EN Oración
Serie Nuevo plan

Nuevo plan: confiar en los planes de Dios

Tres maneras de entender los planes de Dios: los planes propios que se interrumpen, los planes que Dios revela paso a paso y las sorpresas que llegan en su tiempo. Persevera, agradece y renueva la esperanza.

Predicadora
Sofía Bocache
Publicada
Duración
45 min

Al comenzar un año, pensamos en un «nuevo plan». Un plan es un modelo o diseño que se prepara antes de realizar una acción. No solo las personas hacen planes para el año: Dios también tiene planes y propósitos. Cuando los planes humanos se frustran porque no coinciden con los de Dios, los de Dios son superiores, mayores y mejores.

Cuando nuestros planes se interrumpen

Una madre con dos niñas puede desear un hijo varón y orar pidiéndoselo a Dios, con toda la familia ilusionada. Pero en el ultrasonido el doctor le dice que espera una niña. ¿Cómo así, si sus planes eran tener un varón?

Si la niña nace prematura, a las 31 semanas, un doctor puede decirle: «Dale gracias a Dios que es una niña», porque las niñas prematuras suelen tener más posibilidades de luchar por la vida que los varones. Entonces se entiende por qué Dios envió una hija. Con el tiempo se comprende que nuestros planes no eran los de Dios.

Los planes de Dios conducen al cumplimiento de su propósito. El primero de tres tipos de planes es el de aquellos que se ven frustrados o interrumpidos. ¿Cómo reaccionamos cuando algo sucede y la vida no sale como la habíamos planificado, deseado o soñado? Muchas veces, con decepción, frustración o enojo.

Una familia planea un sábado para salir a comer, divertirse y pasar tiempo junta. Pero una de las hijas se cae del monopatín y se abre la barbilla, y todos salen corriendo al hospital. Ese no era el plan para aquel día.

Y pueden sumarse otros imprevistos: que quien acompaña se sienta débil y termine desmayándose en el hospital, mientras la niña ya cosida la mira desde la camilla. Una jornada familiar puede terminar siendo muy distinta de lo previsto.

También hay momentos en que Dios interrumpe nuestros planes para mostrarnos algo mayor o mejor. ¿Cómo respondemos? La exhortación es a no ser sabios en nuestra propia opinión, sino a temer a Jehová y apartarnos del mal, y a dejar que Dios guíe.

Saulo de Tarso es otro ejemplo de un plan interrumpido. Saulo iba rumbo a Damasco y una luz resplandeciente lo confrontó. Cuando Dios interrumpe los planes, no solo alumbra el camino, sino también ilumina el corazón. Hay tiempos en que Dios tiene que interrumpir muchos planes, cuando hay cosas que se están perdiendo y es necesario reubicar lo que realmente importa.

A veces los planes cambian porque Dios quiere guardarnos de un accidente o de algún peligro. Alguien puede esperar en un estacionamiento a que salga un carro para ocupar su lugar, y otro se lo gana; pero al salir ve que en el lugar donde iba a estacionarse ha ocurrido un choque. Por eso, en vez de reclamar, conviene agradecer: Dios puede estar guardándonos o protegiéndonos, aunque no siempre se conozca la causa de cada cambio de planes.

2 Samuel 7 presenta la inquietud de David: vivía en un palacio mientras el arca del pacto permanecía en tiendas, y quería construir una casa para el Señor. Natán le respondió que hiciera lo que le pareciera, pues Dios lo respaldaba; esa misma noche, según el relato bíblico, Dios habló al profeta.

El mensaje de Dios a David le recuerda que Dios no le había pedido una casa de madera fina, que lo había sacado de su vida de pastor y lo había puesto al frente de su pueblo, y que había prometido establecer su linaje. También incluye la promesa de que un hijo construiría una casa para Dios y que su reino permanecería.

Ante una noticia así, la reacción natural podría ser reclamar —«¿por qué no voy a construir yo el templo?»—, pero David respondió de otra manera. Según 2 Samuel 7:17-22, Natán le comunicó el mensaje y David se sentó delante de Dios. Su humildad se nota: pregunta cómo Dios puede concederle tanto a él y a su familia, y reconoce que Dios lo conoce. Cuando dejamos de reclamar lo que no tenemos y damos gracias por lo recibido, podemos disponernos a conocer los planes de Dios.

