La mente es esa capacidad interior con la que piensas, entiendes, recuerdas e imaginas: el lugar donde ocurre el pensamiento. Los pensamientos son ideas concretas que pasan por ella y, cuando se repiten, forman una mentalidad. Por eso importan los pensamientos puros. El apóstol Pablo nos advierte que no nos amoldemos a este mundo. Necesitamos amoldarnos a la Palabra de Dios, al reino de los cielos y a lo que Dios tiene para nuestras vidas.
Deja que el Espíritu renueve tus pensamientos
Efesios 4:23 nos invita a dejar que el Espíritu renueve nuestros pensamientos y nuestras actitudes. Hay padres que enseñan a sus hijos desde los dos años a reconocer cuando tienen una «fea actitud». ¿Sabes de dónde vienen nuestras malas actitudes? De nuestros malos pensamientos. Cuando le abrimos al Señor el corazón y la mente, nuestros pensamientos y nuestras actitudes cambian.
Si alguien tiene el poder de llegar a lo más profundo de nuestros pensamientos, es el Espíritu Santo, y veremos el fruto de permitírselo. Por eso la invitación es a dejar que el Espíritu obre: hay una parte que nos toca a nosotros. Dios tiene el control de todo, pero no controla lo que nosotros permitimos que alimente nuestra vida y nuestros pensamientos. Esa responsabilidad nos la dejó a nosotros. Es una decisión: deja que el Espíritu Santo haga su obra en ti.
Dios nos está purificando. En buena parte de nuestra vida ya hemos sido transformados, pero falta muchísimo. Cuando nuestros pensamientos son renovados, el fruto se ve en la vida de cada uno, en la familia y en las generaciones.
Eres una obra maravillosa de Dios
En el Salmo 139, David reconoce que Dios formó las delicadas partes internas de su cuerpo y lo entretejió en el vientre de su madre. Le agradece por haberlo hecho de una manera tan maravillosamente compleja, y subraya que lo sabe muy bien. Donde nadie podía ver, Dios estaba haciendo una obra en su vida. Lo observaba mientras tomaba forma en secreto, en la oscuridad de la matriz.
Quienes han visto un ultrasonido lo saben: de un mes a otro aparecen nuevos órganos. Es un milagro que ocurre en lo íntimo y muestra lo perfecto que es Dios al crearte. David sabía muy bien lo maravilloso que es Dios y cuánto lo ama. Ojalá lo supiéramos así de bien. Muchas veces sabemos muy bien lo que no deberíamos: las malas noticias que, si alimentan nuestros pensamientos, nos siguen golpeando.
Tú eres una obra maravillosa, y también lo es la persona que tienes al lado, aunque a algún matrimonio le cueste creerlo hoy de su cónyuge. Lo que pasa es que nosotros mismos nos vamos deformando con nuestros pensamientos. Aun así, Dios sigue obrando en nosotros, y debemos permitírselo. David también dice que Dios lo vio antes de nacer y que cada día de su vida estaba escrito en su libro antes de que pasara uno solo. Y termina con esta exclamación:
Versículo clave
«¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos! Si los enumero, se multiplican más que la arena; Despierto, y aún estoy contigo.»
Salmos 139:17–18
¿Cuánto vale para ti un pensamiento de Dios?
No hay nada más grande que un pensamiento de Dios, porque sus promesas están ligadas a sus pensamientos. Sus pensamientos son regalos para nosotros. La pregunta es cuánto valen para ti. Quizá nos emocionaríamos más si alguien anunciara que Dios te va a dar un carro o una casa, porque pocas veces nos detenemos a pensar en el valor de un pensamiento suyo. Sin embargo, de ahí vienen los mayores regalos.
Si recibo cosas pero no los pensamientos de Dios, nada podrá sostenerse en mi vida y todo terminará en desastre. No valores lo material más que un pensamiento de Dios, porque lo material no puede sostenerte. Es más, sin Dios puede destruirte; con Dios, en cambio, será de bendición. Así que conviene preguntarnos si apreciamos los pensamientos de Dios o si apreciamos más los pensamientos de los demás.
