EN Oración
Serie Acuerdo

¿Con quién está de acuerdo tu fe?

La fe no consiste en convencer a Dios para obtener lo que deseamos, sino en confiar en su voluntad. Nuestras palabras, decisiones y obediencia revelan si hemos puesto nuestra fe en Él o en nuestras propias fuerzas.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
54 min

La fe no consiste en convencer a Dios de hacer lo que queremos. Tener fe es confiar en Él y alinear el corazón con su voluntad, aun cuando esa voluntad no coincida con nuestros deseos. Podemos pedir por las cosas pequeñas y por las grandes, pero el centro de la oración no es imponer nuestros planes: es abrazar la vida que Dios tiene para nosotros y recibir todo lo que Él ha dispuesto.

La voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta. A veces nos frustramos porque una respuesta no llega como la esperábamos, e intentamos utilizar la oración para forzar aquello que deseamos. Confiar significa reconocer que Dios sabe lo que hace incluso cuando no hemos recibido lo que pedimos. El verdadero acuerdo de fe no exige que Dios se alinee con nosotros; nos invita a caminar conforme a lo que Él ha dicho.

Lo importante no es la montaña, sino en quién pones tu fe

Cuando Jesús habló de la higuera seca y de la montaña que podía ser removida, comenzó con una instrucción decisiva: «Tened fe en Dios». Antes de pensar en el tamaño del obstáculo, debemos considerar dónde está puesta nuestra confianza. Podemos desear que una montaña desaparezca, pero la fuerza de nuestra fe no proviene de nuestra capacidad para creer, sino del Dios en quien creemos.

Versículo clave

«Respondiendo Jesús, les dijo: Tened fe en Dios.»

Marcos 11:22

Dios puede obrar milagros a través de las personas, y es motivo de gratitud ser instrumentos de su poder. Pero la gloria no pertenece al instrumento. Cuando confundimos los resultados, la experiencia o los dones con la fuente del milagro, el corazón empieza a llenarse de orgullo. Lo extraordinario no es cuánta fe decimos tener, sino que esa fe esté depositada en Dios. Él hace la obra y nos concede participar en ella.

Es posible confiar intensamente en algo equivocado y confiar muy poco en Aquel que todo lo puede. A veces nuestros logros dejan de despertar gratitud y se convierten en la razón por la que nos sentimos invencibles. Entonces dejamos de depender de Dios y comenzamos a depender de lo que sabemos hacer, de nuestra inteligencia o de lo que antes nos funcionó. La fe en Dios mantiene el corazón humilde porque nos recuerda de dónde proviene nuestra fortaleza.

La autosuficiencia nos impide escuchar a Dios

Pedro aseguró que jamás negaría a Jesús, aunque los demás tropezaran. Su convicción parecía firme, pero estaba más de acuerdo con lo que pensaba de sí mismo que con la advertencia que acababa de recibir. Cuando confiamos demasiado en nosotros mismos, dejamos de escuchar lo que Dios nos dice. Podemos repetir que somos fuertes, capaces o experimentados y, sin darnos cuenta, cerrar el corazón a su dirección.

En otra ocasión, Pedro dio pasos sobre el agua porque respondió a la invitación de Jesús. El viento no desapareció mientras caminaba; estaba allí desde el principio. Pero, cuando su atención pasó de Jesús a la tormenta, comenzó a hundirse. También nosotros podemos empezar obedeciendo su palabra y después hacer un acuerdo con el miedo que producen las circunstancias. La misericordia de Dios nos alcanza cuando comenzamos a hundirnos y vuelve a dirigir nuestra mirada hacia Él.

La fe en Dios comienza donde termina la autosuficiencia. Podemos pasar un día entero sin orar y pensar que hemos vivido gracias a nuestras propias fuerzas; sin embargo, incluso cada respiración depende de Dios. No se trata de despreciar la inteligencia, el trabajo o la experiencia, sino de impedir que ocupen el lugar que le corresponde a Él. Nuestra sabiduría es limitada; su palabra puede guiarnos mucho más allá de lo que alcanzamos a comprender.

Versículo clave

«Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia.»

Proverbios 3:5

Caminar por fe, y no por vista, significa permanecer sostenidos por Dios en medio de aquello que todavía no entendemos. Hay logros que podemos obtener con esfuerzo y recursos que podemos acumular, pero no todo lo que conseguimos puede sostenernos. Solo Dios permanece fiel cuando cambian las circunstancias. Su presencia nos sostiene tanto en los días de respuesta como en los días de espera.

