EN Oración
Serie Wisdom

Viviendo como sabios: hambre de Dios y una vida aferrada a él

La sabiduría bíblica no consiste en sentirse capaz de resolverlo todo, sino en alimentar el alma con la palabra de Dios, aceptar su corrección y depender de él, también cuando las circunstancias parecen desmoronarse.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
44 min

Busca la sabiduría que Dios da y no midas lo que él puede hacer a partir de tus limitaciones. Puedes evaluar cómo te fue en la semana, pero no calcular la capacidad de Dios: él puede sorprenderte y sigue haciendo milagros. Vive con sabiduría, sin dar por sentado que tus fuerzas determinan lo que es posible.

El hambre que alimenta el alma

El corazón entendido busca la sabiduría. El sabio tiene hambre de conocer a Dios, su palabra y los planes que tiene para su vida. Si tu hambre espiritual estuviera tan despierta como tu hambre natural, quizá se oiría tu estómago desde el asiento de al lado. Busca la sabiduría que viene de Dios y no te conformes con lo que solo satisface por un momento.

Versículo clave

«El corazón entendido busca la sabiduría; Mas la boca de los necios se alimenta de necedades.»

Proverbios 15:14

Estudia y sé el mejor en la universidad, pero ningún título sustituye la sabiduría de Dios. El sabio tiene hambre de conocimiento; la boca de los necios se alimenta de necedades. Hay quienes se quejan de la basura todo el tiempo, pero viven revolcándose en ella. Cuidado con lo que consumes, y con aquello que te destruye mientras insistes en volver a ello.

¿Por qué gastas el dinero en lo que no es pan, y tu trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura. La palabra de Dios es alimento que da vida y nutre de verdad. Hay cosas, como mucho de lo que ves en las redes, que te hacen sentir bien por un instante y después te dejan vacío: son calorías vacías. También lo son el éxito sin Dios y todo lo que haces sin él.

Si hiciste el esfuerzo de congregarte, aunque tuvieras que estacionarte lejos, es señal de hambre espiritual. La fe no es solo un sentimiento: también es un comportamiento. Puedes tener un día bajo y, aun así, mantener tu fe puesta en Dios y en lo que dice su palabra. Pídele que llene tu vida con lo grande que tiene en su palabra para que puedas vivir como sabio.

La necedad puede esconderse detrás de lo que poseemos

Un hombre rico tuvo una gran cosecha y decidió derribar sus graneros para edificar otros más grandes. Se dijo: «Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate». Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?». Tener mucho no es tener sabiduría ni garantiza una vida llena. Examina tus necesidades y ríndelas delante de Dios.

Cuando se renueva tu manera de pensar, cambian también los movimientos que haces en la vida. Tu conducta está relacionada con lo que crees, y aquello de lo que te llenas se refleja en tu vida. ¿Qué alimento permitirás en tu alma, tu corazón y tus pensamientos: lo que consume y vacía, o lo que te ayuda a vivir sabiamente?

Aprovechar la oportunidad de vivir como sabios

Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. Hay quienes oran desde las cinco de la mañana por las familias, los niños, los jóvenes, los matrimonios y los ancianos. Aprovecha cada oportunidad de congregarte y de buscar a Dios.

Versículo clave

«Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos.»

Efesios 5:15-16

Pablo dirige este llamado a una iglesia que ya había escuchado la palabra: ser salvo no te permite desentenderte de cómo vives. Es posible ser salvo y, aun así, vivir como necio. Dios no te exige perfección, sino disposición. Imagina estar delante de Jesús y tener que reconocer que viviste neciamente: examina hoy tu conducta.

Una señal de necedad es preferir tener la razón antes que ser transformado. A veces afirmamos que Dios existe, pero actuamos como si no existiera; lo que parece una opinión firme puede ser rebeldía. El corazón del sabio está a su mano derecha, mas el corazón del necio a su mano izquierda; y aun mientras va el necio por el camino, le falta cordura, y va diciendo a todos que es necio. Cada reunión es una oportunidad para volverte más sabio.

La humildad permite reconocer y cambiar

Como perro que vuelve a su vómito, así es el necio que repite su necedad. La imagen es desagradable, pero advierte sobre repetir lo que te daña. Quien se cree sabio está más cerrado a aprender: la sabiduría se recibe con humildad, y el orgullo sostiene la necedad. Cuidado con el síndrome del caballo blanco: buscar una apariencia de superioridad en vez de reconocer que necesitas cambiar.