Paz para lo que todavía no ha sucedido
Isaías 26:3 declara: «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado». Hay cosas que todavía no han sucedido y ya nos quitan la paz, porque no nos dejan ver lo que Dios nos está mostrando. A veces vivimos afligidos por el mañana: ¿qué será de mí?, ¿qué pasará con mi familia?, ¿qué sucederá con esto o con aquello? Dios ya pensó en eso. Pensó tan adelante que nos dio la eternidad. Sobre tu futuro, él te dice: «Ya pensé en él; ya te tengo cubierto».
Sus pensamientos son regalos para nuestra vida, y debemos valorar todos los que dejó en su Palabra para cada uno de nosotros. Pero hay que estar atentos. Cuando Dios tiene algo significativo para ti, el enemigo siempre está a la puerta para robarte la paz. Cuando Dios abre una puerta, el enemigo ya está esperando en ella. Dios te da un pensamiento para llevarte a un nuevo nivel, y el enemigo enseguida quiere atacarlo con otro contrario.
Muchas veces somos expertos en lidiar con lo que sentimos, pero no con lo que pensamos. Y lo que más te golpea no es lo que sientes, sino lo que piensas a partir de lo que sientes. Por eso hay que atender los pensamientos de inmediato. Puedes sentirte de cierta manera, pero no por eso tienes que pensar así. Si un pensamiento no viene de Dios ni tiene propósito en él, no merece quedarse: es momento de llevarlo a la obediencia a Cristo Jesús. Ahí es donde Dios marca nuestra vida.
Que un mundo roto no decida tus prioridades
Una mente pura no deja que un mundo roto decida qué es importante ni marque nuestras prioridades. Dios tiene que estar en el centro de nuestra vida, no en una lista. El reino no es un compromiso más en la agenda: es el lente con el que organizamos todo lo demás. Que Dios sea la prioridad no significa ponerlo en primer lugar de una lista. Significa que está en el centro de tu corazón, en el trono de tu vida, y que todo lo que planificas pasa por el lente del reino. Lo que tiene propósito en Dios trae vida, bendición, nuevas fuerzas y paz.
Persevera con tus pensamientos en Dios. No empieces el día reaccionando a lo que el mundo exige, porque te vas a desgastar muy rápido. Empieza alineando tus pensamientos con lo que Dios ya estableció. Él no va a establecerlo después: ya lo estableció. Su reino se ha acercado, y su Palabra es su reino.
Si no eliges tus prioridades con pensamientos renovados por Dios, el mundo las elegirá por ti. Querrá educar a tus hijos, enseñarles su propia definición de lo que es vivir, y golpeará con fuerza. No puedes evitar que llegue un mal pensamiento, pero sí puedes decidir que no se quede. Esa es la obra maravillosa de la cruz del Calvario: su sangre preciosa nos da hoy la posibilidad de elegir.
Cuando el temor hace extrañar Egipto
En Números 14:3–4, el pueblo de Israel se quejó de que Dios lo llevaba a morir en batalla y de que sus esposas e hijos serían tomados como botín. Entonces propusieron escoger a otro líder y volver a Egipto. ¿Por qué? Porque cuando el temor controla nuestros pensamientos, lo conocido empieza a parecernos mejor que lo que Dios prometió. Frente a todo lo que Dios tiene para nosotros, lo difícil y la incertidumbre que a veces trae obedecerle pueden empujarnos a querer regresar.
Un pensamiento equivocado puede hacerte extrañar aquello de lo que Dios ya te liberó. Israel ya era libre, pero muchos cargaban un pensamiento repetitivo: el sistema de Egipto. Ese pensamiento les formó una mentalidad que prefería la esclavitud antes que la incertidumbre de decirle sí a Dios sin saber adónde los llevaría. Todavía hoy hay quienes prefieren una esclavitud conocida a la incertidumbre de obedecer a Dios, confiar en él y soltar el control.
Cuando nuestras prioridades se basan en un mundo roto, terminamos pensando como un mundo roto. Por eso necesitamos leer nuestras prioridades a través de Cristo, porque ellas determinan qué pensamientos alimentamos. Hay pensamientos que no puedo alimentar porque no caben dentro de mis prioridades, y esas prioridades las marcan la verdad y la Palabra de Dios. Jesús no puede estar en un listado: está en el centro de nuestra vida.
El mundo te dice: «Busca primero tener». Jesús te dice: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». Él añadirá lo que andas buscando, eso que hoy no te deja dormir; con él puedes dormir en paz y confiar. El sistema del mundo dice: «Si no lo ves, no lo creas». La Palabra responde: «por fe andamos, no por vista».
