EN Oración
Serie Conectados

Conectados a la victoria

La victoria se recibe atravesando batallas: ensancha el corazón por la fe, persevera en la siembra y prepárate para el nuevo nivel que Dios promete.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
42 min

Queremos las victorias, pero no las batallas. En Dios, una victoria no llega separada de la batalla que la respalda: estar conectados a la victoria es también estar dispuestos a pelear. Las batallas forman la vida y el carácter necesario para disfrutar lo que Dios tiene; por eso, la iglesia se dispone tanto para las victorias como para atravesar juntas las batallas.

Un corazón ensanchado para creer

2 Corintios 6:11-13: Pablo se dirige a la iglesia de Corinto, y esas palabras se aplican hoy a la iglesia: la expresión «nuestro corazón se ha ensanchado» es la imagen de una iglesia dispuesta a creer, recibir y avanzar.

Versículo clave

«Nuestra boca se ha abierto a vosotros, oh corintios; nuestro corazón se ha ensanchado. No estáis estrechos en nosotros, pero sí sois estrechos en vuestro propio corazón. Pues, para corresponder del mismo modo (como a hijos hablo), ensanchaos también vosotros.»

2 Corintios 6:11-13

La estrechez que Pablo menciona no se debe a que él haya dejado de hablarles, sino al corazón de los corintios. Es como recibir una palabra grande en un corazón que no se ensancha para apreciarla. Cuando la fe cede, el corazón se estrecha; cuando se cree la palabra, puede ensancharse incluso mientras continúan la angustia, el dolor o la crisis. Ensanchar el corazón no significa que la victoria ya llegó, sino que estamos rumbo a ella.

La estrechez puede traer tristeza, amargura, frustración, llanto y dolor. Pablo exhorta a los corintios a ensancharse, y eso significa alimentarse en la fe. La promesa puede ensanchar el corazón antes de que se vea su cumplimiento, y después de la promesa viene la batalla. Por eso, el problema no es la presencia de tribulación o desafío, sino dejar que el corazón se cierre y no crea.

Esa idea se relaciona con el pueblo de Israel: su mayor cautiverio quizá no fue el de Egipto, sino el que vivió camino por el desierto, porque el corazón y la mente seguían estrechos y anhelaban regresar. Como dice la frase: «salieron de Egipto, pero Egipto nunca salió de ellos». Dejemos que la palabra ensanche el corazón en medio de lo que estemos viviendo.

Todo gran desafío de fe es, a la vez, una gran victoria que requiere estar listos para la batalla. La iglesia quiere ambas cosas: la victoria y la batalla. El sacrificio es parte del camino; Jesús y la cruz del Calvario recuerdan que la batalla no se quita. Mantengámonos unidos como iglesia en las victorias y también en las batallas.

Regocijarse y extender la tienda

Isaías 54:1-3 contiene la exhortación dirigida a la estéril que no daba a luz: regocijarse, levantar canción y extender la tienda. Esas palabras son para quienes atraviesan una situación de esterilidad o estrechez, y regocijarse es una decisión de fe antes de ver el cambio. No se trata de contar la historia de lo que ocurrió allí, sino de declarar lo que puede ocurrir en nuestra vida.

Versículo clave

«Regocíjate, oh estéril, la que no daba a luz; levanta canción y da voces de júbilo, la que nunca estuvo de parto; porque más son los hijos de la desamparada que los de la casada, ha dicho Jehová. Ensancha el sitio de tu tienda, y las cortinas de tus habitaciones sean extendidas; no seas escasa; alarga tus cuerdas, y refuerza tus estacas. Porque te extenderás a la mano derecha y a la mano izquierda; y tu descendencia heredará naciones, y habitará las ciudades asoladas.»

Isaías 54:1-3

La invitación se vuelve concreta: ensanchar el sitio de la tienda, extender las cortinas, alargar las cuerdas y reforzar las estacas. Esas imágenes animan a no pensar con escasez por dentro, aunque exista escasez externa. La escasez en la mente y el corazón puede impedir avanzar hacia una victoria. La historia de la mujer estéril nos desafía a creer que Dios puede hacer posible lo que hoy parece imposible.

