Prepara tu corazón. Aunque no puedas salir ni hacer muchas cosas, Dios puede marcar tu vida en esta temporada.
Las promesas de Dios siguen escritas, y siguen vigentes. «Mi escondedero y mi escudo eres tú; en tu palabra he esperado». Abraza la palabra de Dios y pon en él tu esperanza, cualquiera que sea tu circunstancia. Quizá estás en tu último año de colegio y soñabas con la graduación y con experiencias que no estás pudiendo vivir. Aun en medio de la decepción, confía: Dios tiene cosas mejores.
Versículo clave
«Mi escondedero y mi escudo eres tú; En tu palabra he esperado.»
Salmos 119:114
Una clase difícil y una nueva oportunidad
El último año del colegio puede ser uno de los mejores de tu vida: los amigos, los partidos, las salidas, las mañanas en familia. Pero no todos lo viven así, y a veces las dificultades llegan después.
Imagina estar a punto de graduarte de la universidad y necesitar aprobar una última clase que te cuesta muchísimo. Te esfuerzas, buscas un tutor, te dedicas solo a estudiar, y aun así no la pasas: te faltan cuatro puntos. Eso significa atrasarte un año. Pero sigues confiando en que algún día terminarás, y no abandonas tu objetivo. Al año siguiente vuelves a cursar la materia, la apruebas con una nota que jamás habrías imaginado, y te gradúas. Aunque la ceremonia se suspenda, tu meta está cumplida. Esa experiencia queda como un recordatorio de las promesas de Dios.
Confiar en las promesas no significa dejar de esforzarte por lo que esperas. Si no estás asistiendo a clases presenciales o estás en tu último año de colegio, da lo mejor de ti, estudia y sé responsable con tus padres. Si una etapa se vuelve más difícil, Dios está contigo y puede hacer mucho aun cuando parezca que no hay nada.
Quizá perdiste un año escolar y al siguiente sentiste mucha vergüenza. Pero Dios puede hablarte al corazón y decirte: «Este año vas a ser el mejor». Dios es un Dios de segundas oportunidades y de promesas. Cree, y esfuérzate.
Abraham esperó veinticinco años el hijo de la promesa. José esperó trece años entre el pozo y el palacio. David fue ungido rey siendo un muchacho, y pasó años huyendo antes de reinar. La espera no anula la promesa: la prepara. Y mientras esperaban, Dios estaba formando su carácter para lo que venía.
«Fiel es el que prometió». Las promesas de Dios no dependen de tu fuerza, sino de su fidelidad. Él no se olvida de lo que dijo, aunque a ti te cueste recordarlo. Por eso, escribe las promesas que Dios te ha dado y vuelve a leerlas cuando sientas que tu fe se debilita.
Los tiempos intermedios
Dios te llama a confiar y a abrazar su palabra; él arranca tu temor, y tú le entregas tus cargas. Moisés fue llamado por Dios para sacar al pueblo de Egipto y llevarlo a la tierra prometida, y en el camino enfrentó muchos obstáculos.
Al comienzo de una carrera tienes muchas fuerzas, y al final, cuando ves la meta cerca, también las encuentras. Pero en medio, cuando todo parece oscuro, igual o sin cambios, necesitas fuerzas. Aférrate a la palabra de Dios y sigue adelante hasta terminar la carrera. No todas las dificultades se resuelven de inmediato, pero puedes tener esperanza y perseverar aunque la situación parezca seguir igual.
Moisés tuvo que confiar en la palabra que Dios le había dado, a pesar de la presión del pueblo. Hay pérdidas que te dejan sin palabras, como perder a un bebé que venía en camino. En esos momentos, abrazar la palabra de Dios es aferrarte a todo lo bueno que crees que él tiene para ti, aun en medio del dolor.
Moisés pudo sentirse presionado, pero creyó y decidió hacer lo que Dios le había mandado. Si sientes presión para hacer algo que no quieres, Dios está contigo y guarda tu caminar y tu corazón.
Frente al mar y frente al temor
Solo en Dios creerás; la victoria es suya. Moisés estaba frente al mar, y el pueblo bajo la amenaza del ejército egipcio que lo perseguía. «Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos». Frente a tus temores, tus preocupaciones y tus errores, confía: Dios tiene el control, y sus promesas están por encima de tu mar.
Moisés le habló al pueblo junto al mar, y el mar se abrió. No todos los problemas tendrán una solución idéntica o inmediata, pero sigue adelante, desafíate a ti mismo y conéctate con Dios.
«El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento». Dios no es lento para cumplir su promesa: tiene paciencia contigo, porque quiere que todos vuelvan a él. Es tiempo de volver a Dios.
Versículo clave
«El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.»
2 Pedro 3:9
A veces sientes que las promesas se demoran o que no son para ti. Pero siguen vigentes, y el amor de Dios permanece aunque no puedas verlo ni sentirlo. Dios sigue presente, y hay espacio para volver a él. Dios ha tenido paciencia contigo en tus errores y equivocaciones, y sigue llamando a muchos a volverse a él y conocerlo.
También tienes una responsabilidad: tu testimonio, tu manera de actuar en casa y en tus redes pueden marcar la vida de otras personas. No se trata solo de hablar de las promesas, sino de reflejar en tu vida cotidiana lo que dices creer.
Volver a Dios no es un evento único, sino un camino diario. Cada mañana puedes decirle: «Señor, aquí estoy de nuevo». Él no se cansa de recibirte. Sus misericordias son nuevas cada mañana; grande es su fidelidad.
Busca a otros que también estén volviendo a Dios. Ora con tu familia, únete a un grupo de tu iglesia, comparte con un amigo lo que estás aprendiendo. La fe crece mejor en comunidad, y en los tiempos intermedios necesitas personas que te recuerden las promesas cuando tú las olvides.
Vuelve a Jesús
Ora: «Señor Jesús, hoy te pido que entres en mi vida y en mi corazón, y te pido perdón por todos mis pecados. Ven a mí, Jesús». Si hiciste esta oración, es la más importante de tu vida. Comienza un nuevo caminar con Jesús: él toma tu mano y te lleva a niveles que no imaginas.
Todo va a estar bien. Las promesas de Dios siguen vigentes. No te desanimes: espera la victoria de Dios.


