EN Oración
Serie Rediseño

Cambio de alfarero: poner nuestra vida en las manos de Dios

Todos somos barro, y solo hay un alfarero perfecto. Con Israel en el desierto y Naamán en el Jordán, descubre por qué es tiempo de salir de las manos de alfareros comunes y rendirte al verdadero.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
55 min

Muchas veces no nos damos cuenta del diseño que Dios ha dado para nuestra vida, y sin notarlo empezamos a desviarnos de él. Pero la misericordia de Dios es nueva cada mañana, y aunque nos desviemos, tenemos la oportunidad de ponernos en sus manos para que rediseñe nuestra vida. Jesús dice: «Yo tomo la culpa». Se acabaron las excusas. Hay una nueva oportunidad para un rediseño, y lo mejor de Dios está listo para nosotros.

Lo primero que debería alegrarnos es que somos dignos del amor de Dios. Quizá ayer te equivocaste con tu cónyuge o con alguien cercano, y esa persona podría decir que ya no eres digno de su amor. Se entiende, porque es un amor humano. Pero para Dios, con todos nuestros defectos, somos dignos de su gran amor.

¿En qué manos estás?

Lamentaciones 4:2 dice que los hijos de Sion, preciados y estimados más que el oro puro, ahora son tenidos por vasijas de barro, obra de manos de alfarero. La Nueva Traducción Viviente dice que son como ollas de barro hechas por un alfarero común y corriente. Ese es el mensaje que Dios le llevaba a su pueblo, y hoy nosotros somos su pueblo: «Sus vidas están en manos de un alfarero común y corriente». La primera pregunta es: ¿en qué manos está hoy tu vida?

Jeremías 18 da el contexto. Dios le dijo al profeta que descendiera a casa del alfarero, porque allí le haría oír sus palabras. Jeremías encontró al alfarero trabajando sobre la rueda, y la vasija de barro se echó a perder en su mano; entonces volvió a hacer otra vasija según le pareció mejor. Y vino la palabra de Jehová: «¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano».

Versículo clave

«Como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano.»

Jeremías 18:6

El barro somos nosotros, la rueda son las circunstancias y el alfarero es Dios. Él le hablaba a un pueblo que no obedecía ni confiaba en su palabra, y aun así le decía: «Desciendan a la casa del alfarero, a mi presencia, y allí les haré oír mis palabras». En su infinita misericordia, Dios siempre nos invita a ser formados, transformados y rediseñados.

¿No será que estás en manos de alfareros comunes y corrientes, de personas que te rodean y a las que has permitido que deformen tu vida? Aunque creas que te están dando forma, quizá te están deformando. No importa cómo se llame a alguien —pastor, apóstol, profeta, empresario o abogado—: todos seguimos siendo barro, y solo hay un alfarero perfecto, el Dios todopoderoso. En sus manos, Dios hace cosas extraordinarias. Es tiempo de escoger alfarero. Hay personas que creíste que sumarían a tu vida y terminaron sacándote del diseño de Dios: amistades que no deberías tener y consejos que no deberías recibir.

El joven rico quería lo que Jesús tenía, pero estaba en manos de un alfarero común y corriente: el dinero. Lo había deformado tanto que no podía reconocer al verdadero alfarero, que le decía: «Aquí estoy; quiero darte forma y rediseñarte, porque no estás fluyendo en el diseño original que tengo para ti». Terminó sirviendo a las riquezas, en lugar de que las riquezas le sirvieran a él.

Dios le pedía obediencia a su pueblo. Estamos acostumbrados a que la obediencia siga a los detalles, pero con Dios es al revés: los detalles siguen a la obediencia. No necesita darnos detalles ni pruebas; ya nos dio una suficiente en la cruz del Calvario, donde derramó hasta la última gota de su sangre. Su plan es perfecto y no hay mejor alfarero. Perdónanos, Señor, por buscar alfareros ordinarios en lugar del verdadero.

¿Dirá el barro al alfarero qué haces?

Isaías 45:9 dice: «¡Ay del que pleitea con su Hacedor! ¡el tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: ¿Qué haces?». Cuántas veces discutimos con Dios: «¿Por qué me hiciste así? Yo quería el cabello rizado como aquella; yo lo quería liso». Dios te hizo perfecto para tu diseño. Lo que necesitas es aceptar su rediseño y ponerte en sus manos para que te muestre el valor que tienes. Dios le decía a su pueblo que eran como oro puro, de un valor impagable, y le preguntaba por qué se habían ido con alfareros ordinarios que los deformaron. Pero el alfarero sigue esperando, y su misericordia es nueva hoy.

