EN Oración
Serie Puro

Guarda tu pureza: el poder de lo pequeño y el cuidado de tus ojos

Una pequeña mosca puede arruinar un perfume costoso, y una mirada descuidada puede arruinar tus sueños. Descubre por qué la impureza empieza en los ojos y cómo hacer un pacto con Dios para guardar tu corazón.

Publicada
Duración
58 min

Sin importar nuestros sentimientos ni cuán cerca creamos estar de Dios, necesitamos estar atentos a lo que vemos. Existe un enemigo que atenta contra nuestros sueños, contra nuestro destino y contra todos los planes que Dios tiene para nuestra vida: la impureza, la inmoralidad y el pecado. Pero cuando el Espíritu Santo toca una vida, esa vida nunca vuelve a ser la misma, y Dios quiere enseñarnos a enfrentar juntos a ese enemigo: los malos pensamientos, los malos deseos y las malas acciones, para que no entren en nuestra mente, no se instalen allí, no se apoderen del corazón ni nos impidan ver lo que Él tiene preparado.

La vida de José, el soñador, lo ilustra bien. A primera vista podríamos pensar que su vida fue muy injusta, pero a pesar de todas las injusticias y de todo lo malo que vivió, siempre se mantuvo fiel a sus principios y a sus convicciones. Jamás negoció con Satanás. Cada vez que el enemigo tocaba la puerta con inmoralidad, suciedad, impureza o pecado, José la mantenía cerrada. Y pudo hacerlo porque nunca permitió que entraran en su corazón pensamientos que lo distrajeran de su destino, de su propósito y de todo lo que Dios quería para él.

El poder de lo pequeño

El éxito de las grandes cosas reside en las pequeñas: en los pequeños detalles. Por eso Jesús enseñó que quien es fiel en lo poco será puesto sobre lo mucho. Pero aquí hay una advertencia: cuando llegamos a tener mucho, corremos el riesgo de descuidar lo poco, y resulta que fue precisamente en lo poco donde se produjo lo mucho.

Hoy puedes no tener nada o puedes tenerlo todo, pero la clave siempre estará en lo poco. Si quieres lograr grandes cosas en tu vida, tienes que concentrarte en lo pequeño, porque el día que logres tener mucho, esos pequeños detalles que descuidas pueden hacerte perder cosas muy importantes.

Hay algo muy pequeño y muy simple que tiene el poder de arruinar grandes cosas. Todos lo tenemos y lo usamos a diario. Tiene la capacidad de traer luz y bendición a nuestra vida, pero también de traer oscuridad y maldición: el ojo humano.

Una mosca puede arruinar el perfume

El fundamento de esta enseñanza está en Eclesiastés 10:1. Mira cómo algo tan pequeño como una mosca muerta tiene la capacidad de arruinar el perfume del perfumista. Y así también, una pequeña necedad afecta a quien es estimado como sabio y honorable.

Versículo clave

«Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista; así una pequeña locura, al que es estimado como sabio y honorable.»

Eclesiastés 10:1

Una pequeña necedad, un pequeño pensamiento, una pequeña decisión, una pequeña mirada tiene el poder de arruinar a quien es tenido por sabio y honorable y llevarlo a la ruina. Por eso, no importa cuán sabios y honorables nos creamos: si no tenemos cuidado con las cosas pequeñas, una sola de ellas puede arruinar el resto de nuestra vida y el propósito de Dios en nosotros.

Los perfumes son agradables y cuestan mucho dinero, pero una pequeña mosca basta para arruinarlos. Hablando en ese mismo lenguaje, muchos nunca hemos podido disfrutar del perfume que Dios tiene para nosotros porque nunca estuvimos dispuestos a cuidarnos de que esa pequeña mosca lo arruinara.

La pureza, la santidad y la moral sexual son un regalo de Dios. Todo lo que Él nos ha dado es un regalo: tus ojos, tus pensamientos, tu corazón, tu mente, tu cuerpo, tu boca, tus oídos, tus sueños, los propósitos que tiene para tu vida, tu familia y tus hijos. Y cada regalo conlleva una responsabilidad de nuestra parte. El problema es que muchas veces nunca se nos enseñó a ser responsables con los dones de Dios, y al caer en la irresponsabilidad terminamos perdiendo grandes cosas. Por eso el llamado es claro: guarda tu pureza.