La expresión «irrumpe» significa romper y entrar con fuerza, con imágenes de arrancar, abrir y atacar. Es un llamado a «atacar». El desafío es para quien se siente estrecho: levantar un sueño mayor y buscar a Dios en medio de la esterilidad. «No he venido a consolarte, he venido a desafiarte»: es un llamado a creer, soñar y avanzar hacia lo prometido.

Dios bendecirá, pero a la iglesia le toca creer, atacar y sembrar. Hay una parte que le corresponde a Dios y otra que debe asumir cada persona: hay batallas de fe que Dios no hará en lugar de quienes deben atravesarlas. Intenta alcanzar a alguien que está a dos o tres lugares de distancia: hasta ese gesto requiere esfuerzo.

Dolores que anuncian algo nuevo

La imagen del parto ayuda a entender que algunos momentos difíciles pueden formar a una persona. Si la mujer de Isaías que no daba a luz llegara a dar a luz, experimentaría dolores que antes no tenía. Imaginemos la conversación de una pareja que descubre un embarazo: él se siente «un campeón» si ocurre dentro del orden de Dios, mientras ella quizá se sorprenda.

La ilustración continúa con náuseas, cambios hormonales e incomodidades; en los primeros meses existe, además, más riesgo de perder un bebé. Esas incomodidades se parecen a las batallas que se viven después de recibir un sueño. Ciertas circunstancias pueden entrenarnos para lo que viene, y hay dolores que anuncian algo nuevo: hay contracciones «en el espíritu» cuando se tienen grandes sueños de Dios.

¿Quién se retira ante los primeros dolores? Una mujer saca fuerzas al ver al bebé. Si una pareja se preguntara si habría pasado por todo eso de haber sabido lo que implicaba, al ver al hijo respondería que sí. Por eso, no te dejes asustar por las incomodidades si crees que anuncian algo glorioso. Hay momentos incómodos y difíciles, pero son parte de un proceso.

Así son los sueños de la iglesia. Uno podría preguntarse quién querría meterse en otro desafío; pero Dios es bueno y aprecia los sueños y las promesas de su pueblo. En las batallas estamos juntos. Como la madre a la que le dicen qué hermoso es su hijo: «si supieras lo que me costó».

David primero luchó con un león, después con un oso y luego con un gigante: cada batalla anuncia un nuevo nivel, y los gigantes ponen a prueba la resistencia. Lo que Dios construye por fuera es resultado de lo que hace por dentro, porque «nosotros somos el verdadero templo». Después de una batalla, la fe ya no es la misma: cada batalla es una oportunidad de crecimiento.

Imagina el testimonio que alguien podrá dar: estaba creyendo por «esta casa para Dios» y le rebajaron el sueldo; pero sabía que era una batalla para una gran victoria, y al tiempo Dios lo envió a abrir una empresa y a partir de eso hizo milagros. Una etapa difícil puede preceder a algo nuevo.

El llamado es creer por lo que hoy no se tiene: «Hoy no tienes nada, pero lo haré todo en tu vida»; eso significa «irrumpe». Toma lo que Dios tiene para ti: Dios trabajará en la sabiduría y la fortaleza de la iglesia. Podemos ser otra iglesia e ir de gloria en gloria, pero es en el proceso donde Dios trabaja. La batalla es el lugar de formación, y la gloria es la victoria.

Una victoria en medio del horno

El relato de Sadrac, Mesac y Abed-nego comienza con el decreto de Nabucodonosor. La escena bíblica se sitúa después de que el rey ordena adorar una estatua: quienes no lo hagan serán echados al horno de fuego. Sobresale la respuesta de los tres: confían en que Dios puede librarlos, pero declaran que, aunque no lo haga, no adorarán la estatua. Esa respuesta nos interpela: si uno no ha servido a Dios, ¿podría decir «al Dios a quien le hemos servido»?

El rey enfurecido y el horno calentado siete veces más de lo acostumbrado forman parte de la narración bíblica. El número siete es figura de perfección: la obra que Dios comenzó en nuestra vida la terminará.

