El comienzo de un nuevo año en el almanaque no garantiza que algo nuevo esté empezando en tu vida. El verdadero inicio ocurre en el corazón. Disponte a escuchar lo que el Espíritu Santo tiene que decirte hoy y deja que esa palabra se aplique cada día.
«Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto». El problema no es solo la prueba o la aflicción, sino lo que sucede en tu corazón mientras las atraviesas. Cuando el corazón se endurece, deja de escuchar la voz del Espíritu Santo.
Versículo clave
«Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz No endurezcáis vuestros corazones, Como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto»
Hebreos 3:7-8
Reconoce las señales: empiezas a rebelarte, no quieres leer la Palabra y te frustras porque no has visto cumplirse algo que esperabas. Aunque alguien te comparta más palabra, un corazón endurecido puede permanecer cerrado. Pero el Espíritu Santo puede cambiar y formar incluso el corazón más endurecido.
Acercarse a Dios con sinceridad
El corazón tiene que ver con tu voluntad, tus intenciones, tus actitudes, tus pensamientos y las palabras que salen de tu boca. Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe. No necesitas presentarte como alguien perfecto ni ocultar tus defectos: habla con honestidad de lo que está ocurriendo en tu vida.
Si sumáramos los defectos de todos nosotros, la lista sería enorme. Aun con esos defectos, acércate sin apariencias. Puedes llegar con sinceridad y reconocer que te cuesta creer: la plena certidumbre de fe viene de Dios. Quizá llegaste sin fe; puedes salir con una fe renovada, no por mérito propio, sino porque Dios da la fe.
Purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. El bautismo en agua expresa una transformación que empieza adentro. No hay nada que Dios no pueda limpiar: su sangre, su amor y su perfección lo hacen posible.
El tesoro que sigue el corazón
El corazón es la puerta de entrada a tu ser: sobre toda cosa guardada, guárdalo, porque de él mana la vida. Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. ¿Cuál es tu tesoro? Tu corazón sigue lo que más aprecias.
Versículo clave
«Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.»
Mateo 6:21
Si te hospedas en un hotel con caja de seguridad, ¿qué guardas primero? Para quien ama la Palabra, lo primero que guarda es su Biblia, porque es su tesoro más grande. ¿Cuál es tu tesoro: el dinero, una relación, una empresa, una casa, un carro, un reloj o unos zapatos?
Viene un tiempo de cambio de tesoros. Pon a Dios en el centro. Si Dios es tu tesoro, tu corazón lo seguirá, y las demás cosas llegarán a tu vida como bendición. Los bienes materiales no son basura en sí mismos, pero frente a conocer a Cristo pierden su valor principal: son temporales, y Dios es eterno.
Pablo fue circuncidado al octavo día, era hebreo de hebreos y se formó a los pies de Gamaliel, y todo lo tuvo por basura comparado con conocer a Cristo. Jóvenes: estudien y prepárense, saquen una maestría, pero no pongan esos logros por encima de Cristo. Se pueden tener varios títulos y aun así no entender a la esposa: vivir sabiamente con ella requiere la sabiduría de Dios.
Traer sabiduría al corazón
Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría. La vida es corta: hoy eres más viejo que hace ocho días. No desperdicies el tiempo.
Las cosas y las personas no pueden darte la sabiduría que da Dios. Hay quien consiguió todo el dinero que deseaba y ahora es infeliz: su corazón siguió al dinero y le faltó sabiduría. Si tu corazón sigue a Dios, lo que llegue a tus manos será de bendición. Pide sabiduría para tu vida, tu matrimonio y tu familia, y aprovecha el tiempo para aprender lo que es eterno.
Aprende junto a otros. Tomar notas en el celular durante la enseñanza es una bendición; chatear, no tanto.
«Aprende pues, hoy, y reflexiona en tu corazón que Jehová es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y no hay otro». Reflexionar es pensar con atención y detenimiento. Aprender y meditar así cada día te ayuda a evitar la idolatría, también los ídolos que levantamos hoy. En lugar de salir con un vacío y buscar algo que no puede llenarlo, sal lleno recordando que Dios es Señor.
Dios es sabio de corazón. Las emociones no son malas, pero no deben dirigir: la sabiduría debe gobernar. La Palabra es viva y eficaz; puedes leerla de nuevo mañana y seguirá hablándote.
Ana: un proceso que se repetía año tras año
Elcana tenía dos mujeres: Ana y Penina. Penina tenía hijos, pero Ana no los tenía. Elcana le preguntaba: «Ana, ¿por qué lloras? ¿Por qué no comes? ¿No te soy yo mejor que diez hijos?».