José y la mirada que cambió

José era un joven que a los diecisiete años recibió un sueño de Dios: Él le mostró que lo llevaría a grandes cosas, que sería gobernante y tendría una posición importante. Pero en cuanto recibió ese sueño, Dios lo hizo pasar por un proceso. Necesitamos amar los procesos de Dios, porque son los que forman nuestro carácter para que podamos sostener lo que Él quiere darnos algún día.

Sus hermanos lo envidiaban y querían matarlo, pero uno de ellos propuso venderlo, y así lo hicieron. Vendido como esclavo, José terminó en la casa de Potifar, un hombre de posición importante. Desde que José llegó, todo prosperó en esa casa, porque todo lo que tocaba prosperaba, ya que Dios estaba con él. Hasta ese punto todo iba bien. Pero la Escritura dice: «Aconteció después de esto, que la mujer de su amo puso sus ojos en José, y dijo: Duerme conmigo».

Mira la secuencia. Si todo prosperaba, es probable que pasaran muchos meses, incluso años. Eso significa que la esposa de Potifar veía a José todos los días como a un hombre común, como al administrador de la casa, como a un empleado. Pero un día sus ojos lo vieron de manera diferente.

Muchos hemos experimentado algo así: un día vemos a una persona y al siguiente la vemos de otra manera. Ten cuidado con esto, porque puede ocurrir de forma correcta o incorrecta. Un día podemos dirigir la mirada hacia alguien con odio, resentimiento o repulsión, o bien con amor, sentimiento y admiración. Y aquí está la clave: en el ver está lo que permite que nuestro corazón y nuestra mente no se ensucien.

Aunque esa mujer deseó a José con sus ojos, José nunca terminó deseándola. ¿Por qué? Porque estaba enfocado; estaba ocupado mirando los sueños que tenía para su vida. Cuando permanecemos enfocados en los sueños, el propósito y el destino que Dios tiene para nosotros, no tenemos tiempo para mirar las cosas que pueden arruinarlos. Debemos permanecer firmes y entregárselo a Dios.

La esposa de Potifar lo tenía absolutamente todo, y aun así quería lo que no tenía. ¿Cuántas veces somos así? Lo tenemos todo y no estamos satisfechos, no somos agradecidos y queremos lo que no tenemos, porque las pequeñas cosas que subestimamos tienen la capacidad de arruinar grandes cosas en nuestra vida. Ella vio a José con ojos indecentes, con inmoralidad en el corazón.

Por eso, la impureza no empieza en el corazón; empieza en los ojos. En cómo vemos reside la impureza que mancha nuestro corazón y nuestra mente. Impuro es aquello que tiene influencia de este mundo, y cada día nuestros ojos estarán bajo la influencia de lo que Satanás y el mundo quieren mostrarnos. Si no cuidamos lo que vemos, nuestros ojos traerán oscuridad y sombras a nuestra vida, y cuando dejamos entrar lo impuro y lo inmundo, tarde o temprano terminamos destruyendo y saboteando los planes de Dios. Nuestros ojos son preciosos y valiosos porque no fueron diseñados para vivir en la oscuridad, sino para ver cumplidos en nosotros los planes de Dios.

Incluso cuando decimos que no soportamos a una persona, que ni siquiera podemos mirarla, ocurre lo mismo: nuestros ojos traen consigo sentimientos de rechazo y repulsión hacia ella, porque todo lo malo que llega al corazón tiene que entrar primero por los ojos.

Eva: lo que oyes cambia lo que ves

El primer pecado de la historia involucró muchas cosas, pero una de las claves fue que la mirada cambió. Génesis 3:6 dice: «Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría». Dios había dicho que ese árbol era malo, pero ahora Eva lo veía como algo bueno. ¿Qué pasó? Antes de eso, Eva había conversado con la serpiente, y la serpiente la hizo creer que ese árbol era bueno.

Ten cuidado con lo que oyes, porque lo que oyes tiene el poder de hacerte ver las cosas malas como buenas. Satanás es el padre de la mentira, y si en algo es experto es en introducir mentiras en nuestra vida. Cuando no nos enfocamos en ver lo que Dios tiene preparado para nosotros, estamos dispuestos a escuchar todo lo que Satanás quiera mostrarnos, y entonces entra en nuestra mente y en nuestro corazón y nos hace ver lo malo como bueno.

