EN Oración
Serie Uno

Un llamado: responder con disponibilidad al propósito de Dios

Dios llama a todos sus hijos. Descubre por qué el llamado comienza al escuchar su voz, exige dejar la comodidad y se acepta como un honor, no como un intercambio.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
49 min

Tenemos un Padre, y si tenemos un Padre es porque cada uno de nosotros es su hijo. Todos los que hemos aceptado a Jesús como nuestro Señor y Salvador tenemos el mismo Padre y, por eso, somos hermanos en Cristo Jesús. Es una gran noticia: un Padre que une a su familia, que le habla y que le da propósito. Y hay algo que no debemos olvidar: la identidad precede al propósito.

Jesús no solo quiere que nos sentemos a su mesa; por eso celebramos la Santa Cena. También quiere desarrollar en nosotros hijos maduros que representen su nombre aquí en la tierra. El Señor quiere que maduremos, porque un padre adopta, da identidad, forma y envía. Todo lo que Dios hace tiene propósito, aunque hoy no podamos verlo.

Es tiempo de correr por el camino al que Dios nos llamó

En Efesios 4, Pablo escribe a la iglesia mientras está preso por hablar del Señor. Desde esa circunstancia le ruega que ande como es digno del llamado que recibió. Y es tiempo de tomarlo en serio: de salir y caminar, y mejor aún, de correr por el camino al que Dios nos llamó. Es tiempo de correr en nuestro espíritu, de madurar y de seguir creciendo.

Hay que dejarlo claro: quien llama no es Pablo ni un pastor. Es Dios quien te llama, es Dios quien me llama, es Dios quien llama a su iglesia. Y su deseo es que nadie se quede de brazos cruzados ni deambule por un camino que no lleva a ninguna parte. Es posible creer que vamos hacia algún lugar, sentir que tenemos propósito, y en realidad solo estar deambulando sin ir a ningún lado.

Humildad, disciplina y constancia

Para aceptar el llamado de Dios necesitamos humildad y disciplina, y cómo nos cuestan las dos. Se necesita humildad para decirle sí a Dios. Lo primero es reconocer que no nos autogobernamos, que tenemos Padre, que tenemos Señor y que tenemos llamado. No hay una sola persona que no tenga un llamado.

Además, el llamado se vive con constancia, no de manera interrumpida. No funciona decir un día «Sí, Señor, quiero tu llamado» y otro día no quererlo, preferir hoy una cosa y mañana otra. La iglesia necesita constancia.

Amor que se entrega y diferencias que se resuelven pronto

Pablo pide que nos entreguemos los unos a los otros en actos de amor. Qué maravillosa es la iglesia de Cristo cuando nos ayudamos: preguntar qué necesidad tiene el otro, ofrecernos a orar por él, interesarnos en cómo está. Eso es la iglesia de Cristo.

También nos pide estar atentos a las diferencias y ser veloces para solucionarlas, porque las tenemos. Pasa, por ejemplo, cuando alguien quiere dejar lo que Dios le encomendó porque su compañero llega tarde y nunca hace su parte. La respuesta madura es otra: «Si sigues llegando tarde, yo no lo voy a hacer; si no quieres hacer tu parte, la hago yo, y es bendición para mi vida. Pero sí te quiero decir claramente que esto no está bien. El propósito y el llamado que tengo son superiores a nuestras diferencias, así que lo solucionamos ya y yo decido seguir adelante». Eso es madurez.

Hay personas que no hablan las cosas: se las guardan, se las guardan, y un día explotan y le tiran todo en la cara al otro: «¡Estoy harto!». Por eso la Palabra nos llama a tener actos de amor y a resolver rápido. Háblalo. Lo mismo sucede en nuestra vida personal: no te quedes mucho tiempo con ese problema adentro, porque te va a consumir.

Todos tenemos un llamado

Pablo continúa diciendo que todos fuimos llamados a recorrer el mismo camino y en la misma dirección, y que por eso debemos permanecer unidos. Todos, sin excepción. No hay varios llamados distintos: hay un llamado, una visión establecida por la Palabra de Dios. Y no basta estar unidos por fuera; Dios nos quiere unidos por dentro. Esa es la iglesia de Cristo: pase lo que pase, sigue unida por dentro porque tiene un propósito mucho mayor que sus diferencias.

