EN Oración
Serie Hambre

Hambre por su voz: el pastor que busca a la oveja perdida

En Lucas 15, Jesús se presenta como el pastor que busca a la oveja perdida. Escucha su voz, confía en su misericordia y deja de buscar pastos por tu cuenta: su gozo es salvar.

Predicador
Alex Sampedro
Publicada
Duración
55 min

Detrás de todo personaje perfecto hay una persona que llora. Dios todavía está trabajando en el corazón de cada uno de nosotros. La iglesia puede convertirse en un lugar donde todos aparentan que no discutieron en el camino y que todo está bien, mientras en casa hay caos. Todos necesitamos restauración. No hay que ser como Jesús para servir: hay que servir para ser como Jesús.

Necesitamos estar desesperados por escuchar la voz de Dios. Sin ella no hay alimento para el alma ni dirección hacia los verdes pastos. Lucas 15 presenta tres parábolas —la oveja perdida, la moneda perdida y los hijos perdidos—, una misma historia contada desde distintos ángulos: algo se pierde, alguien va a buscarlo, lo encuentra y el resultado es gozo.

Esperanza para el pecador y una advertencia sobre la confianza

Dios te ama tal como eres, no como deberías ser. Eso no es licencia para pecar, sino esperanza para el pecador. Acércate confiadamente al trono de la gracia para recibir socorro: la presencia de Dios no condena ni señala, sino que salva y abraza.

Todo puede fallar: la educación, el dinero, los profesores, los padres, los hijos, los pastores, la iglesia, la teología e incluso tú mismo. A veces también falla tu fe. Pero Jesús no falla. No pongas tu confianza última en esas cosas ni en las personas. No tengas fe en tu fe: ten fe en Jesús.

Publicanos y pecadores se acercan a Jesús

Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle. Los considerados pecadores tenían hambre de Jesús. Los publicanos cobraban impuestos y aprovechaban su posición para robar a sus propios compatriotas. Zaqueo era jefe de los publicanos: el que extorsionaba a los extorsionadores, en una ciudad corrupta como Jericó.

Versículo clave

«Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle»

Lucas 15:1

El Jesús de los evangelios no es un Jesús de plástico que camina despacio con la mirada perdida. Es tierno y osado, valiente y educado, dispuesto a dar su vida, atento a las necesidades de quienes lo rodean y cercano a los niños. Tiene una misión clara y, a la vez, es sensible a las personas.

Jesús se autoinvitó a casa de Zaqueo. El milagro no fue solo que Zaqueo viera a Jesús, sino que Jesús lo viera a él y decidiera entrar en su casa. Allí llegó la salvación, y Zaqueo se comprometió a devolver cuatro veces lo que había robado. Fue un avivamiento económico en Jericó: una vida transformada alcanzó a quienes habían sido perjudicados.

Jesús no vino a hacer leyes para gobernar a la gente desde afuera, sino a poner su ley en los corazones para que las personas transformadas cambien el mundo. Cuando la gente veía a Zaqueo, veía al mayor ladrón de Jericó; Jesús veía a la persona más generosa de Jericó. Cualquiera que se sienta a la mesa de Jesús puede ser transformado por su misericordia.

El símbolo central para recordar a Jesús, la Santa Cena, tiene que ver con comida, hambre y mesa. El menú es misericordia, gracia y perdón. Si crees que no necesitas nada de eso, la mesa no es para ti; pero para publicanos y pecadores hay comida y lugar.

Que la iglesia sea un lugar donde publicanos y pecadores se acerquen a escuchar a Jesús. Eso requiere una decisión práctica de quienes ya están dentro: incomodarse y ceder el asiento para que otra persona pueda escuchar a Dios. No basta con celebrar que Jesús recibe a los pecadores; hay que permitir que se acerquen.

La murmuración y la autosuficiencia

Los fariseos y los escribas murmuraban: «Este a los pecadores recibe, y con ellos come». No los juzgues demasiado rápido: eran gente piadosa, muchos conocían de memoria la Escritura de Génesis a Malaquías, y ayunaban dos veces por semana.