Un consejo, un comentario o una palabra tienen la capacidad de cambiar nuestra perspectiva de la vida y del mundo. Muchas personas se han alejado de Dios a causa de un consejo: un amigo les hizo ver que aquello malo no era tan malo, hasta que lo malo se convirtió en algo bueno para ellas. Todo lo que nos rodea tiene la capacidad de influir en cómo vemos las cosas.

¿Cuántas veces había pasado Eva frente a ese árbol? Seguramente muchas, de la misma manera que la esposa de Potifar vio a José muchas veces antes de verlo con otros ojos. Dios les había dicho que podían comer de todo árbol del huerto, menos de ese, porque el día que comieran de él morirían. Eso significa que Eva ya conocía ese árbol porque Dios se lo había mostrado de alguna manera. Pero aquel día, después de escuchar lo que escuchó, lo vio de otra manera: lo vio con codicia. Su forma de ver cambió hacia aquello a lo que Dios le había dicho que no.

Hay cosas a las que sabemos que Dios nos ha dicho que no. Y si no cuidamos lo que oímos y lo que vemos, tarde o temprano empezaremos a verlas como algo bueno; empezaremos a ver el pecado como algo bueno. Un mensaje que viste o una llamada que escuchaste pueden cambiar la forma en que ves algo o a alguien. Esa página a la que entraste puede cambiar la forma en que ves a las mujeres o a los hombres. En cómo vemos las cosas reside lo que contamina, lo que maldice y lo que trae oscuridad a la mente y al corazón.

Observa la secuencia: primero lo vio, luego le gustó y después lo codició. A eso se le llama iniquidad. Hasta ese momento Eva no había cometido ningún pecado. Pero aquel día notó que el fruto se veía distinto, apetitoso, deseable, y comió. Lo había visto tantas veces, pero ese día lo vio, le gustó y lo codició, y entonces el pecado entró en la humanidad. Desde que ambos comieron del fruto, se rompió la relación perfecta que tenían con Dios. Cada vez que no cuidamos nuestra mirada ni lo que escuchamos, si seguimos por ese camino, tarde o temprano comenzaremos a perder nuestra relación con Dios, y al perderla nos alejamos de todo lo que Él tiene preparado para nosotros.

Esta palabra no es para que te sientas acusado. Es para que Dios traiga libertad a tu vida y puedas alcanzar todo lo que Él ha preparado para ti.

El relato continúa: «y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella». Todas las decisiones que tomamos con base en lo que oímos y vemos, tarde o temprano, terminan afectando a otros: a nuestras generaciones, a nuestros hijos, a nuestro cónyuge, a nuestra familia, a nuestro trabajo, a todo.

La Biblia dice: «No codiciarás». La codicia empieza en los ojos, cuando comenzamos a decir: quiero el carro que tiene él, la casa que tiene aquel, la mujer que tiene otro, el ministerio que tiene esta persona. La Biblia nos dice que no codiciemos porque Dios tiene algo personal, específico y único para cada uno de nosotros, algo que es solo para ti. Por eso la codicia comienza con la falta de fe. La serpiente les dijo que, si comían del fruto, serían como Dios; pero ya lo eran, porque Dios los había creado a su imagen y semejanza.

Es a través de los ojos que nuestra mente y nuestro cuerpo se corrompen. Por eso debemos cuidar no solo lo que vemos, sino también cómo lo vemos.

David: el lugar equivocado

En 2 Samuel 11 leemos que, en el tiempo en que los reyes salían a la guerra, David se levantó de su cama por la tarde y se paseaba por el terrado de la casa real. Podemos imaginarlo pensando que ya no tenía que ir a la guerra, que ya había enviado a su ejército y que Dios le daría la victoria. Desde allí vio a una mujer que se estaba bañando.

Pregúntate: ¿dónde se suponía que debía estar David en ese momento? En la guerra. Cuando estamos en el lugar equivocado, veremos cosas que nuestros ojos nunca debieron haber visto. Por ver lo que vio, por estar donde no debía, David destruyó la generación que Dios le había confiado. Hay cosas que destruimos por estar en los lugares equivocados: allí tendremos muchas veces la oportunidad de ver lo que nunca debimos ver, y por haberlo visto perderemos cosas que son eternas. Que no seamos personas que se revuelcan en aquello a lo que Dios un día nos dijo que no, sino personas que dicen no al pecado para alcanzar y ver todo lo que Dios tiene para nuestra vida.