Hay algo dentro de nosotros que necesita encontrar lo que tiene que hacer, y no hay satisfacción hasta encontrarlo. Se llama llamado de Dios, y no se encuentra en ningún otro lugar. No importa qué tan grande sea tu casa, cuántos vehículos o amigos tengas: siempre habrá algo por satisfacer, porque lo que has estado buscando solo Dios y su llamado lo pueden llenar. Puedes comprarte cincuenta carros, y qué bueno; pero si en tu vida no está el llamado para el cual Dios te creó, siempre vas a pensar que el carro número 52 es el que te va a satisfacer, y no lo hará. Dios te creó para llevar su llamado.

El obstáculo: el amor a la comodidad

Muchos estamos confundidos y preguntamos cómo encontrar nuestro llamado. La buena noticia es que todos tenemos uno. Podemos estar confundidos, pero el problema no siempre es la falta de llamado, sino el amor a tanta comodidad. Amamos la comodidad. A algunos hasta les cuesta caminar unos metros para congregarse. Los discípulos, en cambio, caminaban kilómetros y kilómetros entre el polvo, y no con zapatos como los nuestros, sino con sandalias, para recibir la Palabra. Qué gran esfuerzo el nuestro: caminar un poco para sentarnos en buenas butacas con aire acondicionado.

Hay personas que ya entendieron lo que Dios les está hablando, pero no se han levantado de donde están, muy cómodas. Dios no habla solo para informar: Dios habla para movernos.

A veces no hemos comprendido la revelación del llamado y le llamamos llamado a ambiciones individualistas, a querer adquirir cosas que terminamos adorando. Es nuestra idea de lo que Dios quiere, pero no es así; son agendas personales. Queremos que Dios nos dé una casa, un carro, una moto, una novia, cosas que Él llama añadiduras, pero no queremos cumplir un llamado. Queremos que Dios nos solucione la vida, y no que la forme.

Un llamado comienza con Dios

Primera de Samuel 3 relata que una noche Elí, que ya estaba casi ciego, se había acostado. Samuel dormía en el tabernáculo, cerca del arca de Dios, y la lámpara de Dios todavía no se había apagado. Ese detalle trae un mensaje: aún hay tiempo. Si estás con vida, es porque hay tiempo. Puede haber cosas fuera de orden, pero Dios te trajo aquí para ordenar tu vida y para que tomes el llamado que Él tiene para ti.

Entonces el Señor llamó a Samuel. El niño respondió, se levantó y corrió hasta donde estaba Elí para preguntarle si lo había llamado. Elí le dijo que no y lo mandó de vuelta a la cama. Lo primero que vemos aquí es que un llamado comienza con Dios. Por eso Pablo dice que Dios nos ha llamado a todos.

Un llamado puede llegar cuando menos lo esperamos, y la primera reacción puede ser un rotundo no, con todas las razones: las responsabilidades, el no entender lo que está sucediendo.

Pero las excusas no se le dan a un hombre, sino a Dios, porque es él quien llama. Una respuesta honesta puede ser: «Señor, no quiero; estoy frustrado, pero voy a ser obediente. Me estás llamando». Hay que ser honestos con Dios, y también obedientes. Nadie imagina lo que Dios va a hacer a partir de esa obediencia.

Un tiempo de decadencia y de exceso de información

Samuel era un niño, un aprendiz en el tabernáculo. Ana, que no podía tener hijos, lo había entregado al Señor. Mientras tanto, Elí no estaba haciendo bien su trabajo: sus hijos se acostaban con mujeres a la entrada del tabernáculo. Elí estaba metido en las cosas de Dios, pero no corregía a sus hijos y dejaba que abusaran de las personas. Ellos dejaron de honrar a Dios y comenzaron a honrarse a sí mismos y a sus deseos. Todo estaba decayendo.

Muchas veces el concepto de llamado ha sido abusado y no entendemos su naturaleza. Así, pasamos el tiempo haciendo lo que Dios no nos llamó a hacer.