El acuerdo con Dios se confirma con obediencia

La pesca milagrosa muestra lo que sucede cuando la confianza se convierte en una decisión. Pedro había trabajado toda la noche y no había pescado nada. Conocía su oficio, las redes, las aguas y los horarios. Sin embargo, Jesús lo invitó a entrar en lo profundo y volver a echar las redes. La experiencia decía una cosa, pero la palabra del Señor marcó otro camino.

Pedro respondió: «Por tu palabra echaré la red». No estaba negando lo que sabía ni fingiendo que la noche anterior había sido fructífera. Estaba eligiendo obedecer una palabra por encima del límite de su conocimiento. El Dios que creó el día y la noche no está sujeto a lo que nuestras estadísticas, circunstancias o experiencias declaren posible. Su palabra puede llegar a lo más profundo de nuestra vida y abrir paso a lo que no podíamos producir por nuestras fuerzas.

El acuerdo con Dios comienza en el corazón, se expresa con la boca y se confirma con la obediencia. Podemos afirmar que creemos y, sin embargo, tomar decisiones que contradicen aquello en lo que decimos confiar. La fe no se reduce a obtener cosas: también es obedecer a Dios mientras atravesamos procesos difíciles. Si la confianza no transforma nuestras decisiones, debemos preguntarnos con quién estamos realmente de acuerdo.

Nuestras palabras revelan dónde está nuestra confianza

Lo que decimos cada día deja ver aquello en lo que creemos. Pero nuestras palabras no tienen un poder independiente de Dios. No se trata de pronunciar cualquier deseo como si nuestras declaraciones pudieran obligar a la realidad a obedecernos. Se trata de hablar en acuerdo con la palabra de Dios, porque es su palabra la que tiene poder. La pregunta no es solamente qué estamos diciendo, sino de dónde nace lo que decimos.

Goliat confiaba en su fuerza, sus armas y su experiencia; David enfrentó al gigante en el nombre del Señor. El ejército de Israel había escuchado tantas veces las amenazas de Goliat que comenzó a vivir de acuerdo con el temor que esas palabras provocaban. David eligió otra voz y otra confianza. Hay una diferencia entre creerle al tamaño del problema y creerle al Dios que está por encima de él.

El centurión romano también comprendió dónde debía poner su fe. Aunque tenía autoridad y había mostrado generosidad, no dependió de su posición para obtener la sanidad de su siervo. Reconoció la autoridad de Jesús y pidió que dijera solamente la palabra. No necesitaba controlar el modo en que sucedería el milagro; confiaba en Aquel que había hablado. Así debe descansar nuestra fe: no en nuestra capacidad de explicar cada resultado, sino en la autoridad de Dios.

No sigas a las multitudes: sigue a Jesús

No todo lo que aceptamos o celebramos está de acuerdo con la voluntad de Dios. La presión social puede hacer que una práctica parezca inofensiva porque todos participan en ella, pero seguir a Jesús implica examinar si nuestras decisiones están alineadas con su palabra. Una convicción de fe no debe abandonarse por agradar a otros. No naciste para seguir multitudes; naciste para seguir a Jesús y presentarlo a las multitudes.

Celebrar las tinieblas no está de acuerdo con la voluntad de Dios. Halloween no es una celebración que deba abrazar quien ha decidido seguir a Jesús: no sigas a las multitudes ni adaptes tu fe a las costumbres del mundo. La firmeza en la Palabra también debe acompañarse del amor hacia las personas. No se trata de juzgarlas por sus disfraces o sus adornos, sino de invitarlas a la luz de Cristo. Estar rodeado de cristianos tampoco significa necesariamente seguir a Jesús. Nuestra fe se reconoce en las decisiones que tomamos, incluso cuando la presión del entorno nos empuja en otra dirección.

Ni la fuerza ni las riquezas pueden ocupar el lugar de Dios

Sansón se acostumbró tanto a su fuerza que llegó a levantarse pensando que podría librarse de sus enemigos como lo había hecho antes. No advirtió que había perdido lo más importante. La fuerza física, la capacidad profesional y los talentos tienen límites. Dios no se cansa ni depende de nuestras condiciones. Algunos confían en sus carros de guerra y otros en sus caballos, pero nuestra confianza debe estar en el Señor.

