La mente es la capacidad interior con la que pensamos, recordamos, imaginamos y entendemos. Es el lugar donde ocurren los pensamientos, que son las ideas concretas que pasan por ella. Pensamientos repetidos forman una mentalidad. ¿Quieres ver la mentalidad de alguien? Mira sus acciones. La mentalidad es una forma habitual de pensar, e incluye cómo vivimos. Lo maravilloso es que Dios hace nuevas todas las cosas y nos permite descubrir qué quiere restaurar en nuestra vida.
La batalla por la pureza comienza en la mente. La pureza no empieza en lo que hacemos, sino en lo que pensamos. Satanás no busca controlar tus manos ni tus pies: no le interesa asustarte, le interesa asociarte con él, y empieza por los pensamientos. Busca que se vuelvan repetitivos para formar en nosotros una mentalidad contraria al propósito de Dios. Hay una frase que dice: «No puedes evitar que un ave vuele sobre tu cabeza, pero sí puedes evitar que haga nido en ella».
Una nueva manera de pensar
Romanos 12:2 nos dice que no nos conformemos al modelo de este mundo, sino que dejemos que Dios nos transforme por medio de la renovación de nuestro entendimiento, para comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta. No pertenecemos a este mundo, aunque vivimos en él: tenemos una ciudadanía eterna, y eso no es fantasía, es una verdad bíblica. Nuestra mente necesita seguir siendo transformada. Muchos pueden testificar que ya no son lo que eran y que sus pensamientos han cambiado, pero esto no ha terminado; falta muchísimo. Quien pasa un año congregándose y leyendo la Palabra verá cómo su mente empieza a ser transformada.
Dios no solo quiere tratar con pensamientos aislados, sino renovar nuestra manera de pensar. A veces nos detenemos y nos preguntamos de dónde aprendimos lo que pensamos. Quizá viene de una herida, un abandono o un rechazo, y se quedó como un pensamiento que se repetía hasta convertirse en mentalidad. Por eso reaccionamos como reaccionamos. Una mente pura no significa que nunca llegue un pensamiento incorrecto, sino que no permites que se convierta en una mentalidad. Eso lo decidimos nosotros.
Dios siempre está en control, pero eso no significa que siempre tome el control por nosotros. Si subimos de peso, ¿fue Dios quien eligió la porción o fuimos nosotros? ¿Dios eligió las noticias que consumimos y lo que vemos en las redes, o fuimos nosotros? Dios no ha dejado de tener el control, pero nosotros tomamos el control de muchas cosas. Van a llegar pensamientos incorrectos; la pregunta es qué elegimos consumir y meter en nuestra mente.
Una mente pura se entrena
Una mente pura se entrena. Hay quienes se apuntan a una carrera porque un amigo los entusiasma, y corren solo lo que les dura la emoción, porque no se entrenaron. La pureza mental no ocurre por accidente ni por suerte espiritual: requiere una disciplina intencional.
2 Corintios 10:4-5 dice que las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo. Lo que nos impide conocer a Dios y seguir conociéndolo es el orgullo. Necesitamos humildad para reconocer que nuestra mente estaba trastornada sin Dios y que nuestros pensamientos repetitivos traían una mentalidad, malos hábitos y conductas tóxicas, aunque nos llamáramos cristianos. Lo peor no es creer que estábamos bien, sino ser necios y no abrir el corazón para que la mente sea transformada.
Si Satanás gana la batalla de tu mente, gana la batalla de tu conducta. La conducta no aparece primero: antes hubo un pensamiento repetitivo, y la conducta solo lo sacó a la luz. Quien dice que de repente cayó en adulterio, que solo se vieron y cuando se dio cuenta ya habían caído, en realidad ya venía alimentando un pensamiento. Una mente entrenada sabe cómo responder cuando llega la tentación.
José estaba entrenado por los procesos que había vivido. Cuando la esposa de Potifar le dijo «duerme conmigo» y lo tomó de la ropa, él dejó su ropa y huyó. No dijo: «Soy un cristiano que lo aguanta todo; ella no me vence». Huyó, porque hay batallas que se ganan huyendo. El mundo diría que eso no es de hombres, pero no te conformes a este mundo. Los hijos de Dios ganan algunas batallas huyendo y reconociendo sus debilidades. José sabía que había un propósito mayor y una puerta de bendición abierta delante de él. Por eso tenemos que entrenarnos con la palabra de Dios. Si la lees, verás que donde Dios dijo no y el hombre dijo sí, todo terminó golpeado. Dios sabe por qué estableció límites, aunque nos dio libertad, y los límites hablan de amor, de bendición y de que tenemos Padre.
