EN Oración
Serie Uno

Una sola prioridad: el trono de tu corazón le pertenece a Jesús

En tu corazón cabe el amor por muchas cosas, pero hay un solo trono. Descubre por qué solo una cosa es necesaria y cómo Dios te ofrece un corazón nuevo para ponerlo en el centro.

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43 min

Las prioridades determinan cómo invertimos nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestra atención y nuestros recursos. Nadie necesita preguntarte cuáles son tus prioridades; basta con ver cómo vives. Se notan en cómo manejas tu tiempo, en tu agenda, en tus pensamientos y en tu manera de hablar y de vivir.

Vivimos en una generación que tiene demasiada información y un exceso de oportunidades. Sin embargo, mientras más opciones tenemos, más difícil se vuelve mantener lo más importante en el lugar correcto. Ahí está muchas veces el engaño del ser humano, porque el problema de la humanidad siempre ha sido hacia quién dirige su adoración.

Qué significa adorar

Adorar es reconocer el valor supremo de algo o de alguien. A ese reconocimiento respondemos con devoción total: con nuestro amor, nuestra obediencia y nuestra lealtad. La adoración es la respuesta total del ser humano a quién es Dios.

Esto significa que la revelación que tengas de Dios determinará cómo actúas y cómo le respondes. Según lo conozcas, podrás responderle en amor, en lealtad y en servicio. Por eso algunas personas aman, sirven y obedecen más a Dios que otras: su revelación de Él es diferente.

Una relación desde el principio

Si volvemos al principio, a Génesis, vemos que Dios nunca quiso crear una religión cuando creó al hombre. Quiso establecer una relación con él. Adán y Eva tenían acceso a la presencia de Dios: caminaban con Él, tenían propósito, identidad y llamado, y no les faltaba absolutamente nada. Sin embargo, en Génesis 3 aparece la gran batalla del corazón humano.

La serpiente, más astuta que todos los animales del campo, se acercó a la mujer y le preguntó: «¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?». Eva respondió que podían comer de todos los árboles menos del que estaba en medio del huerto, porque Dios les había dicho que morirían. La serpiente contradijo esa palabra y le aseguró que, si comían, sus ojos serían abiertos y serían «como Dios, sabiendo el bien y el mal».

La serpiente no solo la tentó a comer del fruto: la tentó a mover a Dios del centro. Le hizo creer que podía encontrar fuera de Dios algo que Dios ya le había dado. Le prometió que serían como Dios, y no pudieron ver que ya lo eran, porque la Palabra dice que Dios los hizo a su imagen y semejanza.

Satanás querrá corromper lo que Dios ya estableció en tu vida. Muchas veces te ofrecerá cosas a las que Dios ya te dio acceso. No caigas en esa mentira: Satanás no es creador, es un mal imitador, y por eso no tiene nada que ofrecerte. Dios es el Creador de todo, y en tu diseño original ya te dio acceso a muchas cosas.

Eva no se dio cuenta de que ya era como Dios. Cayó en la mentira de Satanás y, en ese momento de la historia, la prioridad cambió.

Un solo trono en el corazón

En nuestro corazón hay lugar para muchísimas cosas. Hay espacio para amar a nuestra familia, a nuestros padres, a nuestros hijos y hasta a la suegra. Hay espacio para amar el deporte, disfrutar el Mundial o dedicarnos a un pasatiempo que nos apasiona. Pero en el corazón hay un solo trono, y le pertenece única y exclusivamente a nuestro buen Dios.

El problema es que muchas veces todas esas cosas pasan a ocupar el trono que solo le pertenece a Dios. Entonces vale la pena preguntarte: ¿quién ocupa el trono de tu corazón? Con frecuencia quitamos a Dios de ese lugar y se lo damos a alguien o a algo que no es Dios.

Eso pasó en Edén. Lo que Dios había dicho dejó de ser lo más importante, y los propios deseos y anhelos ocuparon su lugar. El fruto parecía bueno, era agradable a los ojos y parecía traer sabiduría, pero lo que parecía bueno terminó corrompiendo el corazón.

Por eso tengamos mucho cuidado con lo que parece bueno: una pequeña salida, un pequeño comentario, lo que escuchamos, lo que parece inofensivo. La Palabra habla de las zorras pequeñas que echan a perder las viñas. Son cosas tan pequeñas y aparentemente buenas que, poco a poco, van corrompiendo nuestro corazón.