Su pecado capital era la autosuficiencia: se acercaban a Jesús no para escucharlo, sino para escucharse a sí mismos. Tenían hambre de sí mismos. Y la frase con que lo reprochaban se convierte en una de las presentaciones más hermosas de Jesús: a los pecadores recibe, y con ellos come.

¿A qué grupo quieres pertenecer: al del versículo 1 o al del versículo 2? La Palabra de Dios alimenta a quienes se acercan a escuchar. Los fariseos estaban cerca de Jesús, pero no se llevaban lo mismo que los pecadores. La cercanía física no equivale a recibir su palabra.

La oveja que se pierde y el pastor que la busca

¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Un 99 % parece un éxito, pero Jesús dirige la atención a la oveja perdida y al pastor que va tras ella hasta encontrarla.

El pastor va delante del rebaño, revisa el terreno y busca pastos seguros, porque las ovejas no saben dónde encontrarlos. Cuando las pierde de vista, las llama, y ellas reconocen su voz. En los valles cubiertos de niebla densa, las ovejas no pueden ver al pastor, pero aunque andes en valle de sombra de muerte, no temerás mal alguno, porque él está contigo.

No confundas una etapa de dificultad con la ausencia de Dios: si pasas por un valle oscuro pero escuchas a tu pastor, no estás solo. En cambio, puedes estar en la cumbre de tu vida, en un día soleado, y quedar expuesto si no escuchas al Señor. Jesús es el buen pastor que da su vida por las ovejas.

¿Qué significa ser cristiano? Orar, leer la Biblia, diezmar, congregarse, evangelizar, ver milagros o predicar son parte de la vida cristiana. Pero Jesús dijo: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen». ¿Oyes a Dios? ¿Lo sigues, es decir, lo obedeces? Hay quienes oyen, pero no siguen.

A veces la oveja se pierde porque se cree cabra. Hay muchas voces que quieren pastorear tu vida: el orgullo, la pereza, una sexualidad malentendida, tus heridas y complejos, la sociedad y las expectativas ajenas. La pregunta no es si tienes pastor, sino quién o qué gobierna tu vida. Esas voces son asalariadas: te abandonan. Jesús estará contigo hasta el final, incluso al atravesar la muerte.

La oveja decide buscar verdes pastos por su cuenta y se pierde. Una oveja perdida no vale mucho por sí misma; al pastor le saldría más fácil volver a casa y comprar otra. Pero el pastor decide darle valor y salir a buscarla.

El valor que nace del amor de Dios

Dios no te ama porque seas tan especial que el cielo no pueda estar sin ti. No es que tengas valor primero y por eso Dios te ame: Dios te ama, y por ese amor recibes valor. Sin un Dios eterno que nos ama, no seríamos más que átomos con conciencia. No se trata de autoestima, sino de «Dios estima».

Lo decisivo no es el mérito de la oveja, sino la calidad del pastor. Si Jesús es tu pastor, puede encontrarte aunque te hayas perdido. Nadie conoce los montes y los valles del alma mejor que el Señor. El bien y la misericordia te seguirán todos los días de tu vida. No vivas como un llanero solitario: nadie debería enfrentar los lobos de la vida sin la voz de Jesús.

Nadie es tan fuerte como para no necesitar la misericordia de Dios. Todos necesitamos al pastor y su voz.

La voz del pastor y la oveja sobre sus hombros

Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso. Una oveja adulta puede pesar setenta u ochenta kilos: ¿por qué cargarla produciría gozo? Hay pastores que, cuando una oveja se aleja una y otra vez, le quiebran una pata, la curan y la cargan sobre sus hombros hasta que sana.

El pastor la encuentra, la cura, la carga sobre sus hombros y la lleva al redil. No lo hace para castigarla: Dios es amor, y todo lo que hace lo hace por amor. Su corrección es la de un buen padre. La vida ya da bastantes golpes, pero Dios puede usar incluso esos golpes.

Mientras la carga, el pastor le habla: «Esta es mi voz; mi voz es tu vida». La oveja aprende que alejarse de esa voz trae quebranto. Cuando sana, ya no se aleja del pastor: camina pegada a él. La voz del pastor es vida y guía.

