EN Oración
Serie Victory

Victorias legítimas: el proceso que forma el corazón

Las victorias legítimas no se tratan solo de lo que Dios te da, sino de lo que forma en ti durante el proceso. Persevera con fe, atesora la Palabra y rinde ante Dios lo que no quieres que se convierta en orgullo o amargura.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
1 h 02 min

Los planes de Dios son perfectos, aunque no puedas entenderlos. No necesitas comprenderlos para que se manifiesten: necesitas creer. Si estás viviendo algo que no entiendes, confía en que los planes de Dios son perfectos y espera que lo mejor de ellos se manifieste. Aun lo imperfecto que vives puede ser parte de una obra perfecta que no imaginabas.

Una victoria que también ocurre por dentro

Una victoria legítima no se limita a lo que Dios te dará: incluye lo que Dios hará en ti. Legítimo es lo cierto, lo genuino, lo verdadero. Anhela ver esa clase de victorias en tu vida y en la iglesia.

«Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna». ¿Cómo puede la mente natural tener por gozo las pruebas? Dios ve la prueba, ve lo que está haciendo durante ella y ve lo que viene después: una victoria legítima.

Versículo clave

«Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.»

Santiago 1:2-4

La prueba de tu fe produce paciencia. Pero puedes soportar con amargura, tristeza o angustia, o soportar con fortaleza. A veces nos amargamos y pensamos que solo a nosotros nos pasa algo, o que Dios no nos quiere. Pregúntate hacia dónde te están llevando tus pruebas: hacia la fortaleza o hacia la tristeza, hacia la madurez o hacia la inmadurez. Hasta la tentación de volver a una adicción de la que Dios te sacó puede convertirse en una prueba que te fortalezca.

«Perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna». Quizá por fuera te falta trabajo o salud, pero por dentro puedes tener la fortaleza de Dios. No es negar tus necesidades, sino confiar en que tener a Dios es tenerlo todo, y atravesar la prueba sin perder de vista lo que Dios está formando en tu corazón.

Dios está comprometido con libertarte; ¿estás tú comprometido con vivir en esa libertad y aprovechar los procesos? No niegues la dificultad: examina cómo la atraviesas. El proceso te prepara para una victoria que no depende solo de lo visible. Una victoria no es legítima solo porque conseguiste algo; importa lo que ocurrió en tu interior.

Job y el camino que tomas

«Mas él conoce mi camino; me probará, y saldré como oro». Job perdió a sus hijos y sus bienes, y fue herido en su salud. Su propia esposa le dijo: «Maldice a Dios, y muérete».

Versículo clave

«Mas él conoce mi camino; Me probará, y saldré como oro.»

Job 23:10

«Él conoce mi camino». Ante una prueba hay caminos distintos: evadir el proceso y andar en tu propia voluntad, o seguir en la voluntad de Dios aunque haya dificultad. No busques un camino sin proceso si te lleva a una victoria ilegítima. Es mejor atravesar el proceso en la voluntad de Dios y con Dios que alcanzar una aparente comodidad que termine vacía.

¿De qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? Alguien podría comprar todos los edificios de su ciudad y haber perdido su alma. Acumular bienes no garantiza plenitud. Mejor es comer frijoles y disfrutar lo que tienes después de haber atravesado un proceso con Dios.

Las malas decisiones traen malas consecuencias, y hay que afrontarlas. Pero llévale a Dios esas decisiones: él puede hacer grandes procesos en tu vida a partir de ellas. No se borra tu responsabilidad, pero en medio de las consecuencias puedes recibir una formación que te lleve a victorias legítimas.

El proceso es el mentor que no pediste: una enfermedad, el cierre de un negocio, una adversidad, una crisis que vacía los lugares que antes estaban llenos. Puedes decirle a Dios: «Todo está vacío», y escucharle responder: «Pero lleno de mí».