Vivimos en un mundo donde es fácil obtener información. Puedes entrar a tus redes y encontrar muchísima. Estamos ahogados en información, pero obtener la verdad sí es difícil. Estamos saturados de información, pero tenemos hambre de la verdad.

Por eso muchos oyen del perdón y después se van, porque creen que el perdón es el destino. Pero no lo es: el destino por el cual Dios nos perdonó es un llamado divino para todos. No podemos oír del perdón y pensar solo en cuándo nos llegarán la casa, el carro, la novia o la esposa. Cristo viene, y viene por una iglesia, por una novia madura que sirve, que crece y que sabe llevar su cruz.

Habla, que tu siervo escucha

El Señor volvió a llamar a Samuel, y otra vez el niño fue donde Elí. Samuel todavía no conocía al Señor, porque nunca antes había recibido un mensaje suyo. Cuando ocurrió por tercera vez, Elí entendió que era el Señor quien llamaba al niño. Le dijo que volviera a acostarse y que, si alguien lo llamaba de nuevo, le pidiera al Señor que hablara, porque su siervo escuchaba. Samuel obedeció, y cuando el Señor lo llamó como antes, respondió así.

Versículo clave

«Y vino Jehová y se paró, y llamó como las otras veces: ¡Samuel, Samuel! Entonces Samuel dijo: Habla, porque tu siervo oye.»

1 Samuel 3:10

¿Sabes cuándo inicia un llamado? Cuando aprendemos a escuchar la voz de Dios. Samuel escuchó la voz de Dios. Si quieres escucharla, aquí está la voz de Dios para ti. No digas que no hay un llamado para tu vida.

Observa algo más: Samuel no dijo «Habla, porque tu siervo entiende». Estuvo dispuesto a escuchar y a obedecer, y después a entender.

No siempre es fácil. A veces Dios llama y no lo entendemos. Hay que escuchar a Dios, no entenderlo, porque si confiamos en él sabemos que lo que tiene es perfecto y que nunca se equivoca. Entonces la respuesta es: «Señor, te voy a obedecer».

No faltarán las voces: «¿Cómo puedes ser tan tonto? Le estás dedicando demasiado tiempo a la iglesia. La gente nunca te lo va a agradecer; es más, te van a criticar. Se van a ir, te van a dejar. Estás arriesgando el futuro de tu familia». Frente a esas palabras, hay que orar. Porque no necesitas entender para aceptar el llamado de Dios ni lo que Él quiere hacer en tu vida. Solo tienes que obedecerlo.

Fuera del propósito no hay satisfacción

Cuando se vive el llamado, cada domingo es una alegría. Esto no significa rechazar las vacaciones ni dejar de disfrutar un fin de semana. Pero puedes estar en el mejor lugar del mundo, el más hermoso, y fuera del propósito no hay satisfacción. Y puedes estar en el desierto, como estuvo nuestro Señor Jesús entre animales feroces, y tener paz, porque estás en el llamado de Dios y lo estás cumpliendo.

Hay quien nació en cuna de oro y tiene casas en muchos lugares para irse el fin de semana, pero cada domingo se congrega. Ha probado todo eso, y ha visto cómo los nuevos ricos no paran de comprar otra casa más, porque creen que ahí estará la satisfacción. No se trata de no disfrutar lo que tienes, sino de tener prioridades. Lo que no cumple un propósito deja, con el tiempo, un vacío, porque no te pudo llenar. Puedes disfrutar mientras cumples un propósito mayor.

Puedes tener tu empresa, pero tu empresa no es tu propósito: te va a servir para el propósito. Puedes hacer muchas cosas mientras cumples el propósito mayor, el de Dios, que es eterno. Puedes medir cuánto produjo tu empresa, tu trabajo o tu negocio, pero si no tiene propósito en Dios, no hay plenitud. La satisfacción solo está en el llamado.

