Cada uno escribe su propia historia. La pregunta es quién será el protagonista: ¿la emoción que sientes, o Jesús, a quien puedes permitir intervenir y ocupar ese lugar en tu vida?
Emociones que necesitan un lugar adecuado
Dios creó las emociones, y ellas te ayudan a responder a las situaciones de la vida. Una emoción es una reacción instantánea de todo tu ser ante un estímulo; un sentimiento puede prolongarse en el tiempo. No siempre eliges que surja una emoción, pero sí puedes aprender a regularla.
Jesús expresó emociones: lloró, se enojó y se regocijó. Ser cristiano no elimina tu humanidad ni la necesidad de aprender a manejar tus emociones. Y eres responsable de tu vida emocional: no traslades esa responsabilidad a tu familia, a tu pareja, a tus hijos ni a tus circunstancias.
El temor como alarma, no como dueño
El temor es un mecanismo de protección, como una alarma que te advierte de un peligro. Una cosa es sentir temor, y otra es vivir bajo su dominio. La alarma puede darte un aviso, pero no debe quedarse gobernando tu vida.
Ser esclavo del temor es tomar decisiones basadas en el miedo desde que te levantas y en cada actividad del día. Esa no es la vida que Jesús pagó en la cruz. El temor persistente se vuelve una voz que te acompaña, te aconseja, te recuerda experiencias pasadas y te paraliza. No permitas que esa voz tenga presencia constante.
Todos hemos atravesado momentos de mucho temor. Aprende a darle al temor su lugar y su espacio correctos: recibe su mensaje de precaución, pero no lo invites a acompañarte todos los días. No vivas infeliz: disfruta la vida que Jesús pagó en la cruz.
Decisiones tomadas bajo el temor
Nehemías estaba reconstruyendo los muros de Jerusalén por encargo de Dios. Sus enemigos, Sanbalat y Tobías, le enviaron cartas para intimidarlo y hacerlo caer en el temor. «Porque todos ellos nos amedrentaban, diciendo: Se debilitarán las manos de ellos en la obra, y no será terminada. Ahora, pues, oh Dios, fortalece tú mis manos». Nehemías no creyó la amenaza: Dios le había encargado la obra, y la terminaría.
¿Cuántos proyectos que Dios te dio están paralizados por el temor? El miedo te impide pensar con claridad y tomar buenas decisiones. No dejes que se convierta en una prisión. Los desafíos no desaparecen, pero la advertencia inicial del temor no debe determinar por sí sola lo que harás.
Moisés envió doce espías a reconocer la tierra prometida. Diez volvieron con un informe dominado por el temor: «Éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas». Miraron más a los gigantes que a la promesa de Dios, y el pueblo no entró. No permitas que los obstáculos que percibes eclipsen la promesa en la que confías.
Es tiempo de cosecha. No dejes que ningún gigante de temor te robe aquello por lo que has llorado y trabajado.
Elías ante una amenaza
Después de la victoria en el monte Carmelo, Jezabel envió un mensajero a Elías: «Así me hagan los dioses, y aun me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto tu persona como la de uno de ellos». ¿Dónde quedó la valentía de Elías? A veces eres audaz en ciertas circunstancias, y luego pierdes el ánimo ante otros retos y adversidades.
Recuerda la historia de Elías: en el arroyo de Querit, durante la sequía, Dios lo sostuvo y los cuervos le traían pan y carne mañana y tarde. En Sarepta, Dios lo sustentó con una viuda, y la harina y el aceite no se acabaron. En el Carmelo, Dios respondió con fuego. Todo eso eran razones para confiar. Imagina a Dios sonriendo ante la amenaza de Jezabel: él tenía todo bajo control.
La amenaza no fue el final de la historia de Elías. Elías no vio la muerte: Dios se lo llevó en un torbellino. Confía en el Dios que guarda a los suyos. Hay amenazas reales, pero recuerda quién es Dios en medio de ellas.
«Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beerseba, que está en Judá, y dejó allí a su criado». El temor puede hacerte huir. Quizá quisieras que Dios hiciera desaparecer a la persona o la situación que te inquieta. Dios no siempre elimina el problema, pero puede revelar su poder mientras lo enfrentas.
