Desde niños, muchos han soñado con la realeza. Las niñas sueñan con vestirse de princesas, y los niños también tienen esa ilusión, aunque no la muestren. Una boda real puede reunir a cientos de millones de personas frente a la pantalla. ¿Por qué nos atrae tanto el tema de reyes y reinas? ¿Y qué responde Dios?
«Y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos». Dios depositó en ti una semilla de realeza, y quiere que gobiernes. Gobernar no es buscar una posición pública, sino no dejar que las circunstancias y las emociones gobiernen tu vida.
Versículo clave
«y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.»
Apocalipsis 1:6
Gobierna sin ser gobernado
Dios no te impide emocionarte; quiere que aprendas a gobernar tus emociones, tus pensamientos y tus frustraciones, y a dominar lo que sucede a tu alrededor en lugar de ser dominado por ello. Si piensas que no tienes dominio propio, Dios ya te lo dio: ejércelo.
«Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree». Ese es el diseño original de Dios: una vocación de gobierno. Dios es el primer Rey, y Jesucristo vino a la tierra a traer su reino. Los evangelios hablan del Rey y de su reino, y esa herencia es para quienes creen.
La puerta abierta y la sensación de ser invisible
Un rey en la tierra significa acceso a lo sobrenatural, a poder y autoridad. Por medio de Jesucristo y de su sangre, la puerta del reino quedó abierta hace más de dos mil años. La pregunta no es solo si la puerta está abierta, sino si estás usando ese acceso.
Hay quienes se quedan en la puerta porque se sienten invisibles: creen que nadie los comprende, que no tienen valor, o que no alcanzan los estándares que ellos mismos se impusieron. Cuando no reconoces a Dios como tu fuente, buscas en otros lugares algo que llene el vacío o te haga sentir visible. Pero Dios te ve, y tu valor no depende de la atención de los demás.
Saúl estaba gobernado por la envidia, los celos, el ego y el orgullo; hasta se levantó un monumento a sí mismo. A los verdaderos reyes no los mueve la gloria personal. Examina el motivo de tus acciones: ¿por qué buscas cierto trabajo, por qué publicas lo que publicas, por qué asumes un liderazgo? ¿Lo haces para que alguien te vea, o porque ya sabes quién eres y quieres bendecir a otros?
Cuando Samuel confrontó a Saúl, este reconoció: «Yo he pecado; pero te ruego que me honres delante de los ancianos de mi pueblo y delante de Israel». Le importaba más su imagen que su relación con Dios; buscaba más el favor del profeta que el favor de Dios. Cuando sabes que no eres invisible para Dios, puedes poner tu relación con él por encima de la imagen que proyectas.
David: visible para Dios
Samuel llegó a la casa de Isaí, y pasaron delante de él siete hijos. «Jehová no ha elegido a estos». Samuel preguntó: «¿Son estos todos tus hijos?». Isaí respondió: «Queda aún el menor, que apacienta las ovejas». «Envía por él». Cuando David llegó, Jehová dijo: «Levántate y úngelo, porque este es». «Y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David».
Pasaron jóvenes de buen aspecto y bien preparados; los tres mayores eran guerreros. Pero ninguno era el elegido. A David lo llamaron de detrás de las ovejas. Pudo ser invisible para su padre y sus hermanos, pero no para Dios, que ya había escogido un rey. La identidad de David no estaba en la tarea que cumplía, sino en quién era: hijo y rey.
Lo más hermoso de un reino no es la corona ni el vestido, sino el corazón. David «era rubio, hermoso de ojos, y de buen parecer». Un aspecto saludable, que refleja un corazón saludable: no cargado de amargura, envidia ni rencor.
Después, los hermanos de David fueron a la guerra, y su padre lo envió a llevarles comida y ver cómo estaban. David no se quejó ni reclamó que no lo hubieran llamado cuando llegó el profeta. Fue con buena actitud, preguntó por sus hermanos y les sirvió. Servir es una característica del corazón de un rey.
La lepra: el pecado que desfigura
Otra razón para no acceder a lo que Dios tiene es sentirte leproso. La lepra representa el pecado: así como la enfermedad desfiguraba el cuerpo, el pecado desfigura la vida.
La lepra aislaba a la persona de la sociedad, de su familia y de su trabajo. ¿Te sientes incapaz de lograr algo? ¿Frustrado, amargado, ansioso, apurado, estresado? Esa no es la identidad de un hijo del Rey. Y el dinero no es la solución a todos los problemas. Cuando la multitud tuvo hambre, Jesús no mandó comprar pan: preguntó qué tenían, y presentó al Padre los panes y los peces.
Jesús, como Rey, tenía acceso al Padre. No vivas distraído por el afán de las riquezas. «Pedid, y se os dará». El insomnio, el estrés y las preocupaciones afectan tu salud. Un corazón saludable descansa en la palabra, en los principios y en el reino de Dios, y confía en que Dios lo sostiene.
David frente a Goliat
Mientras Israel estaba amedrentado, David dijo: «Tu siervo irá y peleará contra este filisteo». Le dijeron que era joven y que Goliat era guerrero desde su juventud. Saúl le puso su armadura, un casco de bronce y una cota de malla, y le ciñó su espada. Pero David dijo: «Yo no puedo andar con esto, porque nunca lo practiqué». Y tomó su cayado, cinco piedras lisas del arroyo y su honda.
David no necesitaba acumular recursos para enfrentar al gigante: necesitaba la gracia, el favor, la autoridad y el poder de Dios. ¿Estás intentando vivir con una carga que no te corresponde, como una armadura que no te queda?
Viktor Frankl, prisionero en un campo de concentración, contó en su libro «El hombre en busca de sentido» cómo los reducían a un número y los vestían con harapos, como para hacerles sentir que no tenían valor. Un día, mientras limpiaba letrinas, se detuvo unos segundos a descansar, y un guardia no le gritó ni le pegó: le arrojó una piedra, como se hace con un animal para que vuelva al trabajo. La desvalorización puede deformar la imagen que tienes de ti mismo.
Los diez espías volvieron diciendo: «Éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas». Se veían insignificantes. Cuando te consideras poca cosa, concluyes que no tienes acceso a lo sobrenatural, a lo divino, a la gracia ni al poder de Dios.
«Y cuando el filisteo miró y vio a David, le tuvo en poco; porque era muchacho, y rubio, y de hermoso parecer». Goliat lo despreció. Pero el corazón de un rey no pierde su salud frente al gigante: no pierde la paz ni el descanso por lo que ve, porque sabe de dónde viene y de quién depende.
Estás lleno de energía y de fuerza para enfrentar a tu gigante. Su presencia no altera tu identidad: sigues siendo rey en tu corazón e hijo de Dios, y conservas la autoridad, el poder y la gracia que Dios te dio.
Entra al reino
Dios te hizo rey y sacerdote para él. Lo que Jesucristo hizo hace más de dos mil años fue una bienvenida a su reino: la puerta está abierta y tienes acceso. Entra y gobierna. Ese acceso es una relación con Dios.
«No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino». El deseo de Dios es darte el reino. Quítate los harapos de la lepra, deja atrás esa carga y reconoce que eres visible para Dios. Tienes acceso directo al trono de la gracia. Vive desde la identidad que Dios te dio, sin dejarte gobernar por la invisibilidad, la desvalorización ni nada que pretenda dominar tu corazón.
Versículo clave
«No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino.»
Lucas 12:32
Si todavía no has entrado por esa puerta, hazlo hoy. Ora: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados. Te recibo como mi Rey, mi Señor y mi Salvador. Gracias por darme acceso a tu reino».


