EN Oración
Serie Conectados

Conectados a sus promesas

Todas las promesas de Dios son en él «sí» y «amén». Dios es fiel; lo que puede estorbar su cumplimiento es nuestra falta de fe. El Espíritu Santo es la garantía que te mantiene conectado a ellas. Las promesas están fuera de la zona de confort. Jesús le preguntó al paralítico de Betesda «¿Quieres ser sano?», y cuando él llega, te hace el próximo. No pierdas tu turno.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
21 min

«Mas, como Dios es fiel, nuestra palabra a vosotros no es Sí y No… porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios». Nuestra palabra a veces es sí y a veces es no; un amigo puede prometerte algo y fallar. Pero si Dios lo dice, lo cumple. Si no vemos muchas promesas cumplidas, no es porque Dios falle: el único que puede estorbar es uno mismo. La fe no le pone la demanda a Dios; te la pone a ti.

Versículo clave

«porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios.»

2 Corintios 1:20

Fíjate en la frase «por medio de nosotros». Dios te incluye en sus promesas y te usa como instrumento para manifestar su gloria. Será glorioso ver sus promesas realizadas en tu vida, porque tú eres el medio que él quiere usar. Si tienes fe, puedes reflejar su gloria.

Abraham es el ejemplo de alguien conectado a la promesa: «Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido». Su cuerpo y las circunstancias decían lo contrario, pero él se mantuvo aferrado a lo que Dios había dicho. Esa convicción plena es la que te mantiene conectado mientras esperas.

La garantía del Espíritu

«Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones». Las arras son una garantía, un anticipo que asegura que el trato se cumplirá. En los negocios humanos, a veces las arras se pierden. Pero Dios te dio la garantía de su Espíritu, y su pacto está firmado con la sangre de Cristo.

Dios le prometió a Israel una tierra maravillosa. Una generación no entró porque no quiso creer, pero la siguiente sí entró. La promesa seguía siendo sí y amén, pero no todos la creyeron. La palabra «amén» habla de firmeza, solidez, permanencia, credibilidad y seguridad total. Era casi un juramento. A veces dices «amén» en la reunión y, cuando llega el desafío, te retiras. Cada vez que dices amén, haces un compromiso con Dios sobre lo que acabas de escuchar.

El Espíritu Santo te mantiene conectado a las promesas. Muchas veces no ves salida ni sabes por dónde llegarán. Pero los hombres y mujeres de oración se mantienen conectados. Entras a tu lugar de oración sin ver salida, y el Espíritu te dice: «Confía; sigue adelante; no te rindas». Si alguien te pregunta: «¿Cómo va ese asunto?», puedes responder: «Aunque parezca cerrado, Dios dijo que la promesa está en camino; si esta puerta no se abre, él abrirá otra». Quien tiene intimidad con el Espíritu no se detiene, aunque esté en medio de la tormenta.

Todas las promesas de Dios tienen algo en común: están fuera de tu zona de confort. Ninguna se cumple mientras permaneces cómodo. Es tiempo de desacomodarte y aceptar lo que la fe te demanda.

¿Quieres ser sano?

«Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos. En estos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua». De tiempo en tiempo un ángel agitaba el agua, y el primero que descendía quedaba sano. Ellos tenían expectativa, aunque la visitación era ocasional. Hoy, porque Jesús fue a la cruz y envió al Espíritu, puedes experimentar la presencia de Dios a cualquier hora. Pero a veces nos acostumbramos y perdemos la expectativa. Cada día puede ser un día sobrenatural.

«Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?». No importa el nombre de tu enfermedad: hay un nombre sobre todo nombre. El hombre respondió: «Señor, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo». Jesús no le preguntó si podía, sino si quería. Su primera parálisis estaba en su mente.

Versículo clave

«Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?»

Juan 5:6

Hay promesas que no puedes lograr con tus fuerzas, pero sí alcanzar por la fe. El pecado, los malos pensamientos, la falta de perdón y la incredulidad paralizan tu mente y tu corazón. La expectativa es la preparación del corazón para recibir la promesa. Aquel hombre se arrastraba hacia el agua una y otra vez: es mejor morir creyendo que vivir dudando. «Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda». Cuando otros se te adelantan, recuerda: cuando Jesús llega, te hace el próximo. Él acelera los procesos.

El hombre obedeció: «Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo». Treinta y ocho años de espera terminaron en un instante cuando Jesús habló y él respondió con obediencia. La promesa se activa cuando haces lo que Jesús te dice, aunque lo que te pida parezca imposible para tu condición. Levántate, toma tu lecho y anda.

No pierdas tu turno

Israel tenía la promesa de una tierra que fluía leche y miel; mientras tanto, recibía maná. Algunos creen que la voluntad de Dios es el maná, pero el maná era el proceso; la promesa era la tierra. Por su mala actitud en el proceso, aquella generación se quedó en el desierto y perdió su turno. Lo que no se mueve en la dirección de las promesas, se estanca. Pero se levantó otra generación, la de Josué y Caleb, que tenía un espíritu diferente. Caleb, cuarenta y cinco años después, dijo: «Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió… Dame, pues, ahora este monte».

Jesús contó de diez vírgenes que esperaban al esposo. Cinco eran prudentes y llevaban aceite; cinco eran insensatas y no lo llevaban. Mientras las insensatas iban a comprarlo, llegó el esposo, «y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta». Perdieron su turno por buscar a última hora lo que ya deberían haber tenido. Hay promesas listas para tu vida que requieren la madurez y el carácter que Dios espera de sus hijos. Dios es bueno, pero también es justo.

No te acomodes a las circunstancias: en Cristo eres más que vencedor. Conéctate a sus promesas por medio de la oración, la fe y la intimidad con el Espíritu. Prepárate para desafíos que parecen imposibles. Esta puede ser la generación que no pierde su turno, porque las promesas de Dios siguen siendo sí y amén.

Referencias bíblicas