Es un nuevo día. La gracia y el amor de Dios están sobre ti. Camina bajo su cuidado, habla de soluciones y no de problemas, extiéndete hacia lo que viene y no te quedes detenido en lo que pasó. Las bendiciones de Dios te alcanzarán. Y la mayor bendición ya te alcanzó: tienes vida y un nuevo día para ejercer tu fe.
Promesas grandes y un proceso que transforma
Tienes acceso a sus promesas. «Por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia». ¿Están las circunstancias llevándote a desvalorizar lo que Dios prometió? Sus promesas son más grandes que cualquier adversidad, crisis o recesión.
Las promesas te hacen participante de la naturaleza de Dios y te apartan de la corrupción de los malos deseos. Su propósito es transformar tu interior: cambiar tus deseos y formar en ti la naturaleza divina. Por eso algunas promesas no se reciben de inmediato: cada una implica un proceso. El mayor acceso no es solo recibir lo que esperas, sino ser transformado mientras avanzas.
«Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios». Frente a la dificultad, empiezas a decir no a lo que Dios ha dicho sí. Respóndele sí, no solo con palabras, sino también con acciones. Que tu sí se prolongue en permanencia y en pasos hacia la promesa.
Versículo clave
«porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios.»
2 Corintios 1:20
Que tu sí sea resonante: un sonido que se prolonga y se amplifica. ¿Está el sí de tu boca alineado con tu corazón y tus acciones? Que tu fe siga resonando en medio de la adversidad. Ante el ruido de lo que ocurre, deja que vuelva a sonar en tu memoria el sonido de las promesas. Declara: «Es tiempo de que mi fe resuene. Hoy se va el ruido de mi vida y viene el sonido de sus promesas».
Decir sí también es atravesar el proceso
«Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones». Dios te capacita para permanecer firme en Cristo, y el Espíritu Santo en tu corazón es el sello que confirma que le perteneces. Declara: «Dios me está capacitando. Estoy firme en Cristo Jesús. Le pertenezco a Dios». El Espíritu Santo te recuerda la fidelidad de Dios aun en las circunstancias difíciles.
Pablo iba rumbo a Roma. «Y no apareciendo ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos». Entonces Pablo, puesto en pie, les dijo: «Habría sido por cierto conveniente, oh varones, haberme oído, y no zarpar de Creta tan solo para recibir este perjuicio y pérdida». Pablo estaba atravesando las consecuencias de una decisión que tomaron otros. Quizá tú también enfrentas resultados de decisiones ajenas.
«Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, pues no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros, sino solamente de la nave. Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo, diciendo: Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo». Quizá tú soltaste la esperanza, pero la esperanza no te ha soltado a ti. La promesa seguía en pie, aunque se perdiera el barco.
El barco naufragó, y llegaron a una isla que no conocían: Malta. Pablo pudo preguntarse qué tenía que ver ese lugar con la promesa de llegar a Roma. El lugar donde estás no tiene que parecerse a la promesa para que Dios la cumpla. No necesitas entender cada etapa del plan para decirle sí a Dios.
Una mordida que no detiene tu avance
«Entonces, habiendo recogido Pablo algunas ramas secas, las echó al fuego; y una víbora, huyendo del calor, se le prendió en la mano. Cuando los naturales vieron la víbora colgando de su mano, se decían unos a otros: Ciertamente este hombre es homicida, a quien, escapado del mar, la justicia no deja vivir». Pero como no le pasó nada, cambiaron de parecer y dijeron que era un dios. Las opiniones de la gente cambian; Dios no cambia.
En medio del naufragio, del desamparo y de la mordida, Pablo seguía orientado por la promesa de llegar a Roma. No te quedes detenido por las razones de quienes no entienden las promesas. Otros buscaban razones; Pablo tenía revelación de Dios. Declara: «Busco una revelación de Dios. Tengo revelación de sus promesas».
«Pero él, sacudiendo la víbora en el fuego, ningún daño padeció». Sacúdete lo que quiere detener tu avance hacia las promesas: la tristeza, el temor, las bajas expectativas, la depresión, el luto, el dolor, la incertidumbre, la desesperanza, lo que no has podido rendir. La mordida no envenenó a Pablo. No permitas que lo inesperado desplace la promesa.
Versículo clave
«Pero él, sacudiendo la víbora en el fuego, ningún daño padeció.»
Hechos 28:5
Primero lo llamaron homicida; después, dios. La gente puede cambiar de opinión, pero Dios no. Hay quienes esperan que caigas; la promesa permanece. Pueden cerrarse edificios, pero la iglesia de Cristo sigue viva y en pie.
La adversidad como oportunidad de servicio
Publio, el hombre principal de la isla, los recibió y los hospedó amablemente tres días. El padre de Publio estaba en cama, enfermo de fiebre y de disentería; y Pablo entró a verle, y después de haber orado, le impuso las manos, y le sanó. Hecho esto, también los otros que en la isla tenían enfermedades venían, y eran sanados. La dificultad de Publio se convirtió en una oportunidad, y su casa llegó a ser testimonio de la gloria de Dios. Declara: «Mi casa será testimonio para la gloria de Dios».
«Los cuales también nos honraron con muchas atenciones; y cuando zarpamos, nos cargaron de las cosas necesarias». Pablo volvió a zarpar, rumbo a Roma. Permanece en el sí de Dios. La isla desconocida, la víbora, las sanidades y la provisión para el viaje: el proceso no canceló la promesa.
El naufragio, la isla desconocida, la mordida, las personas que esperaban que Pablo muriera: la promesa fue más grande que todo eso. Une tu sí al sí de Dios. Adora, y pide perdón por las veces que respondiste no por lo que estabas viendo. Empieza a creer, y deja que el sonido de las promesas ocupe el lugar del ruido.
La promesa más grande
La promesa más grande es Jesús y la vida eterna. Jesús permaneció en el proceso hasta la cruz para darte acceso a ella. Pide perdón por tus pecados, recibe a Jesús en tu corazón como tu Señor y Salvador, y abrázalo como la promesa de tu vida.
Referencias bíblicas
- 2 Pedro 1:4 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Corintios 1:20 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Corintios 1:21-22 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hechos 27:20-24 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hechos 28:3-6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hechos 28:7-10 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hechos 28:5 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


