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Serie Puro

Manos puras: dejar que Dios transforme nuestras acciones

Lo que permites en tu mente termina expresándose en tus manos. Descubre cómo Dios limpia tus acciones, te enseña a soltar lo que te ata y te lleva a una relación correcta con Él.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
56 min

Dios no te pide manos vacías: cada vez que soltamos, él las llena. Y cuando nuestras manos están llenas de su propósito, podemos prepararnos para ver lo que nunca antes hemos visto. Cada vez que escuchamos la verdad de Dios, esa verdad trae libertad, porque «la verdad os hará libres». Muchas veces hemos descubierto que lo que vivíamos estaba basado en una mentira. Cada día aprendemos más de su verdad y somos liberados al encontrarnos con ella. Después de un pensamiento puro, damos un paso más: tener manos puras.

De la mente a las manos

No podemos evitar que llegue el primer mal pensamiento. Es inevitable que los malos pensamientos quieran pasar por nuestra mente, y con ese primero muchas veces no podemos hacer nada. Lo que sí podemos decidir es que no se quede: el segundo paso sí depende de nosotros. Esto importa porque los pensamientos repetitivos forman una mentalidad, y esa mentalidad termina en acciones. Por eso Dios nos invita a limpiar y renovar nuestros pensamientos y a llevarlos a la obediencia a Cristo: «Señor, este mal pensamiento lo llevo a la obediencia a Cristo».

El Salmo 24 describe a quien tiene las manos y la mente limpias de todo pecado, a quien no rinde culto a ídolos ni dice mentiras. Mente y manos van juntas. Cuando nuestra mente es transformada y la mente de Cristo empieza a llenarla, nuestros pensamientos cambian. Con ellos cambian también nuestras acciones, que es lo que representan las manos. Lo que permites en tu mente, tarde o temprano, termina expresándose en tus manos.

Versículo clave

«El limpio de manos y puro de corazón; El que no ha elevado su alma a cosas vanas, Ni jurado con engaño. Él recibirá bendición de Jehová, Y justicia del Dios de salvación.»

Salmos 24:4–5

Manos puras quiere decir acciones puras. No es un símbolo abstracto, sino algo muy concreto y práctico: lo que hacemos todos los días, lo que tocamos, lo que construimos y lo que destruimos. ¡Cuántas veces nuestras acciones han arruinado un día que habíamos planeado para que fuera el mejor en nuestro matrimonio o en nuestra vida! Dios no solo quiere limpiar lo que pensamos; también quiere limpiar lo que hacemos. Por eso necesitamos revisar nuestras acciones cada día, porque muestran cómo pensamos y qué hay en nuestra mente.

Las manos llevan a la práctica lo que hay en el corazón. Por eso la Palabra dice: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida». Del corazón brotan también nuestras acciones. Necesitamos estar atentos.

La verdad, aunque cueste

El salmo pide dos cosas concretas: no rendir culto a ídolos falsos y no mentir. Todos, en algún momento, hemos comprobado que la mentira destruye nuestra vida. El problema no es descubrirlo, sino seguir insistiendo en ella. El padre de la mentira es Satanás, así que cada vez que mentimos actuamos como hijos de ese padre. Ten cuidado.

Hubo un hombre que, recién casado y recién llegado a Cristo, empezó a notar ciertas conductas en su vida al escuchar la Palabra. Había quedado de pasar por su esposa a las cinco de la tarde. Cuando ella lo llamaba a las 5:15 para preguntarle si ya venía, él respondía: «Ya voy en camino», aunque ni siquiera había salido de la oficina. Un día lo reconoció: «Esto es mentira, y cada vez que miento vuelvo a Satanás como mi padre. Tengo que decir la verdad, por difícil que sea».

¿Por qué nos cuesta decir la verdad? Porque hay quienes temen más a su cónyuge, a un amigo o a lo que diga alguien más que a Dios. Temer a Dios es respetarlo y honrarlo. Si Dios dice que no debemos mentir, no debemos mentir, porque todo lo que Él dice es vida para nosotros. Decir la verdad no significa que no habrá consecuencias. Aquel esposo tuvo que decir: «Ni he salido», y aguantar el reclamo justo de su esposa. Aun así, prefería escuchar lo que ella le diría con razón antes que mentir y negar que el Señor de su vida es Dios y no su esposa. Así no levantamos ídolos falsos.

