¿Cómo salvar tu matrimonio antes de casarte? No hay una fórmula que garantice el éxito de una relación, pero sí preguntas y señales que ayudan a discernir si una persona puede ser la adecuada para casarse.
Enamorarse a primera vista y mirar por segunda vez
Uno puede enamorarse a primera vista; pero después hace falta una segunda mirada.
Esa segunda mirada no debe quedarse en la emoción o el atractivo. Hay que observar principios, valores y visión de vida: qué espera la otra persona a corto, mediano o largo plazo y si ambos tienen una dirección que puedan compartir. Muchos jóvenes quizá no saben responder qué esperan de la vida, y existe miedo al matrimonio. Parte del riesgo está en acercarse al matrimonio fuera del diseño de Dios y sin examinar asuntos importantes; una boda puede celebrarse y, aun así, la relación no estar preparada para la vida matrimonial.
Versículo clave
«Y había salido Isaac a meditar al campo, a la hora de la tarde; y alzando sus ojos miró, y he aquí los camellos que venían.»
Génesis 24:63
Isaac estaba orando cuando Rebeca se bajó del camello al verlo: Isaac buscaba a Dios. Si te enamoras a primera vista, da una segunda mirada a los principios, valores y visión de vida de esa persona, y fíjate si Dios ocupa el primer lugar en su vida.
Los defectos no desaparecen por arte de magia. Todos los tenemos; lo que hace la diferencia es presentarse delante de Dios, rendirse, distinguir lo que le agrada y lo que no, entregarlo y seguir adelante. Los valores y principios importan tanto en el noviazgo como en el matrimonio.
Versículo clave
«Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.»
1 Juan 4:19
No dar por sentado que el matrimonio cambiará a alguien
Una pregunta central del mensaje es si la persona será diferente después de casarse. Esperar que el matrimonio cambie ciertas actitudes puede ser una mentira o un engaño que uno se hace. Algunos hábitos aprendidos desde la niñez sí pueden cambiar, pero no debe suponerse que el casamiento, por sí solo, los transformará. La invitación es mirar la realidad de la relación antes de tomar una decisión, en vez de confiar en que el compromiso futuro resolverá lo que hoy preocupa.
Hay señales de alarma: un enojo demasiado explosivo o escenas de celos. Muchos jóvenes casados dicen que nunca habían visto ese comportamiento y que, de pronto, su pareja se volvió iracunda o celosa y no los deja hacer nada. ¿Esas señales estaban presentes en el noviazgo y la emoción impidió verlas? No ignores indicios importantes por estar entusiasmado.
Aquí entra la identidad personal. Dios amó primero, y nosotros amamos porque él nos amó primero. Quien no conoce el valor que tiene para Dios puede buscar pareja para llenar vacíos o para sentirse amado, en vez de escoger desde la identidad de ser amado por Dios. Recuerda ese amor y apóyate en él para elegir, sin convertir la relación en la solución de un vacío.
Observar la vida y las convicciones de la otra persona
Amnón y Tamar eran hijos del rey David, de distintas madres. Amnón se enamoró perdidamente de Tamar, que era virgen, y llegó a enfermarse por ese amor. De esa palabra, «enfermo», que significa débil, sale un consejo: no escojas a una persona débil para compartir la vida. Débil en convicciones, en fundamentos, en visión y en sueños, o que dependa únicamente de sus propios talentos.
Esa debilidad contrasta con la idea de que el poder de Dios se manifiesta en las debilidades, y la pareja debería tener una proyección, una idea de hacia dónde quiere ir. Si alguien no se ve en un futuro, es difícil que pueda llegar a él. También hay que cuidarse de acomodarse con facilidad: una persona que se conforma con permanecer quieta puede llevar a que la pareja haga lo mismo. Por eso conviene observar si hay propósito y dirección, no solo atracción.
Fíjate si es un buen hijo: si es buen hijo, será buen padre, buen esposo y buena persona. Observa cómo trata a sus padres y cómo se comporta en su casa, en el respeto y la responsabilidad: eso muestra sus principios y fundamentos. Uno no se casa solo con quien quiere, sino también con quien debe. El gusto importa, pero la elección incluye el paquete completo: principios, valores y una dirección compartida.
Preguntarse si se puede vivir con la realidad completa
La atracción y llevarse bien no responden por sí solas a la pregunta de si se puede construir una vida juntos. Pensemos en una joven enamorada de un médico: puede gustarle y llevarse bien con él, pero tendrá que considerar que lo llamen a distintas horas, incluso de madrugada, y que salga corriendo a atender a un paciente. ¿Podría vivir con ese tipo de situaciones?
