EN Oración
Serie Life

Alimento que da vida

Isaías 55 invita a revisar qué estamos escuchando y de qué nos alimentamos: solo Dios puede satisfacer el hambre del alma. El hijo pródigo, las ansiedades, la Palabra de Dios, la provisión de Jesús y la adoración en medio de la dificultad muestran el alimento que da vida.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
53 min

Isaías 55 pregunta quién tiene sed y hambre de la vida que Dios da. El pasaje invita a recibir vino y leche sin dinero, y pregunta por qué gastar en lo que no alimenta. El alimento natural, incluso el de un restaurante muy costoso, no se compara con lo que solo Dios puede dar: alimento que fortalece el alma y da vida al espíritu.

Tenemos hambre de lo sobrenatural, de la Palabra de Dios y de ver que aquello que parecía muerto cobre vida. Isaías 55:3 dice: «Acudan a mí con oído bien abierto»; escuchar a Dios requiere atender a lo que dice. Muchos escuchan hablar de Dios con el oído cerrado. Declara que tu oído se abre a la Palabra y que tu alma cobra vida.

¿A qué voz le estamos abriendo el oído?

«¿A quién le estás abriendo tu oído?» No se trata solo de qué voz escuchamos, sino de a cuál obedecemos y de qué nos estamos alimentando. Hay calorías vacías: calorías que no nutren. Así pasa en la vida espiritual: hay contenidos y voces que parecen alimentar, pero dejan vacío.

El hijo pródigo muestra los apetitos equivocados. Pide la herencia que le corresponde, se marcha y termina viviendo perdidamente y comiendo algarrobas con los cerdos. Quería recibir algo del padre sin tomar en cuenta al padre mismo: obtuvo lo que le pertenecía, pero no tomó «a quien le pertenecía». Lo mismo ocurre con quien espera que otras personas le den lo que solo Dios puede dar. Los apetitos fuera de la voluntad de Dios parecen satisfactorios, pero son efímeros y vacíos.

A la vez, Dios no abandona al hijo por sus errores. El padre sigue dispuesto a recibirlo y a tomarlo de regreso. La invitación es a volver a Dios y a recibir de él aquello que realmente alimenta. Llenarse de lo que ofrece el mundo impide recibir la plenitud que viene de Dios; los creyentes no son mejores que los demás: la diferencia está en quien está en ellos y les da vida.

Versículo clave

«¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura. Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David.»

Isaías 55:2-3

Esto se extiende a la ansiedad y a la abundancia de información. No fuimos creados para manejar toda la información que cabe en un teléfono, sino para creer y vivir un día a la vez. Vemos que alguien tiene diez mil «likes» mientras uno no recibe ninguno, ni siquiera de su madre, y empieza la comparación. En vez de perseguir fama, ten hambre de dar fruto: a las personas se las conoce por sus frutos.

Repite: «Mi padre tiene lo que calma mi hambre». No está mal creer por cosas grandes o recibir bendiciones, pero ninguna bendición puede satisfacer por completo el hambre del alma: solo Dios, quien bendice, puede hacerlo. Isaías habla de un pacto eterno y de las misericordias firmes mostradas al rey David. ¿Estás dispuesto a recibir esa misericordia y el alimento de Dios, aun después de haber fallado?

La Palabra enviada no vuelve vacía

Isaías 55:10-11 compara la Palabra de Dios con la lluvia y la nieve que riegan la tierra para que produzca. Dios envía su palabra, y esta hace lo que él quiere y prospera donde la envía. Ten hambre de esa palabra y recíbela: la palabra no vuelve vacía, pero quien anda distraído se queda sin el alimento.

El pueblo de Israel, liberado de Egipto, todavía deseaba los ajos y las cebollas que comía allí. Egipto es figura del mundo: es posible salir de él sin haber dejado atrás sus deseos. Esa añoranza aparece con la ansiedad, cuando las circunstancias no salen como se esperaba. Las tentaciones pueden apartarnos de los propósitos de Dios, y el enemigo envía su «artillería más pesada» contra quienes tienen grandes propósitos.

Si enfrentas ataques, tentaciones o apetitos equivocados, aliméntate de Dios: es tiempo de una transformación de adentro hacia afuera. David dijo en su prosperidad que nada podría detenerlo y que Dios le había dado firmeza como de montaña; pero cuando Dios escondió su rostro, lo invadió el pánico. Aun en el mejor momento, alguien puede verse invadido por el temor y perder la estabilidad que sentía.