En el trabajo pasa lo mismo. Te preguntan por una tarea pendiente y es fácil responder: «Ya casi está, ahorita la mando», cuando la verdad es que se te olvidó. Es preferible lo que venga después de reconocerlo, porque es mejor honrar a Dios que decir mentiras. Las «mentiritas blancas» no existen: mentira es mentira. Manos limpias son acciones limpias.

La mayor bendición: una relación correcta con Dios

El versículo 5 dice que quienes tienen manos limpias recibirán la bendición del Señor y una relación correcta con Dios, su Salvador. Aquí conviene tener cuidado, porque estamos acostumbrados a sacar los versículos de su contexto. Jesús enseñó que si nosotros, siendo malos, sabemos dar buenas cosas a nuestros hijos, cuánto más el Padre dará su Espíritu. Casi siempre queremos llevar ese pasaje a lo económico, como si dijera «cuánto más te daré una casa». No habla de eso: ese es el abuso de la palabra prosperidad que ocurre cuando no leemos el contexto. Lo que dice es que, si tienes el Espíritu de Dios, Él te transformará por completo y además te añadirá.

Del mismo modo, el salmo no promete que por tener manos limpias Dios te entregará un día un carro o una casa. Promete lo más grande que puedes tener: una relación correcta con Dios. Siempre esperamos que Dios nos corresponda con algo material, cuando lo que hizo en la cruz del Calvario ya es más que suficiente. Es cierto que Él puede añadir a nuestra vida, porque añade todo cuando buscamos primero su reino. Pero ninguna bendición supera tener una relación con el Dios que nos bendice. Eso es lo más grandioso.

Las manos limpias se preparan para lo que Dios quiere poner en ellas. Por eso vale la pena preguntarte: ¿qué hay hoy en tus manos?

¿Qué hay hoy en tus manos?

En Éxodo 4, Dios le preguntó a Moisés: «¿Qué es eso que tienes en tu mano?», y él respondió: «Una vara». Dios le pidió que la echara al suelo, la vara se convirtió en serpiente y Moisés huyó de ella. Después Dios le dijo que extendiera la mano y la tomara por la cola, y al hacerlo volvió a ser vara. Primero tenía que soltarla y luego tomarla. ¿Te imaginas ese momento?

Antes de usar las manos de Moisés para grandes milagros, Dios se ocupó de lo que Moisés sostenía. Lo estaba formando y le estaba enseñando a confiar: lo que tienes en tus manos no es lo que te sostiene; soy yo quien sostiene tu vida, así que suéltalo. No podemos tener manos limpias si seguimos aferrados a lo que Dios nos está pidiendo, y Dios nos va a pedir cosas a todos.

Parece no tener lógica, y algunas de las cosas que Dios nos pedirá por medio de su Palabra no la tienen. ¿Por qué? Porque tenemos que aprender a obedecer la voz de Dios y no nuestra lógica. Las manos limpias saben tomar y saben soltar. En las manos de Moisés solo había una vara. Pero cuando algo pasa por las manos de Dios mediante la obediencia, regresa a tus manos para cumplir un llamado y un propósito que nunca imaginaste. Hoy es un día para soltar.

Manos que afrontan en lugar de huir

Tener manos limpias no significa evitar los desafíos grandes y peligrosos. ¡Tomar una serpiente por la cola! Moisés huyó, pero Dios le enseñó algo: tener manos limpias no es huir, sino afrontar los temores que hemos cargado por años y obedecer a Dios. Tampoco es quedarse sin hacer nada. Es creer en el Señor, ser esforzados y valientes, y tomar lo que Él nos dice que tomemos. Es tiempo de actuar distinto y de dar un paso al frente en los lugares donde hemos huido.

Siempre oramos para que Dios cambie lo que tenemos enfrente. Hay batallas que las manos de Dios pelearán porque tú no puedes pelearlas. En otras, la victoria no se verá hasta que uses tus manos como Dios te pide. Dios no le dijo a Moisés que Él agarraría la serpiente por él: Moisés tenía que tomarla. Es tiempo de no orar solo para que Dios cambie lo que no queremos afrontar, sino de orar para que nos fortalezca y podamos afrontar lo que nos toca.