La Palabra dice que David era un hombre conforme al corazón de Dios, y aun así cometió adulterio y asesinato. Mandó llamar a la mujer, se acostó con ella y la dejó embarazada; y al saberlo, se asustó y ordenó que mataran a su esposo, Urías, un hombre de su ejército. Después llegó el profeta y lo confrontó, y David se sintió profundamente mal por lo que había hecho.

No hay nada más hermoso que tener al Espíritu Santo en nuestra vida para confrontarnos y hacernos ver las cosas como realmente son. A nosotros mismos no podemos engañarnos, ni tampoco al Espíritu Santo que mora en nosotros. Desde el momento en que le diste la bienvenida en tu vida, ese Espíritu maravilloso lucha cada día para verte feliz, realizado, victorioso y completo; sin Él estaríamos perdidos.

David vivió un tiempo de profundo quebranto: no comía y lloraba, arrepentido de lo que había hecho. Luego escribió el Salmo 51, donde pide a Dios que lo lave y lo haga más blanco que la nieve, y clama: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí». También le ruega que no lo aparte de su presencia.

Guarda esto en tu corazón: sin importar nuestros sentimientos ni cuán cerca creamos estar de Dios, debemos estar atentos a lo que vemos, porque esa pequeña mosca, esa pequeña necedad, puede traer destrucción a nuestra vida. El Espíritu Santo siempre estará ahí para confrontarnos y decirnos: «Hijo, este no es el lugar donde debes estar». Pero entonces llega la parte más difícil: entra en juego nuestra voluntad, y decimos: «Sí, Señor, me mantendré firme».

La tentación es el pecado tocando la puerta y pidiendo permiso. Y si toca la puerta, es porque tú tienes la autoridad para cerrarla y decirle: «Hasta aquí llegas, y no más allá». Tienes que tener el control y luchar por lo que Dios te ha dado.

Los ojos insaciables y la doble vida

El libro de Proverbios habla de cosas que nunca se sacian: el Seol, la matriz estéril, la tierra seca, el fuego y el ojo humano. Esto muestra que el ojo tiene una pasión por ver. ¿Es malo tener pasión? No. Cuando una pasión está bien encauzada, verás grandes cosas en tu vida; si te apasiona Jesús, Dios te sorprenderá y te guiará.

Pero cuando la pasión de nuestros ojos, que es insaciable, se desvía, traemos destrucción a nuestra vida. Una pasión mal dirigida puede hacernos vivir con miedo el resto de la vida: escondiéndonos por temor a que vean lo que realmente hay en nuestro corazón y en nuestra mente, viviendo por debajo del propósito de Dios, llevando una doble vida con vergüenza, acusación, tristeza, depresión, angustia y miedo. Al dar rienda suelta a la pasión de los ojos comenzamos a destruir lo que un día amamos y anhelamos: la familia, los sueños y lo que Dios ha establecido para nosotros.

¿Sabes por qué la mayoría de las cosas que el mundo ofrece y que destruyen nuestra vida son gratis? Porque tarde o temprano terminamos pagándolas con nuestra alma. Cada vez que caemos en eso, nos estamos rompiendo el alma.

Quizá no nos guste hablar de este tema, pero es importante, porque Dios quiere sentar bases sólidas en tu vida y forjar tu carácter para que, cuando te lleve a donde tenga que llevarte, permanezcas allí y no caigas. Una nueva generación se está levantando.

David cometió muchos errores, pero tenía una ventaja: sabía a quién acudir para pedir perdón y recibir misericordia. Sin embargo, cuando no somos capaces de entregar esas áreas de nuestra vida, terminamos con una relación con Dios basada únicamente en el perdón. Fallamos, le pedimos perdón, Él nos levanta, nos perdona, nos restaura y nos dice: «Hagámoslo de nuevo». Pero si no renunciamos a aquello, volvemos a caer. Dios quiere una relación más profunda contigo: que vivas en plenitud, en libertad, disfrutando juntos de todo lo que Él ha preparado. ¿Para qué te dio Dios los ojos? Para que veas cumplidos los sueños y el destino que Él tiene para tu vida.

¿Del Padre o del mundo?

El apóstol Juan escribe: «Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo». Lo que la carne desea, también lo desean los ojos. Y si algo no viene del Padre, viene del mundo.