Escogieron a los más fuertes para atar a los tres, y esos hombres murieron al acercarse al horno. Luego el rey pregunta cuántos habían sido echados y ve a cuatro, uno con semejanza a un hijo de Dios. Los tres no fueron librados de entrar en el horno: la presencia junto a ellos en el fuego fue una victoria que no consistió en evitar la batalla. Imagina la conversación mientras se pasean dentro del horno, con Jesús allí.

Jesús no se metió en el horno para impedir que entraran, sino que estuvo con ellos en la prueba. El episodio fue exclusivo para los hijos de Dios: quienes pretendían meterlos murieron, mientras ellos salieron sin olor a humo. Un corazón ensanchado y sano puede atravesar procesos sin quedar definido por la amargura o la frustración. No te amargues por las batallas; deja que Dios te forme para disfrutar las victorias.

Seguir arando y sembrando

En 1 Reyes 19:19, el relato bíblico presenta a Eliseo arando con doce yuntas y a Elías echándole el manto. Eliseo trabajaba la tierra y sembraba, y de ese pasaje surge una imagen de perseverancia: seguir arando y sembrando aunque cambie el clima o haya dificultades, bajo el sol o la lluvia, cada día.

El manto representa autoridad, poder y un nuevo nivel para Eliseo. Podemos imaginar que el hombre no se dio por vencido con el arado y que, por eso, llegó el día del manto. La exhortación para la iglesia es «no renuncies a la batalla»: romper la tierra, sembrar y creer en lo que Dios tiene. Mantén el arado sin importar cómo amanezca, aun cuando hayas tenido un mal día o el clima no acompañe.

Se puede sembrar con lágrimas o con risas. Quienes siembran con lágrimas recogerán con regocijo, y esa idea anima a perseverar con fe, incluso cuando algo duela. Quizá Eliseo tuvo días de frustración, como los tenemos nosotros. No renuncies a la cosecha ni te muevas de lo que Dios ha dicho.

Eliseo cosechó aquello por lo que se había trabajado y lo que había sido sembrado; después, dejó el arado y siguió a Elías. Ese momento es el paso a otro nivel, con un nuevo manto, unción, autoridad y bendición. La imagen central permanece: perseverar en la labor antes de recibir una nueva asignación.

Siembra no dando «lo que no te cueste», sino permitiendo que Dios hable y que tu aporte marque una diferencia en tu vida. Vendrán testimonios, y la pregunta «Dios, ¿dónde me tiene hoy?» recuerda el camino que hay entre hacer una promesa y ver sus frutos.

¿Estamos listos para la batalla, para dar y para sembrar? Preparémonos para el manto que viene para la iglesia: un manto como nunca antes se ha visto en la nación. Los retos de fe no son solo de los pastores, sino de toda la iglesia. Donde hay siembra habrá cosecha; no dejemos de arar. Satanás siempre va a pelear por territorio y finanzas; aun así, veremos la victoria de Dios.

Una oración para ensanchar el corazón

Regocíjate y pon la mano en tu corazón. Que se vaya toda estrechez de la mente y del corazón, para poder recibir las promesas y los planes de Dios para nuestras vidas y como iglesia. Si piensas que no tienes nada para aportar o que quizá no eres parte de algo tan grande, la pregunta no es si tienes algo, sino si crees. Al ensancharse el corazón, habrá espacio para los grandes sueños de Dios.

La oración pide que de ese lugar salgan hijos e hijas de Dios dispuestos a pelear la batalla, abrir surcos y sembrar semillas aunque no vean salida. Cuando menos lo sientan, el manto será puesto sobre sus vidas y verán la victoria. Que toda escasez y estrechez del corazón se vayan, y que cada uno pueda decirle a Dios: «Yo soy parte de esa victoria; estoy listo para la batalla». En el nombre de Jesús. La invitación esencial es ensanchar el corazón, creer, perseverar en la siembra y vivir como iglesia tanto la batalla como la victoria.

Referencias bíblicas