EN Oración
Serie Justo a tiempo

Justo a tiempo: esperar con fe y paciencia

Los tiempos de Dios, la paciencia en la espera y la confianza en que las crisis no cancelan sus promesas: con Sara, Lázaro y Ana, aprende a no rendirte ni anticipar el desenlace.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
38 min

Reconoce los diferentes tiempos que atravesamos y las fases que Dios prepara para la vida. Dios no se demora ni se anticipa: llega justo a tiempo, en el momento oportuno. Hay que distinguir entre el tiempo «cronos», el que marca el reloj, y el tiempo «kairós», el tiempo perfecto de Dios.

El punto de partida es Eclesiastés 9:11: «Me volví y vi debajo del sol que ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes, ni aun de los sabios el pan, ni de los prudentes las riquezas, ni de los elocuentes el favor; sino que tiempo y ocasión acontecen a todos». Hay etapas en las que una persona puede estar obedeciendo a Dios, creyendo y haciendo lo que le corresponde, pero todavía no ver cumplido aquello que espera. El resultado no depende de ser más rápido, fuerte, sabio o elocuente, sino del tiempo oportuno.

Por eso, no hay que frustrarse si la promesa aún no se ve, sino mantener el ánimo. Llega un momento específico para que aquello por lo que se ha creído se manifieste. El tiempo puede deformar el carácter y la vida si se lo permite; también puede ser un aliado cuando la fe permanece y se deja que la espera forme a la persona.

Cuando la tormenta hace esperar lo peor

Recordemos cuando los discípulos fueron enviados por Jesús en una barca. Se adelantaron, se levantó una gran tormenta y vieron a alguien que caminaba sobre el mar. Al principio pensaron que era un fantasma. Así crece la desesperanza después de una temporada difícil: cuando todo parece ir mal, uno puede esperar que lo siguiente también sea malo y no reconocer que se acerca ayuda.

La figura que los discípulos temían era Jesús: en medio de la tormenta, esperemos lo mejor, porque Jesús llega a tiempo. Lo importante es no dar por perdido el desenlace.

La paciencia que acompaña a la fe

Sobre cómo esperar, Hebreos 6:12 dice: «A fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas». La fe necesita paciencia. ¿Somos realmente pacientes? Ser paciente no significa quedarse inmóvil: significa seguir en movimiento en la dirección correcta y hacer la parte que corresponde a cada uno, confiando en que Dios cumplirá lo que ha prometido.

Versículo clave

«a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas.»

Hebreos 6:12

Dios no hace lo que le toca hacer a la persona, y la persona no puede producir por sí misma lo que corresponde a Dios. La paciencia no vuelve más lento el proceso: mientras no se ve el resultado, algo se está formando en el corazón.

Esta idea se enlaza con 1 Pedro 1:6-7. El pasaje habla de aflicciones por diversas pruebas y compara la prueba de la fe con el oro probado por fuego; además, la fe es más preciosa que el oro perecedero. Una fe sencilla pasa a ser «más preciosa que el oro» al atravesar pruebas; lo que Dios forma en ella no perece como el oro.

Por eso, la fe vale más que bienes materiales como una cadena, una casa o un carro. La fe permite volver a alcanzar lo perdido, y no debemos dejar que nadie nos la robe. Por la fe y la paciencia podemos alcanzar lo que Dios ha prometido.

Sara y el peligro de anticipar la promesa

La primera historia de espera es la de Sara y Abraham. Génesis 21:2 afirma que Sara quedó embarazada y dio a luz un hijo a Abraham en su vejez, en el tiempo anunciado por Dios. Sara había escuchado la promesa, y en ella puede verse la expectativa de volver a tener contentamiento. Sin embargo, durante la espera se impacientó y propuso que Abraham se acostara con Agar.

Esa decisión fue un error cometido en la espera: de allí se formó un problema y se atrasó lo que Dios tenía. No te desesperes ni dejes que el tiempo deforme tu carácter. Cuando Dios da una promesa, esta llegará en su tiempo, porque Dios no falla.

Mientras se espera algo que todavía no se ve, la impaciencia puede conducir a errores. Deja que el tiempo forme tu vida y tu carácter, y confía en que la promesa llegará en el momento señalado. No es una invitación a dejar de actuar, sino una razón para esperar con fe y hacer lo que corresponde.

Lázaro: una crisis cuyo desenlace no se ve todavía

El relato de Juan 11 comienza así: Lázaro de Betania estaba enfermo; sus hermanas, María y Marta, enviaron a decirlo a Jesús. Jesús amaba a Lázaro y a sus hermanas, y el mensaje enviado a Jesús era que el que amaba estaba enfermo. Podemos imaginar la expectativa de quienes pensarían que Jesús debía ir de inmediato a verlo y sanarlo.

La respuesta de Jesús es: «Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado». El amor de Dios no significa ausencia de crisis, sino victoria sobre ella. Dios conoce el final de la crisis, y Jesús sabía por qué no había ido inmediatamente.

Según Juan 11:6, Jesús permaneció dos días más donde estaba. Quienes querían el milagro en ese momento sentían urgencia, pero la respuesta de Jesús era otra: cuando él llegara, sucedería el milagro. La demora era parte de una obra en la vida de Lázaro, una transformación de fe sencilla en fe más preciosa que el oro.

