Si alguien te preguntara ahora mismo: «¿Quién eres?», ¿qué responderías? ¿Y si te preguntara cuál es tu propósito en la tierra, o cuánto vales? Muchos se quedan en blanco. No es fácil responder.
Por eso, a veces esperas que otros respondan por ti. Buscas que te digan si eres amado, si eres valioso, si eres suficiente, si vas a lograr lo que te propones. Esperas que tus acciones o las personas que te rodean determinen tu identidad.
Y cuando crees que no eres como los demás, te sientes excluido, insuficiente, no amado o extraño. Pero Dios te hizo diferente y te dio una identidad única. No tomes como medida definitiva lo que otros dicen de ti: escucha lo que Dios dice.
Lo que ves en tu teléfono, lo que dicen tus compañeros, las notas del colegio, la ropa que usas, el número de amigos que tienes: todo parece querer decirte quién eres. Pero esas voces cambian todo el tiempo. Hoy te aplauden y mañana te ignoran. Si construyes tu identidad sobre ellas, vivirás en una montaña rusa.
La pesca y el llamado de Pedro
Jesús predicaba junto al lago de Genesaret y vio dos barcas vacías; los pescadores estaban lavando sus redes. Una de las barcas era de Simón. Jesús subió a ella y, cuando terminó de enseñar, le dijo: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón le respondió: «Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red».
Versículo clave
«Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red.»
Lucas 5:4-5
Y recogieron tal cantidad de peces que su red se rompía. Llamaron a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarles, y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían. Pedro, asombrado, cayó de rodillas ante Jesús. Y Jesús le dijo: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Y dejándolo todo, le siguieron.
En aquel tiempo, la gente solía dedicarse al oficio de su familia: el hijo del carpintero era carpintero, el hijo del panadero era panadero. Probablemente Pedro nunca imaginó ser otra cosa que pescador. Era lo que sabía hacer, y lo que lo definía.
¿Y tú, quién eres? Quizá respondes: «Soy buen jugador», «soy bailarina», «soy el mejor amigo de alguien», «estoy en el grupo de los populares del colegio». Pero ¿esas cosas te definen por completo?
¿Qué pasaría si mañana ya no pudieras jugar, ya no bailaras, o dejaras de ser amigo de la persona más popular? Cuando Jesús llamó a Pedro, le pidió dejar aquello que lo definía y en lo que era bueno. Y allí Pedro encontró su verdadero propósito y su verdadera identidad.
Fíjate en la respuesta de Pedro: «En tu palabra echaré la red». Él era el experto en pesca; Jesús era carpintero. Toda la noche no habían sacado nada. Pero Pedro decidió confiar en la palabra de Jesús más que en su experiencia. Allí empezó su cambio. Tu identidad también empieza a transformarse cuando le crees a Jesús más que a tus propias conclusiones.
Pedro no fue perfecto después de ese día. Habló de más, tuvo miedo, negó a Jesús tres veces. Pero Jesús nunca cambió su llamado. Después de la resurrección lo buscó, lo restauró y le dijo: «Apacienta mis ovejas». Tus errores no cancelan lo que Dios dice de ti.
La mirada de Dios y tu identidad
Tu verdadera identidad no cambia, porque viene de Dios, tu Creador. Él define quién eres, para qué eres bueno y cuál es tu verdadero valor. Pedro se veía como Simón el pescador. Jesús lo veía como discípulo, como pescador de hombres, como Pedro: una roca firme sobre la cual edificaría su iglesia.
Jesús mismo enfrentó en el desierto las mentiras del diablo, que quería hacerle dudar de quién era: «Si eres Hijo de Dios…». Y Jesús respondió a cada mentira con la Palabra: «Escrito está». Deja de escuchar las mentiras que el mundo quiere que creas sobre ti, y atiende a lo que está escrito en la Biblia sobre ti.
«Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien». Eres una creación maravillosa. No necesitas una lista de cualidades o de logros para responder quién eres: busca en la Biblia las verdades sobre cómo Dios te ve.
Versículo clave
«Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; Estoy maravillado, Y mi alma lo sabe muy bien.»
Salmos 139:14
Dios dice que eres su hijo: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios». Dios dice que fuiste escogido: «Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios». Dios dice que eres capaz: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece». Dios dice que eres nueva criatura: «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas».
Dios dice que tienes un propósito: «Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas». Y dice que nada te puede separar de su amor. Esa es tu identidad, y nadie te la puede quitar.
Cuando escuches una mentira sobre ti —«no sirves», «nadie te quiere», «nunca lo lograrás»—, haz lo que hizo Jesús: responde con «escrito está». Busca el versículo que contradice esa mentira y repítelo en voz alta. La verdad de Dios es más fuerte que cualquier mentira.
El reto: comparte lo que Dios dice
Escribe o dibuja en un letrero una verdad bíblica sobre cómo Dios te ve. Por ejemplo: «Soy una creación maravillosa» (Salmo 139:14). Elige la que más te guste. Pégala en tu cuarto o en tu espejo, para leerla cada mañana.
Y cuéntale a otros lo que Dios dice sobre ti. Puedes grabar un video corto: di tu nombre, y comparte: «No lo digo yo, lo dice Dios: soy una creación maravillosa». Pídeles a tus padres que te ayuden a compartirlo, y reta a tres amigos a hacer lo mismo.
Cuando sabes quién eres en Dios, ya no dependes de la aprobación ajena. Puedes celebrar a otros sin compararte, puedes perder un partido sin sentirte un fracaso, puedes equivocarte sin creer que no vales nada. Tu identidad está firme, porque está en él.
Hoy puedes empezar a responder de otra manera. Cuando alguien te pregunte quién eres, ya no tendrás que buscar en tus logros: podrás decir con seguridad que eres hijo de Dios, creado con propósito y amado por él.
Deja de depender de la aprobación de los demás para responder quién eres, y acude a lo que Dios dice en su Palabra. No lo digo yo: lo dice Dios.