Si te preguntan de quién eres, seguramente responderás que eres del Padre. Pero vayamos un poco más allá de lo que respondemos sentados en la iglesia. En tu semana, en tu mes, cuando estás a solas, lo que ves dice si eres del Padre o del mundo. Lo que escuchas, lo que haces y los lugares que visitas lo revelan. Cuando satisfacemos los deseos de la carne y de los ojos, estamos renunciando a todo lo que Dios tiene para nosotros; estamos renunciando a Dios y asociándonos con este mundo.

Pero que tu estilo de vida sea como dice el versículo 17: «Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre». Que seas quien hace la voluntad de Dios y, al hacerla, permanezca para siempre.

El día en que José decidió no acostarse con esa mujer, fue aprobado por Dios. Si cuando no tenía absolutamente nada se negó, el día que llegara a tenerlo todo se comportaría de la misma manera, porque el que es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho. José fue fiel en lo poco y Dios le dio mucho. Que lo poco que tienes hoy te capacite para recibir lo que Dios quiere darte.

Si hoy no ves tus sueños ni tus proyectos realizados porque estás satisfaciendo tus propios ojos, ¿cómo podemos esperar ver con esos mismos ojos los proyectos que Dios tiene para nosotros? No podemos. Tenemos que decidir no mirar el mal, porque cada vez que lo hacemos atraemos maldición a nuestra vida y nos distraemos del camino de nuestros sueños; son nuestros ojos los que dañan y contaminan la mente y el corazón. No mires lo que está sucio: no fijarse en lo malo mantiene la mente sana y estable.

Guarda tu corazón, guarda tus ojos

Jesús dijo en Mateo 5:28: «Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón». Esto aplica a cualquiera, sea cual sea su profesión o su ministerio, y también a quien mira a un hombre. ¿Está mal mirar? Puedes mirar a alguien y reconocer que es una persona bonita o elegante, pero de ahí a la lujuria hay una gran diferencia. Cuando hay lujuria, ya se cometió adulterio en el corazón. Y para que el corazón se ensucie primero tiene que haber lujuria, pero para que la codicia exista primero tuvimos que ver, porque lo que contamina el corazón es la forma en que miramos la vida.

Muchas personas interpretan erróneamente las bendiciones de Dios, y eso ha contaminado su corazón: tienen una visión equivocada de su matrimonio, de su ministerio, de su trabajo o de su relación de pareja. Normalmente, cuando empezamos a ver las bendiciones de Dios de forma errónea, es porque estamos viendo una maldición como si fuera buena. Quizá ves a tu esposa de forma equivocada porque estás viendo a otras mujeres como si fuera algo correcto; o a tu esposo, porque estás viendo a otros hombres. Quizá ves el pecado como correcto porque estás viendo de forma errónea la santidad y la pureza con las que Dios quiere que vivas. Quizá ves mal a tus padres y a las autoridades porque estás dando por bueno el mal consejo de un compañero.

Y la lista podría continuar. Parece un trabalenguas, pero es una verdad: cuando vemos lo bueno como malo, normalmente es porque estamos viendo lo malo como bueno. Todo lo que entra en nuestra mente y contamina el corazón entra primero por los ojos. El pecado de la humanidad comenzó con el acto de ver. No podemos evitar ver, pero sí podemos controlar lo que miramos.

Por eso la Palabra dice: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida». Otra versión lo expresa diciendo que de él depende el rumbo de tu vida. ¿Deseas una vida llena de futuro, esperanza, gloria, bendición, gracia y favor? Protege tu corazón. ¿Qué contamina el corazón? Los pensamientos. ¿Y de dónde vienen los pensamientos? De lo que vemos. Por lo tanto, si quieres proteger tu corazón, primero debes proteger tus ojos.

Dios nos dio estas dos pequeñas esferas para que veamos su gloria manifestada en nuestra vida; para eso las creó. El enemigo luchará para que esos mismos ojos traigan maldición y desgracia, pero hoy puedes rechazar lo que él quiere para ti y salir viendo la gloria de Dios. Los ojos son tan importantes que comienzan a formarse muy temprano en el embrión. Por eso David dijo: «Mi embrión vieron tus ojos»: los ojos de Dios vieron nuestro embrión.

Son tan importantes que la Palabra nos llama a fijar la mirada en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe. Cuando fijamos los ojos en Jesús estamos creyendo en algo, y quien cree en algo no se pierde mirando cosas que pueden hacerlo perderse a sí mismo. Fijemos la mirada en Él, el autor de nuestras bendiciones y de nuestra vida, quien planeó desde antes de la creación del mundo que estuvieras hoy recibiendo esta palabra, porque quiere darte lo mejor.