Por eso, al comenzar el año, vale la pena decir: «Señor, gracias. Mis planes se vieron frustrados, pero los tuyos siguen en pie». Las promesas de Dios permanecen, e Isaías 55 recuerda que los pensamientos y planes de Dios no son los nuestros. Podemos confiar en que los planes de Dios son mayores, incluso cuando los propios se han visto interrumpidos.

Los planes que Dios revela paso a paso

El segundo tipo son los planes secretos de Dios. Efesios 3:9 habla del cumplimiento de un plan mantenido en secreto durante siglos. Hay planes de Dios para las personas que no se revelan de una vez. Dios no muestra todo y, si lo hiciera, quizá no podríamos soportarlo. A veces le preguntamos y no recibimos respuesta porque todavía no estamos listos para recibirla.

A las personas les gusta recibir instrucciones. En el llamado de Abraham, Dios le dijo que saliera de su tierra y de su parentela hacia una tierra que le mostraría. Dios puede dar instrucciones para seguir avanzando sin revelar de antemano todo el destino. El Salmo 119:105 lo expresa así: la palabra de Dios es lámpara para los pasos. Hay una diferencia entre una lámpara y un reflector: la palabra ilumina el camino que estamos recorriendo, no necesariamente todo el panorama.

Versículo clave

«Lámpara es a mis pies tu palabra, Y lumbrera a mi camino.»

Salmos 119:105

Esa imagen se vuelve personal: en un valle, en un desierto, en el dolor o en la tristeza, la palabra puede guiar cada paso. Por eso no hace falta exigir que ilumine todo el camino y el destino a la vez. Habacuc 2:4 y Romanos 8:28 hablan de vivir por fe y de la confianza de que Dios prepara las cosas para el bien de quienes lo aman y son llamados conforme a su plan.

Dios prepara a sus hijos y a sus siervos: «Dios no llama a los preparados; Dios prepara a los llamados». ¿Por qué, entonces, nos resistimos a los procesos? Ester pasó doce meses con cremas y aceites, en un tratamiento de belleza junto con las demás jóvenes. El tiempo de espera puede servir para quitar palabras que no proceden de Dios y evitar que prevalezcan las palabras del enemigo.

La espera no le gusta a nadie. Sin embargo, varios ejemplos subrayan la importancia del proceso: David fue ungido para ser rey, pero no asumió el trono de inmediato; tenía unos 15 años cuando fue ungido y tomó posesión a los 30, tras quince años. José recibió un sueño a los 17 y, después de trece años de proceso, a los 30 gobernaba junto al faraón. Jesús inició su ministerio a los 30, tras una vida de preparación, y lo ejerció durante tres años.

Los procesos son necesarios: forman un fundamento firme y constante y preparan el carácter para sostener las promesas. Lo que se vive sin proceso puede desvanecerse, mientras lo que pasa por un proceso permanece.

David pasó de pastor de ovejas a tocar el arpa para el rey y tuvo que aprender los protocolos del palacio: cómo comer, vestirse y tratar con la realeza. José, antes de quedar a cargo del palacio, se había hecho cargo de la casa de Potifar y de la cárcel. Génesis 41:37 y los versículos siguientes recuerdan el reconocimiento de su sabiduría y su nombramiento. Dios no siempre trabaja de manera rápida o fácil, y hay que permitirle procesarnos.

Una advertencia: tener dones no significa estar listo para una plataforma. La madurez espiritual se parece a la de un bebé: que tenga piernas no significa que esté listo para correr, y que le salgan los primeros dientes no significa que esté listo para comer carne. La preparación requiere carácter, firmeza y constancia.

Versículo clave

«Y le dijo David: No tengas temor, porque yo a la verdad haré contigo misericordia por amor de Jonatán tu padre, y te devolveré todas las tierras de Saúl tu padre; y tú comerás siempre a mi mesa.»

