Eres una obra en proceso. Dios sigue trabajando en tu vida. Hay un ataque espiritual para que no descanses, ni física ni espiritualmente, porque el enemigo quiere que estés cansado y no recuperes la confianza ni la alegría. Pero cuando confías en Dios, viene reposo. Quizá cuando termines de leer esto, las cosas sigan sin resolverse; pero si confías, puedes sonreír, sabiendo que Dios tiene el control.
Dios te llamó antes de nacer
«Oídme, costas, y escuchad, pueblos lejanos: Jehová me llamó desde el vientre, desde las entrañas de mi madre tuvo mi nombre en memoria. Y puso mi boca como espada aguda, me cubrió con la sombra de su mano; y me puso por saeta bruñida, me guardó en su aljaba; y me dijo: Mi siervo eres, oh Israel, porque en ti me gloriaré».
Versículo clave
«Oídme, costas, y escuchad, pueblos lejanos. Jehová me llamó desde el vientre, desde las entrañas de mi madre tuvo mi nombre en memoria.»
Isaías 49:1
Dios también te llamó a ti antes de que nacieras. Quizá hay cosas que no has visto cumplidas, o caminaste fuera de su plan. Pero su misericordia es tan grande que sigue habiendo un diseño para ti. No importa cuántas veces te hayas equivocado: Dios es un Dios de oportunidades. Si le dices «me salí de tu diseño», te responde: «Bienvenido; mi misericordia es nueva, y te voy a rediseñar».
Dios te está puliendo como una flecha, y aunque pulir es molesto, lo hace para glorificarse en ti: para que suceda en tu vida lo que era imposible con tus fuerzas. Su misericordia, llena de amor perfecto, te sigue amando con todas tus imperfecciones. Aunque tus errores traigan consecuencias, él te sigue esperando.
Cuando el trabajo parece en vano
Isaías, después de oír todo eso, respondió: «Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas». Se parece a nosotros: escuchas todo lo que eres para Dios y la palabra que te ha dado, pero el momento es tan difícil y sin sentido que te sale esa respuesta. Una palabra grande y un resultado pequeño.
Pero en el mismo versículo todo cambia: «pero mi causa está delante de Jehová, y mi recompensa con mi Dios». Ese «pero» es clave. Y la clave está en decir «mi Dios». Él no te ha soltado. Aunque todo se vea igual, aunque tengas los mismos mensajes en tu teléfono, aunque las cosas no avancen según tu preferencia, tienes a Dios. Él puede sumar a tu vida nuevas relaciones y nuevas personas para que sus planes se cumplan.
Deja que Dios tenga la última palabra
Cuando las cosas no tienen sentido, nosotros queremos tener la última palabra y buscamos la solución más lógica. Ante una gran multitud sin comer, los discípulos dijeron: «Despide a la multitud». Doscientos denarios no alcanzaban. «¿Qué tienen?». «Cinco panes y dos peces». Para algunos, lo poco es nada. Para Dios es un nuevo inicio: todo en el reino comienza pequeño, como un grano de mostaza.
Lo bueno que hicieron los discípulos fue llevarle el problema a Jesús. Puedes llevarle tus cien razones: «Es tarde, la gente no ha comido…». Pero él tiene la última palabra. Jesús alzó los ojos al cielo, bendijo, partió los panes, y toda la multitud comió. Lo que no tiene sentido para ti, Dios lo usa, porque para él tiene propósito.
No abandones los planes de Dios para tu vida. Por su gracia, por la cruz y la resurrección, tienes la victoria. Mira cómo termina Apocalipsis: él gana. Aunque tengas pérdidas o dolores temporales, en Dios siempre se gana. Las cosas más importantes no están en tu plan, sino en el suyo. Tu plan quizá no tenga sentido hoy; el suyo es perfecto, y la obra que comenzó, la terminará.
Dios te forma, no te castiga
Queremos el diseño de Dios, pero con nuestra guía. A veces queremos «sacar a pasear» a Dios para que haga lo que nosotros decimos. Pero Dios quiere guiarte. Isaías no estaba siendo castigado: estaba siendo formado. Hay momentos en que crees que Dios te castiga, pero te está formando. «Porque el Señor al que ama, disciplina». No estás bloqueado: estás siendo rediseñado.
El viernes Jesús murió en la cruz; el sábado parecía que no pasaba nada; el domingo resucitó. Aquel sábado no tenía sentido: los discípulos se dispersaron. Pero Dios estaba quitándole las llaves a la muerte. Si el enemigo hubiera sabido lo que provocaría al crucificar a Jesús, nunca lo habría hecho. Y si supiera lo que provocará en ti cuando, en medio de lo que no tiene sentido, levantas tus brazos y adoras, no se habría metido contigo. Tu Dios es justo, fiel y bueno.
Dios te entrena para las batallas
«Estas, pues, son las naciones que dejó Jehová para probar con ellas a Israel, a todos aquellos que no habían conocido todas las guerras de Canaán; solamente para que el linaje de los hijos de Israel conociese la guerra, para que la enseñasen a los que antes no la habían conocido». Israel no tenía experiencia, y Dios lo entrenaba.
Muchas veces creemos tener experiencia donde no la tenemos: en las relaciones, en las finanzas, en las decisiones. Habrá batallas que no podrás evitar; lo que sí eliges es cómo te presentas ante ellas. Israel volvió a hacer lo malo, y fue oprimido; pero clamó. «Y clamaron los hijos de Israel a Jehová; y Jehová les levantó un libertador, a Aod hijo de Gera, benjamita, el cual era zurdo».
Versículo clave
«Y clamaron los hijos de Israel a Jehová; y Jehová les levantó un libertador, a Aod hijo de Gera, benjamita, el cual era zurdo. Y los hijos de Israel enviaron con él un presente a Eglón rey de Moab.»
Jueces 3:15
Una debilidad en las manos de Dios
Los benjamitas eran famosos como guerreros, y Aod tenía una limitación: era zurdo, quizá con la mano derecha impedida. Pero esa limitación fue su ventaja. Se hizo un puñal de dos filos y lo ciñó debajo de sus vestidos, a su lado derecho, donde nadie lo buscaría. Así venció al rey opresor, y la tierra reposó ochenta años.
Tus debilidades, en las manos de Dios, pueden convertirse en su arma secreta. Lo que otros ven como limitación, Dios lo usa para glorificarse. No escondas tu debilidad: entrégasela.
Lo que tienes en tus manos es suficiente
Tus dones son valiosos, pero llega un día en que tienes que clamar, porque solo la fe alcanza lo que tus dones no pueden. Deja de mirar lo que no tienes y agradece lo que sí tienes. En Cristo tienes la victoria por su gracia: lo que parecía no tener sentido en la cruz tenía propósito, y él resucitó.
Confía, obedece y espera. Dile a Dios: «Aunque ahora no entienda, tú tienes la última palabra. Fórmame, entréname, y usa aun mi debilidad para tu gloria».