Cualquier cosa que convirtamos en un dios, aunque sea una bendición, terminará convirtiéndose en una maldición. Por buenas que sean la salud, las riquezas o el conocimiento, si ocupan el centro de tu corazón te llevarán a una vida de maldición, porque el centro ya no es Dios. Hay personas cuyo centro son las riquezas: aparentemente lo tienen todo y no necesitan nada más, pero viven una vida de maldición porque su centro no es Cristo. Tengamos cuidado, entonces, de no desplazar a Cristo como la prioridad de nuestra vida.

La misma historia, de Génesis a Apocalipsis

Desde ese momento, la historia de la humanidad es la de corazones que una y otra vez ponen ídolos en el lugar que solo le pertenece a Dios. De Génesis a Apocalipsis vemos el mismo conflicto: el hombre entrega su corazón a otros dioses, y Dios sigue buscando el corazón del hombre.

Lo vemos en Caín. Dios le dio la oportunidad de honrarlo, de obedecerlo y de mostrar que Dios era primero y era su centro. Pero Caín quitó a Dios del centro de su corazón, dejó de tenerlo como prioridad, se llenó de orgullo, y eso lo llevó a cometer el primer asesinato de la historia. Lo vemos en la generación de Noé, que se corrompió y no supo poner a Dios como prioridad; solo Noé lo hizo, y por eso se salvó. Y lo vemos en Babel, cuando la humanidad quiso construir una torre para hacerse un nombre: se pusieron a sí mismos en el centro, se llenaron de orgullo, buscaron su propia gloria y quisieron alcanzar el cielo por sus propios medios.

Lo vemos una y otra vez en el pueblo de Israel. Dios abrió el mar Rojo para mostrarles que Él los protegería de sus enemigos. Envió maná para enseñarles que Él era su proveedor. Hizo descender fuego para mostrarles que era su único Dios. Vieron con sus propios ojos milagros extraordinarios y, aun así, levantaron otros dioses una y otra vez.

¿Cuántas veces nos gobiernan nuestra propia voluntad, el orgullo, el afán, la frustración y nuestros deseos? Al leer estas historias cuesta creer que Israel no viera que Dios estaba con ellos todo el tiempo, que los proveía y los cuidaba. Pero nuestra historia es la misma. Estamos tan nublados y tan ensimismados en lo nuestro que no vemos que Dios siempre ha estado con nosotros, porque muchas veces el trono de nuestro corazón no lo tiene Él.

Claro que Dios puede y quiere darte respuestas, y quiere bendecirte. Pero el anhelo del corazón del Padre es conquistar tu corazón. Cuando Dios tiene tu corazón, lo tienes todo en la vida.

El problema nunca ha sido la falta de evidencia de un Dios bueno. El problema es un corazón que se aleja de Dios una y otra vez: un corazón que olvida, que busca seguridad en otras cosas y que cambia la gloria de Dios por otras cosas. Esa es la tragedia de la condición humana: aun después de experimentar su fidelidad una y otra vez, seguimos construyendo en el corazón altares que no son para Él.

Por eso el Antiguo Testamento no es solo la historia de Israel: también es la nuestra. Tal vez los ídolos ya no sean becerros de oro, pero hoy pueden ser el éxito, la comodidad, el dinero, la aprobación o la identidad. Incluso el ministerio o el servicio pueden volverse un ídolo. La naturaleza caída siempre intentará poner algo en el trono del corazón, pero ese trono solo le pertenece a nuestro buen Dios, y hoy Él ha venido a tomar su lugar.

¿Dónde estás tú?

La historia no termina con la caída. Génesis 3 relata que el hombre y su mujer oyeron la voz de Jehová Dios, que se paseaba en el huerto, y se escondieron de su presencia entre los árboles. Entonces Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás tú?». Siendo Dios, sabía perfectamente dónde estaba Adán. Su pregunta revela algo que recorre toda la Escritura: lo que Dios preguntaba en realidad era dónde está tu corazón.

Dios siempre ha buscado el corazón del hombre, y esa búsqueda alcanza su máxima expresión en Jesús. Jesús no vino solamente a perdonar pecados: vino a restaurar lo que se perdió en Edén, a reconciliar corazones con su Creador y a ocupar el lugar que siempre le ha pertenecido, el trono del corazón humano. La gran pregunta de la Biblia nunca ha sido solamente «¿pecaste?», sino «¿dónde está tu corazón?».