La serpiente volvió a ser vara. Aquello de lo que huías puede convertirse en lo que Dios usará para darte las victorias más grandes de tu vida. Tienes que soltar lo que eres para que Dios te convierta en lo que Él ha dicho: «Dios, esto soy; conviérteme en lo que tú has dicho». Suelta esa adicción, esa avaricia, ese orgullo, y verás lo que Dios hace.

La vara de Dios

Después de aquel encuentro, «Moisés tomó su mujer y sus hijos, y los puso sobre un asno, y volvió a tierra de Egipto. Tomó también Moisés la vara de Dios en su mano». Lo que entregas a Dios en obediencia, Él no te lo devuelve igual. Con esa vara Moisés liberaría al pueblo de Israel y se verían grandes milagros, pero el mayor milagro ya había ocurrido dentro de él. Era una simple vara de pastor; después de entregarla, la Biblia la llama la vara de Dios.

Necesitamos manos que suelten. Casi siempre queremos tomar muchas bendiciones sin soltar lo que Dios nos pide. Pero aunque recibas grandes bendiciones de parte de Dios, no podrás disfrutarlas si no sueltas lo que te lo impide. No se trata de bendiciones; se trata de soltar.

La verdadera fe no se mide por cuánto logras alcanzar con ella. Se mide por cuánto puedes soltar confiando en Dios, por cuánto estás dispuesto a rendirte delante de Él. Por eso Abraham fue llevado a otro nivel y es el padre de la fe: no por lo que alcanzó, sino porque soltó a su hijo Isaac, reconociendo que antes que su hijo era de Dios y que en Él confiaba.

Manos limpias que se fortalecen

Job declaró que el justo seguirá avanzando y que «el limpio de manos aumentará la fuerza». Las manos puras producen fortaleza. Tener manos limpias no solo tiene que ver con lo que dejamos de hacer, sino también con la fuerza que recibimos para seguir adelante. Job lo dijo en uno de los peores momentos de su vida, mientras sus amigos le hacían comentarios que difícilmente podemos imaginar cuánto le dolían. Aun así, Job conecta la pureza con el progreso.

Las primeras manos que hay que examinar son las nuestras: nuestras propias acciones, a la luz de Cristo, cada día. Y cuando soltamos todo lo que Dios nos pide, podemos prepararnos para tomar lo que Él tiene para nosotros. Dios no te pide manos vacías: cada vez que soltamos, Él las llena. Y cuando están llenas de su propósito, verás lo que nunca antes has visto.

¿Cómo se puede progresar cuando parece que todo retrocede? Job había perdido a su familia, todos sus bienes y ahora también la salud. Todo parecía injusto, pero sus acciones seguían siendo limpias, y eso le daba fortaleza. No decidas por lo que sientes; decide por lo que crees que Dios es en tu vida. Job sí estaba avanzando, porque Dios trabaja por debajo de lo que tú ves. Estaba en el capítulo 17, pero iba camino al 42, donde Dios le devolvió todo al doble.

Sin embargo, la mayor recompensa no fue recibir el doble, sino una relación más profunda con el Dios que lo restituye todo. Llega el día en que recibes el doble y dices: «Gracias por lo doble, pero no hay nadie como tú».

Aunque parezca que todo empeora, no te llenes de amargura ni de frustración. Si lo haces, tus acciones se contaminarán con un corazón frustrado y enojado por la injusticia que vive. Confía en el Dios justo. Quien confía en Él frente a una injusticia no se llena de venganza, sino de fe, y cree que Dios está obrando. Es imposible que no te ofendan, pero sí puedes decidir no vivir como alguien ofendido y no dejar que tus acciones reflejen lo que sientes. Si hay dolor, llévalo delante de Dios: estarás en las mejores manos, y ese tiempo con Él se notará en acciones gobernadas por Él.

