Dios tiene planes de bien para nuestra vida. La pregunta aparece cuando lo que vivimos parece contradecirlo. La respuesta no consiste en negar el dolor: la confianza en Dios no nos vuelve ajenos a la tristeza.
La muerte de una mascota que nos acompañó durante años puede doler más de lo que imaginábamos. Una perra obediente, que se queda donde se le dice y acude cuando se la llama, se vuelve parte de la familia.
Cuando su dueño abre la refrigeradora, el perro mueve la cola, aunque no le den de esa comida porque podría hacerle daño y reciba su alimento habitual: espera con alegría. Esa imagen enseña a mantener el gozo aun cuando las cosas no hayan salido como esperábamos. La refrigeradora del cielo se abrirá un día, y veremos cumplidas las promesas en las que hemos creído.
No te vuelvas amargado o frustrado ante la primera dificultad, ni concluyas que Dios ha incumplido su palabra porque algo no salió como querías. Sigue esperando con alegría. El dolor de una pérdida es real, y aun así una experiencia personal puede hablar de esperanza y perseverancia.
Cuando la recompensa parece venir acompañada de pérdida
A veces, justo después de hablar de un tiempo de restitución y recompensa, llega una pérdida: una inundación de madrugada, muebles y pertenencias perdidas. Y uno se pregunta qué planes puede tener Dios.
La respuesta de Dios puede ser una pregunta: «¿Cuándo has visto restitución sin pérdida? ¿Cuándo has visto recompensa sin pérdida?». La pérdida no es algo bueno en sí misma; pero el propósito de Dios no queda definido por el hecho doloroso que se está viviendo. Dios tiene planes de bien para sus hijos.
Proverbios 16:9 lo expresa así: el ser humano planea su futuro, pero Dios marca el rumbo. Hay hechos que pueden parecer malos, pero el favor, la gracia y los planes de Dios son mayores. Existe un tiempo «kairós», el tiempo perfecto de Dios, en contraste con nuestra urgencia de que todo ocurra ya. Se puede esperar un tiempo de victoria, no porque las dificultades hayan desaparecido, sino porque el tiempo de Dios supera nuestra percepción inmediata.
El ejemplo de Israel en el desierto amplía esa enseñanza. El pueblo esperaba llegar a la tierra prometida, pero el plan de Dios no consistía únicamente en alcanzar ese destino. También incluía aprender a reconocer a Dios en el camino: la columna de fuego de noche y la nube de día eran señales de su presencia, cuidado y guía. El mejor bien no es solo obtener lo que uno espera, sino ver a Dios en medio de lo que está atravesando.
La tierra prometida no era lo único que Israel podía mirar. Algunos murieron sin verla, pero la presencia de Dios no les sería quitada. Las circunstancias y los bienes pueden cambiar, mientras que Dios permanece. Hay una realidad que no depende de que todo salga como planeamos: la presencia de Dios y la eternidad.
Esperanza en medio del cautiverio
Las palabras de Jeremías 29:11 sobre los planes de bien fueron dirigidas a un pueblo en cautiverio en Babilonia. La promesa no se pronunció a personas libres de limitaciones. El cautiverio exterior no impedía que el pueblo construyera, se multiplicara y siguiera adelante. No te detengas: Dios estaba con ellos aun en esa situación.
Versículo clave
«Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.»
Jeremías 29:11
El pasaje invita también a buscar a Dios de todo corazón, con la promesa de encontrarlo. Uno de los mayores planes de Dios no es que todos los problemas se resuelvan primero, sino encontrarse con él en medio de ellos. El fin del cautiverio puede entenderse como una transformación de las áreas de la vida que se encuentran con Dios; las que no lo hagan seguirán en cautiverio. ¿Hay espacios interiores que siguen cautivos? Consagra tu vida a Dios, no solamente algunos planes.
José es ejemplo de esa consagración. Sus expectativas no se cumplieron de manera sencilla y atravesó momentos difíciles; sin embargo, la diferencia era que José tenía su vida consagrada a Dios. Al llegar a la casa de Potifar, todo prosperaba porque José estaba consagrado. Permanece consagrado y disponte a recibir lo mejor de Dios aun durante los tiempos difíciles.
¿Podría estar llegando el mundo a su fin? La iglesia tiene futuro porque tiene eternidad. Hay jóvenes que todavía quieren casarse —y es comprensible—, pero anhelan la venida del Señor, y lo que Dios tiene para la vida de sus hijos es mayor que cualquier otra cosa. También las personas que han partido a la presencia del Señor tienen futuro por la eternidad.
Dios obra más allá de lo que sabemos hacer
En Lucas 1:33-35, el ángel anuncia a María que el hijo que tendrá será llamado Hijo del Altísimo, que su reino no tendrá fin y que el Espíritu Santo vendrá sobre ella. María pregunta cómo sucederá, puesto que es virgen. No nos quedemos atrapados preguntando cómo Dios hará algo; recordemos quién lo hará. Vale para quienes creen estar limitados por su falta de experiencia, un fracaso, un divorcio, una enfermedad o errores cometidos.
La respuesta del ángel se aplica a situaciones actuales: quizá no sabes cómo se resolverá una dificultad económica, cómo llegará una sanidad, cómo atravesarás el duelo o cómo superarás tus temores; pero sí sabes quién puede obrar: el Espíritu Santo.
Versículo clave
«Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.»
Lucas 1:35
Jacob y David muestran que los planes de Dios atraviesan las interrupciones y los momentos difíciles. Hubo hombres que no sabían qué ocurriría, y Jacob también vivió dificultades. Los planes de bien no significan que todo sea fácil: «No siempre fue fácil, no siempre será fácil».