Versículo clave

«Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso»

Lucas 15:5

El Señor no se sorprende por tus iniciativas, tus dones, tus talentos o tu creatividad, porque todo viene de él. Lo que le sorprende es una oveja que oye, obedece y sigue. Si no te consideras sabio, antes de dar un paso, escucha al pastor. La sabiduría no viene de presumir de capacidad propia: no seas sabio en tu propia opinión; sigue a Jesús.

Está bien tener hambre, pero no busques por tu cuenta el lugar donde alimentarte. Busca la voz de Dios, que te indica dónde están los verdes pastos. La voz del pastor te guía hacia lo que no sabes encontrar por ti mismo.

El gozo de encontrar y salvar

El pastor reúne a sus amigos y vecinos para celebrar que encontró a la oveja perdida. Así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento. ¿Puede haber en Dios más gozo del que ya hay? Sí: el gozo de rescatar a quien estaba perdido.

Las noventa y nueve son buenas, pero en Dios hay un gozo particular cuando rescata a una oveja perdida: no solo como propietario de las noventa y nueve, sino como Salvador de la que se había perdido.

Jesús es Señor de todos, aunque no es Salvador de todos, y quiere serlo. Un día toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor, no solo los cristianos. Jesús es Señor de la creación, de las naciones, de las artes y las ciencias, y de cada célula y molécula de tu cuerpo.

Jesús no fue a la cruz para convertirse en Señor: ya lo era. Dejó el trono y fue a la cruz porque necesitábamos salvación. Admiramos al Señor del trono, pero lo que nos enamora es que dejó el trono para ir a la cruz. Por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz: su gozo era salvarte.

Yahweh Jireh, Yahweh Sabaot, Yahweh Rafa, El Shaddai: cada nombre revela algo de Dios. Pero el nombre que Dios eligió para su Hijo fue Yeshua, «el Señor es el que salva». En Dios hay más gozo siendo Salvador que siendo Señor. Tú puedes tener hambre de Dios, pero Dios tiene todavía más ganas de ti.

El juguete que un niño quiso salvar

Imagina a un niño de seis años que ve en televisión el anuncio de un perro de peluche gris con manchas marrones que dice que nadie lo quiere, que lo dejaron y que solo quiere un amiguito. El niño llora y ora: «Señor, salva a ese perrito». En Navidad lo recibe y siente que lo ha salvado.

Ese peluche se convierte en su juguete favorito. Juega al fútbol con él y lo usa como piedra para recrear la historia de David y Goliat. Un día se le arranca una oreja y su madre la cose; con el tiempo pierde un ojo y la nariz. Aun así, sigue siendo su preferido, porque es el que él salvó.

Cada mañana, al hacer la cama, lo pone encima de todos los demás. Al crecer recibe figuras de acción y otros peluches, pero sigue poniéndolo en la cama: no porque sea el más bonito, sino porque es el que salvó.

Ya casado, su esposa quiere esconderlo porque no combina con las cortinas, pero él lo vuelve a poner junto a la cama. Tiene un valor especial porque lo salvó.

Así eres tú para Dios: roto y cosido por muchas partes, pero salvado por él. Un día serás llevado a la casa de Dios, no solo porque es tu Señor, sino porque es tu Salvador. Ese es el valor que recibe quien ha sido salvado.

No sabes orientarte hacia los verdes pastos, pero el pastor sí. En el mundo hay muchas personas rotas que todavía no saben que hay un Dios que dio su vida por ellas. Comparte la buena noticia: Dios no se conformó con ser Señor, quiere ser Salvador, y su amor es incondicional y nunca se acaba.

Volver a escuchar

Si llevas tiempo sin escuchar la voz de Dios, pídele volver a oírla y ser de los suyos. Si estás cansado de buscar pastos por tu cuenta, reconoce a Jesús como tu Señor y Salvador.

Entrega tu vida al Padre. Reconoce a Jesús como tu Señor y Salvador, que murió en la cruz por ti. Pide perdón por tus pecados y por no haber escuchado su voz, y vuelve a los brazos del Padre. Cree en tu corazón que Jesús está vivo y que vino a buscarte. Sigue sus pasos y escucha su voz, porque él es el pastor que dio su vida por ti y te guía.

Referencias bíblicas