Por eso a algunos Dios no les ha dado casas en otro lado. Y es un mensaje que podemos mandarle al cielo: «Señor, por favor, mantenme apretado, o en escasez, para buscarte». Porque Dios sabe que hay corazones que, si tuvieran todo eso, estarían tan ocupados que nunca más los veríamos en el reino. Pero tú no vas a ser alguien que se vuelve loco con las cosas. Vas a ser un hijo formado por Dios que, cuando vengan las añadiduras, siempre pondrá primero a Dios y su llamado. Eso es ser una persona próspera. Importa la motivación con la que hacemos las cosas; sin el propósito, queda un vacío y ni siquiera se disfruta lo que se tiene.

Quien vive el llamado no concibe dejar de congregarse, aunque salga de vacaciones una o dos semanas. Es algo interior que necesita ser alimentado, porque así lo escribió Dios: no dejemos de congregarnos, como algunos tienen por costumbre. Costumbres que se nos pueden pegar, como la de quienes ahora tienen sus propias revelaciones de ese pasaje y se autogobiernan.

Atesorar la voz de Dios

El llamado comienza con disponibilidad en el corazón. Un llamado comienza con alguien que escucha. No empieza cuando vemos, sino cuando escuchamos. Lo que necesitamos es escuchar más a Dios.

El primer versículo de 1 Samuel 3 dice que Samuel, todavía joven, servía al Señor bajo el cuidado de Elí, y que en esos tiempos la palabra del Señor escaseaba y no eran frecuentes las visiones. Por todo lo que estaba ocurriendo, la voz de Dios escaseaba en esa generación. El llamado se manifestará cuando atesoremos la voz de Dios y le hagamos tiempo.

Para los hijos de Elí, la palabra de Dios se volvió común. Se honraban a sí mismos y a sus deseos, y trataban a Dios como algo común. Pero Dios no es común. Escuchar su Palabra no es común. Aceptar su llamado no es común. La Palabra de Dios es muy valiosa.

Mira los tiempos que vivimos: abunda el pecado, pero tenemos que testificar que la gracia está sobreabundando. Hay deportistas que oran y confiesan a Jesús en plena competencia, tomándose de las manos porque, aunque son equipos rivales, en Cristo son iguales. Hay políticos hablando con claridad de la verdad de Dios. Y, al mismo tiempo, hay pastores negando la verdad por querer quedar bien con todos. Eso pasa cuando nos empezamos a adorar a nosotros mismos y a nuestras ideas.

Es difícil obtener la verdad si estamos ahogados en información. El problema no es el acceso a la Palabra; casi todos lo tenemos. El problema es la actitud ante la Palabra. Existe una cultura de negligencia, de no aprender de la Palabra de Dios ni prepararnos, al punto de que hay que insistir muchísimo para que algunos se formen.

Por eso la pregunta es directa: ¿atesoramos la voz de Dios? Cuando una generación deja de ver, de buscar y de escuchar a Dios, se levanta otra dispuesta a escucharlo: la generación de Samuel. Todo estaba de cabeza, y Dios levantó a un niño, a un Samuel, para traer orden. Un llamado impacta a otros. Un llamado requiere obediencia. Y Dios sigue llamando, aunque muchos no quieran escuchar.

Cornelio y Pedro: dos extremos, un solo llamado

Hechos 10 nos muestra dos ejemplos de extremo a extremo, pero un solo llamado. En Cesarea vivía Cornelio, capitán de la guardia italiana. Había educado a toda su familia en el temor de Dios; siempre ayudaban a los necesitados y oraban mucho. Un día, como a las tres de la tarde, tuvo una visión: un ángel de Dios, tan real como sus vecinos. Perplejo, preguntó qué quería el Señor.

¿Te has hecho esa pregunta con frecuencia? No «¿qué quiero yo?», sino «¿qué quieres tú, Señor?». Es válido que tengas tus propios deseos, pero lo que Dios quiere es mejor. Confía en eso.

En la visión, Cornelio recibió la instrucción de enviar hombres a buscar a Pedro. Al día siguiente, cuando ellos se acercaban a la ciudad, Pedro subió a orar cerca del mediodía. Tuvo hambre y, mientras se preparaba la comida, cayó en éxtasis. Vio el cielo abierto y algo parecido a un gran lienzo que bajaba atado por sus extremos, lleno de toda clase de animales, reptiles y aves. Una voz le dijo que matara y comiera, pero Pedro respondió que nunca había comido nada impuro.