No es lo mismo equivocarse por fragilidad humana que persistir en la necedad. Al leer la palabra descubrirás que estabas equivocado y que necesitas cambiar. Maridos, traten a su esposa como a vaso más frágil: gritarle es pecado. Esposas, examinen si han exasperado a sus maridos. La palabra te abre los ojos para reconocer lo que antes no veías.

El pecado no golpea a Dios: te lastima a ti y a quienes te rodean. Cuando la palabra te muestra algo que está mal, reconocerlo debe llevarte a cambiar, no a repetirlo. La necedad es insistir en lo mismo aunque no funcione y siga dañando a los demás, a ti mismo, a tu trabajo, a tu empresa o a la iglesia. La humildad te permite nombrar el problema y pedir a Dios sabiduría para dejar de repetirlo.

Si luchas con la pornografía, bloquea los canales que te dan acceso y no mires la clave durante tu tiempo de restauración. Decir «yo lo domino; cambiaré de canal cuando empiecen a quitarse la ropa» es una confianza engañosa. También lo es mantener un bar en casa cuando luchas con el alcohol. No confíes en tu capacidad para vencer el pecado: reconoce tu fragilidad y depende de Dios.

Ni pastores, ni apóstoles, ni profetas están exentos de esa condición humana. Solo uno venció el pecado, y necesitamos rendirnos a él cada día. El orgullo te mantiene en lo mismo porque te impide reconocer dónde te equivocaste. La humildad te abre a recibir la palabra, la corrección y la sabiduría que no puedes producir por tu cuenta.

Aceptar la corrección es ganar entendimiento

El oído que escucha las amonestaciones de vida, entre los sabios morará. Corregir puede costar relaciones valiosas. Pero corregir no es juzgar ni condenar: es señalar que una conducta está golpeando la vida de alguien y que atender a la palabra puede bendecirlo a él y a otros. Aunque algunos se alejen, se les sigue esperando, amando y bendiciendo.

Estas palabras pueden incomodar: ¿aceptarás la corrección? Cuesta mirarte con claridad, y a veces necesitas rodearte de personas sabias, llenas de la palabra, que te digan lo que necesitas oír y no solo lo que quieres oír. Puedes llegar al extremo de aconsejarte a ti mismo sin tener claridad. Leer la palabra y reconocer que necesitas la corrección de Dios es parte de recibir su bendición.

La corrección es como una operación: hay heridas que salvan la vida, y Dios corrige con amor. Un padre que corrige con ira, a última hora, puede destruir en vez de ayudar. El que escucha la corrección tiene entendimiento, y quien obedece a Dios gana sabiduría y disciplina. Antes de la honra está la humildad. Deja que Dios corrija y limpie tu vida.

Cuando alguien insiste en lo mismo, no te enojes: ora por esa persona. Y aplícatelo a ti: no te engañes sobre tu condición; reconoce cuándo necesitas que Dios te muestre otra manera de vivir.

No confiar en el corazón, sino en Dios

El que confía en su propio corazón es necio. Puedes encariñarte con una persona y descubrir después que no puedes vivir con ella. No toda relación termina así, pero los sentimientos, por sí solos, pueden engañarte. Aun así, Dios restaura matrimonios.

No pongas tu confianza final en lo que sientes, sino en Dios y en lo que dice la Biblia. La fe no es solo un sentimiento: es una conducta. La verdad de Dios te hace libre: recibirla te permite identificar lo que hay en tu vida y, al rendirlo a Dios, avanzar hacia la libertad en Cristo. Deja tu verdad y toma su verdad: la verdad propia, sostenida por el orgullo, no te lleva a vivir sabiamente.

Aferrarse al hilo principal

Todos pasamos por momentos difíciles, y hay circunstancias dolorosas que no podemos escoger. Pero sí puedes elegir llenarte de sabiduría. El diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar. Todos podemos ser atacados, también la iglesia, pero no es lo mismo ser atacado que ser devorado: todavía puedes elegir cómo responder y dejar que la palabra de Dios influya en tus decisiones.

La sabiduría no quita los problemas: seguirán llegando. Pero el espacio que le das a la palabra te ayuda a tomar decisiones diferentes. Aun lo que buscaba destruirte puede llevarte a madurar a un nuevo nivel. No permitas que el sufrimiento arruine tu corazón y tu vida. Si te llenas de la sabiduría de Dios, él usará ese sufrimiento para bendición y transformación: la entrega transforma el sufrimiento en bendición.

