Después de una temporada de ruptura, en la que Dios separa para traer orden, viene una temporada de nuevos comienzos. Dios te va a recordar sueños que quizá habías olvidado, de los que pensaste que ya no eran para ti o que ya había pasado demasiado tiempo. Él te dice: «Lo que te dije que iba a hacer, lo haré». A Dios no lo detiene el tiempo. La vida de una persona no se trata de los años, sino del propósito. Y Dios no solo te recordará sueños olvidados: te llevará a soñar de nuevo.
Por eso primero tenía que romper en nuestra mente y en nuestro corazón los pensamientos de esclavitud que nos mantenían estancados, y toda excusa. Génesis 15:5 dice que Dios llevó fuera a Abraham y le dijo: «Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia». Cada vez que soñamos, todo nuestro ser se prepara para lo que viene. Dios sacó a Abraham de lo estrecho, de lo limitado y de lo enmarcado, y lo llevó a soñar sin límites. Es como si le quitara el techo. Cuando te atreves a soñar, Dios quita todo límite; el único límite lo pones tú. Si le crees, verás romperse toda limitación y verás en sus manos lo que nunca habías logrado.
Pero antes de llevarnos a soñar, Dios tiene que libertarnos, porque el cautivo sueña cautividad. Si somos esclavos de algo, eso es lo que vamos a soñar. Mucha gente no sueña porque está cautiva en un área de su vida. Dios rompe toda cautividad para que podamos soñar en grande.
Los sueños son perseguidos
A veces creemos que Dios da sus sueños cuando todo está bien, cómodo y con viento a favor. Pero muchas veces es en el lugar estrecho e incierto, cuando sientes que no hay futuro, donde Dios pone los mayores sueños. Los sueños son un lenguaje del espíritu: Dios habla por medio de ellos. Y al enemigo no le interesa que sueñes. Hay mucha oposición cuando se habla de los sueños de Dios, porque al enemigo le interesa que sobrevivas y no vivas en el propósito. Los sueños son perseguidos porque nos conectan con lo que el cielo tiene para nuestra vida y nuestras generaciones. Soñar es recibir una visión o un mensaje divino que queda plasmado en nuestro espíritu.
Libres de la incertidumbre
Lo primero de lo que Dios nos quiere libertar para poder soñar es la incertidumbre: «¿Qué va a pasar? Las circunstancias me dicen lo contrario». Génesis 28:10-11 dice: «Salió, pues, Jacob de Beerseba, y fue a Harán. Y llegó a un cierto lugar, y durmió allí, porque ya el sol se había puesto; y tomó de las piedras de aquel paraje y puso a su cabecera, y se acostó en aquel lugar». Jacob venía huyendo de su hermano, en uno de los peores momentos de su vida, con un viaje de más de ochocientos kilómetros por delante hacia una tierra que no conocía. No sabía qué vendría mañana. Estaba en un lugar incómodo, en sus circunstancias, en su mente y en sus emociones.
Dios no siempre quita la incertidumbre: nos enseña a caminar y atravesarla. Quisiéramos que nos metiera en una burbuja donde nada malo nos pasara, pero nos mete en algo mejor: en su voluntad, en su propósito, en su amor y en su poder. La incertidumbre es la preparación para un nuevo nivel de fe. No le pidamos a Dios no sentir incertidumbre, sino ir a un nuevo nivel de fe y de confianza en él. Jacob pasó de un lugar incierto a un lugar de asombro, porque al despertar dijo que Dios estaba allí y él no lo sabía. En medio de la incertidumbre, Dios puede asombrarte.
En los momentos incómodos, Dios nos sale al encuentro. Le salió al encuentro a Elías cuando huía de Jezabel; le salió al encuentro a Mefiboset por medio del rey David. Y cuando Dios te sale al encuentro, cambia las circunstancias, cambia lo que te rodea y cambia lo que llevas dentro para que puedas crecer y avanzar.
Génesis 28:12-14 dice: «Y soñó: y he aquí una escalera que estaba apoyada en tierra, y su extremo tocaba en el cielo; y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella. Y he aquí, Jehová estaba en lo alto de ella, el cual dijo: Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente». El personaje más importante de esta historia no es Jacob, sino Dios.
La escalera es Jesús
En Juan 1:45-51, Felipe le dijo a Natanael que habían hallado a aquel de quien escribió Moisés, a Jesús de Nazaret. Natanael preguntó: «¿De Nazaret puede salir algo de bueno?». Felipe le respondió: «Ven y ve». Jesús dijo de él: «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño». Natanael le preguntó de dónde lo conocía, y Jesús respondió: «Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Dios nos ve en la intimidad. Natanael declaró: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel». Y Jesús le dijo que vería cosas mayores: «De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre».
