EN Oración
Serie Ventanas

Esa hora: dar fruto en medio de lo que no podemos controlar

Aunque no podamos elegir todas las circunstancias, sí podemos elegir permanecer en la palabra, adorar y dar fruto. Job, José y Ana muestran una fe que persevera en la aflicción y espera el tiempo de Dios.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
45 min

¿Cuándo es el momento de dar fruto? Ahora. Esta es «esa hora». No esperes que todas las circunstancias cambien para comenzar a vivir con fe: responde a Dios en el presente, aun cuando haya aspectos de tu vida que no estén bajo tu control.

La vida es una tierra en la que se siembra la palabra de Dios. La semilla no escasea; el desafío está en la condición de la tierra que la recibe. Un corazón endurecido puede no acogerla; la persecución puede hacer que alguien la abandone; los afanes y el engaño de las riquezas pueden ahogarla. El dinero es un medio, no el proveedor: Dios es el centro y el fin. ¿Qué clase de tierra eres, y qué fruto está creciendo en ti?

Hay situaciones que no podemos escoger ni controlar. Pero dentro de ellas queda una decisión: cómo responder, a qué aferrarnos y si seguimos en el camino de Dios. La hora de esa decisión no es mañana, cuando todo se resuelva, sino ahora.

Job: salir del fuego como el oro

Job perdió sus bienes, sufrió por su familia y enfermó: motivos suficientes para la amargura o para rendirse. Pero Job habla con claridad de lo que está viviendo: sabe que está siendo probado y confía en que no saldrá de esa experiencia en vano.

Versículo clave

«Mas él conoce mi camino; Me probará, y saldré como oro.»

Job 23:10

El fuego duele, pero la prueba puede revelar y formar una fe que refleja la luz de Cristo. Job no podía elegir la temporada que le llegó, pero podía decidir permanecer en la senda de Dios. Quizá hoy no puedas cambiar la enfermedad o la circunstancia familiar, pero sí puedes mantenerte firme en la palabra y no permitir que el dolor desvíe tu corazón.

Job guardó el camino de Dios y atesoró sus palabras más que su comida. Era un hombre acostumbrado a los banquetes y a la prosperidad, pero ni la abundancia ni el alimento ocuparon el lugar de la palabra. Su confianza no descansaba en lo que poseía, sino en Dios. Aun en el quebranto, su vida no quedó definida por la pérdida.

Quizá sientes que tienes razones suficientes para abandonarte, aislarte o volver a una adicción. ¿Qué camino tomarás con ellas? Job no dejó que la circunstancia escribiera por él una historia de desviación: eligió guardar el camino de Dios y confiar en que su historia estaba en las manos de Dios.

La firmeza de Job no es pasividad: es actuar en medio de lo que no se puede controlar, atesorar la palabra, permanecer y seguir dando fruto. Aun en el fuego, di: saldré como el oro. Dios sigue obrando en quien atraviesa la prueba.

José: dar fruto en la tierra de la aflicción

Un sueño de estrellas no parecía encajar con una cisterna, con la venta por parte de sus hermanos ni con la esclavitud en casa de Potifar; tampoco con la falsa acusación y la cárcel. Desde la mirada del momento, el camino y la promesa no coincidían. Pero eso no prueba que Dios haya abandonado el proceso.

José no eligió que lo vendieran, que lo hicieran esclavo ni que lo encarcelaran. Pero sí decidió cómo vivir en esos lugares: no ser esclavo por dentro, conservar una buena actitud y trabajar con fidelidad. Todo prosperaba donde José llegaba, e incluso en la cárcel llegó a estar a cargo. Su fruto no quedó aplazado hasta que cambiara su posición.

Si sueñas con dirigir una multinacional, empieza cuidando tu cuarto y las tareas pequeñas que tienes delante. No se trata de reducir la visión, sino de ser fiel en lo que ya se te ha confiado. Si no cuidas lo cercano, tu aspiración pierde fundamento. Dios también trabaja en lo pequeño y en los pasos que te forman.