No te alimentes de la ansiedad, la frustración o la dificultad, sino de la Palabra de Dios y de la fe. La clave está en la repetición: oír, y oír, y oír la Palabra. No es solo lo que ocurre afuera lo que determina la ansiedad; también importa lo que dejas entrar al corazón. Las necesidades y los momentos difíciles son reales, pero la ansiedad empuja a tomar decisiones equivocadas. Revisa qué palabras tienen demasiado peso y si te estás alimentando de voces que matan sueños.

David clama a Dios y le pregunta qué ganará con su muerte, si el polvo podrá alabarlo y anunciar su fidelidad. Son palabras de alguien lleno de ansiedad y de malas noticias. David atravesó altos y bajos; no era perfecto.

Sé honesto: no hace falta mostrarse perfecto ni mantener varias versiones de uno mismo. La apariencia de perfección es religiosidad y lleva a juzgar a otros. La iglesia es imperfecta, pero dispuesta a amar a Dios, levantarse y seguir adelante. Hay días con ansiedad y desafíos, y volver a ponerse en pie es obra de la misericordia de Dios: no por ser perfectos, sino por estar dispuestos y querer alimentarse de él.

Escribe esta declaración: llegaré a ser la versión más elevada del propósito de Dios en mi vida, con integridad y honestidad. Quizá sientes que no tienes lo suficiente para salir adelante. Dios sabe lo que estás viviendo, y él sí es suficiente para sacarte de donde estás.

Del luto al gozo y la restitución

David dice que Dios transformó su dolor en gozo, le quitó la ropa de luto y le dio vestiduras festivas para que se regocijara. Hay quienes están de luto sin que haya muerto un familiar: se están muriendo sus sueños y sus anhelos. Dios puede transformar el luto y el dolor: un divorcio, una fricción, un error, una falta o una enfermedad.

La restitución también puede traer cambios en nosotros, no solo un milagro o una bendición. A veces, justo cuando esperas restitución, llega una pérdida: algo se rompe, todo se inunda y se arruina lo que tenías.

«¿Cuándo has visto restitución sin pérdida?» Mira al Hijo en la cruz y después glorificado. A veces hay pérdidas dolorosas, y la restitución viene después. Cambia el luto por alegría: viene un tiempo de restitución.

Jesús, el pan de vida, y la confianza en su provisión

Juan 6 cuenta que Jesús ve venir una gran multitud y le pregunta a Felipe de dónde comprarán pan para que todos coman. Lo decía para probarlo, pues Jesús sabía lo que iba a hacer. Felipe responde que doscientos denarios no alcanzarían para que cada uno recibiera un poco. Andrés menciona a un muchacho con cinco panes de cebada y dos peces, y pregunta qué es eso para tantos. Jesús pide que la gente se recueste; eran cinco mil varones.

La pregunta de Jesús era una prueba: él ya sabía lo que iba a hacer. Si sientes que estás metido en un problema, Dios ya lo tiene resuelto aunque todavía no lo veas. La hierba verde es un lugar de confianza, como el salmo que habla de delicados pastos y aguas de reposo: nada faltará.

Para Felipe, ni el salario de ocho meses alcanzaba; para Jesús, era suficiente. Descansa en él y pon todo en sus manos, con expectativa de gozo y vida. Jesús dijo: «Yo soy el pan de vida». Con el maná pasaba que, si se guardaba para el día siguiente, se echaba a perder: así los afanes del mañana y del pasado mañana descomponen nuestros pensamientos. Aliméntate de lo que da vida.

Pablo y Silas estaban presos en el calabozo de más adentro, un espacio muy pequeño; y precisamente allí tuvieron una revelación y una adoración grandes. Cuando te sientas en el lugar más estrecho de tu vida, dale a Dios tu adoración más grande.

Versículo clave

«Cuando alzó Jesús los ojos, y vio que había venido a él gran multitud, dijo a Felipe: ¿De dónde compraremos pan para que coman estos? Pero esto decía para probarle; porque él sabía lo que había de hacer.»

Juan 6:5-6

Habla con Dios. Pregúntale qué has estado escuchando y reconoce que quizá has tenido apetitos equivocados, creyendo que algo podía darte vida cuando no podía llenarte. Pide ayuda para manejar la ansiedad y los momentos difíciles, y abre espacio para la paz de Dios. Ten el oído abierto a su propósito y a su voluntad, en vez de añorar volver a Egipto. El hijo pródigo desperdició su herencia por sus apetitos, pero no perdió al padre que lo amaba y esperaba recibirlo.

Abre tu corazón a Jesús y ora con fe: pide perdón por tus pecados, ábrele tu corazón y recíbelo como Señor y Salvador. La vida llega por el sacrificio de Jesús en la cruz. Que el alimento de la Palabra y el propósito de Dios traigan vida a ti y a tus generaciones: abre tu oído, aliméntate de la Palabra y espera milagros.

Referencias bíblicas