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¿Estás listo para recibir la herencia?

Revisa los fundamentos y las actitudes con que enfrentas los procesos. El maná escondido, la piedrecita blanca y la mesa del rey enseñan a permanecer, y recuerdan que, aun cuando fallamos, Dios permanece fiel a sus promesas.

Predicadora
Sofía Bocache
Publicada
Duración
42 min

Dispón tu vida para recibir lo que Dios quiere hablar. Hay procesos en los que uno no se siente seguro ni en control de muchas cosas; pero después de atravesar valles o desiertos, al llegar a la cima y mirar el paisaje, cambia la perspectiva y cambia la manera de mirar la vida.

Hay tiempos en que Dios nos lleva a mirar hacia adentro, a arrepentirnos, hacer pausas y cambiar cosas. Dios ha estado calibrando la vida: ajustándola con exactitud y revisando sus cimientos. Así como una construcción depende de sus bases, vale la pena preguntarse sobre qué o sobre quién está cimentada tu vida.

La herencia requiere madurez

La enseñanza central se apoya en Gálatas 4:1: el heredero, mientras es niño, no se diferencia del esclavo en cuanto a su situación, aunque sea dueño de todo; permanece bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre. Aplicado a la vida espiritual, tener una herencia no significa estar listo para recibirla. La inmadurez se manifiesta en reaccionar queriendo las cosas a la propia manera y en el propio momento, y en seguir cargando con actitudes, falta de perdón y resentimientos que no han cambiado.

Versículo clave

«Pero también digo: Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo»

Gálatas 4:1

Dios conducía a Israel hacia la tierra prometida. Aun después de ver el maná, el mar abierto, el agua que salió de la roca, las túnicas y sandalias que no se desgastaban, la nube y la columna de fuego, el pueblo seguía quejándose y rebelándose: le faltaba madurez en el proceso. ¿Estamos listos para las promesas, o repetimos las mismas actitudes?

Hay reacciones que delatan actitudes de la niñez que siguen ahí. Pídele al Señor que las arranque y te enseñe a cambiar. Dios quiere y puede trabajar en tu vida; el problema es cuando nos rendimos. No llegues a la vejez con las mismas áreas sin trabajar: rendir lo que Dios pide es señal de madurez.

La pregunta no es solo si queremos las promesas, sino si estamos listos para recibirlas. La diferencia no está en que los procesos sean fáciles, sino en las actitudes y reacciones ante ellos. Dios está trabajando en el corazón y conduciendo a una madurez que se expresa en permanecer.

Apocalipsis 21:7 promete que quien venciere heredará todas las cosas, y que Dios será su Dios y esa persona será su hijo. Vencer se relaciona con permanecer: mantenerse en lo que Dios ha dicho, en lugar de dejarse arrastrar por emociones que, aunque pueden acompañar la vida, no deberían gobernarla. Conviene observar si uno permanece en la fe cuando cambian las circunstancias y los sentimientos.

Permanecer cuando nadie está supervisando

Para ilustrar el crecimiento, pensemos en un niño al que le enseñan a lavarse los dientes. Cuando ya no necesita que lo vigilen y lo hace por convicción propia, esa práctica se ha vuelto parte de su carácter. Así se define el fundamento espiritual: saber qué hacer y hacerlo sin que otros estén encima, recordándolo o controlándolo.

¿Qué pasaría si por un tiempo no hubiera internet, prédicas ni enseñanzas disponibles? Habría que volver a lo básico: reunirse en familia y abrir la Biblia. Los discípulos no tenían una Biblia física: tenían las palabras de Jesús guardadas en la mente y el corazón, y la guía del Espíritu Santo. Jesús trabajó en su corazón y en su carácter para que supieran qué hacer cuando él ya no estuviera con ellos.

La pregunta se extiende al liderazgo y a la vida cotidiana: ¿qué haríamos sin que alguien nos monitoreara? ¿Actuaríamos por convicción o solo porque otra persona supervisa? La invitación es a examinar sobre qué estamos parados. Permanecer significa estar o mantenerse en un lugar durante un tiempo determinado, y cabe preguntarnos si permanecemos o si las emociones terminan decidiendo por nosotros.

Al comenzar la universidad se inscriben muchos, pero no todos se gradúan. En enero los gimnasios se llenan de gente que quiere hacer ejercicio y seguir una dieta, y con los meses quedan pocos: la dieta que funciona es la que uno mantiene. Así es la perseverancia: permanecer cuando se va la emoción inicial y seguir firme en medio de lo que se ve, se vive o se siente.

Josué y la permanencia en el proceso

Josué es recordado como guerrero y conquistador, pero primero tuvo que ser preparado. Era servidor de Moisés y, cuando Moisés subía al monte, Josué se quedaba al pie. Es la imagen de quienes se sienten a mitad del camino: no pueden avanzar, pero tampoco saben si volver a lo que tenían antes.

En esos momentos, Dios llama a permanecer y a no tomar decisiones precipitadas: en esa permanencia está formando el carácter y haciéndote sólido en lo que crees. La generación de Israel que no permaneció en las palabras y en la promesa recibidas no entró. La desesperación puede aparecer, pero no dejes que la emoción tome la decisión: deja que hablen la fe y las convicciones que has guardado.

