EN Oración
Serie Historia

El mejor Autor: confía a Dios los capítulos de tu vida

Tu vida es una historia, y Jesús, el autor y perfeccionador de la fe, puede redimirla. Descubre por qué no debes ser tu propio autor ni dejar que el dolor escriba tu guion.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
54 min

Toda la Biblia es historia. Son historias sobrenaturales, historias de rendición y de procesos, protagonizadas por hombres y mujeres con muchas imperfecciones, pero con un Dios perfecto. Lo que estás viviendo hoy no es casualidad: estás viviendo una historia. Y para tener la mejor historia necesitamos al mejor autor.

Detrás de toda gran historia hay un autor

Cuando ves una buena película puedes pensar que los actores son los mejores, pero detrás de ellos siempre hay un autor. Las historias de Dios son las mejores del universo porque tenemos al mejor autor de todos los tiempos. Y no son fantasía ni ficción: son el poder, la gloria, el amor, la bondad y la fidelidad de Dios para nuestras vidas.

La Biblia tiene las mejores historias, aunque muchas veces se han contado de la peor manera. Por eso alegra tanto ver series y películas cristianas hechas con excelencia: tenemos las mejores historias porque tenemos al mejor autor.

Hebreos 12 nos invita a fijar la mirada en Jesús, el autor y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.

Versículo clave

«puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.»

Hebreos 12:2

Jesús sabía que la cruz no sería fácil y que significaba vergüenza, pero también que después de ella le esperaba algo glorioso. Y su motivación ni siquiera era volver a sentarse a la diestra del Padre: era tu nombre y el mío, darnos salvación. Su historia cambiaría nuestra historia. Por eso hoy tenemos algo muy valioso: una oportunidad. En la historia de este autor no hay una sola vida, sino millones de vidas salvadas y transformadas.

Jesús inicia, sostiene y perfecciona tu fe

Desde antes que naciéramos ya había una historia escrita para cada uno de nosotros. Antes no teníamos opción, porque estábamos muertos en delitos y pecados; pero hoy podemos escoger un autor diferente. Tú decides quién será el autor de tu vida, y la invitación es clara: escoge al mejor autor, a Jesús.

Que él sea el autor y perfeccionador de la fe significa que él la inicia, la sostiene y la termina. Tal vez empezaste tu día con muy poca fe o sin nada de fe; aun quienes ministran desde un altar han llegado alguna vez con su fe en el nivel más bajo. Qué maravilloso es saber que el autor en quien confiamos puede volver a iniciar tu fe y perfeccionarla. Él no está buscando en ti una fe perfecta, sino un corazón dispuesto a recibir lo que tiene para tu vida.

Tú no puedes traer una fe perfecta, pero sí tienes un autor perfecto de la fe que sigue obrando. Cuando disponemos nuestra vida, la fe aumenta, porque la fe crece por su palabra: el autor usa su palabra para formar tu fe. Y si él es el autor, tu fe no está en riesgo. Puede variar, pero no está en riesgo, porque este autor no abandona su obra, y tú y yo somos parte de ella. Si tu fe depende de ti, se rompe; si depende del autor, permanece.

Lo primero que debemos reconocer es que la fe no nace del hombre: es un regalo de Dios. Cuando admiramos a alguien como un gran “hombre de fe” por los milagros que ocurren al orar, corremos el riesgo de caer en idolatría. La fe que Dios nos permite usar no es para hacernos famosos, sino para hacerlo famoso a él, porque es suya. La historia de fe no comienza contigo, comienza con Dios, y él usa incluso los procesos para perfeccionarla. Tu fe en Dios marca una historia diferente.

No seas tu propio autor

Podemos decidir ser los autores de nuestra propia vida: “yo sé cómo son las cosas”, “a mi manera”. Pero no hay nadie a quien eso le haya funcionado. Quien en distintas etapas se ha desviado y ha empezado a autogobernarse descubre lo peligroso que es: nunca termina como la mejor historia. Cuando creemos saber más que todos, el autor termina siendo el ego, el orgullo.