2 Samuel 9:7

Cuando Dios sorprende con sus planes

El tercer tipo de planes aparece cuando Dios sorprende. A Dios le agrada sorprender a sus hijos, y la creación ofrece ejemplos: el embarazo, la transformación de una oruga en mariposa y la formación de un pollito, que permanece oculta. Esas imágenes muestran que Dios puede hacer algo nuevo: «He aquí, yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz».

En los momentos de incredulidad podemos pensar que algo no va a funcionar o no va a suceder, pero Dios no olvida. 2 Samuel 9 lo ilustra. David pregunta a sus asistentes y consejeros si queda algún familiar de Saúl a quien pueda ayudar en memoria de Jonatán. David había hecho un pacto con Jonatán, y esa pregunta es el comienzo de un giro inesperado.

Siba, quien había estado al servicio de Saúl, informa que vive un hijo de Jonatán que no puede caminar: Mefiboset. David pregunta dónde está y recibe como respuesta que vive en casa de Maquir, hijo de Amiel. El rey manda traerlo. Cuando Mefiboset llega al palacio, se inclina ante David; este le dice que no tenga miedo, que por consideración a su padre Jonatán cuidará de él, le devolverá las tierras de su abuelo Saúl y le permitirá comer en su mesa.

La escena es una imagen de esperanza para quien se siente «lisiado» en su vida personal, su matrimonio, su trabajo o su salud. Si estás triste, angustiado o frustrado, no creas que Dios te ha olvidado: la mesa del rey es la imagen de un lugar preparado y de una promesa que puede reavivar la esperanza.

Es el tiempo de la recompensa: recompensa para la fe y la perseverancia. Algo se activa y vuelve a encenderse. Dios puede avivar la pasión, el fuego, la vitalidad, la fuerza y la energía para seguir adelante.

Una mecha gastada ilustra esa renovación. Para que una llama vuelva a encenderse, a veces hay que cortar la mecha; si está demasiado quemada, al intentar encenderla solo humea o titila. Las mechas del candelabro se cortaban por la mañana y por la tarde. No comiences el año humeando tristeza o amargura ni titilando entre dudas sobre las promesas de Dios, sino con una llama encendida.

«En Dios no existen casualidades, solo propósitos». Es tiempo de salir de la tristeza, el dolor, la amargura, la decepción, la frustración y el temor, y de creer que Dios tiene buenos planes para ti y para los tuyos. La expresión «ya basta de pobrecito yo» rechaza la autocompasión y recuerda la imagen de un buen Padre, sus promesas y una mesa a la que invita a sentarse.

La historia de Job también sirve de referencia: Job pasó momentos difíciles, y en el capítulo 42 Dios lo recompensó. Aprópiate de la palabra, levántate y deja que la llama arda. No comiences el año titilando o humeando, sino con el fuego encendido y la mirada puesta en lo nuevo que Dios tiene y en sus promesas. Es el año del cumplimiento y de la recompensa.

Habla con Dios y deja el temor, la autocompasión, la tristeza, el desánimo, la depresión, la soledad y el sabor amargo del año anterior. Pide que el Padre avive la llama y que el Espíritu Santo active algo dentro de tu espíritu, para que vuelvas a encenderte y recuerdes las promesas.

La imaginación ligada a la fe ayuda a verse cumpliendo promesas y sueños, no atrapado en la tristeza, el dolor o la autocompasión. Dios no te ha olvidado, la promesa sigue en pie y no te dejará burlado. Él ha visto tus lágrimas y tu dolor: deja el desierto y ponte las mejores vestiduras para sentarte a la mesa del rey. Dios se acordó de ti.

Es tiempo de retomar los sueños y avanzar hacia la meta y el supremo llamamiento de Dios; de retomar lo dejado y permitir que los sueños y las promesas tomen posición en la vida. Con gratitud a Jesús y en adoración a Dios, la llama apagada cobra vida y se enciende a un nivel mayor.

Abre tu corazón a Jesús y pídele que entre como Señor y Salvador; deja el dolor, la tristeza, el llanto, el luto y la amargura; proyéctate hacia lo nuevo; y da gracias por cada promesa, cada plan y la vida eterna. Jesús dio su vida por ti.

Prepárate para el nuevo año y para la recompensa de Dios. Bienvenido a la familia.

Referencias bíblicas