Apocalipsis 2:26 habla de quien vence y guarda las obras hasta el fin, y le promete autoridad sobre las naciones. La autoridad es resultado de la permanencia: perderla no es porque Dios no quiera darla, sino por no haber permanecido. Habita al abrigo del Altísimo: no es lo mismo visitar que habitar. Permanece con Dios en tiempos buenos, malos o inciertos.

El maná escondido y la comunión con Jesús

Apocalipsis 2:17 menciona el maná escondido y una piedrecita blanca con un nombre nuevo. Los israelitas vieron el maná durante cuarenta años, y Dios le indicó a Moisés guardar una porción en una vasija dentro del arca del pacto. Se cree que Jeremías, por instrucción de Dios, tomó el arca y la escondió en una cueva del monte Nebo.

Versículo clave

«El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.»

Apocalipsis 2:17

Hay ocasiones en que algo que antes estaba a la vista —congregarse, sentir la presencia de Dios— parece desaparecer, como el maná oculto. Dios puede permitir que su presencia no se sienta de la misma manera para ver cómo respondemos. El maná escondido es la comunión íntima con Jesús, el pan de vida. Jesús no se ha escondido: en los momentos difíciles, sigue buscándolo en vez de desesperarte o tomar otro camino. El maná escondido lo halla quien cree, persevera y permanece.

En ese contexto, cabe preguntarnos qué hacemos con el maná escondido y si seguimos buscando a Dios no por tener a alguien que nos supervise, sino por convicción de que lo necesitamos. Su exhortación es continuar en esa relación estrecha con Jesús.

La piedrecita blanca: perdón y banquete

La piedrecita blanca tiene dos significados. En los tribunales se daba una piedra blanca como señal de que el acusado había sido absuelto. Si quieres tomar posesión de las promesas, no puedes seguir cargando con la culpa: es una trampa del enemigo que hace repetir lo ocurrido en la mente y el corazón e impide madurar y permanecer.

Para ilustrar la libertad de la condena, recuerda el pasaje de la mujer sorprendida en adulterio: los fariseos querían apedrearla y Jesús dijo que quien estuviera libre de pecado arrojara la primera piedra. Nadie pudo hacerlo, y estas fueron las palabras dirigidas a la mujer: «¿Ninguno te condenó? Yo tampoco te condeno; vete, y no peques más». La escena muestra la misericordia de Dios: Jesús pagó en la cruz para que las personas fueran libres de culpa. La invitación es a recibir su amor y a creer que somos hijos amados y lavados por su sangre, no esclavos.

El segundo significado es una recompensa: en épocas pasadas, a los atletas vencedores se les entregaba una piedrecita blanca en vez de una medalla o un trofeo, y podían canjearla por premios, regalos o comida. Hay un banquete celestial preparado para quienes perseveran y creen. Sigue de pie: la promesa de Dios te sostiene.

Hay momentos en que sentimos que no hemos permanecido firmes, que las dificultades nos arrastraron o que el temor nos llevó a tomar malas decisiones. Recuerda la historia del rey David y Mefiboset, descendiente de Saúl e hijo de Jonatán. David le había prometido a su amigo Jonatán mostrar misericordia a su casa. David pregunta por la familia de Jonatán, y Mefiboset es llevado ante él. David estaba en la cima; Mefiboset, olvidado, herido y frustrado en Lodebar, que significa «sin pasto», un lugar sin esperanza. David lo manda llamar y le dice que se siente a su mesa.

La invitación a la mesa no depende de nuestros logros, éxitos, dones ni talentos. Si te sientes cansado, sin esperanza o incapaz de permanecer, eres como Mefiboset, y la promesa de David muestra la fidelidad de Dios. Dios le hizo una promesa a Abraham y, según Hebreos 6:13, al no poder jurar por otro mayor, juró por sí mismo; y 2 Timoteo 2:13 dice: «Si fuéremos infieles, él permanece fiel». Dios no deja de cumplir lo que ha prometido, aun cuando hayas fallado o te hayas rendido.

Levántate y acepta la invitación del Rey a sentarte a su mesa y disfrutar del banquete y de la herencia. Quizá te has tardado en madurar o no has encontrado el maná escondido; aun así, la piedrecita blanca es señal de misericordia, y Dios permanece en lo que dijo. Recibe por fe la promesa y toma posesión de la herencia: la sangre de Jesús te da acceso a las promesas.

Si te sientes en Lodebar, sal de la depresión, la frustración, la amargura, el resentimiento y la falta de perdón. Siéntate a la mesa del Rey, aun con tus limitaciones: Dios te ama y ha preparado un banquete. Si has permanecido, confía: estás cerca de ver las promesas y recibir la herencia.

Haz esta oración, decisiva para tu eternidad y para pasar a una posición de hijo, no de esclavo: «Señor Jesús, perdóname por vivir lejos de ti. Te pido que entres en mi corazón y seas mi Señor. Gracias por preparar este banquete para mí. Gracias por limpiarme de todo pecado y toda culpa. Gracias, Jesús, por dar tu vida en esa cruz por mí». Si la hiciste por primera vez, algo sobrenatural empieza hoy, y tu nombre ha sido escrito en el libro de la vida. Prepárate para sentarte al banquete y recibir lo que Dios tiene para ti.

Referencias bíblicas