Las ovejas no ven de lejos y necesitan cuidados constantes. Jehová es mi pastor: todos necesitamos depender del gran Pastor. Los momentos de mayor dificultad y oposición pueden ser momentos de oportunidad. Algunos quieren un mentor mientras están de acuerdo con él, pero se apartan cuando reciben una corrección que no querían oír.

¿Habría escogido Pablo sus naufragios? No. Un ángel le aseguró que nadie moriría aunque el barco se perdiera, y Pablo conoció a un Dios que no necesitaba un barco para llevarlo a su propósito. Pidió tres veces que le quitaran el aguijón, y Dios le respondió: «Bástate mi gracia». El naufragio y el aguijón fueron mentores que nadie habría pedido.

Atesorar la Palabra en medio del proceso

«Mis pies han seguido sus pisadas; guardé su camino, y no me aparté. Del mandamiento de sus labios nunca me separé; guardé las palabras de su boca más que mi comida». Como un jugador que protege el balón para que nadie se lo quite, sal resuelto a que el proceso no te quite la Palabra. Esa firmeza hará que la prueba te fortalezca en lugar de destruirte.

No se trata de dejar de comer, sino de reconocer que hay un alimento que da vida y es más importante que el físico: la Palabra de Dios. ¿Cuántas veces buscas esa Palabra, comparado con tus comidas diarias? ¿Con qué alimentas tu mente: con las redes, con mensajes, con videos?

Los apetitos equivocados no satisfacen. Hay alimentos que aportan calorías pero no nutren: calorías vacías. El éxito sin Dios y las victorias sin Dios son calorías vacías: impresionan por fuera, pero no nutren ni llenan la vida. No te dejes impresionar por las victorias de otros; inspírate en quienes han sido formados por Dios y lo honran.

«Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David». Las misericordias de Dios son firmes, infalibles, nuevas cada mañana, aun cuando te has equivocado. Ten hambre de ver el poder de Dios en una nueva temporada.

David: formado antes de la corona

David fue un hombre de procesos. Saúl lo perseguía, y cuando el espíritu malo atormentaba a Saúl, llamaban a David para que tocara el arpa. ¿Qué corazón hace falta para tocar para alguien que te arroja una lanza? ¿Para orar por quien te ha hecho daño? Saúl tenía la posición de rey; David estaba siendo formado con corazón de rey.

Saúl fue elegido cuando el pueblo pidió un rey; era hermoso y más alto que todos. Salió a buscar unas asnas perdidas, el profeta lo encontró y lo sentó a la cabecera de una mesa con treinta invitados. A David, en cambio, no lo llamaron cuando llegó el profeta: estaba detrás de las ovejas. Podía sentirse excluido de su familia, pero sabía que Dios lo amaba.

Dios no mira lo que mira el hombre, sino el corazón. Las victorias de Saúl duraron poco; las de David se prepararon en el proceso. Las victorias legítimas bendicen a otros. Las apariencias de éxito pueden ocultar una vida que se derrumba por dentro.

Servir a Dios no es solo un evento de fin de semana, sino el comienzo de lo que Dios hará en tu vida. Si sirves bajo un lema de amor, honor y unidad, que eso se traduzca en fruto: ¿cómo están el amor, el honor y la unidad en tu matrimonio? No se trata de perfección, sino de que tu servicio no se quede en una consigna.

Satanás se levantó contra Israel, e incitó a David a que hiciese censo de Israel. Joab objetó: «¿Para qué procura mi señor esto, que será para pecado a Israel?». Pero la palabra del rey pudo más, y Joab dio la cuenta: un millón cien mil en Israel que sacaban espada, y cuatrocientos setenta mil en Judá.

Antes de ese censo, a la vuelta del año, Joab salió a la guerra contra los amonitas mientras David se quedó en Jerusalén. Y David tomó la corona de su rey de encima de su cabeza, y halló que pesaba un talento de oro, y había en ella piedras preciosas; y fue puesta sobre la cabeza de David. David recibió una corona por una batalla que no había peleado. Después vino el orgullo y el deseo de contar a su ejército.