Sansón alimentó constantemente sus sentidos con lo prohibido. Lo único que se le dijo fue que no se uniera a una filistea, y empezó a jugar en esa línea delgada. Hay cosas que no son pecado; todas las cosas nos son lícitas, pero no todas convienen. A algunos les gusta caminar en la cuerda floja, y terminan resbalando. Sansón empezó a pensar una y otra vez en lo prohibido.
Tener un pensamiento no es aceptarlo
Tener un pensamiento no es lo mismo que aceptarlo. Hay pensamientos que no podrás evitar que lleguen, pero sí puedes evitar aceptarlos, porque Dios nos dio armas espirituales. La tentación comienza con un pensamiento, pero tú decides qué hacer con él. Todos vamos a ser tentados, sin importar cuántos títulos tengamos o si somos pastores. No eres responsable del primer pensamiento que llega, pero sí de llevarlo cautivo a la obediencia a Cristo, porque Cristo ya venció y nos ayuda. No puedes evitar que los pensamientos toquen la puerta, pero sí puedes decidir no abrirla. Y no hablamos solo de adulterio: también llegan pensamientos de que no vales nada, de que no sirves o de que Dios no te ama, y se convierten en mentalidad. Hay que llevarlos cautivos a Cristo y entrenarnos cada día en su presencia y en su palabra.
La Biblia dice que un atleta se prepara con disciplina y sacrificio para obtener una corona corruptible. ¿Y nosotros, cada cuánto nos vamos a preparar? ¿Cada ocho días o todos los días? No todo pensamiento merece quedarse en tu vida. Lo que ocupa tu mente termina ocupando tu vida y empieza a dirigirla. La mente siempre se está alimentando de algo: de lo que ves, escuchas, lees y meditas. Un pensamiento repetitivo se convierte en una fortaleza, para bien o para mal. Frases como «haz lo que quieras, solo se vive una vez» pueden convertirse en convicciones si no las revisamos.
No puedes controlar todos los pensamientos, pero sí decides cuáles alimentas. ¿Cuánto tiempo pasas en las redes viendo el éxito de alguien más? Hay quienes se dedican a mostrar lo que compran para que los sigan, y tú pierdes el tiempo alimentándote de lo que ni siquiera es tuyo, en lugar de enfocarte en los planes de Dios para tu vida, y terminas envidiando. Si haces las cuentas y son una hora de palabra y muchas horas de basura en redes, ¿cómo va a ser transformada nuestra mente si nuestro modelo es este mundo?
Cambia lo que piensas por lo que Dios dice
Es tiempo de cambiar lo que piensas por lo que Dios dice. Gedeón decía que su familia era la más pobre, que él era el menor y preguntaba qué había pasado con el Dios del que hablaban sus padres. Y el ángel le dijo: «Jehová está contigo, varón esforzado y valiente». Eso era lo que Dios pensaba de él. Gedeón tenía una mentalidad de victimismo. Hay quienes hasta esperan algo peor para recibir más atención. Si alguien podía victimizarse era Cristo, que sin pecado cargó nuestras maldiciones, y no lo hizo. Tú no naciste para dar lástima: naciste para ver la gloria de Dios, aunque atravieses dolor, y para levantarte y creerle, porque lo que Dios piensa de ti es demasiado grande.
Si piensas que estás solo, la Biblia dice: «No te desampararé, ni te dejaré». Si piensas que no eres suficiente, Dios te dice, como a Pablo con su aguijón: «Bástate mi gracia». Muchas veces queremos que Dios solucione algo, y él nos dice: «Lo que necesitas no es que esto se solucione, sino poner tu mirada en mí y alimentarte de mí». La pureza de la mente comienza cuando la voz de Dios tiene más autoridad que tus propios pensamientos.
Piensa en cuántos pensamientos has tenido desde que amaneciste: si bañarte o no, si ir o no a la iglesia, qué opinará tu esposo de ti. Un solo pensamiento ante el espejo puede llevarte a pelear con alguien que ni siquiera ha dicho nada, o a comer por ansiedad. ¿Cuántas personas, por pensar lo que no debían, terminaron con quien no debían, por miedo a quedarse solas? Ese pensamiento las llevó a decidir a la ligera. Lo que alimentas crece.