Raquel, Jacob y el nombre de Benjamín
Génesis 35:16 y siguientes cuenta que Jacob y su familia estaban por llegar a Efrata cuando Raquel tuvo a su hijo. La mujer que la ayudaba le dijo que no temiera, porque también sería niño. El niño nació, pero Raquel estaba a punto de morir. En sus últimos momentos ella lo llamó Benoni, «hijo de mi dolor»; Jacob cambió el nombre a Benjamín, que significa «hijo favorito» o «hijo de mi mano derecha». Raquel murió y fue enterrada en el camino de Efrata, es decir, Belén.
Seguramente la muerte de Raquel no estaba dentro de los planes de Jacob, y debió ser muy doloroso para él perder a su amada. Recordemos además la historia de Jacob y su suegro Labán: Jacob trabajó siete años por Raquel, pero en la boda creyó que se había casado con ella y al levantarse encontró a Lea. ¿Cuántas veces uno se acuesta esperando a «Raquel» —el sueño por el que trabajó— y despierta con «Lea», una realidad distinta?
Hay quienes se acostaron con sus sueños y despertaron con un virus, el país encerrado y la iglesia cerrada. Los planes de Dios siguen siendo de bien aunque la vida no haya tomado el curso esperado.
Jacob trabajó otros siete años por Raquel. Raquel no podía tener hijos y Lea sí podía tenerlos. Que demos fruto. La rivalidad entre las mujeres y los hijos que nacieron en esa historia, junto con los hermanos de José, forman parte de la formación de la nación de Israel: Dios puede usar una historia marcada por frustraciones y personas imperfectas.
Más adelante, Jacob huye con sus mujeres y Labán lo alcanza; Labán dice que le robaron sus ídolos. Jacob responde que no tomó nada y afirma que quien los tomó debe morir, sin saber que Raquel los había tomado. Esta historia familiar advierte contra vivir de apariencias. No publiques fotografías para aparentar una relación perfecta: usa las redes sin fingir una autenticidad que no vives.
La historia de Jacob y Raquel no careció de dolor ni de conflictos; fue, precisamente, muy difícil. Pero Dios puede obrar en medio de errores, frustraciones y relaciones imperfectas. Dios es perfecto y las personas somos imperfectas: al poner la vida en manos de Dios, él puede usarla para bien.
La diferencia entre Benoni y Benjamín concentra todo el tema. Raquel nombró a su hijo desde el dolor de sus últimos momentos; Jacob, también atravesado por el dolor, le dio otro nombre. Jacob dejó de mirar únicamente desde el sufrimiento y miró también desde el favor de Dios. El dolor de Raquel no fue imaginario, y el cambio de nombre no borró la pérdida. Pero el dolor no debe determinar por completo cómo entendemos nuestra identidad ni lo que Dios puede hacer.
Ese cambio de nombre recuerda el del propio Jacob a Israel: Jacob sabía lo que era que le cambiaran el nombre. No permitas que tu identidad quede definida por el dolor. Si enterraste sueños, anhelos o planes, no entierres también las promesas de Dios. El nacimiento de Benjamín en medio de la muerte de Raquel es señal de que algo nuevo puede comenzar en un lugar de dolor.
No enterrar las promesas
¿Qué cosas tuviste que enterrar? Hay tiempos en que se entierran muchos sueños, anhelos y planes, y días en que uno está molesto y no quiere escuchar hablar de planes de bien. No etiquetes el tiempo que viene por lo vivido, sino por lo que Dios ha dicho: espera milagros, abundancia, revelación y promesas cumplidas, con Dios manifestándose en los hogares y en la iglesia.
Examina tu propia vida. Hay que enfrentar lo que no agrada a Dios en nosotros, no en los demás: reconocer aquello que debe entregarse y no aferrarse a lo que Dios ya no quiere en la vida. Rendir esas cosas permite encontrar gracia y favor, y el poder de Dios se manifiesta en la debilidad. Es un llamado directo a la consagración y al examen personal.
No entierres las promesas de Dios a causa del dolor vivido. Hay cosas que duelen, pero de momentos difíciles e inesperados puede surgir algo nuevo: el nacimiento de Benjamín es una imagen de rompimiento y comienzo. Aunque creyeras que todo había terminado, puedes empezar a respirar algo nuevo. Reconoce la mano derecha de Dios sobre tu vida: su favor y su bendición.
Hay puertas que Dios cierra y puertas que no podemos abrir; pueden ser ocasiones para volver la mirada hacia él. Jesús dijo: «Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo». Busquemos en Cristo lo que ninguna otra puerta puede dar y encontremos en él planes de vida y paz.
Toma un tiempo con Dios. ¿Has enterrado, junto con lo que te dolió, los planes de bien o las promesas que crees haber recibido? Puede llegar un nuevo suspiro y un nuevo respiro para tu vida, una obra del Espíritu Santo que no sabemos describir cómo ocurrirá. Cristo es presencia, esperanza, fuerza, camino y seguridad.
No entierres lo que Dios ha dicho: las promesas siguen vigentes. Lo vivido puede parecer contrario a lo prometido, pero Dios es quien resucita lo que está muerto, hace milagros y levanta de las cenizas del dolor y la angustia. Si tienes algo que entregar, ponlo delante de Dios.
Puedes pedir perdón por tus pecados y recibir a Jesús como Señor y Salvador. Que quienes se reconcilian con Dios sean llenos de su presencia.
Declara: «Señor Jesús, los mejores planes que tienes para mi vida los voy a ver cada uno de ellos hechos en mí y en mis generaciones». Los planes de Dios son de bien para nuestra vida.