Un corazón nuevo, no una versión mejorada

La buena noticia es que Dios es un Dios de oportunidades. Está dispuesto a darte un corazón nuevo, a renovar tu espíritu y a renovar la vieja naturaleza que hay en ti y en mí.

En medio de una nación rebelde, idólatra y alejada de Él, Dios le habló al profeta Ezequiel. No prometió darles más reglas ni exigirles que lo intentaran otra vez: prometió hacer por ellos lo que no podían hacer solos. Dijo que los reuniría de entre las naciones y los traería de vuelta a su tierra. Esparciría sobre ellos agua limpia y los limpiaría de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daría un corazón nuevo y un espíritu nuevo, quitaría el corazón de piedra y les daría un corazón sensible a su voluntad. Y pondría su Espíritu dentro de ellos para que vivieran conforme a sus mandamientos.

Versículo clave

«Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.»

Ezequiel 36:26

Fíjate en esto: Dios no promete una versión mejorada del corazón que ya tienes; promete un corazón nuevo. El evangelio no consiste en que te esfuerces por portarte mejor para ganarte el amor de Cristo. Consiste en que Dios transforme lo que tú no puedes transformar con tus propias fuerzas. Eso es lo que Jesús vino a hacer en la cruz, porque nosotros no podemos pelear contra el pecado por nuestra cuenta, y Jesús ya lo venció hace más de dos mil años.

El evangelio es que Dios derrama su agua sobre ti, te purifica y te limpia, pone un espíritu nuevo dentro de ti y te renueva cada mañana. Es que tú le digas: «Señor, ya no puedo con esta área de mi vida», y Él te responda que sí puede cambiarte, renovarte y transformarte, aunque sea un área con la que has batallado por años. Si no fuera así, caminar con Cristo día tras día sería demasiado difícil. No se trata de portarte mejor, sino de rendirle tu vida a Cristo y decirle: «Señor, yo no puedo, pero tú sí puedes». Y Él está dispuesto.

La pregunta, entonces, no es si Dios puede hacerlo, sino qué tan dispuestos estamos a rendirle cada área. Da vergüenza decir: «Tengo este ídolo en mi corazón». Es fácil pensar: «Yo no tengo ídolos; el Señor es mi todo y está en el trono de mi corazón». Pero a veces toca reconocerlo: «Señor, esta relación es un ídolo en mi vida»; «este pecado es un ídolo en mi vida»; «necesito rendirte esta área».

A veces cuesta, a veces duele y a veces vas a tener que soltar algunas lágrimas. Pero el Señor conoce tu corazón y está dispuesto a renovarte y a darte un corazón nuevo. A Dios no le asustan tus áreas sucias o vergonzosas, o como quieras llamarlas: te conoce perfectamente, y no le asustan. Por eso puedes decirle hoy: «Señor, aquí están mis áreas». Él puede hacerlo.

Lo que Adán perdió en Edén, Cristo vino a restaurarlo en la cruz. Por eso Jesús no vino solamente a perdonar pecados: vino a devolverle a la humanidad la capacidad de volver a amar a Dios sobre todas las cosas. Hoy Jesús está aquí para purificarnos, para limpiarnos y para darte un corazón nuevo.

Dios destruye los ídolos que nos destruyen

El objetivo de Dios nunca fue tener robots. Su deseo siempre ha sido tener hombres y mujeres que lo amen por decisión propia, con todo y sus errores, defectos y fallas. Porque vamos a seguir fallando, sí; pero lo importante es volver a levantarnos y decirle: «Señor, heme aquí. Límpiame una vez más, purifícame una vez más».

Dios no destruye ídolos porque sea un Dios inseguro: los destruye porque sabe que terminarán destruyéndonos a nosotros. Claro que es un Dios celoso que no comparte su gloria con nada, y por eso quiere que destruyas esos ídolos: no quiere verte destruirte a ti mismo.

Dios quiere destruir todo lo que te está destruyendo. Tal vez sea algo que has levantado como estandarte, algo que consideras intocable o sagrado, aunque en el fondo de tu corazón sabes que está destruyendo tu alma, tu llamado y tu vida. Quizá no te has atrevido a tocarlo ni a sacarlo de tu vida por miedo a perder una falsa llenura, una falsa identidad o una falsa satisfacción. Aparentemente te llena y te sacia, pero en realidad está destruyendo la verdadera imagen de Cristo en ti.