El proceso forma tu corazón para soportar y disfrutar la siguiente victoria. Conseguir algo sin atravesar el proceso puede alimentar el orgullo y el deseo de contar tus logros, olvidando que tu mayor logro es tener a Dios. Hay quien logra un cambio rápido sin trabajar su interior y luego se burla de quienes todavía luchan. No huyas de los procesos, y ofrece ayuda a quienes saben cuánto cuesta cambiar.

Frente a Goliat, David no contó con un ejército: rechazó la armadura que le ofrecieron y tomó cinco piedras y una honda, y corrió hacia la línea de batalla confiado en Dios. ¡Qué distinto de la corona recibida sin proceso! Si atraviesas dificultades, no te aflijas: Dios está contigo en el proceso. Cada victoria tendrá el peso exacto de la batalla y del proceso.

Rendirse en la era

David pidió perdón por el censo. Pudo haber orado: «No me sostiene un millón de hombres; me sostienes tú». No era la piedra la que venció a Goliat, sino Dios con David. Deja de depender de lo que crees equivocadamente que te sostiene: es Dios quien te sostiene.

David le pidió a Ornán el lugar de su era para edificar un altar. En la era se trillaba el trigo para separar lo que no servía. Preséntate ante Dios y pídele que quite de tu vida lo que no sirve. El lugar donde te rindes se convierte en altar. Nadie desea ser sacudido, pero no te quedes a mitad del proceso: deja que Dios siga formando tu vida.

Ornán le ofreció el lugar, los bueyes para el holocausto, los trillos para leña y el trigo para la ofrenda. Pero David respondió: «No, sino que efectivamente la compraré por su justo precio; porque no tomaré para Jehová lo que es tuyo, ni sacrificaré holocausto que nada me cueste». David no quería volver a ofrecer algo que no le había costado, ni repetir el error de la corona. Lo que te cuesta lo ofreces a Dios en reconocimiento de que tu vida y tus fuerzas vienen de él.

Y edificó allí David un altar a Jehová, y ofreció holocaustos e invocó a Jehová, quien le respondió por fuego desde los cielos; y Jehová habló al ángel, y este volvió su espada a la vaina. Deja que el fuego de Dios consuma lo que te impide avanzar.

La victoria de Jesús

Getsemaní significa prensa de aceite. El primer aceite, el más puro, se ofrecía a Dios; otro se destinaba a los perfumes, y otro a las lámparas. Jesús fue azotado y golpeado, y obtuvo una victoria que Satanás no previó. En medio del sufrimiento, la amargura es una tentación; Jesús expresó su angustia y pidió que pasara de él la copa, pero dijo: «No se haga mi voluntad, sino la tuya».

Jesús no ocultó su humanidad: atravesó la aflicción, fue a la cruz y ofreció su propia vida. Al tercer día resucitó, y la salvación y la vida eterna son la victoria legítima por excelencia.

Pide fuerzas para atravesar los procesos que no entiendes. No busques victorias ilegítimas: que la victoria comience por dentro y luego se vea afuera. De nada sirve ganar el mundo entero si pierdes tu alma. Pide perdón por evadir lo incómodo y saltarte los procesos que debías afrontar. Que tus procesos no sean en vano, y que tu respuesta no sea la amargura, sino la fe y la presencia de Dios.

En el capítulo 23, Job decía que saldría como oro, pero todavía estaba en medio del proceso. En el capítulo 42, Dios le devolvió el doble. No te quedes en el capítulo 23: sigue adelante y confía en que tu carácter podrá sostener lo que venga. Dale gracias a Jesús por su sacrificio y su amor: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te abro mi corazón. Entra en él como mi Señor y mi Salvador».

Referencias bíblicas