Lo que alimentas crece
Durante cuarenta días, Goliat salía dos veces al día a repetir lo mismo: «Escoged de entre vosotros un hombre que venga contra mí». Minó tanto la mente del pueblo que sus palabras hicieron nido: la repetición creó una mentalidad. David escuchó al mismo gigante, pero de otra manera. El pueblo estaba alimentado por malas noticias; David, por sus experiencias con Dios. ¿De qué te vas a alimentar cada día? ¿Lo primero que haces es ver malas noticias o leer la Palabra y tener experiencias con Dios? Que nadie tenga que contarte que Dios existe: ten tus propios testimonios con él.
David alimentó el recuerdo de la fidelidad de Dios: cuando un león o un oso se llevaba una oveja, él salía tras él y Dios se lo entregaba en la mano. ¿Cuántos saldríamos tras un oso? David podría haber pensado: «Si soy un adorador, ¿cómo permite Dios que se lleven mi corderito?». Pero Dios siempre tiene un plan mejor y está obrando debajo de la superficie, donde nuestra mente no alcanza a entender. Lo estaba entrenando, porque venía una gran victoria. Los pensamientos se entrenan. Una mente pura no piensa lo peor, aunque estés viviendo el peor momento de tu vida: piensa lo que Dios piensa de ti.
Lo que alimentas no se queda pequeño. Cuántas veces alimentamos el temor hasta que crece tanto que afecta nuestra fe y nos volvemos inseguros. A veces lo que falta es aceptación: hay quien testifica que el día en que aceptó lo que estaba padeciendo, se le fue el temor. Hay momentos en que no podemos controlar algo y debemos rendírselo al Señor, y todo empieza en los pensamientos. Si alimentas la fe, la fe crece. Si alimentas pensamientos puros, crece una vida pura.
En esto pensad
Filipenses 4:8 dice que pensemos en todo lo verdadero, lo honesto, lo justo, lo puro, lo amable, lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensemos. Pablo no solo nos dice qué dejar de pensar, sino qué pensar.
Versículo clave
«Piensen en todo lo que es verdadero, noble, correcto, puro, hermoso y admirable.»
Filipenses 4:8
Quien ha hablado en público sabe que a veces se fija en una sola persona seria entre todo el público y empieza a pensar: «¿Será que no le caigo bien?». Así nos engaña la mente con percepciones y pensamientos repetitivos, y quizá esa persona solo se sentía mal. Puede ser cierto que alguien te odie, pero si tú piensas bien, la mente pura la tendrás tú; él se quedará con su odio. Si te ofendieron y te dolió, puedes llorar delante del Señor y pedirle sanidad, porque si no, pasarás todo el día pensando en quien te ofendió, y la ofensa se volverá el centro de tu vida. ¿Y si nos enfocamos en Dios? La mente no solo se limpia sacando los pensamientos malos: se llena de la palabra de Dios.
El versículo 9 añade: «Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz estará con vosotros». ¿Por qué muchas veces no tenemos paz? Pregúntate en qué estás ocupando tu mente. Si la ocupas en la ofensa, ¿qué paz va a haber? La Palabra también dice que pongamos la mira en las cosas de arriba. No significa vivir en las nubes, sino tener la mente ocupada en los principios de Dios, aun en medio de mucho trabajo, sabiendo que hay un propósito de Dios en todo lo que pone en tus manos. Entonces viene la paz. «No voy a perdonar porque no se lo merece». Ninguno de nosotros merecía el perdón, y aquí estamos perdonados. ¿Quieres su paz? Perdona; eso es por ti y por tu paz. El enemigo querrá robarte la paz en cada puerta nueva que Dios te abra, porque sabe que, si entras, entra la bendición. Lo difícil no es que se abra una puerta: si Dios dice que se abre, se abre. Lo difícil es cuando decidimos escuchar más al enemigo y a la adversidad que a Dios.