Elegir cortar de raíz

En Mateo 5, Jesús enseñó que si nuestro ojo derecho nos hace caer en lujuria, debemos sacarlo y echarlo de nosotros. Y si nuestra mano derecha, la más fuerte, nos hace pecar, debemos cortarla, porque es mejor perder un miembro que todo el cuerpo sea echado al infierno. Vivir una vida pura no es tan fácil como pensamos: exige elegir. Dios no elige por ti; tú tienes que elegir. Si no, terminaremos viviendo con un montón de basura moral.

Estas palabras de Jesús están llenas de amor. Quien estudia teología aprende sobre las exageraciones rabínicas, que se usaban para ayudar a entender. Esta exageración expresa urgencia para nuestra vida. Jesús no pide que nadie se mutile, sino que da una ilustración muy impactante de lo urgente que es apartarnos de las acciones que ofenden a Dios.

Fíjate en que habla de la mano fuerte, es decir, de nuestros dones, talentos y fuerza. Con ella podemos construir muchas cosas, pero si no la limpiamos, todo lo construido se va a destruir. Tu mano puede lograr mucho, pero solo la mano de Dios puede sostener lo que has construido. Si una acción te está dañando, córtala de tajo. No te quedes en esa línea que siempre está tan cerca del fuego. Las manos limpias construyen y sirven.

Tener la oportunidad no es tener la autorización

David tuvo a su alcance a Saúl, el hombre que lo había perseguido y había querido hacerle daño a él y a su imagen. Le dijeron que era el momento de matarlo, pero David se negó a extender su mano contra él. No iba a hacerlo, porque Dios no se lo había autorizado: ese asunto no estaba en su mano, sino en la de Dios. Lo hizo porque Saúl era el ungido del Señor, pero no solo por eso.

A veces este pasaje se interpreta de una forma que no refleja lo que enseña la Biblia, como si solo aplicara a quien representa algo espiritual y no a nuestro prójimo. Que nuestras acciones nunca sean para destruir, sino para bendecir, levantar y animar. Tener la oportunidad de hacer algo no significa tener la autorización de Dios para hacerlo. No lo olvides.

Al mismo tiempo, ser ungido no significa decir: «No me digas nada, soy el ungido». Es sano preguntar a otros qué opinan de nuestra vida. Sin ser jueces y con respeto, también podemos hablar de lo que no nos parece, y eso trae libertad. Que tus manos no las dirijan ni el enojo ni tus propias razones. Las manos puras siempre buscan acciones que bendigan a otros. No son solo para uno mismo: tienen expectativa de reino, expectativa de bendecir a los demás.

Que nada esclavice tus manos

Las manos hay que examinarlas, y eso exige vigilancia diaria, como lavarnos las manos todos los días. Tenemos que estar muy atentos a lo que recibimos en ellas y preguntarnos qué está poniendo Dios en nuestras manos. Judas recibió treinta monedas de plata, la misma cantidad que el Antiguo Testamento fija como precio de un esclavo. No se dio cuenta de que lo que le ponían en las manos lo iba a esclavizar.

Hay negocios que pueden esclavizarte hasta hacerte perder tu integridad. Quizá pienses que esa cantidad resolverá tus problemas, pero en realidad será el inicio de los más grandes de tu vida. No importa cuántos problemas estés atravesando: si Dios está contigo, Él se va a manifestar. No metas tus manos donde solo la mano de Dios puede sacarte. Y tampoco esperes que Dios te saque cuando te está diciendo que tomes ese problema por la cola. Afronta lo que debes afrontar, clama a Dios y di lo que tienes que decir. Actúa con fe.

No permitas que nada ni nadie esclavice tus manos: ni una relación ni una cantidad de dinero. De nada sirve terminar con muchas monedas en las manos si eres esclavo. Revisa lo que recibes y pregúntate qué hay en tus manos que necesitas soltar porque te impide recibir lo que Dios quiere poner en ellas. Cuando el dinero o cualquier otra cosa te esclaviza, ahoga el propósito de Dios en tu vida.

A veces personas con recursos quieren dar una ofrenda a cambio de que las cosas se hagan a su manera. En esos casos es mejor no darla, porque la intención no es correcta: una institución podría recibirla, pero Dios no. No estamos a la venta; tenemos un Padre y tenemos un Dios. Si algo va a esclavizar nuestras decisiones, la respuesta es no, aunque venga con un ultimátum. Él nos dio libertad, y su Palabra nos advierte que no volvamos al yugo de esclavitud. De ahí nos sacó; no volvamos a meternos.