La escalera es Jesús. Cuando Jesús está contigo, no hay cielo cerrado, sino cielo abierto y respuesta de parte de Dios, que envía a sus ángeles con respuesta a tu clamor. La escalera tocaba la tierra, y eso habla de la naturaleza humana de Jesús; y tocaba el cielo, y eso habla de su naturaleza divina. Era como si Dios le dijera a Jacob: «Sé lo que es sentirse incómodo y triste; puedo compadecerme de ti. Pero yo abro los cielos y estoy contigo».
El mensaje era: «Jacob, yo estoy por encima de tus circunstancias». Por encima de un mal diagnóstico, de una mala economía, de una temporada de pérdida, de cualquier problema, adversidad o ataque de ansiedad, de cualquier insomnio, de cualquier separación o divorcio. Él sigue gobernando con toda autoridad. Por eso, deja de alimentar a tu gigante hablando del problema, de que no vas a salir, de la enfermedad y de los malos diagnósticos. Reconoce que Dios está por encima de todo: habita en los cielos y gobierna sobre cualquier sistema y sobre tu realidad. En el peor momento de persecución y angustia de Jacob, Dios le mostró que él estaba por encima.
Si la incertidumbre no te deja dormir ni comer, Dios te dice: «Ten paz; yo gobierno por encima de esto y de lo que te rodea. Nada se sale de mis manos». Jacob huía por su vida; no buscaba a Dios, pero Dios lo buscó a él. Dios te busca porque quiere mostrarte cosas mayores y que está contigo por encima de lo que sientes, vives o padeces. Él es Emanuel, Dios con nosotros, y nos sale al encuentro en los peores momentos para fortalecernos y levantarnos.
Versículo clave
«He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres.»
Génesis 28:15
Libres del temor
Lo segundo es que, para poder soñar, necesitamos ser libres de todo temor. El temor puede tener razones humanas válidas, pero Dios nos conecta con una verdad superior: él mismo, porque el perfecto amor echa fuera el temor. La Biblia dice «no temas», y una cosa es sentir temor y otra es tenerlo. El temor va a tocar la puerta y lo vamos a sentir; pero tenerlo es retenerlo, dejar que nos acompañe, nos hable, nos dirija y tome nuestras decisiones. El temor no puede gobernar nuestra vida.
Éxodo 14:1-4 dice: «Habló Jehová a Moisés, diciendo: Di a los hijos de Israel que den la vuelta y acampen delante de Pi-hahirot, entre Migdol y el mar hacia Baal-zefón; delante de él acamparéis junto al mar. Porque Faraón dirá de los hijos de Israel: Encerrados están en la tierra, el desierto los ha encerrado. Y yo endureceré el corazón de Faraón para que los siga; y seré glorificado en Faraón y en todo su ejército, y sabrán los egipcios que yo soy Jehová». ¿Quién puso a los hebreos en ese lugar? Dios, no Faraón.
Hay momentos en que Dios nos lleva a lugares así: con los egipcios atrás y el mar delante, encerrados, sin salida, queriendo huir sin poder hacerlo. Dios nos dice que dejemos de mirar hacia atrás y hacia adelante con una perspectiva equivocada. Hay una sola forma de salir: por esa escalera, mirando hacia arriba. Dios te dice: «Te llevé ahí para que confíes en que no hay otra salida más que yo. Aunque Faraón diga lo contrario, yo abriré el mar». ¿Cuál es tu Faraón, ese que te atormenta y te habla cuando estás débil, desgastado y cansado? Aunque estés rodeado, Dios está por encima de Faraón, del desierto y de tu imposible. Deja de mirar hacia atrás y alrededor, y empieza a ver al Invisible, que puede asombrarte y cambiar tus circunstancias. El temor no te deja soñar; siempre te amenaza. Pero es tiempo de volver a soñar.
Libres del miedo al futuro
Lo tercero es que Dios nos liberta del miedo al futuro: qué pasará con la economía, con la familia, con el matrimonio, con el trabajo. Dios le prometió a Jacob una descendencia como el polvo de la tierra y que en él serían benditas todas las familias de la tierra. Jacob no estaba casado ni tenía hijos, y Dios le estaba hablando de su futuro. Dios ya conoce tu futuro. Dios es soberano y también providencial: la providencia es Dios trabajando por anticipado. Él ya tiene las conexiones, la provisión y todo orquestado. Si quieres soñar a un nuevo nivel, tienes que creer que Dios ya se anticipó a todo.
Nada de lo que vivimos toma a Dios por sorpresa. Desde el vientre nos santificó, y hasta preparó nuestro futuro eterno: fue a preparar morada para nosotros. Si ya preparó tu futuro eterno, ¿no habrá preparado el lunes que viene y los próximos meses? ¿Por qué nos preocupamos? Con una mente dividida y aturdida es difícil soñar. Dios ya tiene preparada tu semana, aunque todavía no la hayas comenzado.