Busca activamente los pensamientos de Dios. Él dijo que sus pensamientos son más altos que los nuestros, y sus caminos más altos que nuestros caminos. Si sus pensamientos son más altos, tengo que subir a buscarlos: poner mi mirada arriba, en su palabra. Si cada mañana salimos llenos de su presencia y de su palabra, cuando llegue un pensamiento bajo, nuestro pensamiento estará alto: «Detrás de esto hay propósito; aquí Dios se va a glorificar». Josué 1:8 nos llama a meditar en el libro de la ley de día y de noche. Si al comenzar el día meditáramos en lo que vamos a pensar, y al final de la noche volviéramos a meditar, reconoceríamos muchos pensamientos y diríamos: «Perdóname, Dios; tengo humanidad, pero estoy en el camino». Dios habla, pero yo medito en su palabra; y si cambia mi manera de pensar, cambia mi manera de vivir.
Haz una lista de tus prioridades y revisa cómo están. Luego pídele a Dios que te muestre las suyas; las encontrarás en su palabra, y son más elevadas que las tuyas.
Examíname, oh Dios
En los salmos, David dice que los pensamientos de Dios son preciosos e innumerables. ¿Cuánto vale para ti un pensamiento de Dios? ¿Valen más los pensamientos de su palabra o lo que piensan tus amigos, tus compañeros o la sociedad? El costo de un mal pensamiento es alto: ha dejado huérfanos, adicciones que destruyen, matrimonios rotos y familias golpeadas por generaciones. Todo comienza con un pensamiento.
El Salmo 139:23-24 dice: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno». Pide que mire el fondo de tu corazón, porque el corazón es engañoso, y que te confronte. No nos gusta que nos digan que nuestra conducta no está bien, y por eso a veces no queremos tener a alguien que nos corrija. Pero sin corrección no crecemos, y qué bueno es que te digan lo que no querías oír pero necesitabas oír. Es una decisión personal: «Dios, llega al fondo de mi corazón; quiero seguir creciendo y madurando en ti». El orgullo es lo que no nos deja rendirnos así.
Versículo clave
«Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos.»
Salmo 139:23
La Biblia es como un espejo: deja que Dios te muestre cómo estás. Lo que te aparece en las redes no es casualidad: el algoritmo refleja lo que más ves y buscas, y en eso se refleja lo que hay en tu mente y en tu corazón. No se trata de juzgar a nadie, sino de dejarnos formar por la palabra de Dios. Hay cosas que no puedes permitir que entren a tu mente, y mucho menos alimentarlas, porque no sabes si podrás cerrar esa puerta. Qué bueno que la misericordia de Dios está aquí. No importa cuántos años lleves en Cristo: Dios te sigue transformando. Cristo viene por una iglesia sin mancha ni arruga, y nos falta mucho.
A Eva, el enemigo la llevó a pensar que no necesitaba a Dios. Era inevitable que le llegara ese pensamiento, pero era evitable aceptarlo y alimentarlo. A Jesús, al salir del ayuno en el desierto, en su momento de mayor necesidad física, el enemigo le dijo que convirtiera las piedras en pan, y le ofreció todos los reinos si postrado lo adoraba. Quería meterle un pensamiento basado en su necesidad y en el orgullo. Pero Jesús respondió: «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios», y «Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás». Sus pensamientos no estaban fundados en su necesidad, sino en la palabra de Dios.
Todos hemos tenido alguna vez pensamientos de envidia, o hemos vivido pensando mal de los demás. Si otros piensan mal, que se queden con eso, pero tú enfócate en lo que Dios tiene para tu vida y tu familia. No pierdas tiempo con pensamientos de lo que hiciste o de lo que pasó; recuerda lo fiel que ha sido Dios, el oso y el león que te entregó en las manos, los milagros que ha hecho y los que hará. Ninguna adicción puede dominarte a menos que lo permitas. Puedes decirle: «Perdóname por los pensamientos que he alimentado y que no deberían tener lugar en mi vida. Llega al fondo de mi corazón. Me comprometo a buscar activamente tus pensamientos, a revisar mis prioridades y a ocupar mi mente en las cosas de arriba».
Jesús tuvo una mente pura: lo azotaron y se burlaban de él, y era imposible que no le llegaran pensamientos, pero decidió no alimentarlos. Sus pensamientos eran los del Padre: «Perdónalos, porque no saben lo que hacen». Y pensó en nosotros para salvarnos. Puedes responder a ese pensamiento orando: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te doy gracias por pensar en mí al derramar tu sangre en la cruz del Calvario. Hoy te confieso como mi Señor y mi Salvador».


