EN Oración
Serie Reino

Lo mejor del reino

Vivir según el propio criterio deja el trono del corazón ocupado por falsos reyes. Jesús es el Rey que busca, sirve y llama hijos a quienes lo siguen: lo mejor del reino es el Rey.

Predicadora
Maya Alonzo
Publicada
Duración
57 min

No tomes por poco lo que Dios te concede: cada oportunidad de buscarlo, servirle y hablar de él merece ser recibida con gratitud. Hablemos de lo mejor del reino.

La palabra «reino» puede sonar distante. Las monarquías que conocemos toman medidas como que dos herederos no viajen en el mismo avión para proteger la línea sucesoria. Pero el reino de Dios es otra realidad, y necesitamos aclarar de qué habla la Biblia cuando lo menciona.

El reino fue uno de los temas principales del mensaje de Jesús, y la puerta del reino se llama arrepentimiento. Pregúntate: ¿cómo luce una vida sin rey? Las preguntas de Dios traen respuestas y claridad. Espera que el Señor destrone a los otros reyes de tu vida y de tu corazón.

«En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía». Esa frase retrata una vida gobernada por el criterio y las opiniones propias, en la que cada uno vive a su manera. El rey marca límites y atiende los asuntos del reino; sin ese gobierno, los deseos personales ocupan el centro.

Versículo clave

«En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía.»

Jueces 21:25

Jueces es una tragedia bíblica y de liderazgo. Comienza con Otoniel y Débora, y después se vuelve doloroso; la frase sobre hacer lo que a cada uno le parecía bien se repite una y otra vez. A la cultura actual, vivir según el propio criterio le suena atractivo: conquistar la autonomía y hacer lo que uno quiera. Pero el corazón humano tiene un trono y anhela que alguien lo ocupe.

Antes de los jueces, Israel había conquistado la tierra prometida, y Dios le había dicho que no fuera como las demás naciones. Es como la madre que le dice a su hijo: «No hagas lo que hacen los demás», no porque el hijo sea igual a todos, sino porque ella no se lo permitiría a ninguno de sus hijos.

No ser como los otros pueblos confronta la comparación, la envidia y los complejos: Dios desautoriza las opiniones ajenas que pueden esclavizarte. Pero Israel pidió ser como las otras naciones. Si tu corazón tiene un trono que debe estar ocupado y Dios no está sentado en él, ¿quién lo está?

El pueblo pide un rey

Después del caos de los jueces llega la antesala de la monarquía. El pueblo le dijo a Samuel: «He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones».

Esto no agradó a Samuel, y oró a Jehová. Dios le respondió: «Oye la voz del pueblo; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos». Desde que salieron de Egipto habían dejado a Dios para servir a dioses ajenos. Hoy también pedimos un rey cuando deseamos el éxito, los hijos, el ministerio o el carro de otro: pedir un rey que no sea Dios puede ser el anhelo de obtener lo que otros tienen.

Dios no presentó la monarquía como algo sin consecuencias. Samuel advirtió al pueblo: el rey tomaría a sus hijos y a sus hijas, sus cosechas y sus recursos, y los sometería a trabajos e impuestos. Aun así, el pueblo insistió: «Seremos también nosotros como todas las naciones, y nuestro rey nos gobernará, y saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras».

Desde entonces, ningún rey sería suficiente, y la historia de Israel iría de una caída a otra. En medio de ese recorrido llega la promesa de un Rey eterno, de un reino sin fin y de un juez justo que pondría todo en orden. Cuando Dios no reina en el corazón, aparece el caos; y tarde o temprano descubrimos que no todo lo que deseamos o creemos necesitar nos hace bien.

La urgencia intensifica el peligro: «Yo quiero eso» puede convertirse en una voluntad que reina y esclaviza. Hay falsos reyes: un automóvil que no se puede tocar ni manchar; el trabajo, cuando la bendición de trabajar se pervierte en adicción; el matrimonio o el anhelo de tenerlo; una relación, el sexo, la comida, el sueño, el éxito o el reconocimiento. Lo que se instala en lugar de Dios te somete y te vuelve dependiente.

También pueden ocupar ese lugar un apego malsano, una persona cuya aprobación parece indispensable o una opinión capaz de quitarte o devolverte la paz. La Biblia llama idolatría a todo lo que reina en lugar de Dios. Un hijo puede ocupar el centro de la vida de sus padres, o ellos pueden entregarle una autoridad impropia al dejarlo decidir solo si va a la iglesia o qué come.