Versículo clave

«Oyéndolo Jesús, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»

Juan 11:4

Las hermanas podrían haber respondido con confianza al anuncio de que el final sería glorioso, pero siguieron insistiendo. A veces nos olvidamos de alguien que nos espera, como un esposo que olvida que su esposa lo está esperando; pero Jesús no había olvidado a Lázaro.

Cuando Jesús llega, Marta le dice: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto». Sus palabras suenan a un reclamo de responsabilidad y se parecen a las preguntas que las personas pueden hacerle a Dios ante el sufrimiento. Jesús le dice que su hermano resucitará. Marta responde que sabe que resucitará en la resurrección del día postrero; Jesús le habla de quien vive y cree en él y pregunta: «¿Crees esto?». Marta responde que cree que él es el Cristo, el Hijo de Dios que ha venido al mundo.

La respuesta doctrinal de Marta contrasta con la pregunta concreta que Jesús le hace sobre creer. Marta sabía doctrina y conocía lo relativo a la oración, pero no basta con saber: importa creer lo aprendido. Después, María también se postra ante Jesús y le dice que, si él hubiera estado allí, su hermano no habría muerto.

Jesús lloró al ver llorar a quienes estaban allí. Quizá no lloró por Lázaro, porque conocía el desenlace, sino al ver que sus amigos dudaban y lo consideraban responsable por no haber llegado antes.

En el relato, Jesús pide que quiten la piedra. Marta señala que Lázaro lleva cuatro días muerto. Ante una espera prolongada puede surgir una objeción: que ya no hay esperanza, que el problema está terminado o que «ya no huele bien». Prepárate para ver un nuevo tiempo cuando el Señor pide quitar la piedra.

Imaginemos que Lázaro hubiera podido hablar desde dentro: quizá habría pedido que no se demoraran, porque él era quien estaba allí. No sabemos adónde fue Lázaro ni qué vio durante ese tiempo, pero algo ocurrió en su vida y no volvió a ser el mismo. Lo vivido no ha sido en vano y, aunque Marta pensara que el tiempo había pasado, tu tiempo no ha pasado.

Cuando Jesús llama a Lázaro a salir, sale atado con vendas; las vendas caen y Lázaro camina. Esas vendas son como aquello que cae de los ojos y de la vida para que una persona pueda ver de otra manera lo que Jesús tiene para ella. Las misericordias de Dios son nuevas cada mañana, y quien se haya equivocado puede acercarse a Dios para recibir una nueva oportunidad.

Jesús resucitó al tercer día, y eso se enlaza con la confianza en que el Padre nunca llega tarde. Bendice los días en que enfrentaste los mayores desafíos de tu vida, porque allí se conoce a un Dios que provee, sana, levanta y hace milagros en lo imposible. Mira la crisis presente como una ocasión en la que Dios puede glorificarse y como el comienzo de algo nuevo.

La esperanza alcanza también a la nación: la crisis que atraviesa no será para muerte, sino para vida, bendición y algo mejor. No hay que anticipar un mal año, sino esperar un año de bendición, gracia, favor y vida.

Ana: creer antes de ver el cumplimiento

Aparece brevemente Ana, una mujer frustrada porque había esperado tener un bebé y no podía. Era su esposo quien tenía otra mujer con hijos. Ana estaba triste y no comía. Su esposo le pregunta si él no es mejor para ella que diez hijos.

Ana entra al lugar de congregación para orar. El sacerdote, al verla, le pregunta si había bebido vino y la toma por ebria; su angustia era visible. Ana se había amargado durante el tiempo de espera, y la espera puede amargar a quien no permite que lo forme. Luego ella oró, creyó y, desde ese momento, ya no estuvo triste, sino que comió y bebió. El gozo puede comenzar cuando se cree por el milagro, no solamente cuando se recibe.

Para terminar la historia, 1 Samuel 1:25 relata que, después de presentar el novillo en el altar, Ana y su esposo entregaron al niño al sacerdote. Ana le explica que había orado por ese niño y que Dios se lo concedió; por eso se lo entrega para que sirva todos los días de su vida. Todos adoraron a Dios, y el niño fue Samuel, un gran profeta.

La comparación con la otra mujer y sus hijos pudo alimentar en Ana la idea de que Dios no la amaba o de que estaba descalificada. Ella permitió que Dios sanara su corazón y tomó la actitud correcta mientras esperaba. Aquello que Ana entregaría no era cualquier niño: la espera estaba vinculada con algo que marcaría a una generación.

Si estás esperando algo de Dios, no concluyas que estás descalificado porque aún no has visto respuesta. Quizá lo esperado es grande y la fe debe ser formada para recibirlo a tiempo. Permanece en la palabra e imagina el día en que podrás decir: «Hace tiempo oré en este lugar y hoy vengo a ofrecerte lo que he recibido». De Ana a Samuel, la espera se relaciona con una vida que llegaría en el momento adecuado para marcar generaciones.

El final que podemos esperar

Paciencia, fe y confianza en los tiempos de Dios. No sigas esperando lo peor ni te des por vencido, sino dispón tu vida para que Dios obre. Las crisis pueden ser momentos en que se conoce a Dios como Padre y proveedor, y se experimentan su misericordia, perdón, amor y paciencia.

Dios está en control de la vida. ¿Crees que recibirás a tiempo lo que has estado esperando? Aférrate a la convicción de que «el final será glorioso» y de que el final glorificará al Padre: Dios hará cosas nuevas. Atraviesa la espera con paciencia, haz la parte que te corresponde y confía en que el tiempo de Dios no es el del reloj.

Referencias bíblicas