¿Cuál es la clave de todo esto? Que cuides esta cosa tan pequeña y no permitas que una mosca arruine el perfume que Dios tiene para tu vida. Protege tu corazón, protege lo que oyes, protege lo que miras. Si controlas lo que ves, lograrás ver lo que deseas.

Ver cumplido un anhelo de Dios, como ver levantada una obra que él puso en el corazón, exige renunciar a ver, oír y estar en ciertos lugares. Es fácil decirlo, pero hay anhelos en nuestro corazón que nunca llegaremos a ver si primero no renunciamos a lo que nos distrae del plan perfecto de Dios. ¿Deseas ver cumplidos sus planes en tu vida? Deja de fijarte en todo lo que pueda impedir que se cumplan.

La lámpara del cuerpo

En Mateo 6:22–23 Jesús enseña que la lámpara del cuerpo es el ojo: si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. ¿Quieres ver la luz en tu vida? El ojo es la mayor bendición que Dios nos ha dado.

Versículo clave

«La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?»

Mateo 6:22–23

Si digo que soy la luz del mundo, ¿cuál es la clave para ser luz? Los ojos. Muchas veces llenamos nuestra boca diciendo que somos la luz del mundo, pero no somos luz porque lo decimos; somos luz porque hemos decidido ver bien. Cuando pongo mis ojos en las cosas que Dios tiene para mi vida, me lleno de fe, de carácter, de unción, de pasión, de esperanza y de luz. Pero cuando aparto la mirada de Jesús y me centro en lo impuro, en el pecado, en los problemas y en las crisis, mi vida se llena de oscuridad.

Cuando alzas la vista y sueñas en grande con tu negocio, tu matrimonio o tu libertad financiera, te llenas de luz, de esperanza y de fe, y no tienes tiempo para ver lo que te llena de oscuridad. Pero si no tienes sueños, anhelos ni metas, ¿de qué te vas a llenar? Cuando dejamos de ver lo que Dios tiene para nosotros, empezamos a llenarnos de cualquier tontería con que el mundo quiera llenarnos. Entonces vivimos con miedo y con dudas: confundidos incluso sobre nuestra sexualidad y sobre si somos hombres o mujeres, sin saber si pecar o no pecar, porque vivimos en tinieblas.

Pero cuando mantienes los ojos puestos en Jesús, sabes quién eres, sabes lo que vales y lo que Dios quiere darte, porque tus ojos están llenos de luz. Tendrás claridad en tus decisiones y en tus acciones; sabrás qué hacer y cómo hacerlo, porque decidiste no llenarte de tinieblas.

Y esa luz no es solo para guardarla, sino para compartirla: muchos serán nutridos y bendecidos por ella al conocer que tienes un Dios sobrenatural y poderoso. El mundo está lleno de tinieblas y siempre querrá hacernos ver sus cosas como buenas, pero lo único verdaderamente bueno es el Espíritu Santo en nuestra vida; Él es el único que puede darte lo que Dios ha destinado y preparado para ti.

Un pacto con tus ojos

Lo que vemos termina en nuestro corazón, y eso gobernará nuestros pensamientos. Job lo perdió absolutamente todo, pero lo recuperó al doble. Hizo muchas cosas, pero una de ellas fue hacer un pacto con sus ojos: «Hice pacto con mis ojos; ¿Cómo, pues, había yo de mirar a una virgen?». Aun en el tiempo difícil que vivía, Job cuidó sus ojos para que no se llenaran de oscuridad. Y al cuidar sus ojos, cuidó su mente y su corazón; por eso pudo perdonar a sus amigos y orar por ellos, y Dios le restituyó todo al doble.

Recibe esta palabra profética y guárdala en tu corazón y en tu mente: todo aquel que haga hoy un pacto con Dios para cuidarse y no mirar lo que es malo verá, como Job, la recompensa de Dios en su vida. Si te mantienes alejado de la oscuridad, Dios tiene los mejores planes para ti. No importa lo que hayas perdido antes: Dios tiene la capacidad de restaurarte al doble.