José llamó a sus hijos Efraín y Manasés: Dios lo hizo fructificar en la tierra de su aflicción, no solo después de que la aflicción terminara. No dependía de él que llegara el sufrimiento, pero sí podía elegir no amargarse, mantenerse firme y atesorar la palabra. El fruto es una respuesta presente, no solo el resultado visible que se espera para el futuro.

Muchas veces nos fijamos en los resultados externos mientras Dios mira lo interior. Queremos llegar a la tierra prometida, disfrutar su abundancia y ver los grandes racimos; pero ningún fruto externo sustituye el fruto que debe crecer en el corazón. Alcanzar una bendición sin estar preparado para ella no resuelve nada. No se trata solo de llegar, sino de convertirse en alguien que da fruto en cada etapa.

Cuidado con los atajos. La victoria debe ser legítima, y el proceso también. Una salida rápida puede conducirte a problemas y apartarte del desarrollo que Dios está haciendo. Pide claridad para mirar más allá de la incomodidad inmediata: hay una obra en curso que todavía no alcanzas a ver por completo.

La abundancia también es una prueba, aunque a veces no se sienta. En la necesidad es fácil reconocer la dependencia; cuando llega la abundancia, se ve si han cambiado el corazón y las prioridades. La escasez puede tentarte a la desesperanza, y la prosperidad puede desviar tu atención del proveedor. En ambos casos, guarda la palabra y da fruto.

Ana: volver a adorar mientras se espera

Ana era estéril, y Penina, que tenía hijos, la atormentaba. Cada año la familia subía a la casa del Señor en Silo, y cada año la aflicción seguía allí. La vida de Ana no era la que ella habría planeado.

Deja que Dios interrumpa tus planes. Una interrupción incomoda y desordena una vida cuidadosamente imaginada, pero también abre espacio para someterse a la voluntad de Dios. No hace falta fingir que no hay frustración: aun cuando el curso esperado se detenga, puedes seguir tomando a Dios como guía.

¿Quién es tu Penina? No tiene que ser una mujer: es aquello o aquel que te provoca, te inquieta y te hace sentir insignificante, olvidado o menos amado por Dios. La comparación —¿por qué a otra persona sí y a mí no?— vuelve inestable el corazón. Aun así, ¿seguirás yendo a adorar?

Ana seguía yendo. Que la situación se repitiera no cancelaba su adoración. Esa perseverancia no depende de que desaparezca la persona que molesta ni de que la respuesta llegue cuando la esperas. Dios forma madurez incluso en la relación con quien te cae mal, y el fruto se expresa en hacer el bien aunque no sea fácil.

Versículo clave

«No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.»

Gálatas 6:9

El tiempo de la cosecha pertenece a Dios. Mientras tanto, puedes sentirte confundido, golpeado o lastimado sin dejar de confiar. Se puede estar confundido sin desconfiar de Dios. Ana no dejó de adorarlo porque la respuesta tardara, y su perseverancia ya era fruto.

Cada año Ana salía todavía sin el hijo que anhelaba, pero no con el espíritu vacío: se puede salir de la presencia de Dios fortalecido aunque el milagro aún no haya llegado. Resiste, da un paso más y vuelve a adorar. Algunos de los esfuerzos más valiosos son poco visibles, como una semilla que todavía no muestra lo que está produciendo.

Ana oraba largamente, y no dejó de orar porque la respuesta no fuera inmediata. ¿Qué haces tú ante la demora? A veces, cuando algo no sale bien, dejamos de orar o convertimos la decepción en distancia con Dios. Ana hizo lo contrario: llevó su angustia delante de él, aun cuando Elí la malinterpretó y pensó que estaba borracha.

Ana respondió que no había bebido, sino que era una mujer angustiada que derramaba su alma delante de Dios. Haz lo mismo: acude a Dios con el peso real de lo que sientes. La fe no es ausencia de tristeza, sino la decisión de llevar esa tristeza ante Dios y seguir confiando en que él oye.

