Hay cursos que prometen «libertad financiera»: más recursos y menos restricciones. Se entiende lo que quieren decir. Pero la libertad del reino es otra cosa: una plenitud que nada ni nadie más puede darte. Puedes tener más dinero en la cuenta y ser cada vez más esclavo. La libertad de Cristo es una ventana de oportunidad que Dios abre; a ti te toca aprovecharla.
Una libertad que nace de ordenar el corazón
El joven rico tenía muchas posesiones, y cuando vio a Jesús, quiso lo que Jesús tenía. «Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz. Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones». No era libre: su primer amor era el dinero. Las muchas posesiones en el lugar equivocado producen tristeza. El gozo, la alegría y la paz solo Dios los da; lo demás es añadidura. Ordena tu corazón.
Fíjate: Jesús primero lo miró y lo amó, y después lo confrontó. Quizá nadie se atrevía a decirle la verdad a un hombre tan rico. Quien te ama de verdad, a veces te dice lo que nadie más se atreve a decirte. No es cómodo, pero esa confrontación produce lo que ninguna adulación logra: la transformación de tu vida y la liberación de tu ser. Dios te ama aun cuando eliges mal; pero el que vive en cautiverio eres tú.
Su misericordia te abre el camino
«Nuevas son cada mañana». No dice «misericordia», sino «misericordias»: Dios tiene misericordia para cada uno de tus errores. Misericordia es compasión, restauración, y en su sentido más hondo, amor intenso. Nosotros amamos mientras el otro no falle demasiado; el amor de Dios no disminuye cuando fallas. Aprovecha esa misericordia al máximo.
«Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne».
Versículo clave
«Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo»
Hebreos 10:19
Antes, solo el sumo sacerdote podía entrar a la presencia de Dios, mientras el pueblo esperaba afuera. Hoy el velo se rompió, y Jesús mismo es el camino. Puedes acercarte confiadamente: en tu habitación, en el carro, donde estés. Tu carne no quiere buscar a Dios ni estar quieta; quiere salidas inmediatas. Pero tu espíritu lo anhela. A veces sales de casa sin orar ni leer la palabra, olvidando que esa entrada costó un precio muy alto: la sangre de Jesús.
Permanece en la palabra para mantenerte libre
«Andaré en libertad, porque busqué tus mandamientos». No basta con saber sus enseñanzas: hay que seguirlas. La misma palabra que te libera te da dirección para vivir en libertad. Que Dios te libere hoy de un área no garantiza que vivirás libre de lunes a viernes; eso lo decides tú. Si, después de ser liberado, sigues enseñanzas contrarias a las de quien te libró, terminas otra vez cautivo. ¿Qué palabras van a dirigir tu vida esta semana?
«Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».
Versículo clave
«Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos»
Juan 8:31
Jesús no habló de «tu verdad» ni de «mi verdad», sino de la suya. Puedes creer en Jesús y no ser libre, si solo buscas sus señales y no te comprometes con sus enseñanzas. Es fácil pedir un milagro cuando no llegas a fin de mes. Lo que sostiene la libertad es seguir lo que él enseña. «Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud». ¿A quién le toca permanecer? A ti. No quieras un momento de libertad, sino una vida de libertad.
Reconoce a tiempo lo que te ata
Lo que más nos cuesta es reconocer nuestra propia esclavitud. Si lo hiciéramos pronto, un error sería solo un tropiezo. A medida que avanzas, Dios te va mostrando áreas atadas que no habías notado; déjalo mostrártelas. La tentación golpea más fuerte donde no hay preparación ni reflexión. Dile a Dios: «Esta es un área en la que soy débil». Si le llevas tu debilidad, su poder reposa sobre ti, y estarás preparado para reaccionar conforme a su palabra. Reconocerte te prepara para reaccionar; el orgullo te hace creer que estás bien.
Dios ya contempló tus errores, y hay espacio para ellos. Lo que estanca tu vida es la rebelión y el orgullo: quien se llena de sí mismo solo mira hacia afuera, nunca hacia adentro. Distingue dos voces: el Espíritu Santo trae una tristeza que lleva al arrepentimiento y a la vida; la culpa que te hunde y te aleja de Dios no viene de él.
Jesús cruzó una tormenta por un hombre
Antes de llegar a la tierra de los gadarenos, Jesús calmó una tormenta en el camino. Si atravesó una tempestad por una sola persona, imagina cuánto anhela tu libertad: por ella fue hasta la cruz. A veces la tormenta aparece precisamente porque vas en la dirección correcta y llevas algo valioso. No temas la tormenta.
«Al llegar él a tierra, vino a su encuentro un hombre de la ciudad, endemoniado desde hacía mucho tiempo; y no vestía ropa, ni moraba en casa, sino en los sepulcros». Hoy también hay áreas que parecen tumbas: egoísmo, rencor, envidia, una adicción. Jesús le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Y él dijo: «Legión». Sean uno o muchos, ningún enemigo puede contra el nombre de Jesús.
Ve a la raíz y protege tu relación con Dios
La gente de aquella región valoró más sus cerdos que al hombre liberado, y le rogó a Jesús que se fuera. Pero Jesús había ido por alguien más valioso que sus bienes: para él, ese hombre lo era, y tú también lo eres. Si te quitan un negocio o un carro, que no te roben la fe: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida». Mientras puedas adorar, escuchar su palabra y exaltar su nombre, lo tienes todo.
La inteligencia no alcanza para liberarte: necesitas rendirte para que el Espíritu Santo obre. Cuando una casa se inunda, de poco sirve sacar agua si no se destapa la tubería. Así gastamos tiempo en los síntomas sin ir a la raíz. No pospongas más las áreas que te roban lo que Dios tiene para ti. Él no te pide perfección, sino rendición. Aprovecha hoy la ventana de libertad.