Saber qué tomar y qué soltar

Después de resucitar, Jesús le pidió a Tomás que mirara sus manos y su costado, que metiera los dedos en sus heridas y que dejara de dudar para creer. Tomás respondió reconociéndolo como su Señor, su dueño, y su Dios. Él es nuestro dueño, nuestro todo, y no hay otro como Él. Por eso tú y yo necesitamos aprender qué nos ha dado Dios y qué no, para que nuestras manos sepan cuándo tomar y cuándo soltar.

José pasó trece años de proceso. Cuando lo llamaron ante el faraón, se bañó, se rasuró y se presentó. El faraón le dijo que nadie había podido interpretar su sueño y que él le daría la respuesta. Dios le había dado el don de interpretar sueños, pero José no tomó lo que no le correspondía: «No está en mí; Dios será el que dé respuesta propicia a Faraón». Toda la honra y la gloria eran para Dios. La satisfacción puede ser nuestra, pero la gloria es suya. No tomemos lo que es de Dios.

José pudo aprovechar el momento para quejarse. Pudo contarle al faraón que lo habían encarcelado injustamente, que el copero se había olvidado de él y que sus hermanos eran terribles. De haberlo hecho, quizá seguiría en la cárcel. Un corazón sano reconoce la injusticia, pero sabe que Dios es justo, y llora, se lamenta y sana delante de Él. Así nuestras acciones son limpias. José soltó todo eso para tomar lo que Dios tenía. Cuando nuestras acciones cambian, nuestras manos glorifican a Dios: ya no solo las levantamos físicamente, porque nuestras acciones se convierten en adoración.

Reconocer que Dios es dueño de todo también confronta el machismo, que en realidad es falta de hombría. Si eres trabajador, te esfuerzas y das lo mejor a tu familia, está muy bien. Pero eres la herramienta que Dios usa para llevar el alimento a tu hogar; el proveedor siempre es Dios. Se acaba eso de «yo aquí los mantengo a todos»: Dios te sostiene a ti y te permite ayudar a otros. Aunque duela, es verdad que si mueres, Dios sigue proveyendo para tu esposa. Recuerda a la viuda cuyos hijos querían llevarse los acreedores porque su esposo había muerto endeudado, y cómo Dios proveyó para que pagara esas deudas.

Todavía no hemos entendido del todo que Dios es nuestro Padre. Cuando lo entendemos, hablamos con más humildad: «Mira lo que Dios nos ha permitido, mira lo que ha llegado a nuestras manos». Glorifiquemos a Dios y démosle gracias en familia: «Gracias, Dios, porque me diste salud y vida; has sido tú y serás tú por siempre». Dios es nuestro dueño.

Un corazón que no esté dividido

Santiago nos llama a dejar que Dios cumpla su propósito en nosotros, a decirle un rotundo «no» al diablo para que huya y un «sí» a Dios, que se acercará a nosotros. También nos llama a alejarnos del pecado y a purificar el corazón, porque nuestra lealtad está dividida entre Dios y el mundo. Muchas veces decimos que el enemigo es terrible, pero mientras Dios nos libera, nosotros corremos hacia lo que nos ata.

Cuando se limpian las intenciones, se limpian las acciones. La mente dividida dice sí hoy y no mañana. Pasa incluso con las oportunidades de crecer, como un discipulado: algunos no van porque no tienen hambre. Hoy tenemos tantas comodidades que nos quejamos hasta de caminar media cuadra desde el parqueo, pero lo que nos falta es hambre de Dios.

Por eso la Palabra nos llama a alzar las manos. Cada vez que levantas las manos por encima de la cabeza, reconoces que hay alguien mucho mayor que tú. A algunos les da pena, y hay quienes al principio pensaban que la gente de la iglesia estaba loca. Sin embargo, en un concierto muchos pagan la entrada y gritan por un artista sin ninguna vergüenza. No se trata de dejar de ir a ver a un artista, sino de reconocer que hay un tiempo de definición en nuestra vida.