La buena noticia es que Jesús dijo: «Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre». Cristo es tu respuesta. Él puede saciarte como nadie más. Puede darte esperanza e identidad; Él es tu seguridad y tu verdadera confianza. Si corres a Él, ya no tendrás que buscar saciedad en ningún otro lugar. Solo corre a Cristo y dile: «Tú eres mi prioridad, Señor». Nada más te va a saciar como Él.

Hoy Dios quiere arrancar de tu vida todo lo que estés dispuesto a rendirle. La Biblia dice que Él toca la puerta. La pregunta es si hoy le abrirás la puerta de tu corazón para decirle: «Señor, esto es lo que hay».

Marta, María y la mirada de Jesús

Cuando hay prioridades más importantes que Dios, es imposible ver o escuchar a Jesús. Hubo una mujer en la Biblia que lo entendió. Lucas 10 cuenta que, mientras iban de camino, Jesús entró en una aldea y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Su hermana María se sentó a los pies del Maestro a escuchar con atención cada palabra suya, mientras Marta andaba distraída y ocupada con todos los preparativos. Finalmente, Marta interrumpió para preguntarle si no le importaba que su hermana la dejara sola con todo el trabajo, y le pidió que le dijera que la ayudara. Jesús le respondió: «Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada».

Versículo clave

«Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.»

Lucas 10:41–42

Al principio de la historia, Marta recibe a Jesús en su casa y lo hace sentir como en casa. Así suele ser nuestra relación con el Señor al principio: Él llega a nuestro corazón, lo hacemos sentir en casa, queremos amarlo, servirle y que se quede con nosotros. Pero conforme avanza la historia, Marta se distrae con otras cosas, y muchas veces nosotros nos parecemos a ella.

Imagina la escena. Jesús, sentado, enseña; María está a sus pies, y Marta va de un lado a otro. Mientras enseña, Jesús mira a Marta, y aunque ella se aleja, su mirada no se aparta de ella. No es una mirada que juzga, sino una que dice: «Marta, sigo buscando tu corazón». Jesús siempre ha buscado el corazón humano. Hasta que llega un momento en que Marta recuerda que Jesús está ahí, mientras Él sigue esperándola.

¿Cuánto nos parecemos a Marta? A veces estamos tan ocupados y tenemos tantas responsabilidades que se nos olvida que Jesús está ahí. Pero así como miraba a Marta, Jesús te sigue viendo y sigue buscando tu corazón, aun cuando estás ocupado. Ha estado esperando a que te voltees hacia Él, y encima, cuando regresamos, a veces le hablamos como si nada hubiera pasado.

Jesús tiene entonces con Marta una conversación que cambia la historia. Le dice que una sola cosa es necesaria; es como decirle que todo lo demás había ocupado su lugar. Cuando otras cosas ocupan el lugar que le corresponde a Jesús, nuestra visión se nubla y nuestros oídos no pueden escuchar su voz. Seguramente Jesús estaba enseñando cosas maravillosas, y Marta no podía escucharlas. Dejamos de reconocer su presencia aunque Él nos siga mirando.

La buena parte que nadie te quitará

La conversación termina con estas palabras de Jesús: María escogió la buena parte, y nadie se la quitará. Porque hay experiencias con Jesús que nadie te puede quitar. Puede haber distracciones y conflictos; puedes estar en un monte o en un valle, en la mejor temporada de tu vida o en la peor. Pero cuando eliges a Jesús por encima de todo, hay una intimidad, una revelación, unas vivencias y una comunión que nadie te quita. Nadie le podía quitar a María lo que había vivido con Jesús.

Jesús dijo que una sola cosa es necesaria: no diez, ni cinco, ni veinte. Necesitamos una sola cosa, y esa es Cristo en tu vida. ¿Estás pasando por una enfermedad? Cristo es tu sanador. ¿Estás en escasez? Cristo es tu proveedor. ¿Te sientes solo, o estás atravesando ansiedad o depresión? Cristo es tu consolador. ¿Enfrentas cualquier adversidad? Él te sostiene. Cristo es todo lo que necesitas; Él es nuestra prioridad.