La voz insistió: «Lo que Dios limpió, no lo llames tú común». Esto sucedió tres veces, y luego el lienzo volvió al cielo. Pedro, desconcertado, intentaba comprender el significado de todo aquello. Qué parecido a nosotros: queremos entender qué está pasando.

Entonces llegaron a la puerta los hombres que Cornelio había enviado, preguntando por Pedro. Y Pedro respondió aunque no entendía. «Señor, no entiendo, pero respondo»: eso es lo que le falta a la iglesia. ¿Estás listo para responder? La obediencia de Pedro abrió una nueva etapa para la expansión del evangelio: llevó el evangelio a la casa de Cornelio y marcó un antes y un después. Pedro tuvo que romper barreras culturales y obedecer a Dios aunque no era lo más cómodo para él ni lo entendía. A la mañana siguiente salió con ellos y algunos amigos, y viajaron un día entero hasta llegar.

En Cesarea, Cornelio los esperaba con sus parientes y amigos íntimos. Cuando Pedro llegó, Cornelio se inclinó para rendirle homenaje, pero Pedro lo levantó y le dijo que él no era Dios. En este pasaje Dios estaba ampliando la visión de Pedro: el evangelio no era solo para los judíos, también era para los gentiles. Por eso tú y yo estamos aquí: por un llamado.

La obra social no salva

Dios llamaba a Cornelio, que hacía obra social. La iglesia también la hace, pero la obra social no salva, aunque regales a los pobres todo lo que tienes. Solo hay un sacrificio y una sangre que llevan a la salvación eterna; ninguna ayuda social lo logra. No se trata de tranquilizar la conciencia pensando: «Peco, pero doy y ayudo». La ayuda social nace de reconocer a Jesús como Señor y Salvador. Al conocerlo, la obra deja de ser solo económica o de víveres: es también palabra que trae vida eterna, y así, como dice su Palabra, ayudamos a los necesitados. Eso es una ayuda que cumple un llamado.

Ni todo el dinero del mundo ni toda la ayuda enviada a ciertos países terminará con la necesidad o la pobreza, porque la pobreza viene primero desde adentro. Por sí sola, la ayuda no traerá plenitud. Tiene que llevar propósito, tiene que llevar llamado.

Dios quiere ampliar tu visión

Dios quiere ampliar nuestra visión. A Pedro lo estaba llamando a salir de sus estructuras, de sus prejuicios religiosos y de su zona de comodidad. Dios no solo quiere darte revelación: está trabajando en tu identidad para que, cuando venga la presión, no retrocedas en el llamado que tiene para tu vida. Pedro empezó a perder firmeza cuando llegó la presión. Dios habla y llama, y tú y yo respondemos.

Cornelio tenía que conocer a Cristo, y Pedro, que ya conocía a Jesús, tenía que ser transformado. Cada vez que permites que Dios te use para alcanzar a alguien que no conoce a Cristo, Él transforma también tu vida. Por cada persona que no conoce a Cristo, Dios quiere usarte y te está llamando. Cada vez que ves a alguien recibir a Cristo, Dios transforma algo nuevo en ti y te lleva a un nuevo nivel.

Cornelio ya tenía su grupo en casa: cuando Pedro llegó, ya había gente reunida, todos los que él había invitado. Necesitamos más Cornelios, y necesitamos Pedros que dejen de creer que solo ellos son salvos y santos y que los demás están perdidos.

No te acomodes en el llamado. Dios quiere llevarte a un nuevo nivel y recordarte que hay que volver a caminar un día entero, salir de la comodidad y bendecir a otros. Levántate, desacomódate. El llamado exige dejar la comodidad.

El llamado trae satisfacción, sí, pero la gloria es de Dios. Los dones y talentos que Él te dio son para su gloria. Aun así, queda en ti una satisfacción: saber que, cuando esa persona llegue al cielo, su nombre estará escrito en el libro de la vida.