Quizá no identificas ningún objeto o persona como tu rey y, aun así, te gobierna tu propia voluntad o mensajes culturales como «empodérate», «sé fiel a ti misma» o «sé dueña de tu destino». A veces cuesta escoger amistades, pareja, carrera universitaria y hasta un aguacate. Todos tenemos historias de malas elecciones: el ser humano no sabe elegir por sí solo quién debe reinar.

El reino se ha acercado

Esta es la noticia central del evangelio: no tienes que acercarte al reino de Dios, porque el reino de Dios se ha acercado a ti. Fuiste buscado antes de buscar y amado antes de amar. La moneda perdida, la oveja perdida y el hijo perdido somos nosotros, y Dios es quien busca y encuentra.

Dios bajó porque nosotros no podíamos subir; nació en la tierra porque no podíamos llegar al cielo; caminó entre nosotros porque no podíamos caminar junto a él; y habita en nosotros para capacitarnos a caminar de otra manera.

«Venga tu reino; hágase tu voluntad». Se trata de quién gobierna: si la voluntad de Dios no reina, otra voluntad ocupa ese espacio. Jesús no enseñó a orar «llévanos a tu reino», sino a pedir que el reino venga y que Dios sea Rey sobre tus emociones, tus deseos, tu sexualidad, tu familia, tus negocios, tus estudios y tus afectos. Es lo contrario de vivir según tu propio parecer.

Israel esperaba un rey portentoso que acabara con la corrupción política y lo sacara de la opresión. El Rey que llegó fue distinto. Y ese Rey te pregunta: ¿en qué se basa tu felicidad?

La felicidad del reino

Todos deseamos que nuestros hijos sean felices, pero ¿qué medida define esa felicidad? Una madre joven, con sus primeras hijas, puede atravesar una temporada de profunda insatisfacción y decirle a Dios con honestidad: «No soy feliz ni me siento satisfecha».

Dialogando con Dios por medio de la Biblia, puedes descubrir que necesitas corregir tu concepto de felicidad, porque la estás midiendo con los estándares del otro reino. Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada; bienaventurado el que confía en Jehová. Y en Mateo 5, la felicidad adquiere otra dimensión.

Bienaventurados los pobres en espíritu: quienes no son autosuficientes, saben pedir ayuda y entienden que la vida no está en sus manos. De ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran: el dolor no es algo que haya que evitar a toda costa; en el reino es consolado y sanado, y las lágrimas encuentran el pañuelo de Dios. Ese dolor no es para siempre.

Bienaventurados los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los de limpio corazón y los pacificadores. Son dichosos según la medida del reino. El egoísmo, el orgullo y el egocentrismo traen infelicidad. No inventes algo para quedar bien con un rey, aunque ese rey te pague el sueldo, sea tu padre o tu madre, o te enseñe la palabra: este reino no da lugar a otros reyes.

¿En qué se basa tu felicidad, tu plenitud, tu satisfacción y tu dicha? Aquello en lo que fundas tu dicha puede ser también la fuente de tu desdicha; lo mismo pasa con la satisfacción y la seguridad. El mundo intenta convencerte de que eres infeliz. Adán y Eva fueron convencidos de que, aun en medio de la abundancia, algo les faltaba.

Una forma distinta de vivir

El reino no es como lo habías oído o aprendido: trae una nueva forma de creer, pensar, actuar y entender la vida, y es el Rey quien la determina. Quienes escuchaban a Jesús conocían la ley y debían saberla de memoria.

Oísteis que fue dicho: No matarás. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano será culpable de juicio. La violencia condenada en el reino no se limita a la agresión física: también es verbal, y Dios empieza a reinar sobre tu carácter. Si traes tu ofrenda al altar y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda, ve y reconcíliate primero. La ofrenda es voluntaria, no un impuesto; la reconciliación es prioritaria.

Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. La pureza sexual no se reduce a lo visible ni es solo para solteros o adolescentes: es para todos, y también concierne a lo que nadie más ve, pero Dios sí. Y la pureza se puede recuperar, porque Dios la da, aun después de haber estado profundamente perdido.

Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen y orad por los que os persiguen. El Rey gobierna tus afectos y tus relaciones, y el prójimo siempre importa. Otros reinos exigen vestimenta o protocolo para entrar; las tiranías excluyen a los débiles. Este reino extiende su invitación a todos.

Nicodemo era un hombre respetable; el gadareno estaba bajo la opresión de una legión. Nadie puede decir que la invitación no llegó a su casa: alcanza a extranjeros y a los de casa, a los que tienen y a los que no, a quienes les ha ido bien y a quienes les ha ido mal. Es el Rey quien hace especial a este reino.