Para Israel fue difícil estar esclavo en Egipto, y también fue difícil verse frente al mar, perseguido por los egipcios. Pero no es lo mismo estar en las manos de un alfarero común como Faraón que en las del alfarero perfecto, cuya voluntad es buena, agradable y perfecta. El imperio de Faraón parecía grandioso, pero el verdadero alfarero creó el universo y lo sostiene. Y el mar se abrió. No se trata de un Dios que nos soluciona todo, sino de un Dios que nos da forma. Aunque las cosas no siempre sean fáciles, siempre terminan gloriosas y con su firma.

El propósito de Dios es más que ser liberados externamente de una situación. El alfarero no trabaja de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia afuera. En este mundo, el éxito tiene que ver con posesiones y fama, no con ser sabios, madurar o crecer en el espíritu. Pero Dios no ve como ve el mundo: él ve el corazón. Sin darnos cuenta, empezamos a acoplarnos al diseño de este mundo, y Dios nos llama a un rediseño: «Yo no aplaudo lo que el mundo aplaude; aplaudo lo que mi palabra dice que aplauda».

En el bautismo de Jesús, los cielos se abrieron y se oyó una voz: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia». Una iglesia exitosa no es la que llega en carros nuevos; eso es una añadidura que Dios puede dar. Es una iglesia sabia, firme en el Señor, que madura en su carácter, y que aun cuando las cosas no salen puede decir: «Aquí estamos adorando, porque él sigue siendo Dios. Estoy en manos del alfarero. Esto ha dolido, pero estoy en buenas manos. En cualquier momento se abre el mar».

Los israelitas pasaron en seco, y los egipcios intentaron hacer lo mismo, pero se ahogaron. Los diseños de Dios tienen que ver con confianza, fe y rendición. Los egipcios llegaron con la mejor artillería y los mejores carros, pero eran obra de un alfarero ordinario, y ese camino lo había abierto un alfarero extraordinario. Es un camino de fe que no se puede razonar, pero sí experimentar.

Volver a lo conocido

Después, en el desierto, el pueblo murmuraba en sus tiendas: «¿Para eso nos trajiste aquí? ¿No había sepulcros en Egipto? Nos acordamos del pescado, los ajos y las cebollas». Todos hemos querido volver atrás en alguna temporada difícil. Ellos creían que la gran victoria era llegar a la tierra prometida, pero la gran victoria era lo que Dios estaba haciendo en ellos. El alfarero estaba haciendo girar la rueda de las circunstancias adversas para darles forma, y ellos pedían volver a un alfarero común y corriente.

A veces preferimos la cautividad conocida antes que la incertidumbre de confiar en el mejor alfarero sin saber lo que viene. No regreses por la incertidumbre que estás atravesando. Ríndete a Dios y prepárate para ver su gloria. No va a ser fácil, pero va a ser glorioso.

La gloria de cada día

Éxodo 16:4 dice que Jehová le dijo a Moisés: «He aquí yo os haré llover pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no». Si te dijeran que tienes provisión para seis meses, te sentirías seguro; pero si no hay nada en tu despensa y Dios te dice que hará llover pan del cielo, esa experiencia te marca para siempre. La despensa se acaba, pero la experiencia de ser formado por el alfarero permanece. Hay cosas que no llegaron a tu vida porque Dios te estaba cuidando, y un día dirás: «Creí que te habías olvidado de mí, y ahora entiendo que siempre estuviste presente».

Venía la bendición, pero también la instrucción, porque Dios conoce nuestra humanidad. Ellos querían comida para muchos días, y Dios quería que lo conocieran como su verdadero proveedor. Moisés y Aarón dijeron que en la tarde sabrían que Jehová los había sacado de Egipto, y que a la mañana verían la gloria de Jehová. Es una gloria para cada día. Cuando conoces la gloria diaria de Dios, sabes que estás en buenas manos, y aunque no sepas qué pasará mañana, sabes que Dios ya te está esperando allí. Por eso puedes disfrutar el hoy. No necesitas más dinero, sino más confianza.

La tendencia humana es retener para sentirse seguros. Pero el alfarero dice: «Estás seguro en mis manos; no necesitas que tus ojos lo vean todo, sino experimentar que te estoy formando». Moisés añadió que Dios había oído sus murmuraciones, y que no eran contra ellos, sino contra Jehová. Cuánto nos quejamos de todo: de la lluvia, del calor. Por eso necesitamos volver a casa del alfarero y escuchar su palabra. Con la comida física, llega un momento en que ya no puedes más; con la palabra es al revés: entre más comes, más hambre tienes.