Por eso la Biblia nos deja esta instrucción en Proverbios 3: confía en el Señor con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia; reconócelo en todos tus caminos y él enderezará tus sendas; no seas sabio en tu propia opinión, teme al Señor y apártate del mal, porque será medicina para tu cuerpo y refrigerio para tus huesos.

Versículo clave

«Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas. No seas sabio en tu propia opinión; Teme a Jehová, y apártate del mal Porque será medicina a tu cuerpo, Y refrigerio para tus huesos.»

Proverbios 3:5–8

Aunque seas muy inteligente y tengas muchos títulos, no pretendas ser el autor de tu propia vida. Confía de todo corazón en el autor que te dio la vida, el que con su palabra creó el universo. Confiar en Dios es medicina para nuestra carne, esa carne tan necia y tan malagradecida con la que a veces nos enojamos.

Necesitamos esa medicina porque la carne nos engaña. Tiene deseos que nos apartan del autor y nos llevan al pecado, y cuando el pecado es el autor de nuestra vida, nos destruye. Por más que tu inteligencia te diga “yo sé lo que debo hacer”, confía en Dios. No hay autor como él.

La decisión es entregarle el guion: que él dirija nuestra vida y que decidamos con base en lo que el autor dice, es decir, en su palabra. «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.» Esa palabra cumple los planes para la mejor historia de nuestra vida. Y tiene vida no solo porque la escribieron apóstoles y hombres que Dios escogió: no fue la pluma, fue el Espíritu de Dios quien guió las plumas, y está firmada con la sangre preciosa de Cristo, la única que da vida.

Le era necesario pasar por Samaria

Juan 4 relata otra de las mejores historias: «Y le era necesario pasar por Samaria.» Jesús llegó a Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José, donde estaba el pozo de Jacob. Jacob, José, la samaritana: sus historias son de las mejores por una sola razón, el autor. Diferentes humanidades, diferentes defectos, el mismo autor. Todos tenemos defectos y errores distintos, pero hay esperanza, porque podemos decirle: “Quiero que tú seas el autor de mi vida”.

Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo cerca de la hora sexta. Físicamente estaba cansado, pero era necesario. Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar comida, una necesidad básica, y él no fue con ellos porque era necesario estar allí. Algo cambia el día en que ponemos la necesidad de alguien más antes que la nuestra, porque este autor pone nuestras necesidades antes que las suyas.

Podemos imaginar a los discípulos invitándolo a comer algo delicioso cerca de allí. Pero Dios no se adapta a las historias de otros, no importa lo que le ofrezcas. Este autor no busca cumplir las expectativas de los demás: era necesario que estuviera en ese pozo.

Jesús sabía que estaba a punto de cambiar la historia de una mujer, y no sería cualquier historia: sería una de las mejores historias de misericordia, sanidad y poder, una de las sanidades más explosivas de la Biblia, una sanidad interna. De nada serviría que Dios sanara un brazo si no permites que sane tu corazón, porque la vida no mana del brazo: del corazón mana la vida.

Un autor que rompe estructuras y ve la historia completa

Jesús le dijo a la mujer: «Dame de beber». Ella respondió: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí.» Jesús estaba rompiendo tabúes culturales y religiosos. Las mejores historias vienen a romper estructuras en nuestra mentalidad religiosa.

Respondió Jesús: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.» El problema de esta mujer no era la sed física, sino la sed que llevaba por dentro. Había tenido cinco maridos y el que tenía no era su marido. Jesús venía a darle lo que jamás había imaginado, pero que había estado esperando: venía a provocar la mejor historia de amor de su vida, porque no era un hombre más, sino el autor de la vida, el Dios que lo transforma todo.