En la cueva, Elías vio pasar un viento grande y poderoso, un terremoto y un fuego, pero Dios no estaba en ellos. Y tras el fuego vino un silbo apacible y delicado. Hay situaciones que Dios no quita, pero en ellas revela su grandeza, su control y su voz suave que te restaura.
Confía en medio de la dificultad
«Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré… No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día». Cree en esa palabra: Dios está con su pueblo y no lo dejará.
Versículo clave
«Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; Mi Dios, en quien confiaré.»
Salmos 91:2
La clave no es no sentir temor, sino ver el poder de Dios en medio de lo que sientes. No vivas amedrentado, sino confiado. Deja que el temor cumpla su función de mensajero, pero no le permitas hablar y dirigir cada una de tus decisiones.
Lleva tu ansiedad a Dios
Hay personas que sufren ataques de ansiedad; si es tu caso, busca también atención médica. La ansiedad es como una mezcla de temor y tristeza: el temor percibe una amenaza, y la ansiedad imagina que todo empeorará. Se siente en el alma, en el cuerpo y en el espíritu, y puedes llevarla por dentro sin que nadie lo note.
«Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos! Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús».
Versículo clave
«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.»
Filipenses 4:6-7
Primero: regocíjate. Todos tenemos un lado de niño, que disfruta; un lado de adulto, que asume responsabilidades; y un lado de padre, que protege. Si vives solo desde la responsabilidad y la protección, te faltará alegría. ¿Cuántas veces al día te ríes? Aprovecha los momentos para reír: tu cuerpo lo necesita para no caer en la ansiedad.
Segundo: que tu gentileza sea conocida por todos. Sé bueno y amable con las personas, y ante una crisis, bendice y sirve a alguien. Encerrarte en ti mismo aumenta la infelicidad; dar a otros te permite disfrutar más de lo que Dios te da. No esperes a que desaparezca toda dificultad para acercarte a los demás.
Tercero: presenta tus peticiones a Dios en oración. ¿Le has dicho a Dios cómo te sientes? Ábrele tu corazón, deja delante de él tu preocupación y háblale de lo que te da miedo. A veces Dios te pregunta: «¿A qué le temes?». Y al pensarlo, te falta el aire. Es Dios confrontándote con tus emociones, tus temores y tus ansiedades. Cuando le hablas con honestidad de lo que te preocupa, el temor pierde su poder sobre ti.
Cuarto: da gracias. Agradecer te recuerda lo que Dios ha hecho. Y la adoración habla de la grandeza y la bondad de Dios; cuando adoras, tus problemas comienzan a verse más pequeños. Entonces la paz de Dios guarda tu corazón y tu mente.
Sube de altura y escucha la voz correcta
Los pilotos mantienen la calma ante una turbulencia y saben manejar sus emociones. A veces, al subir de altura, la turbulencia deja de sentirse. Ante una pequeña turbulencia en tu vida, no pongas a toda tu familia en posición de accidente: conéctate con Dios y sube a nuevas alturas.
Dios te habla y te envía una paz que sobrepasa todo entendimiento, que guarda tu mente y tu corazón. ¿Qué voz escuchas durante el día? Aprende a sintonizar la voz de Dios, y no permitas que otras voces paralicen lo que Dios quiere hacer en ti.
«Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas». Y Jesús dice: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo». Escucha esa voz, y no dejes que el miedo hable sin descanso.
Dale al temor su lugar
Medita un momento en tus temores. Si sufres ataques de ansiedad, Dios no desea eso para ti, y hará una obra perfecta en tu vida. Que el temor permanezca en su lugar correcto: una emoción que te alerta y te previene, pero no un amo. Dios no quiere que seas esclavo del temor: Jesús pagó en la cruz para que fueras libre.
Referencias bíblicas
- Romanos 8:15 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Nehemías 6:10-11 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Números 13:1-2 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Reyes 19:1-3 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 91:1-7 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Filipenses 4:4-7 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 14:27 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 91:2 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Filipenses 4:6-7 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