No un cristiano a la moda, sino un discípulo

¿Recuerdas cuando se pedía un pay o un brownie «a la moda»? Le ponían una bola de helado encima. Tú no eres un cristiano a la moda, de esos para quienes el helado, la bendición, es lo único que quieren en su vida. Tienes que ser formado como discípulo de Jesús, porque Él dejó escrito: «Id, y haced discípulos».

Todos tenemos dones diferentes. No significa que vas a cumplir tu llamado desde un altar, pero sí en tu trabajo, en el condominio donde vives, en el lugar donde Dios te permite tener influencia. Tienes un llamado. Deja de evadir esa responsabilidad: a todos nos llamó Dios. No te imaginas la cantidad de gente que hay detrás de ti.

Jesús viene por su iglesia. Y si todavía no ha venido, es porque ha tenido paciencia con nosotros, los cristianos, esperando que prediquemos a Cristo. Imagina a esta iglesia unida por fuera y por dentro. Para los últimos tiempos, las tinieblas cubrirán este mundo, pero nosotros vamos a ser luz. No seas parte de lo que va a cubrir este mundo; sé parte de lo que lo va a alumbrar, porque habrá un remanente.

Y no te preocupes, porque Dios va a proveer, y en sobreabundancia; por eso hay añadiduras. Son añadiduras; tranquilo.

¿A quién enviaré?

Isaías escuchó la voz del Señor que preguntaba a quién enviaría y quién iría por Él, y respondió poniéndose a su disposición.

Versículo clave

«Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.»

Isaías 6:8

El Señor sigue preguntando: ¿a quién enviaré?, cuando cada uno está pensando únicamente en sus propias cosas. Dios nos está llamando, y estamos preparando una iglesia para ese llamado. Medita en esta palabra: hoy el Señor te pregunta a quién enviará. Dios respeta tu decisión.

Un honor, no un intercambio

En los evangelios hay un pasaje que dice que quien deje padre, madre y muchas cosas recibirá cien veces más en esta tierra y en la eternidad. Pero el contexto viene desde varios capítulos atrás, y ese pasaje se ha usado para decir que si sirves a Dios y cumples su llamado vas a recibir cien veces más. Eso no es lo que dice; se ha sacado de contexto. Nadie debe ser manipulado para tomar un llamado y servir a Dios con la promesa de recibir cien veces más en esta tierra. Lo que sí dice la Palabra es que todo aquel que responde al llamado tendrá recompensa en la eternidad. Dios no se queda con nada, pero jamás manipules a nadie para que acepte el llamado de Dios.

No lo aceptamos porque nos dé cien veces más: los apóstoles murieron por su fe. Anhelamos una iglesia como la que describía Pablo, a la que nada podrá separar: ni lo alto ni lo profundo, ni la muerte ni la vida. Esteban murió apedreado siendo un hombre fiel a Dios, y aun así Cristo vivía y lo había llamado. Si no entendemos esto, formaremos una iglesia que, en cuanto le cae un piedrín, dice: «Dios no me ama. ¿Dónde están las cien casas y los cien carros?». La respuesta de la iglesia de Cristo es otra: «Señor, no importa lo que venga, acepto mi llamado. Es un honor ser parte de tu reino y que me uses».

Esa es una iglesia valiente, que dice: «Aunque me desgaste, aunque pierda, yo seguiré, porque tú vienes por tu iglesia». No es una iglesia acomodada. Dios te va a sorprender como no imaginas con añadiduras, y está bien, pero no es por eso que aceptamos su llamado ni que abrimos nuestras casas para predicar de Cristo. No lo hacemos esperando cien veces más, sino porque es un honor ser parte de un reino eterno. No es un intercambio: es un honor.

Aun el día en que alguien pierde un trabajo muy valioso, con un salario como pocos, puede seguir predicando. No predicamos por lo que sentimos; tenemos el llamado por lo que creemos. Con oportunidad y sin oportunidad, Dios te llamó, y Dios va a responder. Aprenderás que en los peores días de tu vida es cuando más predicas, porque no predicas por lo que vives, sino por lo que Él dice.

Si hoy quieres responderle, puedes pedirle perdón a Jesús por tus pecados, abrirle tu corazón y confesarlo como tu Señor y tu Salvador.

Referencias bíblicas