EN Oración
Serie Kings & Queens

Reyes y sacerdotes: vivir desde la identidad que Dios imparte

Dios te hizo rey y sacerdote. Tu identidad no depende de tus logros, sino de lo que Cristo hizo, y el Espíritu Santo te la imparte. Como Jacob y Moisés, rechaza los nombres que el mundo te da y recibe el nombre que Dios te da: «Mío eres».

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
47 min

Dios te hizo rey y sacerdote para él. No basta con repetirlo: tienes que creerlo para vivirlo. Contempla la magnitud de lo que Dios ha hecho, y pregúntate qué significa caminar como rey y como sacerdote.

El sacerdote adora; el rey conquista. Josué fue un gran conquistador, y declaró: «Yo y mi casa serviremos a Jehová». Pero cuando ya no había nada más que conquistar, el pueblo dejó de servir. No sirvas a Dios solo mientras obtienes conquistas: sírvele porque lo amas.

«Tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público». Tu vida de adoración y oración en lo secreto está conectada con las conquistas que Dios te da. Adora, ora y cree como respuesta a Dios, no para controlar los resultados. Dondequiera que estés, importa la naturaleza que llevas dentro.

Esa naturaleza solo la experimentas cuando la crees. Leer o repetir una promesa no es lo mismo que recibirla. ¿De verdad crees lo que dices? No basta con saber que eres rey o reina: ¿te sientes así? ¿Te ves menos que los demás? ¿Crees que ya no puedes más? En la adoración, deja que Dios renueve tu manera de pensar. Otros pueden orar por ti, pero nadie puede creer en tu lugar.

La fe te permite descubrir tu identidad. «Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable». La exclusividad tiene un precio alto. En tu caso, el precio lo pagó el Hijo con su sangre. Pertenecer a Dios no es una etiqueta vacía: es para mostrar a otros su bondad.

Versículo clave

«Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable»

1 Pedro 2:9

«Vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia». Sin identidad, vives en oscuridad; con tu identidad en Dios, ves la luz de Jesús. La luz exterior no asegura que haya luz interior. Descubre quién eres en Dios y para qué fuiste creado: para ser luz y testimonio.

«El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios». Tu identidad de hijo no se aprende solo acumulando conocimiento bíblico: el Espíritu Santo te la imparte. Él hace que esa certeza llegue a lo profundo de tu corazón, y recibes tu identidad como hijo del Rey.

Versículo clave

«El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.»

Romanos 8:16

Tu aprobación no depende de tus logros

«Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo». Pablo había sido circuncidado al octavo día, era del linaje de Israel, hebreo de hebreos, instruido a los pies de Gamaliel, celoso perseguidor de la iglesia. Pero ni su origen, ni sus títulos, ni lo que hacía ni lo que había conseguido eran su identidad ni su aprobación.

Imagina una comida en la que todos presumen de sus antepasados y de sus estudios, y Pablo enumera su lista de credenciales… y luego dice que todo eso es basura comparado con Cristo. Ingeniero, empresario, médico: eso describe lo que haces, pero no sustituye tu identidad de hijo de Dios. Tu valor incomparable está en lo que Cristo ha hecho.

Deja que Dios haga más en tu vida, y camina cada día como hijo del Rey. No se trata de arrogancia, sino de victoria y de la gloria de Dios en ti. La transformación llega cuando dejas de aferrarte a lo que conoces de ti mismo, te rindes a Dios y le permites formarte.

Jacob: rendirse y recibir un nombre

Jacob significa «el que suplanta». Era talentoso, pero arrastraba frustraciones, porque todavía no había recibido en su corazón su identidad ni su aprobación. Luchó con el ángel hasta el amanecer, y le dijo: «No te dejaré, si no me bendices». Había peleado batallas equivocadas, tratando de descubrir por sí mismo quién era.

Allí Jacob fue transformado y recibió el nombre de Israel. Cuando se rindió a Dios, comenzó un tiempo mejor para él. Imagínalo celebrando porque por fin sabía quién era. Salió cojeando, quizá preocupado por su apariencia. Pero el reconocimiento de Dios pesa más que el de cualquier persona.

«No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú». Dios te redimió y te llamó por tu nombre. Lo que tienes no determina lo que eres; pero quien eres puede influir en lo que llegues a tener. Levántate con seguridad, como hijo del Rey, y créele a Dios de todo corazón.

Que se levanten emprendedores con ideas nuevas, que testifiquen en todas partes que sirven a Dios. El dinero no da la felicidad; Dios es quien llena la vida. Pide ideas con propósito, para que el reino avance y puedas bendecir a otros: para levantar lugares donde se adore a Dios y ganar almas para Cristo.

Si tienes recursos, sé testimonio, y reconoce que tus ideas pueden venir de Dios. Cada uno sirve a Dios desde su lugar, cuando despierta su identidad. Con una idea con propósito, Dios puede obrar. Sé parte de una generación que cree de todo corazón. Dios sigue trabajando: la obra no está terminada.