Al casarse también se convive con la familia de la pareja, aunque la vida matrimonial sea entre esposo y esposa. Conviene prestar atención a la relación con suegros y suegras, a la educación recibida en la otra familia y a las reglas del hogar. Vale la pena preguntarse si uno puede vivir con ese entorno y si puede imaginar construir un hogar en relación con él. No se trata de encontrar una familia perfecta, sino de buscar la familia correcta para la persona y de considerar si, en medio de diferencias y defectos, la pareja podrá avanzar en armonía.
No escojas por soledad, sino por propósito. Dios diseñó el matrimonio con un propósito, así que hay que discernir antes de comprometerse. Ir al supermercado con hambre lleva a meter en el carro cosas que no hacen falta; de la misma manera, haber pasado mucho tiempo soltero puede empujar a pensar «me caso con esta primera persona», sin evaluar bien la decisión.
Revisar por qué uno quiere casarse
La pregunta «¿por qué me quiero casar?» es central. Hay motivos que no deberían ser el fundamento: salir corriendo de la casa porque ya no se soporta a los padres, escapar de una situación difícil, buscar protección o estabilidad, mejorar la economía o dejar de sentirse solo. Alguien puede despertar más adelante y descubrir que esas razones no eran lo más importante. Examina con honestidad qué impulsa tu decisión.
Tampoco conviene casarse «porque quiero ser feliz» si eso significa responsabilizar a la pareja de la propia felicidad. No se le puede atribuir a otra persona esa carga: cada cual es responsable de su propia felicidad. La persona debería casarse desde una plenitud y una felicidad que no dependen de que el otro las produzca: porque ama, porque puede vivir con la realidad de esa persona y porque no espera que la boda resuelva su vida. Esa plenitud se vincula con Dios y con el amor recibido de él.
El matrimonio no es lo mismo que la boda. Una fiesta alegra, pero es un evento; no sustituye la preparación para la vida matrimonial. Nadie de la fiesta podrá ayudar después: lo decisivo es aquello con lo que ambos cuentan para caminar juntos. Algunos jóvenes están enamorados del amor: desean el glamour de la boda, el vestido, la fiesta, la luna de miel y la emoción, pero no están pensando en asumir una responsabilidad.
En el matrimonio hay derechos, pero también responsabilidades. La emoción de la boda baja; lo que queda es lo que la pareja tiene para afrontar la aventura del matrimonio, que puede ser muy divertida. Se aprende cada día, y nadie es perfecto.
Una relación que contribuya a crecer
Cuando el mayordomo traía a Rebeca, antes de que se quitara el velo, Isaac preguntó cómo era ella: fue visionario, quiso saber cómo era antes de dejarse llevar por la emoción. Rebeca había dado de beber a todos los camellos del siervo de Abraham: era una mujer servicial. Al saber cómo era, Isaac pudo reconocer que compartía su propósito.
Isaac se casó con Rebeca, y uno hizo mejor al otro: él la hizo mejor mujer y ella lo hizo mejor hombre. La persona correcta ayuda a caminar, a crecer y a trabajar en las áreas débiles. Una pareja no tiene que ser idéntica, pero sí puede sumar.
Por eso, algunas preguntas para quien está de novio: desde que estoy con esta persona, ¿soy mejor?, ¿ha sumado a mi vida o le ha restado?, ¿ha debilitado mi identidad o la ha fortalecido? La codependencia es otro aspecto que conviene revisar. La finalidad de estas preguntas no es exigir una pareja perfecta, sino discernir si la relación contribuye a crecer y si permite que Dios obre en cada uno.
El matrimonio es una relación para plenitud y formación. No se trata de encontrar a alguien perfecto, sino a la persona correcta, que contribuya a formar y hacer mejor al otro mientras Dios obra en su vida.
Esperar sin decidir desde la desesperación
No tomes decisiones por estar desesperado o desesperada: esas suelen ser las peores decisiones. Espera confiadamente en Dios: Dios tiene a alguien para cada persona. Pero Dios no escogerá por ti: te da libertad para escoger. Confía en Dios y asume la responsabilidad de discernir y elegir.
Disfruta la juventud y, al mismo tiempo, presta atención a las etapas que vendrán. Da una segunda mirada a los valores y prioridades; pregúntate si puedes vivir con la realidad completa de la otra persona; revisa el propósito, la familia y las responsabilidades, y examina si la relación suma y fortalece. No hay elecciones sin dificultades ni hace falta buscar perfección: no confundas prisa, soledad o entusiasmo por la boda con preparación para el matrimonio.
El matrimonio es para bendición, para diversión y para formación. Y recuerda: vas a amar porque primero fuiste amado por Dios. Escoge desde el valor que tienes para él, sin pedirle a una relación que llene todos los vacíos ni que garantice tu felicidad.


