El alma tiene hambre, igual que el cuerpo. Quizá tu alma anhela ser vista, o pasar desapercibida; ser amada, comprendida, respetada; ser tomada en cuenta, encajar, pertenecer. Jesús dijo: «Yo soy el pan de vida». Si tu alma tiene hambre, es porque necesita más de él. En un buen restaurante te sirven pan recién horneado al principio, y cuando llega el plato fuerte ya estás lleno. Así pide que la palabra de Dios te llene, de manera que ya no tengas hambre de lo que te hace mal.
El hambre se nota en el carácter
Un bebé con hambre se irrita, llora, se inquieta, y nada lo conforma hasta que lo alimentan. A nosotros nos pasa algo parecido: cuando el alma tiene hambre, se nota en el carácter, en la forma de ser. Pregúntate: ¿quién le enseñó a tu alma a alimentarse? ¿De qué se nutre? Es Dios quien nutre el alma. Y cuando no lo dejas, te pones tú a cargo.
Calorías vacías
Muchas veces apagas el hambre del alma como apagas el hambre del cuerpo: con calorías vacías, que dan una sensación pasajera de llenura y después te dejan con hambre de lo mismo. La samaritana iba una y otra vez al mismo pozo, y había pasado por cinco relaciones, buscando algo que no estaba allí. Lo mismo ocurre en las relaciones dañinas: un poco de algo que se parece al amor o a la aceptación basta para que vuelvas a dar la vuelta al mismo círculo.
«Porque sacia al alma menesterosa, y llena de bien al alma hambrienta». A Dios le interesan tu hambre y tu sed.
Versículo clave
«Porque sacia al alma menesterosa, Y llena de bien al alma hambrienta.»
Salmos 107:9
Cuando le pides a otra persona que sea el guardián de tu alma, le pones un peso imposible: «Mírame siempre, compréndeme siempre». Ni tú mismo te comprendes siempre. Imagina esa carga sobre tus padres, tus hijos, tus líderes, tus amigos, tu pareja. Solo Dios puede saciar el hambre de ser visto, escuchado y comprendido.
El guardián de tu alma
«Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas». Dios es el guardián de tu alma. No tienes que estar vigilando que nadie vuelva a herirte: tu alma ya tiene dueño, y su dueño la cuida.
Cuando no te alimentas de Dios, te pones a cargo, y tu diálogo interior no siempre es como el de David: «Bendice, alma mía, a Jehová». En los momentos difíciles te preguntas: «¿Qué me pasa? ¿Por qué siento esto? ¿Por qué siempre me pasa lo mismo?». Y como no tienes respuestas, le preguntas a otros. Esas preguntas se le hacen a Dios. Cuando necesitas ayuda, no te sirve hablar solo contigo mismo, porque quizá fuiste tú quien se metió en el pozo. Dios hizo tu alma, la comprende, y sabe de ti más que tú.
Cuando el alma vive desde la carencia, busca atención por todos lados. Las personas suelen negarle atención a quien la busca desesperadamente. Jesús no: cuando Zaqueo se subió al árbol para verlo, Jesús reconoció su hambre y no lo dejó con su necesidad. Un alma saciada se ve tranquila, como un bebé después de comer. Y tu alma tiene hambre de paz, en un mundo donde todo se vive a prisa.
Pensamientos puestos en cautiverio
Un miedo concreto tiene un objeto: le temes a algo que está delante de ti. La ansiedad, en cambio, es un miedo abstracto: afuera no pasa nada, pero por dentro pasa de todo. Puedes quedarte días enteros meditando en un mismo pensamiento, y con quien estás hablando es contigo mismo. Por eso te pierdes.
«Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo». Derribar argumentos es derribar las historias que te cuentas: «¿Y si me dejan de hablar? ¿Y si a mis hijos les va mal? ¿Y si todo se derrumba?». Lo que no está pasando, pero piensas tanto que lo vives como si pasara.
No son tus pensamientos los que deben llevarte cautivo a ti: es al revés. Puedes interrumpirlos y presentárselos a Dios. No es lo mismo rumiar un pensamiento a solas que decirle a Dios: «Señor, este pensamiento lleva aquí tres semanas». Un alma que especula, imagina y teme vive intranquila e impulsiva; un alma que lleva sus pensamientos a Cristo encuentra reposo.
Jesús alimenta tu alma con su amor
«Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin». Así alimenta Dios tu alma: con la certeza de ser amado. Nuestro amor es intermitente: frunce el ceño, aplica la ley del hielo. El amor de Dios es constante, y si te alejas, te busca. Jesús sabía que uno lo traicionaría y otro lo negaría, y aun así los amó hasta el fin.
Y les dijo: «No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí». Tomás preguntó: «Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?». Jesús respondió: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida». El alma se angustia cuando no ve salida; él quiere ser tu camino, tu verdad y tu vida.
Jesús también te deja consuelo: «Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre… No os dejaré huérfanos». A veces lo que llamamos hambre es solo un antojo, un deseo que esconde otra necesidad. Guardar su palabra es alimentar tu alma con lo que de verdad sacia.
La paz que el mundo no puede dar
El mundo ofrece anestesia: calma el dolor sin resolverlo, y deja el alma con más hambre. Jesús ofrece otra cosa:
«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo». Su paz es un regalo para tu mente y tu corazón, que el mundo no puede dar ni quitar. No tienes que conseguirla: él te la entrega.
Versículo clave
«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.»
Juan 14:27
«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». Es una paz que vigila y guarda tu corazón. Lleva hoy a Dios el hambre de tu alma, y deja que él te sacie.
Referencias bíblicas
- Salmos 107:9 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Pedro 2:25 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Corintios 10:3-5 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 13:1 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 14:1 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 14:5-6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 14:15-16 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 14:27 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Filipenses 4:6-7 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 15:4 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