Si tan solo este corazón necio entendiera que todas las respuestas están en Él. Pero el corazón necio siempre busca respuestas donde no las hay. Cuando Jesús es nuestra prioridad, todo lo demás encuentra su lugar.

El tesoro escondido

Esto nos lleva a la parábola del tesoro escondido. Un hombre caminaba por un campo común, como cualquier otro, sin nada aparentemente interesante. Podemos imaginar que tropieza con algo, ve un brillo, decide excavar y encuentra un tesoro. Es algo tan valioso que, en un instante, todo lo que había considerado importante pierde su brillo: sus posesiones ya no le parecen tan valiosas, sus planes ni sus deseos tan importantes, ni sus logros tan impresionantes.

Cuando encuentras un verdadero tesoro, no tienes que convencerte de dejar otras cosas. No lo dudas ni lo piensas dos veces. Aquel hombre, lleno de gozo, vendió todo lo que tenía para comprar el campo y quedarse con el tesoro. Renunció a sus logros y soltó lo que quizá había construido durante años, no porque el campo fuera barato, sino porque el tesoro valía más.

Así es cuando te encuentras con Jesús: no hay nada de mayor valor en esta vida, ni logro ni persona más valiosa que Él. Jesús es el tesoro más hermoso que puedes tener, y cuando se convierte en el tesoro escondido de tu corazón, todo lo demás encuentra su lugar. Pregúntate entonces: ¿qué estarías dispuesto a entregar, a vender o a dejar con tal de tener su presencia? ¿Estarías dispuesto a entregarlo todo?

Hoy es el momento de ordenar tus prioridades

Jesús es lo más preciado que podemos tener, y anhela ser la prioridad número uno en tu corazón y en el mío. A lo largo de toda la historia de la humanidad, Él ha estado buscando tu corazón y nunca te ha quitado la mirada. Aun cuando somos infieles, Jesús sigue siendo fiel.

Hoy es un buen día para entregarle al Señor cualquier ídolo que haya en nuestro corazón y para reorientar nuestras prioridades. Es un buen día para reconocer: «Señor, tal vez he estado mirando hacia todas partes y no me he detenido a ver que tú no has sido mi prioridad en este tiempo». Y para decirle: «Señor, necesito que tú seas mi prioridad».

Cuando pones a Dios como la prioridad número uno, verás respuestas de su parte, porque cuando Dios ocupa el primer lugar, todo lo demás encuentra su lugar. Pero a veces lo queremos al revés: queremos respuestas y bendiciones de Dios sin que Jesús sea el centro. Hoy el Señor nos llama a que solo Él ocupe el trono y el lugar que le pertenece.

No sabemos qué ídolos hay en tu corazón que no te dejan poner a Jesús en el trono, pero Jesús sí te conoce. Tal vez sea el éxito, las riquezas o tu autoestima. Tal vez una enfermedad que, sin que te dieras cuenta, se volvió el centro de tu vida. Tal vez una herida que te marcó profundamente, o la amargura, la frustración o el dolor. O quizá una relación se ha convertido en un dios, en un ídolo que no te deja escuchar a Dios. Tal vez te sientes lejos de Él. Dile: «Señor, enséñame a ponerte en el centro de mi vida. Quiero que tú seas mi único Señor».

Los señores de este mundo imponen, pero nuestro Señor gobierna con amor, bondad y respeto, y si se lo permites, puede gobernarte en amor. Entrégale tus ídolos, donde estés, y no dejes pasar esta oportunidad. Ordena hoy tus prioridades, dile que quieres que Él sea tu Señor y pídele que renueve tu espíritu y tu mente.

Tal vez sientes que no puedes amar al Señor con libertad porque el pecado ha sido un ídolo, o incluso el centro de tu vida. Dile: «Señor, hasta aquí. Hoy te lo entrego». Quizá no has podido vencer ese pecado y has luchado días, meses, años o décadas, pero el Señor sí puede hacerte libre. Este es el día que hizo el Señor. Pídele que te dé un espíritu nuevo y un corazón nuevo, que te renueve y te purifique.

Y si todavía no has recibido a Cristo como tu Salvador, esa es la mejor decisión que puedes tomar en tu vida. Puedes acercarte a Él para pedirle perdón por haber vivido lejos, reconocer que lo necesitas, aceptarlo como tu único Señor y Salvador, pedirle perdón por tus pecados y darle gracias por la vida eterna.

Referencias bíblicas