¿Qué está gobernando tu forma de pensar? Pensar algo mil veces no lo convierte en verdad. No dejes que una mentira repetida termine pareciéndote verdad, porque así no solo estaríamos equivocados: llegaríamos a creer que estamos bien. No importa cuántas veces pienses algo; ese pensamiento no se vuelve verdadero por repetirlo.
No solo rechaces: reemplaza
Por eso Pablo no solo nos enseña a rechazar, sino a reemplazar. En Filipenses 4:8 nos pide pensar en todo lo puro, lo justo, lo amable y lo honorable. Ante cada pensamiento, pregúntate si es honorable. Por ejemplo, un hombre ve a una mujer y piensa: «qué linda». Ese primer pensamiento es imposible de evitar. El segundo es el que hay que detener: «Esto no está en el propósito de Dios para mi vida; hice un pacto de lealtad y fidelidad, y Dios es fiel». Y entonces se reemplaza por algo bueno, puro y honorable.
Si ese pensamiento se sigue repitiendo, el engaño lleva al pecado. Por eso, a cada pensamiento: identifícalo, cuestiónalo y, si no es de Dios, reemplázalo de inmediato por uno que sí lo sea.
Dios le ofrecía a su pueblo libertad y propósito, pero ellos volvieron a valorar la aparente seguridad de la esclavitud. El problema no era lo que veían, sino lo que pensaban de lo que veían. Lo mismo nos pasa a nosotros: «qué lindo eso», sí, pero no es tuyo. Y si estás casado, mira a tu cónyuge: esa persona sí es tuya.
Los pensamientos de Dios son muy valiosos, y todo pensamiento tiene un costo. Por eso debemos estar tan atentos. El costo de un pensamiento equivocado es enorme: ha dejado niños huérfanos, madres abandonadas y generaciones dañadas. Un pensamiento dura segundos; sus consecuencias, años o generaciones. Una mente pura no niega los problemas, pero se niega a darles la última palabra.
Gigantes en Canaán, saltamontes en la mente
En Números 13:30–33, Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés y dijo que podían subir y tomar la tierra, porque sin duda la conquistarían. Pero los hombres que habían ido con él respondieron que no podían, porque aquel pueblo era más fuerte. Diez de los espías volvieron con un mal informe y lo esparcieron entre los israelitas. Dijeron que aquella tierra se tragaba a sus habitantes, que la gente era enorme y que habían visto gigantes, los hijos de Anac. Y añadieron que, a su parecer, eran como langostas o saltamontes, y que así los veían también a ellos. Estaban a punto de entrar a la tierra prometida, pero primero perdieron los pensamientos de promesa que Dios tenía para ellos.
Un pensamiento equivocado cambia la manera en que te ves a ti mismo. ¿Quién les dijo que eran saltamontes? Un pensamiento equivocado. David, en cambio, tenía muy claro cómo lo veía Dios: sabía que era obra suya, que antes de nacer Dios ya tenía propósito para su vida y que sus pensamientos son maravillosos. Imagina esa identidad. Eran doce espías, pero diez compararon a los gigantes consigo mismos. Caleb y Josué, que tenían otro espíritu, no se compararon con los gigantes: compararon a los gigantes con el gran Dios que estaba en su vida. Sus pensamientos les cambiaron la mentalidad.
La fe no niega que haya gigantes. Claro que había gigantes en Canaán. Pero la fe cree que nuestro Dios es mucho más grande que ellos. Fíjate en la frase de los diez: «a nuestro parecer». Empezaron hablando de gigantes y terminaron hablando de sí mismos. Lo que ves puede llevarte a dudar de lo que Dios dijo, y ese es el costo de un pensamiento equivocado: primero exagera y después le resta valor a la palabra de Dios.
Los gigantes estaban en Canaán, pero los saltamontes estaban en su mente, y se volvieron una mentalidad de esclavitud. Te preocuparían unos piojos en la cabeza; más debería preocuparte tener por dentro saltamontes que contradicen lo que Dios te ha dicho y te hacen verte como él no te ve. Tal vez alguien te dijo que eras un saltamontes, pero Dios te ve como obra de sus manos: te hizo con cuidado, único y con un propósito. Hay gigantes que necesitamos enfrentar, pero también saltamontes que debemos sacar de la mente. Es urgente que la Palabra de Dios nos limpie la cabeza.