Dios usó lo que ellos vivieron para liberarlos de aquello a lo que querían volver. ¿Estás permitiendo que Dios use lo que estás viviendo? Si lo permites, es porque estás en manos del alfarero. Alguien puede pasar cuatro años de dificultades y terminar más amargado que antes, porque nunca se puso en manos del alfarero, sino de alfareros ordinarios que no pudieron solucionar nada ni darle forma. El problema no es lo que estás viviendo, sino si vas a permitir que Dios lo use.

Dios les dio provisión con instrucción porque no quería que esperaran más el suministro que la fuente. La provisión se acaba; lo que Dios quería era que experimentaran a la fuente que nunca falta, para que jamás dudaran, como dice el salmista: «No he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan». Para que, si un día pierdes un trabajo, el temor no dure mucho, porque recuerdas que esa empresa no era tu proveedor. Ponle el nombre que quieras a la empresa: siempre ha sido Dios.

Naamán: alta posición, baja condición

Naamán era general del ejército sirio. Había dado grandes victorias a Siria; el rey lo tenía en alta estima y el pueblo lo reconocía. Pero era leproso, y la lepra es figura del pecado. No se le notaba bajo su uniforme; todo parecía perfecto. Por la misericordia de Dios, conocemos su historia: Dios estaba invitando a un general extranjero a ser rediseñado. Su vida la había diseñado el éxito que el mundo conoce, no Dios.

En su casa había una muchacha cautiva de Israel que servía a la esposa de Naamán. Ella sabía que era leproso; en casa sí nos conocen. Si quieres conocer a alguien, pregunta en su casa. El mundo nos enseña a impresionar afuera aunque el precio sea no marcar positivamente la vida de los que viven con nosotros. Lo que importa para el mundo es la apariencia, no lo que Dios ve.

La muchacha dijo que si su señor rogara al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra. Lo estaba invitando a ver algo diferente, a ir a la casa del alfarero y escuchar al profeta. Lo peor que te puede pasar es estar rodeado de gente que te adula y te mantiene en el mismo lugar del que Dios quiere sacarte. Pero siempre hay alguien valiente, como esa muchacha. Ella estaba limitada por fuera; Naamán, por dentro. El verdadero cautivo no era ella, sino él, aunque fuera general y usara los mejores trajes. El que está cautivo y engañado nunca ve sus cadenas, pero el que es libre las reconoce de inmediato. No importa que vivas en una mansión: si estás cautivo por dentro, no disfrutarás nada.

Naamán tenía una alta posición y una baja condición. A nosotros nos impresionan las posiciones; a Dios, las condiciones. Alguien puede tener la posición más alta en la política o ser gerente de una gran empresa, y Dios ver una condición muy baja: un carro muy caro y una vida muy barata. ¿Quién te está moldeando? ¿Quién te está deformando? Que no te impresionen las posiciones, sino las condiciones.

Qué difícil era para Naamán ir a buscar ayuda en la tierra de sus enemigos. Pero la muchacha le estaba diciendo: «No puedes quedarte en el lugar que te enferma y donde solo te adulan». A veces los amigos te dicen que eres el mejor y en casa saben que no es así. Tienes que salir de donde te enferman y te alimentan el orgullo; hay quienes te quieren enfermo porque así alimentas su propia enfermedad.

El rey de Siria le dio cartas para el rey de Israel, y Naamán llevó diez talentos de plata, seis mil piezas de oro y diez mudas de vestidos. Cuando llegó a la casa de Eliseo, el profeta ni siquiera salió a recibirlo: le envió un mensajero que le dijo: «Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio». Naamán se fue enojado, diciendo: «He aquí yo decía para mí: Saldrá él luego, y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la lepra».

El plan de Dios era perfecto. Naamán estaba acostumbrado a que lo recibieran en todas partes por su posición, pero allí lo trataron por su condición. Necesitaba que no le alimentaran el orgullo. Esperaba que el profeta se pusiera de pie ante él; pero de pie solo se adora a Dios. A Billy Graham le preguntaron si, con su influencia, le gustaría ser presidente de los Estados Unidos, y respondió que jamás, porque eso sería rebajar la posición que Dios le había dado. En la casa del alfarero, manda el alfarero, no el barro.