El autor ve lo que tú y yo no vemos. Nosotros veíamos un pozo; Dios ya la veía libre. Cada hombre que ella había tenido había sido el autor de su vida y había escrito lo que Dios nunca habría escrito para ella. Nosotros vemos el momento; Dios ve la historia completa. Lo que hoy estás viviendo es solo un momento, pero Dios está viendo tu historia. Por eso puedes decirle: “Señor, no permitiré que otro autor destruya mi vida. No voy a decidir por lo que estoy viendo hoy, sino por lo que dice tu palabra”.

La mujer le dijo: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?» Así razonamos cuando solo usamos nuestra inteligencia. Ella no sabía que estaba frente al autor de su vida, y hasta preguntó: «¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo?» Ese día Dios interrumpió su historia, como tantas veces interrumpe la nuestra para decirnos: “Esa no es la historia que escribí para ti. Tu necedad es la que te tiene ahí, no yo. Has escrito tu propia historia, pero yo tengo un guion mejor; mis planes son mejores que los tuyos”.

Jesús interrumpe su camino para escribir la mejor historia, no la más fácil. Los discípulos pensaban en comida; Jesús, en cambiar la historia de la samaritana. Ella buscaba agua y encontró el pozo de agua viva, un agua que no se detiene y sigue fluyendo. Por eso la palabra de Dios es viva y eficaz: la sangre de Cristo fluye en toda ella, y por eso sacude el alma.

La verdad abre la puerta a la redención

Jesús le dijo: «Ve, llama a tu marido, y ven acá.» Ella respondió: «No tengo marido.» Y Jesús le dijo: «Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido.» Esa palabra cambió la historia de esta mujer: habló la verdad. Muchas familias viven atadas porque se cubren mentiras unos a otros para aparentar, y muchas veces guardamos en la oscuridad lo que tiene que salir a la luz. Jesús no estaba allí para acusarla, sino para liberarla, pero necesitaba integridad para escribir la mejor historia en su vida.

El mejor autor no borra tu historia: la redime. No te acusa: te perdona. Dios restaura lo que se perdió, como lo promete Joel 2:25. La samaritana podía pensar: “Arruiné mi historia, esto no tiene arreglo”. Pero este autor puede arreglar el guion, por muchas veces que hayas decidido escribirlo de una manera que él no diseñó, porque es un Dios de misericordia. Hoy puede ser el inicio de una nueva historia para tu vida.

Esa mujer fue redimida y se fue a predicar. Esas son las mejores historias: un día Dios ve tu necesidad, y otro día eres tú quien ve la necesidad de otros y se activa. Surgen anhelos nuevos en tu corazón porque hay una nueva historia y el mejor autor está en tu vida.

Cuando lo inesperado oscurece el entendimiento

En una misma escena Jesús nos lleva a la samaritana, a Jacob y a José: aquel era el pozo de Jacob. Y Jacob fue el hombre a quien un día le llevaron la túnica de colores de su hijo. Según Génesis 37:33, la reconoció y, lleno de dolor, concluyó que una fiera había despedazado a José. Esa túnica de colores hablaba de esperanza y de promesas, pero en ese momento parecía decir que todo había terminado. Lo inesperado oscurece nuestro entendimiento, y entonces preguntamos: “¿Cómo es que estoy viviendo esto?”.

El pozo había sido hecho por un hombre que atravesó muchísimas cosas difíciles, y aun así su vida terminó siendo la mejor historia. Las historias que nos contamos sobre nuestro pasado y sobre lo que estamos viviendo a veces son tan oscuras que afectan nuestra fe. Nos contamos historias malas en medio de la dificultad y le damos autoridad a lo que estamos viviendo. Así, el autor termina siendo el momento difícil, y quedamos atrapados en un instante.

Por eso el fundamento es este: lo primero es elegir al mejor autor. Él es el autor que nos libera cuando estamos atrapados en momentos difíciles: la enfermedad, la estafa, el dinero que no hemos recuperado, la pérdida de alguien. Dios ve lo que nosotros no vemos.