Quizá digas: «Señor, he cometido tantos errores, tantos pecados; hay inmundicia en mi vida, hay inmoralidad sexual en mi mente. ¿Y ahora qué hago?». Tal vez ya se volvió un estilo de vida, algo que incluso tomamos a la ligera. Pero hoy Dios quiere hacer algo diferente: levantarte, restaurarte y darte una nueva imagen, porque la imagen que tienes de ti mismo puede estar distorsionada y no es la que Dios tiene para ti. Tal vez te has dejado consumir tanto que has perdido quién eres. Hoy Dios te recuerda el propósito para el que naciste y te dice: «Hijo, hija, sigues siendo mío».

Quítate la armadura

Naamán lo tenía absolutamente todo. Era el comandante del ejército de Siria, un hombre emblemático por medio del cual Dios había dado muchas victorias a ese pueblo; dondequiera que iba se inclinaban ante él. Pero bajo su armadura escondía algo: tenía lepra, que aquí representa el pecado, la inmoralidad y la suciedad. Podemos imaginarlo admirado en público, presentándose como si fuera perfecto; pero al llegar a la intimidad de su habitación, frente al espejo y sin la armadura, salía a la luz lo que realmente había en su cuerpo, en su mente y en su corazón.

Así vivimos muchas veces: una doble vida. Por fuera parecemos perfectos, con una armadura o un traje de perfección, fingiendo ser algo que no somos. El problema no son las personas; el problema es que no podemos engañarnos a nosotros mismos ni engañar a Dios. Si anhelas a Dios para algo, que sea para que te libere de esa pretensión. Puedes vivir detrás de una máscara, pero al quitártela en la intimidad de tu hogar sale a la luz lo que hay dentro, y vivimos avergonzados, con miedo, enojados y frustrados, preguntándonos cómo salir de esto. Pero hoy Dios quiere liberarte, poner algo nuevo en tu corazón y en tu mente, y renovar un pacto con tus ojos para que veas y alcances lo que Él ha destinado para ti.

Una sierva israelita que servía en su casa conocía la condición de su amo, quizá porque lavaba su ropa, y dijo a su señora que si Naamán iba al profeta de Dios encontraría sanidad. Naamán fue con sus carros, cargado de riquezas y acompañado de su gente, pero el profeta ni siquiera salió: envió a un mensajero a decirle que fuera y se sumergiera siete veces en el río Jordán. Naamán se enojó, porque había orgullo en su corazón; no aceptaba sumergirse en ese río.

Muchas veces nos comportamos así ante Dios: hay tanto orgullo en nuestra mente y en nuestro corazón, después de tantos errores, que no podemos reconocer que hay un área de nuestra vida que necesita ser transformada. Pero Naamán finalmente fue al río, se sumergió siete veces y, al salir del agua, su piel era como la de un niño. No sé cuántas veces necesitas sumergirte hoy en la presencia de Dios, pero tu espíritu puede salir renovado, nuevo y capacitado para todo lo que Él quiere darte.

Hoy es el día de poner fin a lo que estás viendo y a lo que estás oyendo; el día en que tus ojos sean transformados. Dios está presente, pero no puede tomar la decisión por nosotros: esa decisión es tuya. Este mensaje es para todos, porque a veces vemos esto como algo tan común y cotidiano que decimos: «No es gran cosa; puedo verlo y dejar que entre en mi corazón». Pero hoy puedes poner fin a lo que un día crucificó a nuestro Señor Jesús: al pecado, a la inmundicia y a la inmoralidad, y levantarte como un hombre o una mujer de integridad, firme. Si obedeces lo que Dios te enseña hoy, en unos años verás el testimonio.

Hay personas que luchan día a día con esto, y hoy es el día de romper la vergüenza. Es el día de presentarte ante Dios tal como eres y decirle: «Señor, aquí estoy; este soy yo». Quítate esa armadura de perfección y dile: «Señor, cambia mis ojos. Quiero hacer un pacto contigo para protegerme y no mirar lo que es malo, para que mis ojos vean como vio Job: tus bendiciones y todo restaurado al doble». Puede ser un área sexual, puede ser la codicia u otra; la lista de pecados es enorme, pero hay una sangre que lo cubre absolutamente todo. Dios tiene perdón, amor, misericordia y plenitud para cada uno de nosotros.

Y la decisión más importante de todas es recibir a Jesús. Si nunca lo has hecho, puedes decirle hoy: «Señor Jesús, me arrepiento de mis pecados y quiero recibirte como mi único Señor y mi único Salvador. Entra en mí. Gracias por amarme».

Referencias bíblicas