Las manos más puras de la historia

Las manos más puras de la historia tocaron a los intocables. La mujer que llevaba doce años con flujo de sangre tocó el borde del manto de Jesús. Él preguntó quién lo había tocado, porque había salido poder de Él, y ella, avergonzada, confesó que había sido ella. Jesús la recibió: no había tocado a un simple hombre, sino a Dios, y Dios no la rechazó.

Jesús también tocó a un leproso y lo sanó, y ese toque tiene un mensaje: Dios no solo quiere sanar tu cuerpo, quiere sanar tu corazón. El leproso vivía rechazado; por eso Jesús lo tocó, y primero sanó su corazón del rechazo. De nada sirve que sane una parte de tu cuerpo si tu corazón no sana, porque el corazón dirige tus acciones. Si tu corazón no sana, no hay acciones limpias.

Lo mismo vimos con Moisés: metió la mano en su seno y salió leprosa; al volver a meterla, salió sana. Si tu corazón no sana, nada de lo que toquen tus manos estará sano.

Versículo clave

«Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!»

Juan 20:27–28

A Tomás, Jesús le mostró las marcas de sus manos. Es como si le dijera: «No te hablo solo con palabras; te hablo con manos limpias, con acciones que dicen que te amo». No podemos presumir de nuestro amor por Dios, porque somos muy imperfectos, pero sí podemos presumir del amor que Dios nos tiene.

Jesús también sanó a un hombre que tenía la mano entumecida, y aquel hombre pudo extenderla. Que hoy sanen las manos entumecidas en el llamado de Dios: las que solo sirven para mi vida, mis gustos, mis cosas, mis deseos y mi comodidad, y no se extienden para que Dios las use para bendecir y levantar a otros.

Manos que se hacen responsables

Poncio Pilato se lavó las manos. Su esposa le había advertido que no tuviera nada que ver con aquel asunto, pero él se lavó las manos y no quiso hacerse responsable de sus decisiones. Dios quiere que asumamos lo que nos corresponde. Necesitamos pedirle perdón por meter las manos donde no debemos.

Nuestras manos se ensucian constantemente. Pero las manos puras no son las que nunca se ensucian porque no hacen nada. Tener manos limpias no consiste solo en no pecar, porque «al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado». Desentendernos no es lo mismo que tener manos puras. Hay cosas de las que no te puedes desentender: tienes que hablarlas y afrontarlas.

Esto es entre tú y Dios. Revisa tus acciones y mira cómo están tus manos. Pregúntale: «Señor, ¿qué me estás pidiendo que suelte?». Tal vez sea la vara de la comodidad, de la ira, de la amargura, de la adicción o del temor. Toma su Palabra y su presencia y comprométete con ellas, porque las manos más puras de la historia se entregaron por ti.

No aparentar pureza, sino vivir limpios

Alzar las manos es una acción que declara: «Señor, tú estás por encima de mi vida; tú eres Dios y tú eres Señor». Pero no basta con las manos: tienen que estar conectadas con el corazón. No se trata de aparentar pureza ni de parecer limpios, sino de vivir limpios. Aún hay mucho que limpiar en nuestra vida. Pero cada vez que vemos su verdad, sale una mentira que ensuciaba nuestros pensamientos, esos pensamientos repetitivos que formaban una mentalidad y nos llevaban a acciones que no le agradan.

Jesús extendió sus brazos en la cruz. Sus manos marcadas son la prueba de su amor: cada gota de sangre que derramó fue una acción, no solo una palabra. Pagó por nuestros pecados, vino a salvarnos y a restaurarnos, y sus manos llevarán esas marcas para siempre para recordarnos que nos ama, no solo con palabras, sino con manos limpias y con hechos.

El milagro más grande que puede ocurrir en tu vida es la salvación. Confesar a Jesús no es repetir unas palabras, sino una confesión en la que la boca está conectada con el corazón. Sus manos en la cruz del Calvario nos dieron la oportunidad de limpiar las nuestras. Hoy puedes pedirle que perdone tus pecados, abrirle tu corazón y recibirlo como tu Señor y Salvador.

Referencias bíblicas