Jacob tenía en sus manos lo que parecía la prueba de que lo que Dios le había prometido había llegado a su fin. Allí mismo rasgó su ropa en señal de tristeza y se vistió de luto durante mucho tiempo.

Podemos estar salvos y perdonados, pero frustrados, preguntándonos qué está pasando mientras la mente nos dice: “Esto terminó”. Hay momentos en que el dolor es tan grande que dan ganas de gritar y pensamos que ya no hay más. El mejor autor de todos sabe lo que es atravesar el dolor: consuela, levanta y recoge nuestras lágrimas. El dolor es parte de la historia que nos toca vivir, pero no puedes permitir que el dolor sea el autor de tu vida.

Todos sus hijos llegaron a consolar a Jacob, pero él no quiso consuelo; lloraba y decía que quería morir para estar con José. La frustración revela cómo habríamos deseado que fueran las cosas: “¿Por qué no fue así? ¿Por qué no fue de otra manera?”. Es algo que todos atravesamos.

Una palabra que se cumple aunque no la veas

¿Dónde estaba José? Jacob lo creía muerto, pero José estaba pasando un momento difícil mientras se cumplía la palabra que Dios le había dado. Esa palabra se estaba cumpliendo, aunque a los ojos de Jacob no era visible. Del mismo modo, hay una palabra cumpliéndose para ti y para tus generaciones que todavía no puedes ver, porque las mejores historias suceden donde menos lo imaginas.

Después vino el hambre. Jacob envió a sus hijos a Egipto, José retuvo a Simeón como garantía y pidieron a Benjamín, el hijo menor. Entonces Jacob dijo: «Me habéis privado de mis hijos; José no parece, ni Simeón tampoco, y a Benjamín le llevaréis; contra mí son todas estas cosas.» Cuántas veces hemos estado ahí, pensando que todo nos sale mal. A veces molesta escucharlo, pero a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien: todas trabajan juntas para crear la mejor historia jamás contada. Nos resistimos mucho a lo que no podemos entender.

Suceden cosas inesperadas, pero cuando Dios es el autor de tu vida, él es intencional. Lo que parece para muerte es para vida. Lo que parecía el final es el comienzo de la mejor historia. A Jacob le parecía que todo estaba en su contra, y todo estaba obrando a su favor. Dios sigue escribiendo nuestra historia, y nuestro final está en las manos del mejor autor.

Dios no deja historias incompletas. A veces una película o una serie se suspende por falta de presupuesto, pero él es dueño del oro y de la plata y sus recursos son ilimitados. Su historia no depende del rating ni de que a todos les guste: la serie continúa si a él le agrada.

Suficiente: el espíritu de Jacob revivió

Génesis 45 relata que los hijos de Jacob subieron de Egipto y le dieron la noticia: José vive y es señor en toda la tierra de Egipto. Pero el corazón de Jacob se afligió, porque no les creía. Tenía razones: eran los hermanos que habían querido matar a José por envidia y luego lo vendieron. Y, sin embargo, de ellos salieron las doce tribus de Israel. Eso debería alegrarnos: todos tenemos esperanza.

Las noticias eran buenas y aun así provocaban aflicción. No tenía que ver con las palabras, sino con el espíritu de quienes las llevaban. Hay personas que te cuentan cosas buenas y sales más triste de como entraste.

Pero cuanto más le contaban lo que José había dicho, y cuando vio los carros que José había enviado para llevarlo, fue como si la sangre comenzara a fluir de nuevo en él: el espíritu de Jacob revivió. Hoy la sangre preciosa de Jesús fluye en nuestra vida: es la que te anima y te impulsa a seguir adelante, y fluye por dentro, no por fuera. Hay personas que Dios usa para revivirte, que llegan y transforman lo que estabas viviendo. Vale la pena rodearse de personas así, en quienes el autor sigue obrando aun en medio de lo difícil.