Si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? No limites tu saludo a los conocidos o a quienes te caen bien. El samaritano era mal visto por los judíos. Hoy puede ser la tía con quien cuesta llevarse bien o el compañero de trabajo —o de ministerio— al que te cuesta saludar. El reino es amor sin excepciones y compasión hacia el otro: el Rey ordena tus afectos y tus relaciones.

Un Rey que busca y llama hijos

Israel conocía al Dios del monte, del fuego y del estruendo. En el tabernáculo, el sumo sacerdote entraba al lugar santísimo una vez al año; si no lo hacía como debía, moría. Las campanillas de sus vestiduras revelaban si seguía con vida. Se necesitaba un sacerdote perfecto, cubierto de santidad.

El Rey vino a poner las cosas en orden, a convertir el caos en cosmos. Al principio, la tierra estaba desordenada y vacía; así puede estar tu vida, y Dios la ordena con su reinado. Este Rey no solo llama: viene a buscar. Y quiere que le hables, no de cualquier manera: Jesús te enseña a decirle «Padre». El reino no busca súbditos, sino hijos.

«Padre nuestro que estás en los cielos… Venga tu reino. Hágase tu voluntad». Poder llamar Padre al Rey lo cambia todo. Los reyes de este mundo esclavizan y dejan insatisfechos a sus súbditos. Puedes sentirte insuficiente ante el reino, pero Jesús sí califica.

Versículo clave

«Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.»

Mateo 6:9

«Pero yo os digo»: Jesús trae una nueva manera de vivir. Lo que viene después del «pero» es lo que el corazón atesora. Por eso no te quedes con frases como «estuvo lindo, pero llovió». Fíjate en el «pero» de Dios: de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna. Por encima del «pero» que otros hayan puesto en tu vida, el amor de Dios tiene la última palabra.

Quizá te resistes a perdonar a alguien y tienes razones humanas para hacerlo. Pero Dios te perdonó y tu deuda fue cubierta. Ante lo que te cuesta, di: «Pero Dios». Ante una decisión que tomar, algo que corregir o iniciar, una resistencia, una situación difícil, el llanto o el dolor: pero Dios consuela y acompaña.

En una batalla, los ejércitos protegían a sus reyes; el Rey Jesús cargó la cruz con nuestros pecados, heridas y dolores. No es un Dios al que su pueblo tenga que llevar en hombros, sino el que carga a su pueblo; no cobra impuestos, sino que provee. Es amable, amoroso y todopoderoso. Lo mejor del reino siempre ha sido y seguirá siendo el Rey.

No te pierdas lo mejor de este reino. Jesús es un Rey que sufrió y fue herido, que sabe consolar a quienes lloran y no desecha a los débiles cuando ya no pueden luchar. Es un Rey que lava los pies de sus discípulos y va por quien no puede buscarlo: por el gadareno, por la samaritana y por el hombre de Betesda.

Otros reyes exigen un banquete; este Rey adereza mesa delante de ti y te sirve. Algunos reyes adoraban al mar, a los ríos o al sol; Jesús le hablaba a la tormenta y la calmaba. No hay rival comparable a este Rey, y te llama a responder de dos maneras.

Destronar lo que ocupa el lugar de Dios

Primero, destrona de tu vida a todo rey que no sea Dios. Quítate tu propia corona y reconoce tu intento de hacer las cosas a tu manera, y la frustración que sientes cuando no suceden como y cuando quieres. Reconoce el egocentrismo que puede llevarte incluso a creer que todos hablan mal de ti.

Pon en el altar las coronas falsas que has entregado a una relación, a tus hijos, a tu trabajo, a tus anhelos, al éxito, a tu sexualidad, a la comida, al sueño o a la pereza. Pide que Dios reine. ¿Cómo se ve tu carácter? ¿Cómo sujetas tus emociones, tus pensamientos y tus deseos al Rey? Pídele que destrone todo lo que ha ocupado su lugar.

Segundo, honra el reino al que perteneces y mantén allí tu lealtad. ¿Qué te mantiene atado, triste o fuera de control? ¿Qué ha invadido tu vida como una forma de esclavitud? El Rey está presente para liberarte y poner en orden tus afectos, tus pensamientos, tus emociones y tus relaciones. El Rey está en control; el Rey reina; el Rey gobierna.

Reconoce ante Dios lo que te duele y te afecta, y ora: «Señor Jesús, reconozco que soy pecador, que te necesito, que no puedo reinar en mi vida y que nadie más debe reinar en ella». Ábrele tu corazón para que reine y se haga su voluntad; entrégale tus circunstancias, tus afectos, tus emociones, tus deseos, tu sexualidad, tu familia y tus finanzas. Pídele que te reciba, y llámalo Padre.

Referencias bíblicas