De Ana nació Samuel, a quien Dios usaría para cambiar la historia de Israel. El tiempo de su nacimiento importaba. La respuesta no era solo el hijo que Ana pedía, sino un propósito que ella aún no conocía mientras esperaba. Aquello por lo que oras puede ser parte de algo más grande que tu petición.

Elcana le daba a Ana una doble porción, y ella seguía llegando a adorar con su dolor. Su perseverancia no era una transacción para obtener una respuesta. Lo que conmueve no es solo cómo adoró después de recibir a Samuel, sino que adoraba cuando todavía no lo había recibido.

Una madre que insiste en invitar a su hijo a la iglesia, aunque él no siempre quiera entrar, está sembrando una historia que su hijo verá después de otra manera. No desistas de seguir a Jesús: la persistencia influye en las generaciones.

Una madre que persistió y un hijo con una tarea importante. No puedes controlar el resultado de la vida de tus hijos, pero sí permanecer en la fe y no abandonar la adoración por cansancio. Si oras por otros, sigue sembrando aunque todavía no sepas cómo ni cuándo se manifestará el fruto.

El fruto en la vida diaria

¿Hace falta más fruto en tu matrimonio? Ante la aspereza, no esperes a un día indefinido para cambiar: revisa de dónde nace la molestia y busca la raíz. Y no uses esta enseñanza como excusa para prolongar conflictos o justificar comportamientos destructivos.

La mujer sabia edifica su casa y no la destruye. Construye en vez de dañar. La aspereza puede ocultar heridas o causas más profundas: busca sanidad y aprende a tratar al otro con sabiduría, en lugar de usar la frustración como permiso para herir.

El servicio también es fruto. Puede ser difícil servir a un jefe pesado o a alguien que no resulta agradable, y precisamente ahí se vuelve concreta la elección: no escoges todas las personas ni todas las condiciones, pero sí escoges actuar con fidelidad en la temporada que te toca. No te saltes los pasos que desarrollan tu vida y tu carácter.

El dinero también deja ver la respuesta del corazón. El fruto no se compra, pero lo que haces con lo que Dios te permite administrar muestra qué ocupa el primer lugar. Gastar de maneras que alejan de Dios no es el mismo fruto que administrar con propósito.

Perseverar es una práctica, no una emoción permanente. Puedes sentir angustia, temor o cansancio y aun así presentarte otra vez delante de Dios. No aparentes bienestar: sigue orando, adorando y haciendo el bien. Puedes seguir esperando, pero con el ánimo renovado para continuar.

Esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria. La prueba es intensa, pero está dentro de una obra de Dios que al principio no siempre se ve. Hay esfuerzos que no se ven, como la semilla, y Dios está obrando. La espera no vuelve inútil tu fidelidad presente.

Vuelve a subir, vuelve a adorar, vuelve a exaltar el nombre de Dios y no te amargues. Si hay angustia, ve delante de él; si aún no llega la respuesta, sigue confiando; si estás en una temporada que no elegiste, elige dar fruto. El presente es el espacio donde se expresa la fe, no un intervalo que se soporta hasta que comience la vida verdadera.

Ana salió más de una vez con el vientre vacío, pero llegó el día en que pudo llevar a su hijo, con su túnica, y entregarlo a Dios. Cuando llegue la respuesta, recuerda cómo adoraste antes de recibirla y devuelve a Dios lo que esperaste: tu vida y tus promesas le pertenecen.

Nacimos para servir a Dios. Jesús, en la cruz, burlado y golpeado, eligió dar fruto al perdonar: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Frente a la ofensa, el dolor y la limitación, Jesús eligió perdonar, sin depender de lo que otros hicieran.

Todos luchamos con nuestra naturaleza humana y necesitamos llenarnos cada vez más de Dios. Unos dan fruto al treinta, otros al sesenta y otros al ciento, y hay espacio para todos. No te detengas: cada día hay oportunidad de dar fruto. Recibe la salvación por la sangre de Jesús y confiésalo como tu Señor y Salvador.

Referencias bíblicas