Jacob no vio a José; solo vio lo que José había enviado. Hay personas que, sin necesidad de verlas, con solo ver el fruto de lo que Dios ha hecho en ellas te hacen decir: “Hay esperanza”. Por eso, no recibas consejo de personas que no tienen fruto; muchas veces lo que ofrecen es chisme. Puedes respetar lo que otros piensan, pero a quien seguimos es al autor de la vida, que piensa como nadie en este mundo y de forma contraria a él.

Entonces Jacob exclamó: «Basta; José mi hijo vive todavía; iré, y le veré antes que yo muera.» Ese “basta” es una decisión sobre tu propia vida: “Todo lo que he vivido ha sido difícil, pero ahora comprendo que, mientras creía que era contra mí, era a favor de mí. Perdóname, Señor; tu plan y tu historia son perfectos, solo que yo no lo veía”. Dios estaba cumpliendo la palabra que había dado muchos años atrás.

Una historia que es eterna

¿Cómo no adorar al autor de la vida? Al final de sus días, Jacob, estando por morir, se apoyó en su bastón —una vara en la que se anotaban las promesas de Dios— y, aunque sus hijos quizá le pedían que guardara sus fuerzas, se puso en pie como pudo y adoró a Dios. Lo hizo porque sabía que el autor de su historia era aquel a quien estaba adorando y con quien estaba a punto de partir. Usó sus últimas fuerzas para adorar al autor.

En Cristo, la historia es eterna; no ha terminado. Imagina que un día, ya ancianos, con un bastón y las promesas escritas aunque sea con marcador, pongas tu mano sobre ellas y digas: “Dios, lo que pasé en esta vida no fue fácil, pero eres el mejor autor de todos. Gracias por mi historia. Quiero adorarte a ti, con quien estoy a punto de partir hacia la segunda y eterna parte de esta historia. Gracias por las promesas, pero sobre todo gracias por ser el autor de mi vida”.

Renuncia a ser el autor de tu vida

Es una decisión muy personal: renuncia a ser tu propio autor. Puedes decirle: “Señor, no quiero ser el autor de mi vida. Sé que tengo parte de protagonismo en esta historia, pero no quiero vivir la historia que yo mismo escriba, sino vivir en la historia de un Dios bueno, que perdona, que ama, que bendice, de un autor que no se equivoca”. No va a ser fácil, pero siempre termina glorioso.

No permitas que la amargura, el odio o la envidia sean el autor de tu vida por lo difícil o por las pérdidas que has atravesado. Es tiempo de rendirnos ante el mejor autor, porque la mejor historia nos está esperando.

Tampoco se trata de quedarte lamentando: “Me equivoqué; quise escribir mi propia historia y me fue muy mal”. Recuerda a la samaritana: Dios redimió su historia de fracaso, dolor y angustia, la que escribieron otros cuando ella lo permitió. Que sea Dios quien escriba tu historia de ahora en adelante, que sea su palabra la que la escriba, y que aunque a veces nos falle la fe, recordemos que viene de él. Jesús dijo a sus discípulos que pusieran su fe en Dios; no uses tu fe en aquello que nunca podrá escribir la mejor historia en tu vida.

Aun dentro de la historia de Dios hay lágrimas y procesos, pero esas lágrimas y ese dolor llevan propósito. Con las personas que tienes a tu lado —familia, amigos, pareja— estarás solo un tiempo; pero con el autor la historia continúa. No tiene un número limitado de temporadas: es eterna, y se seguirá contando en nuestras vidas y en nuestras generaciones.

Jesús confió en el Padre cuando estuvo en esta tierra, soportó el dolor de la cruz y llevó todas las maldiciones. Por eso hoy tenemos la oportunidad de escogerlo como autor de nuestra vida; antes no la teníamos, ahora sí. Toma un momento para hablar con él, no como una repetición sino como una confesión: pídele perdón por tus pecados, arrepiéntete y confiésalo como tu Salvador, tu Señor y el autor de tu vida.

Referencias bíblicas