Génesis 28:15 dice: «He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho». Dios no te va a dejar hasta cumplir lo que te dijo, aunque se levanten la persecución, la crítica y la murmuración. Si quieres volver a soñar, necesitas romper la mentira de que estás solo. Dios no dice «estaré», sino «estoy contigo» ahora.
El Salmo 18:16-19 dice: «Envió desde lo alto; me tomó, me sacó de las muchas aguas. Me libró de mi poderoso enemigo, y de los que me aborrecían; pues eran más fuertes que yo. Me asaltaron en el día de mi quebranto, mas Jehová fue mi apoyo. Me sacó a lugar espacioso; me libró, porque se agradó de mí». Quizá algo es más fuerte que tú, pero no más fuerte que Dios. David escribió este salmo el día en que Dios lo libró de Saúl, que lo había perseguido y amenazado por tanto tiempo.
Cuántas veces queremos salir huyendo cuando recibimos una mala noticia y entra el temor, y en la huida terminamos lastimándonos. Dios nos pregunta: «¿Por qué siempre quieres huir, si yo estoy contigo, te ayudo, te guardo y te cubro?». A veces creemos que vamos huyendo, cuando en realidad Dios nos está dirigiendo hacia nuestro destino, a un lugar espacioso, para que creamos que él puede librarnos de cualquier cosa.
Una de las estrategias del enemigo es hacerte creer que estás solo, porque solo eres vulnerable a ser devorado. Pero no estás solo: Dios está contigo. Quiere hacerte creer que no tienes un padre que vele por ti. Pero no eres huérfano, aunque no tengas a tu padre terrenal. Tienes un Padre comprometido con sus hijos en el monte y en el valle, en el desierto y en los lugares espaciosos, que no te dejará ni te desamparará. Por eso Jesús clamó en la cruz: «¿Por qué me has desamparado?»; él fue desamparado para que el Padre nunca nos desamparara a nosotros. Cuando te sientes huérfano o desamparado no puedes soñar, pero cuando te sabes hijo, Dios te lleva a lugares espaciosos donde ves su cuidado, su paternidad, su amor y su misericordia.
El Salmo 121 dice: «Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra. No dará tu pie al resbaladero, ni se dormirá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel. Jehová es tu guardador; Jehová es tu sombra a tu mano derecha. El sol no te fatigará de día, ni la luna de noche. Jehová te guardará de todo mal; él guardará tu alma. Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre».
Versículo clave
«Mi socorro viene de Jehová, Que hizo los cielos y la tierra.»
Salmos 121:2
Y Dios le dijo a Jacob que lo volvería a traer a esa tierra. Dios trae restauración: restaura lo que perdiste y trae cambios, porque para él no hay nada imposible.
Consagrar los sueños
Génesis 28:16-17 dice: «Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía. Y tuvo miedo, y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo». Jacob recibió revelación. Los sueños de Dios traen revelación, y Dios puede dar estrategias específicas para los momentos difíciles: qué hacer y a quién reconocer porque él la envía.
Jacob se levantó de mañana, tomó la piedra que había puesto de cabecera, la alzó por señal y derramó aceite sobre ella, y llamó a aquel lugar Betel. De un lugar incómodo, con una piedra por almohada, Dios hizo un lugar de sueños cargados de sus promesas y su fidelidad. Jacob no solo se asombró: hizo algo. El aceite representa la unción, y al derramarlo sobre la piedra donde había soñado, consagró sus sueños a Dios. Muchos tienen sueños, pero nunca los han consagrado, y han intentado cumplirlos con sus propias fuerzas, dones y estrategias. Dios te invita a consagrarle los sueños que él puso en ti, porque nada tenemos de nosotros mismos. Todo lo consagrado a Dios no se pierde. Puedes decirle: «Señor, yo no puedo, pero tú sí. Te consagro mis sueños».
Así como nosotros soñamos, Dios también tiene un sueño: que cada uno decida vivir una eternidad con él. No nos lo impone ni nos obliga, pero nos invita a abrir el corazón y reconocer que necesitamos un Salvador. Puedes orar: «Señor Jesús, perdóname por vivir lejos de ti y por querer gobernarme a mí mismo. Hoy reconozco que necesito un Salvador, y ese eres tú. Te abro mi corazón para que seas mi Señor y mi Salvador. Gracias por la vida eterna».
Referencias bíblicas
- Génesis 15:5 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 28:10–19 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 1:45–51 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Éxodo 14:1–4 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 18:16–19 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 121:1–8 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