Naamán llevaba seis mil piezas de oro porque estaba acostumbrado a resolverlo todo con dinero. Pero el alfarero al que acudía es dueño de todo el oro. A Dios no le impresionas con tu dinero; eso impresiona al sistema de este mundo, dispuesto a venderlo todo por oro. Aquí hay algo más valioso que el oro: la fe. Con el oro no había podido resolver su lepra. La única manera era obedecer y rendirse, porque el alfarero quería rediseñar su vida.

Naamán quería irse. No huyas del lugar donde estás siendo liberado. Bendito Dios cuando interrumpe nuestras expectativas para manifestarse como el único alfarero. Naamán creía que todo se resolvería con una mano sobre la piel, pero su problema no estaba en la piel, sino en el corazón: estaba lleno de orgullo. Podía vencer a muchos ejércitos, pero jamás al Dios de los ejércitos. Era muy bueno para pelear batallas externas, pero muy malo para las internas, y esas no se ganan con fuerza física, sino con humildad y doblando las rodillas ante el Todopoderoso. Hay quienes prefieren volver a casa sin sanar antes que humillarse. No es que Dios quiera vernos destrozados; somos nosotros los que necesitamos reconocerlo.

Sus criados le dijeron: «Padre mío, si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio?». Naamán se sintió fuera del ambiente donde siempre lo adulaban. Necesitamos la valentía de permitir que nos digan lo que no queremos oír, pero debemos oír, con amor y con la forma correcta. Bendito el cónyuge que te dice la verdad, en lugar de solo consentirte.

Versículo clave

«Y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio.»

2 Reyes 5:14

Naamán descendió y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios, y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio. Dios no lo iba a sumergir a la fuerza: era su decisión. Dios jamás nos obliga; solo nos da la oportunidad más grande de nuestra vida: que él nos tome en sus manos. No fue fácil: siete veces, no una, y quitándose la ropa delante de todos, dejando ver que el gran Naamán era leproso. Todos, en distintas áreas, hemos sido leprosos, pero estamos siendo liberados cada día. Para alguien que amaba tanto la apariencia, lo peor era que otros vieran su lepra. El mensaje de Dios es que la grandeza no viene de afuera, sino de adentro.

Quizá te sumerges una vez y esperas que todo haya pasado, y no. Paciencia: el alfarero te está dando forma. Lo que comienza como una disciplina termina como un destino. Hay disciplinas que debemos cambiar. El orgullo no se reprende en una oración; solo se rinde. Necesitamos decirle a Dios: «Perdóname, porque del dinero hice un alfarero; de la empresa, de la fama y de los aplausos hice alfareros. Es tiempo de ponerme en manos del verdadero alfarero». Dios no nos señala para avergonzarnos; señala el pecado que nos está destruyendo. Y la liberación no siempre es dramática: Naamán entraba al agua y salía, una y otra vez, mientras sus criados observaban y Dios lo liberaba.

Después Naamán declaró: «He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel». No hay alfarero como el alfarero de Israel. El proceso no fue fácil: tocó su área más sensible, y nos sentimos confrontados y avergonzados, pero liberados. No debería importarnos lo que digan, sino andar libres. Y lo hermoso es que, aunque el barro se cae y se rompe, sigue en las manos del alfarero. El barro no puede decirle que no, pero nosotros sí. Aun estando en sus manos cometemos errores, pero seguimos en sus manos, y él nos dice: «Te vuelvo a hacer; mi misericordia es nueva esta mañana. Solo no busques otro alfarero».

Vasijas para honra

2 Timoteo 2:20-21 enseña que en una casa grande no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; unos para usos honrosos y otros para usos viles. Si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor y dispuesto para toda buena obra. Habrá tentaciones, pero hoy puedes elegir alejarte, pedir ayuda y rendirte delante de aquel que venció el pecado. Dios no te pide perfección: está liberando tu vida porque quiere usarte para sus más elevados propósitos.

Puedes decirle: «Señor, perdóname porque tenías un diseño para mi vida y mi desobediencia me llevó a las manos de alfareros comunes: este mundo y su sistema, todo lo externo, y no tu palabra. Hoy quiero volver a la casa del alfarero, a tu presencia y a tu voluntad. Perdóname por no salir del ambiente que me mantiene cautivo. Hay lepra que has querido quitar de mi vida, y el orgullo me ha engañado una y otra vez. Hoy quiero sumergirme en ti, porque no solo soy salvo de algo, sino para algo». Las mismas manos que te dan forma son las que después te elevan. Lo que hoy no ves, Dios ya lo ve terminado. Confía en el alfarero y deja que termine su obra en ti. Y si quieres reconocer a Jesús, el alfarero de alfareros, puedes orar: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te confieso como mi Señor y mi Salvador».

Referencias bíblicas