EN Oración
Serie Life

Historias que cobran vida: el soplo de Dios sobre tu historia

No eres un accidente: el Espíritu de Dios te hizo y el soplo del Omnipotente te dio vida. Lo que has vivido no define quién eres. Dios puede soplar vida sobre historias que parecían terminadas, como la de Job, la de Jacob o la de matrimonios restaurados. No te libra siempre del fuego, pero lo usa para desatarte, y Jesús entra contigo al horno. Tu historia cobrará vida.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
55 min

Hay historias que parecían no tener vida ni futuro, y Dios las transformó. Él quiere soplar vida sobre tu historia, tu familia y tu iglesia, para que no sean las mismas. No sé lo que estás atravesando, pero el soplo de vida que Dios da lo puede todo.

Dios se inspiró para crearte

«El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida». Tus padres fueron el instrumento, pero quien te hizo fue Dios. Algunos jóvenes dicen: «Mis padres no estaban casados; yo fui un accidente». No eres un accidente. Tus padres pudieron tomar malas decisiones, pero el plan de Dios para ti es perfecto. Eres el resultado de la inspiración de Dios. David dijo: «En pecado me concibió mi madre», y mira hasta dónde lo llevó Dios. No importa cómo comenzó tu historia: Dios puede darte una vida nueva.

Versículo clave

«El espíritu de Dios me hizo, Y el soplo del Omnipotente me dio vida.»

Job 33:4

No permitas que lo que has vivido sea lo que te defina. Los momentos difíciles no son tu identidad: lo que te define es que Dios te creó con propósito. Cuando entiendes cuánto vales para él, tu manera de pensar cambia. Job lo había perdido todo: sus hijos, sus bienes y su salud, y su esposa le decía: «Maldice a Dios, y muérete». Necesitaba renovar su manera de pensar. Cuando pasas mucho tiempo bajo una mala influencia —el dolor, la traición, las malas noticias—, corres el riesgo de que se convierta en tu identidad. Pero siempre llega un capítulo cuarenta y dos, donde Dios se manifiesta y restituye.

No necesitas un milagro para ser un milagro: ya eres un milagro. Declara lo que Dios dice de ti, aunque todavía te cueste creerlo, y algo comenzará a transformarse dentro de ti. Dios es un Dios que restituye: «Y quitó Jehová la aflicción de Job… y aumentó al doble todas las cosas que habían sido de Job».

Lo que diste por terminado

Jacob creyó que su vida ya no tenía sentido: «Descenderé enlutado a mi hijo hasta el Seol». Pero un día le dijeron: «José vive aún». Dios puede usar aquello a lo que ya habías renunciado. A lo que tú renunciaste, Dios todavía no ha terminado. Hay matrimonios que se separaron y se divorciaron, y años después Dios los restauró, y volvieron a casarse ante su familia renovando sus votos. Tu historia puede ser distinta, pero Dios trae nuevas oportunidades a lo que creías terminado.

El mundo habla de malas noticias, pero los hijos de Dios caminan «de gloria en gloria». Lo incómodo es el trayecto entre una gloria y otra: quisieras escoger el medio de transporte, tener el control. Dios no siempre te dice cómo llegarás, pero sí te garantiza que llegarás. Él está a punto de soplar sobre tu historia. La vida que el mundo ofrece te deja vacío; la vida que Dios da viene de adentro.

Usar el fuego para desatarte

Sadrac, Mesac y Abed-nego se negaron a adorar la estatua de Nabucodonosor: «Nuestro Dios a quien servimos puede librarnos… Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses». Cuando sabes que fuiste creado por inspiración de Dios, sabes a quién debes adorar. El rey mandó calentar el horno siete veces más, y los soldados más fuertes que los arrojaron murieron por el calor. A veces esperas una mejor noticia y llega una peor. Pero si estás en los planes de Dios, no es peor: el siete habla de la obra completa de Dios. Que algo no lo hayas visto venir no significa que no venga de Dios.

Los echaron atados al horno. Tú dirías: «Señor, apaga el fuego». Pero Dios no siempre te libra del fuego; a veces usa el fuego para liberarte. El fuego quemó las cuerdas, no a ellos. «He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses». El Dios que da vida entra contigo en el horno: no es ajeno a lo que vives. Las cosas no siempre salen como tú imaginabas, pero lo importante es que salgan como Dios las imaginó, porque así se refleja su imagen en ti.

Versículo clave

«Y él dijo: He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses.»

Daniel 3:25

Un toque que cambia la vida

«Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció». Ese hombre llevaba tiempo apartado de todos, quizá sin ver a sus hijos, cargando rechazo. Jesús no solo lo sanó; lo tocó. Sanar su piel restauraba su cuerpo; tocarlo restauraba su vida. Cuando Jesús te toca, marca tu historia para siempre. No te acomodes a la historia que estás viviendo: viene una más gloriosa.

Cuando Lázaro murió, Marta le dijo a Jesús: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto». Las expectativas no cumplidas pueden convertirse en resentimiento, y la decepción te deja sin esperanza. Pero Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá… ¿Crees esto?». La resurrección y la vida estaban frente a ella.

Jesús preguntó: «¿Dónde le pusisteis?». A veces Dios te lleva al lugar de tu mayor decepción, para enfrentarla juntos y sanarla. Cuando pidió quitar la piedra, Marta objetó: «Señor, hiede ya, porque es de cuatro días». Y Jesús le respondió: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?». Marta hablaba del pronóstico; Jesús, de fe. Cuando atravieses una decepción, no consultes solo el pronóstico; consulta la fe. La decepción te hace perder la revelación de lo que Dios está diciendo; la fe te devuelve la esperanza.

Viernes, sábado y domingo

Ninguna historia cobra vida sin pasar por un viernes, un sábado y un domingo. El viernes es el día de enfrentar el dolor y rendirlo a Dios. Jesús no bajó de la cruz, aunque podía; no te retires del proceso ni bajes a un nivel inferior: deja que la paciencia haga su obra. El sábado es el día del silencio, cuando parece que nada pasa, pero todo está sucediendo. Allí es fácil acomodarse a la decepción o sacar conclusiones equivocadas; mejor pregunta qué debe cambiar en ti. Y luego llega el domingo de resurrección. A veces te tocará mover tu propia piedra, abriendo tu corazón a Dios.

Jesús atravesó generaciones de historia —la genealogía de Mateo cuenta cuarenta y dos— para venir a darte vida en abundancia. Estás rodeado de historias que cobraron vida, y la tuya también está escrita en el cielo. Deja que Dios sople sobre ella: tu vida, tu familia, tu matrimonio y tus generaciones no serán las mismas.

Referencias bíblicas