Hay cosas que esperamos y que todavía no han llegado. La historia de Ana es una lección de sinceridad, honestidad, integridad y proceso. Su rival la irritaba, enojándola y entristeciéndola, porque Jehová no le había concedido tener hijos. Así hacía cada año; cuando subía a la casa de Jehová, la irritaba así, por lo cual Ana lloraba y no comía.
Imagina a Ana llegando contenta a buscar al Señor y encontrándose allí con Penina rodeada de sus hijos. No dejes de mirar a Dios para concentrarte en lo que no recibiste y otra persona sí.
Llegarán invitaciones a amargarte, y la amargura puede acumularse año tras año. Imagina que llegas con dificultad a la iglesia y ves el carro que siempre quisiste en manos de alguien que te cae mal, quien encima te ofrece llevarte. No te quedes recogiendo lo que esa persona arroja ni dejes que eso desvíe tu atención de lo que Dios tiene para tu vida.
Todos atravesamos momentos de frustración, tristeza o desánimo, y a algunos, en lugar de quitárseles el hambre, se les antoja un galón de helado. No hace falta aparentar una perfección emocional: Dios espera un corazón sincero.
Decepción, oración y ánimo
Habrá días en que te decepciones, pero las experiencias difíciles no deben fijar la medida de tu corazón. Pon tu expectativa en Dios. La expectativa principal de un nuevo año no es el calendario, sino un cambio de corazón.
Ana oraba en su corazón; solamente se movían sus labios, y su voz no se oía, y Elí la tuvo por ebria. Le dijo: «¿Hasta cuándo estarás ebria? Digiere tu vino». Ana respondió: «No, señor mío; yo soy una mujer atribulada de espíritu; no he bebido vino ni sidra, sino que he derramado mi alma delante de Jehová». Derrama tu corazón con sinceridad delante del Señor.
No te avergüences de acudir a la iglesia aunque te falten fuerzas para orar. Allí unos pueden sostener los brazos de otros, y los personajes bíblicos también atravesaron momentos difíciles. No tienes que fingir que todo está bien porque eres líder o porque animas a otros. Habrá desánimo, pero no dejes de ir a la presencia de Dios.
Elí le dijo: «Ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho». Y Ana se fue por su camino, y comió, y no estuvo más triste. No salió con el milagro en la mano: salió creyendo. Recibir el milagro no es lo mismo que creer. Salir con gozo y confianza aunque todavía no hayas recibido lo que esperas es señal de madurez.
Acércate a alguien y dile: «Vamos a salir adelante». Dios es Señor del cielo y de la tierra, aunque el milagro todavía no haya llegado.
Un corazón ensanchado y una oración sincera
«Nuestro corazón se ha ensanchado. No estáis estrechos en nosotros, pero sí sois estrechos en vuestro propio corazón… ensanchaos también vosotros». La palabra no es pequeña; lo estrecho puede ser tu corazón. Sal con un corazón ensanchado, capaz de recibir la palabra de Dios.
¿Por qué a Ana le tocó un proceso más duro, mientras Penina tenía hijos? Porque el proceso de Ana tenía un alcance generacional: de ella nacería Samuel, que ungiría a David, de cuyo linaje vendría Jesús. Tu proceso también puede ser más grande de lo que imaginas.
¿Qué tesoro sigue tu corazón? ¿Guardas ofensas como si fueran un tesoro? ¿Hay una persona que ocupa tanto tus pensamientos que se ha convertido en lo más importante? Reconoce si tu corazón se ha estrechado y si te has amargado. Preséntate ante Dios con sinceridad, como Ana, y reconoce tu desánimo cuando lo haya.
Pide perdón por los ídolos que levantaste en tu corazón: solo hay un Dios verdadero. Toma tiempo para hablar con él; el Espíritu Santo te está hablando. Como Ana, puedes decirle: «Aquí estoy, no puedo un día más, te necesito». Saldrás con gozo y alegría, no necesariamente porque hayas recibido el milagro, sino porque crees en Dios.
Jesús sana el corazón y te da la oportunidad de vida eterna. Su historia marcó la tuya y te dio acceso a su presencia. Pide perdón por tus pecados y ábrele tu corazón como tu Salvador. Si es la primera vez que lo haces, o si te estás reconciliando con Jesús, bienvenido.
Referencias bíblicas
- Hebreos 10:22 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 90:12 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Deuteronomio 4:39 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Samuel 1:6-7 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Samuel 1:12-18 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Corintios 6:11-13 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Filipenses 3:5-8 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hebreos 3:7-8 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 6:21 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