Cuatro cosas son de las más pequeñas de la tierra y más sabias que los sabios. La araña, que atrapas con la mano, está en palacios de rey. Es frágil, como tú; pero los palacios son lugares de gran seguridad. Eres frágil: bienvenido al palacio del Rey, a su seguridad y a su presencia.

La araña baja por un hilo que ella misma teje y, desde ese hilo principal, construye la tela hacia los extremos. Si el viento o el agua rompen los hilos alrededor, vuelve a tejer; pero si se rompe el hilo por el que bajó, abandona la telaraña. Aunque la tela alrededor sea hermosa, tu vida no puede depender de lo que construyes a tu alrededor, sino de tu relación con Dios: el hilo principal.

Imagina una casa grande, con diez cuartos, cinco baños y tres alas; un buen carro, una empresa y chequeras llenas. Pueden ser una bendición, pero si Dios no está en el centro, no darán sentido a tu vida. No está mal prosperar, pero no confundas la prosperidad con el fundamento del que depende tu vida. Tus dones, tus talentos, tus logros y lo que construyes hacia fuera no sustituyen el aferrarte a Dios.

Alguien podría preguntarle a la araña por qué abandonaría una tela tan hermosa. Porque el éxito sin Dios sigue siendo como calorías vacías. El hilo comienza arriba, y Dios te llama desde arriba para darte una vida llena de sabiduría.

Imagina a Job, después de haber perdido a sus hijos y sus bienes, rascándose las llagas con un tiesto, y mirando una pequeña araña. La tela estaba destrozada, pero el hilo principal seguía intacto, y era posible volver a tejer. Aunque pierdas cosas, tu relación con Dios puede seguir siendo tu fundamento.

Tus dones, tus talentos y lo que has acumulado no pueden sostenerlo todo. El evangelio no te pone en el centro, como si Dios tuviera que concederte cada cosa que pides. Puedes pedir, pero Dios es soberano y tú cooperas; no eres tú el soberano ni Dios quien debe acomodarse a tus órdenes. Aférrate a Dios cuando tu telaraña parezca destruida y cuando se vea hermosa.

¿Por qué llegó Israel a Egipto? Por alimentos y provisión. Y terminó esclavo. Hay quienes se acercan a Dios buscando provisión y quedan esclavizados por esa provisión, sin levantar la mirada hacia quien se la dio. No te quedes aferrado al regalo olvidando al Dios que te lo dio.

Quizá hoy tu telaraña esté destruida: aférrate a Dios. Recuerda a Job, a David, a José, a Abraham y a Moisés. Cuando Moisés preguntó qué decirle al faraón, Dios respondió: «Yo soy el que soy». La telaraña de Egipto parecía poderosa, pero Dios es dueño de todo y abrió el mar. No te apoyes en lo que parece grande, sino en Dios.

Ante lo bueno y lo malo de cada semana, permanece aferrado a la fuente, a Dios. Pablo aprendió a vivir en escasez y en abundancia, y dijo: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece». No saques esa frase de su contexto: Pablo atravesó circunstancias difíciles y abundantes, y nada de ello sustituyó a Dios como su fundamento.

La abundancia también puede engañarte y hacerte creer que la telaraña, y no Dios, es el propósito de tu vida. Cuando falta sentido aparecen más necedad, adicciones y hábitos destructivos, en medio de un gran vacío. Observa a la araña: tu vida no depende de lo que te rodea, sino del Dios que te dio la vida y te ama.

Reconocer la necesidad

Dios no te pide perfección, sino humildad. Quizá no lo veas todo hoy, pero puedes empezar a reconocerlo, y tal vez decirle a alguien: «He sido necio». La fe va más allá del sentimiento y se expresa en el comportamiento. Si una necedad está destruyendo tu vida, tu matrimonio, tu familia o tus amistades, reconócela y no sigas en ella.

La araña es frágil y puede ser atrapada con la mano, pero habita en el palacio. Di: «Yo no puedo, pero Dios sí puede en mí». La humildad te traerá sabiduría y herramientas para dejar de perseverar en la necedad. No serás perfecto: seguirás descubriendo aspectos de tu humanidad que necesitan corrección, pero puedes seguir creciendo junto a otros.

Ora: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te recibo como mi Salvador». Amén.

Referencias bíblicas