Lo que piensas terminas hablándolo
Lo que piensas, terminas diciéndolo. Después de aquel informe, toda la congregación alzó la voz y lloró (Números 14:1). Diez hombres llegaron con un pensamiento equivocado y terminaron contaminando emocionalmente a toda una nación. Más de un millón y medio de personas murieron en el desierto por pensar distinto de lo que Dios había dicho. Uno, dos, tres, hasta diez pensamientos contaminaron a una generación entera, que murió sin entrar a la tierra prometida.
Esto también habla de tus generaciones. Alguien puede decir: «Así pensaban mis antepasados». Sí, pero aquello era idolatría. Puedes bendecirlos, porque había ignorancia, y a la vez seguir la verdad de Cristo, porque ya llegó a tu vida y viene una nueva generación para tu familia. Los saltamontes tienen que irse: Dios es grande, maravilloso y bueno.
Un pensamiento que no corriges en privado termina contaminando en público. Un padre transmite pensamientos, y una madre también. Lo mismo hacen un líder, un pastor o un empresario. Por eso hay que decirle a Dios en privado: «Este pensamiento no debe salir de aquí». A veces solo nos interesa sacarnos la molestia, y de pronto más personas salen afectadas por un comentario. Son tantas las ganas de desahogarnos que hablamos donde no debemos y con quien no debemos. Necesitamos cuidar nuestros pensamientos.
¿Qué pensamiento estás creyendo hoy que Dios nunca dijo? Hoy es el día de sacar ese saltamontes. No se trata de aprender a pensar en positivo, sino de darle lugar a la verdad de Dios en nuestros pensamientos. Un pensamiento equivocado se fija en los gigantes y no en la victoria que Dios prometió. No te enfoques en los gigantes; enfócate en lo que Dios ha prometido.
Hay pensamientos que no cambian el tamaño de los gigantes, pero sí cambian el tamaño que crees tener frente a ellos en Dios. Los gigantes no cambian; el que cambia eres tú. Tus pensamientos determinan tu perspectiva, y cuando la perspectiva cambia, ves más allá de lo que tienes enfrente. Entonces cambian también tus decisiones. Un pensamiento renovado te da otra perspectiva y otras decisiones. No escuches más a la gente que a Dios.
Un pueblo no es grande por su antigüedad ni por sus riquezas naturales, sino por su manera de pensar. Un país puede ser de los más hermosos del mundo, con un clima extraordinario y muchas riquezas naturales: no le faltan riquezas; le falta pensar diferente para formar una mentalidad diferente. Un pensamiento dura segundos, pero sus consecuencias pueden durar toda la vida. Diez de los doce espías vieron gigantes y perdieron su futuro y el cumplimiento de la promesa de Dios. Pero estaban Josué y Caleb, y ellos eran diferentes.
Otro espíritu: Dios está con nosotros
En Números 14:7–9, Josué y Caleb le dijeron al pueblo que la tierra que habían recorrido era muy buena y que allí habría abundancia de alimento. ¿Por qué habría abundancia de alimento? Porque Dios nos ama. Hay una idea, tomada de un video, que lo resume bien: no puedo presumir de cuánto amo a Dios, porque mi amor es imperfecto y le falla. Pero sí puedo presumir de cuánto me ama él, porque ese amor no falla. Dios te ama, y se va a glorificar en la situación que estás viviendo.
Josué y Caleb dijeron que Dios los ayudaría a entrar y les daría la tierra. Lo importante era no rebelarse contra él ni temer a los habitantes del lugar. Necesitamos cuidarnos de la rebeldía, porque no lleva a ningún lado. Añadieron que sería fácil vencerlos, porque aquellos pueblos no tenían quién los protegiera, mientras que ellos contaban con la ayuda de su Dios. Fíjate en esa palabra: nuestro Dios. Ahí está nuestra identidad.
Quizá estás por conquistar nuevos territorios, pero para eso necesitas pensamientos nuevos. De nada sirve entrar en una nueva etapa que Dios tiene para tu vida si no hay una nueva manera de pensar. Caleb no tenía otra tierra, ni otros gigantes, ni otras circunstancias que los demás: todo era igual. Lo que tenía eran otros pensamientos, y eso lo cambia todo. No dijeron que no había gigantes. Dijeron: «Sí hay gigantes, pero Dios está con nosotros».
