecharse mejor. No nacimos solo para recibir, sino para dar y bendecir: de gracia recibimos, demos de gracia.

En lugar de limitarte a lamentarte, toca «cavar»: trabaja en profundidad para que el agua llegue a las raíces. Deja de discutir, quejarte y culpar a otros, y examina tu vida ante Dios: reconoce dónde no has dado fruto y pide otra oportunidad. Tal vez no tengas por ti mismo la capacidad necesaria, pero Jesús sí la tiene.

En los originales, el abono tiene que ver con estiércol. ¿A quién le gusta que le echen estiércol? Así son las presiones, traiciones, dolores y angustias que quizá estás viviendo. No son buenas en sí mismas, pero Dios puede transformarlas en abono para llevarte a un nuevo nivel. Permite que Dios use incluso lo que parece estar en contra.

Salmo 72:16 dice que el fruto hará ruido, como el Líbano, y que la ciudad florecerá como la hierba de la tierra. Viene una temporada de fruto visible, y los vecinos y compañeros de trabajo se enterarán. La poda puede ser un proceso privado, pero el fruto será público y honroso: es ser puesto sobre mucho, como en la parábola de los talentos. También la iglesia dará fruto y hará ruido en su nación.

Quizá algún día quien recibió el bien vuelva y diga: «¿Te acuerdas que me sembraste?». No te amargues: entrega a Dios aquello que consideras una siembra y deja que él trate con la cosecha. La amargura puede dañar el corazón. Vive lo que has aprendido: es mejor dar que recibir. Esa decisión es fruto de un corazón transformado.

Haz un diagnóstico en silencio. Revisa el matrimonio o la soltería, las finanzas, las conductas, las pérdidas, la relación con Dios y el servicio a Dios. Medita sobre dónde no has dado fruto. Gracias, Señor, por tu amor y por el Espíritu Santo.

Salmo 72:16 es la promesa para quien se deja transformar.

Gracias a Dios: la salvación es el mayor fruto. Jesucristo es «el fruto hecho carne», y el fruto de su vida da eternidad y marca una diferencia en nuestras vidas. Haz una oración de arrepentimiento y recibe a Jesús como Señor y Salvador.

Se levanta una generación que dará fruto, que será puesta sobre mucho y vivirá abundancia, aunque el fruto no se compra con dinero. Da gracias por una nueva oportunidad, reconoce dónde falta fruto y prepárate para fructificar, en el nombre de Jesús.

Referencias bíblicas