Moisés: propósito, tiempo y disposición

Faraón ordenó que echaran al río a todos los niños varones que nacieran. La madre de Moisés lo escondió tres meses, hasta que ya no pudo ocultarlo. «Viendo que era hermoso». No era solo belleza física: había un propósito en ese niño. Y lo sacaron en el tiempo de Dios.

Lo pusieron en una canasta en el río, y llegó a las manos de la hija de Faraón, que mandó buscar una nodriza hebrea: la propia madre de Moisés. ¡Qué perfecto es el plan de Dios! Mientras otros niños morían, Moisés era impulsado hacia su propósito. Dios te da propósito, vida, identidad y dirección. No te adelantes ni ahogues tu propósito.

Hoy también hay una corriente que quiere ahogar la identidad del hombre y de la mujer. Levántate: ama a Dios, ama a tu familia y ama lo que Dios dejó escrito. Si ahogan tu identidad, no conocerás tu propósito; si no sabes quién eres, no sabrás hacia dónde vas. No permitas que nadie ahogue la identidad que viene de Dios.

Mientras otros se ahogaban en el río, Moisés avanzaba hacia su propósito. Lo que un día quiso detenerte, Dios puede usarlo para impulsarte. La hija de Faraón pagó a la madre de Moisés para criarlo: la casa que había ordenado matar a los niños terminó financiando la crianza del libertador.

Moisés creció como príncipe egipcio, pero tenía el fundamento que su madre le había dado. Imagínala diciéndole: «Eres hijo de Dios, apartado, libertador». Es difícil liberar a otros si tú no eres libre. Cuando recibes tu identidad, eres libre para servir y ayudar a otros. Dios quiere levantar personas que levanten a otras y modelen lo que significa ser hijos del Rey de reyes y Señor de señores.

«Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios». Moisés rechazó el nombre que el mundo le daba y aceptó el nombre que Dios le daba. ¿Cómo pudo renunciar a los tesoros de Egipto? Porque tenía un tesoro mayor: libertar a un pueblo, ver el mar abrirse y ver la gloria de Dios en su vida.

El diablo le ofreció a Jesús todos los reinos del mundo a cambio de adoración, y Jesús respondió: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Rehúsa los nombres que el mundo te impone, y llámate como Dios te llama: pueblo santo, adquirido por Dios, libertador, conquistador, rey, sacerdote, hijo del Dios altísimo. «Mío eres».

Moisés rechazó los tesoros de Egipto porque tenía uno más valioso. Cuando Dios es tu tesoro, se abre para ti lo mejor. Prepárate para un nuevo nivel.

Dios le dijo a Moisés: «Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo». Dios no exige perfección, sino disposición. ¿Cómo está tu disposición? Nadie puede llevarte a creer lo que tú no te has permitido creer. El llamado de Dios es una invitación a creer que él hará grandes cosas.

Moisés respondió: «¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?». Moisés sabía quién era Dios para él, pero no sabía quién era él para Dios. Y cuando dijo que era torpe de lengua, necesitaba recibir una identidad más completa. Dios le dijo: «Ve, porque yo estaré contigo; y esto te será por señal: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte».

Moisés insistió: «Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé?». Y Dios dijo: «YO SOY EL QUE SOY». Deja de dar tantas explicaciones y cree lo que Dios ha dicho. No importa tanto lo que digan los demás como lo que Dios ha declarado. Levántate y ve.

Una copa que rebosa desde la identidad

«Jehová es mi pastor; nada me faltará… Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando». Mi copa «está» rebosando, en presente. Cuando sabes quién es Dios para ti, tu copa empieza a llenarse; cuando sabes también quién eres tú para él, rebosa para otros.

«Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida». Aunque atravieses dificultades, puedes levantarte de nuevo, porque Dios es bueno y fiel. David, rey de Israel, sabía que había un Rey de reyes. Y puedes decirles a otros: «El Padre que yo tengo, también tú puedes conocerlo; lo que hizo conmigo, puede hacerlo contigo».

Imagina un cachorro de león solo, rodeado de depredadores. De repente se oye el rugido de su padre, y todo cambia. Quizá en algún momento te sientes como ese cachorro. Pero tienes Padre: el Rey de reyes y Señor de señores. Recibe esa identidad.

Ten la humildad de reconocer cuando tu identidad no está bien. Si has creído que eres solo lo que haces, o has luchado durante años por sentirte alguien, ya eres alguien para Dios. No necesitas hacer algo para llegar a serlo: necesitas creer para recibir que eres especial. Le perteneces a Dios, y él te ama y quiere darte lo que nadie más puede darte.

Abre tu corazón al tesoro más grande: al Rey de reyes y Señor de señores, que fue a la cruz por ti. Ora: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te recibo como mi Señor y mi Salvador».

Referencias bíblicas