También podemos colocar a una persona en el lugar que solo le corresponde a Dios. Es correcto recibir ayuda, amar a la familia y confiar responsablemente en quienes caminan a nuestro lado. Pero ningún ser humano debe convertirse en la fuente absoluta de nuestra seguridad. Dios usa personas para bendecir y abrir caminos; aun así, nuestra fe permanece puesta en Él y no en el instrumento.

La confianza en Dios también nos libera de someternos al dominio de otros o de intentar dominarlos. Hay personas que, por miedo al abandono, llegan a tolerar que su pareja les sea infiel repetidamente para no quedarse solas. Pero cuando Dios da valor a nuestra vida, dejamos de aceptar aquello que nos destruye. Nadie nació para enseñorearse de otra persona. La autoridad debe inspirar, proteger y cubrir; nunca manipular ni abusar. No permitas que el temor al abandono o la necesidad de aceptación te sujeten al control de otra persona. Solo Dios debe ocupar el lugar de Señor de tu vida.

El dinero es otra fuente de confianza que puede parecer sólida y terminar siendo inestable. Podemos ahorrar, trabajar y recibir abundancia, pero las riquezas no tienen la capacidad de sostener el corazón. La primera carta a Timoteo enseña a no llenarse de orgullo ni poner la esperanza en las riquezas inciertas, sino en el Dios vivo, que da en abundancia para que disfrutemos lo recibido. Tener recursos no garantiza disfrutarlos cuando el corazón está gobernado por ellos.

La generosidad revela una confianza diferente. Quien no está dominado por el dinero puede escuchar a Dios y responder con libertad a las necesidades de otros y a su obra. El joven rico había procurado guardar los mandamientos, pero sus posesiones ocupaban un lugar que le impedía responder plenamente a Jesús. No basta con sentirse bueno por lo que se ha hecho. Nuestra esperanza de salvación no descansa en los logros ni en la conducta, sino en Dios y en su gracia.

Si tu seguridad depende de que todo esté resuelto, tus circunstancias dirigirán tu paz. Si depende de que tu cuenta bancaria nunca disminuya, el dinero dirigirá tu corazón. Si depende de que otra persona nunca te falle, vivirás a merced de sus decisiones. Pon tu fe en Dios. Él es estable cuando todo a nuestro alrededor cambia, y su palabra permanece aunque las cosas de este mundo pasen.

La fe agradece aun antes de recibir la promesa

Abraham recibió una promesa cuando su edad y la esterilidad de Sara parecían contradecir la posibilidad de verla cumplida. No negó aquella realidad, pero tampoco permitió que determinara el lugar donde pondría su confianza. Su fe se fortaleció al mirar al Dios que había prometido, y le dio gloria y gracias antes de ver el cumplimiento. La gratitud no dependió de tener el resultado en las manos.

Cuando ponemos la fe únicamente en lo que esperamos recibir, la gratitud suele quedar aplazada hasta que llegue la respuesta. Pero cuando la ponemos en Aquel que prometió, podemos agradecer incluso en la espera. El regalo más grande no es la promesa recibida: es el Dios que la ha hecho. Su fidelidad merece nuestra adoración antes, durante y después del cumplimiento.

Revisa dónde está puesta tu fe. ¿En tus ahorros? ¿En tu trabajo? ¿En tu familia? ¿En la salida de un problema? ¿En tus fuerzas o en la influencia de una persona? Es bueno cuidar lo que has recibido, trabajar y amar a los tuyos, pero ninguna de esas cosas debe ocupar el lugar de Dios. Puedes confiar en su provisión con trabajo o sin él, en medio de la dificultad y antes de recibir la respuesta que esperas.

Haz un acuerdo de fe con Dios. Rinde tu voluntad a la suya, escucha su palabra y deja que tus decisiones confirmen lo que dices creer. Jesús rindió su voluntad al Padre en Getsemaní y abrió el camino de salvación. Acércate a Él con humildad y arrepentimiento, abre tu corazón y reconoce a Jesús como Señor y Salvador. Tu fe no tiene que estar de acuerdo con tus temores, tus recursos ni tus circunstancias: debe estar de acuerdo con Dios.

Referencias bíblicas