En Números 14:24, Dios dice que su siervo Caleb tenía una actitud distinta, «otro espíritu», y que lo había seguido fielmente. Por eso Dios dijo que lo llevaría a la tierra que exploró y que sus descendientes tomarían posesión de la porción que les correspondía. Qué hermoso sería que el Señor pudiera decir eso de nosotros, porque una cosa es lo que decimos de Dios y otra lo que Dios dice de nosotros. La clave es mantenerse. En el ciclismo a eso se le llama cadencia: mantener el ritmo sin parar, como en una comida que no se detiene: entrada, lo que sigue y después el postre. Caleb tenía esa cadencia. Así se vive con cadencia: aunque las cosas se pongan mal, decimos: «Dios está conmigo».
Quizá perdiste a un ser querido. Dios lo tiene en sus brazos. Nunca nos prometió que no íbamos a morir. Nos prometió que íbamos a resucitar, que estaría con nosotros, que quien partió está en su presencia, y nos prometió la eternidad. Él nunca deja de cumplir lo que prometió, y está en control de todo. Confiemos en él.
El Dios que prometió cumple su palabra
Cuida quién tiene la última palabra en tu mente. Hoy pregúntate si la tienen tus amigos o tus circunstancias. El mundo dice que confíes solo si puedes ver; Dios te dice: «Confía en lo que te he dicho». El mundo dice: «Primero la comodidad». Dios dice: «Primero la obediencia».
Josué 14 muestra a Caleb cuarenta y cinco años después de la promesa. Dios lo había mantenido con vida, como dijo, y ahora tenía ochenta y cinco años. Por si alguien piensa que ya está muy grande, escucha lo que dijo Caleb:
Versículo clave
«Ahora bien, Jehová me ha hecho vivir, como él dijo, estos cuarenta y cinco años, desde el tiempo que Jehová habló estas palabras a Moisés, cuando Israel andaba por el desierto; y ahora, he aquí, hoy soy de edad de ochenta y cinco años. Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza para la guerra, y para salir y para entrar. Dame, pues, ahora este monte, del cual habló Jehová aquel día; porque tú oíste en aquel día que los anaceos están allí, y que hay ciudades grandes y fortificadas. Quizá Jehová estará conmigo, y los echaré, como Jehová ha dicho.»
Josué 14:10–12
Seguía tan fuerte como el día en que recibió la promesa, aunque los anaceos todavía estaban allí y las ciudades seguían siendo grandes y fortificadas. Su fe y sus pensamientos no estaban puestos en la promesa, sino en el Dios que había prometido. Y el Dios que promete cumple su palabra. A veces nos frustramos por cosas que no vemos, pero no eran algo que Dios hubiera prometido, sino preferencias nuestras. Lo que Dios ha prometido no falla. Llénate de lo que Dios ha prometido.
Lo que pensamos determina cómo interpretamos lo que vemos y qué decisiones tomamos. Por eso toma un tiempo con Dios y pregúntate cómo te ves a ti mismo. ¿Has dejado que las circunstancias o las personas minimicen la obra maravillosa que eres para Dios? ¿Has dejado que otros te definan qué es el amor? Tal vez es tiempo de replantear eso en tus pensamientos, porque la obra de Dios en ti es preciosa. Lo que él piensa vale más que las cosas, que al final nunca podrán sostenernos. Es tiempo de renovar nuestra manera de pensar y dejar que el Espíritu Santo obre.
Jesús pensó en nosotros en la cruz. No pensó en sí mismo: pensó en salvarnos y en amarnos. La salvación es un pensamiento de Dios para nosotros. Por eso, dale gracias por pensar en ti, confiésalo como tu Señor y Salvador, pídele perdón por tus pecados y recibe su libertad, porque él pensó en ti.
Referencias bíblicas
- Romanos 12:2 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Efesios 4:23 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 139:13–16 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 139:17–18 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Isaías 26:3 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Números 14:3–4 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 6:33 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Corintios 5:7 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Filipenses 4:8 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Números 13:30–33 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Números 14:1 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Números 14:7–9 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Números 14:24 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Josué 14:10–12 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


