Dios ve lo que nadie ve, escucha lo que nadie escucha, sabe y nos conoce. Es el Dios que nos dio el alma y nos hizo la mente. Hay personas que entran a una habitación y traen paz; hay maestros cuya presencia en un examen te pone nerviosa, y otros cuya presencia te da la tranquilidad que necesitas para fluir. Saber que Dios nos ve nos llena de paz, de tranquilidad y de gozo. Él es nuestro guardián: guarda nuestra salida y nuestra entrada, guarda nuestra alma y todo lo que tiene que ver con nosotros. Pero hay cosas que solo Dios hace y otras que el ser humano está llamado a hacer, y una de ellas es guardar el corazón.
Por eso la oración es tan hermosa: es la conversación más honesta que puede tener un ser humano, porque aquel con quien hablamos sabe la verdad, no importa lo que digamos. La oración es un lugar seguro. Si estás empezando a caminar con Dios y no sabes cómo orar, o llevas mucho tiempo y sientes que no sabes, haz como los bebés: balbucea, di lo que te salga, porque él sabe exactamente lo que tu corazón quiere decir. Decirle «Señor, quiero hablar contigo, pero no sé qué decirte» ya es orar.
¿Qué podría salir mal?
Ubiquémonos con el pueblo de Israel, que había estado esclavo en Egipto, como nosotros estuvimos esclavos bajo algo más grande que nosotros. Dios lo libertó con mano poderosa por medio de diez plagas, y cuando estaba entre el mar y el desierto, ordenó a Moisés levantar la vara y el mar se abrió. También nosotros hemos visto a Dios sacarnos de nuestras esclavitudes, abrir mares y circunstancias, y de repente nos vemos caminando en seco.
Imagina a las familias cruzando, cargando sus cosas, con niños pequeños queriendo tocar las paredes de agua y abuelos asustados. Después, Dios hizo pacto con ellos en el Sinaí, les explicó cómo debía ser su vida y les prometió una tierra que fluye leche y miel. Habían pasado de esclavos a libres, de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida. Habían visto la mano de Dios, su misericordia, su ley y sus promesas. ¿Qué podría salir mal?
Guarda tu corazón
Proverbios 4:23 dice: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida». Otras versiones dicen que el corazón determina el rumbo de tu vida, o que hay que guardar la mente porque es la fuente de la vida. En el desierto no solo iban cuerpos y una historia: iban corazones.
Versículo clave
«Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón.»
Proverbios 4:23
Cuando Salomón escribió ese versículo, la palabra corazón implicaba el alma, el yo. Guardar el corazón es guardarte de lo que sientes y de lo que piensas, de todo lo que pasa por tu cabeza, porque no todo lo que pasa por tu cabeza es verdad. Los sentimientos son referenciales, pero no son fuente de verdad. En el alma está lo que siento y lo que pienso, y de ahí pasa a lo que hago: esa es, en breve, la explicación de la conducta humana. Por eso la Biblia dice: guarda lo que estás interpretando en tus emociones, lo que se ha convertido en sentimiento y lo que estás pensando; no te apoyes en tu propia prudencia. Así terminarás guardando lo que haces.
En la nueva vida en Cristo, el alma tiene que sujetarse, porque no es ella la que determina el rumbo de mi vida: es Dios. Y eso hay que decírselo al alma: «Pensamientos, solo son eso. Emociones, solo son eso. No son ustedes quienes me dirigen. No son mis ideas ni mis opiniones. Ya tengo un guardián que dirige mis pasos, y no soy yo».
Dios al centro y Dios adelante
Números 10:33-34 relata que partieron del monte de Jehová camino de tres días, y el arca del pacto iba delante de ellos buscándoles lugar de descanso. Esa es la novedad de la vida en Dios: ya no tienes que ir tú adelante. Si pones al Señor adelante, el caos de la vida se ordena; si Dios no va adelante, todo es caos. Su presencia siempre busca un lugar de descanso para nosotros. Eso era nuevo para ellos, porque los esclavos no podían elegir cuándo descansar. La vida de libertad incluye descanso en el Señor. Y la nube de Jehová iba sobre ellos de día: caminaban con la certeza de que Dios iba con ellos.
Lo primero que tenemos que guardar es el orden nuevo que Dios puso en nuestra vida. Israel acampaba ordenado por tribus, cada una donde Dios decía, y en el centro estaba el tabernáculo. Dios vivía con ellos. Con nosotros es más: no vive con nosotros, sino en nosotros. Pero algo no ha cambiado: Dios tiene que estar en el centro. El centro de tus pensamientos, de tu mundo emocional, de tus decisiones, de tu descanso y de la adversidad. Dios al centro y Dios adelante: esa es la nueva forma de vivir.
Guardarnos de la queja
Números 11:1 dice que el pueblo se quejó a oídos de Jehová, y él lo oyó y ardió su ira, y el fuego de Jehová consumió uno de los extremos del campamento. ¿Te has dado cuenta de cuánto de nuestra conversación diaria es queja? Quejarse es una forma fácil de perder fuerza física y mental. Hay quejas legítimas que se presentan delante de Dios, y libros enteros de la Biblia nos enseñan a hacerlo. Pero esta era una queja fuera de lugar, una queja contra el Señor: contra el mismo Dios que acababa de libertarlos y de abrirles el mar.
Guardarnos de los deseos insaciables
El versículo 4 dice que la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar. Había entre ellos gente que no era del pueblo. El evangelio no discrimina a nadie, pero tienes que aprender a guardar tu corazón, tus oídos y tus conversaciones, y a guardarte de ciertos vínculos. El ser humano por naturaleza imita a quienes lo rodean.
Y dijeron: «¿Quién nos diera a comer carne! Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos; y ahora nuestra alma se seca; pues nada sino este maná ven nuestros ojos». El ser humano es así: se queja porque no tiene qué comer, y cuando tiene, se queja porque no tiene apetito. ¿No era el mismo Dios que acababa de abrir el mar? Habían pasado unos trece meses desde la salida de Egipto, y al corazón ya se le había olvidado.
Versículo clave
«Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde.»
Números 11:5
El deseo puede desviar el corazón. Recuerda a Judas, que preguntó qué le darían por entregar a Jesús. El mismo corazón que ha sido libertado y redimido puede entrar en negociaciones cuando lleva deseos insaciables, porque el alma todavía no ha encontrado en Dios su plenitud.
Guardarnos de la prisa y del menosprecio
El maná era el entrenamiento de Dios para enseñarles a vivir a otro ritmo. Había que salir a recogerlo cada día, y no se podía guardar para mañana, porque guardarlo era poner la fe y el futuro en la provisión y no en el proveedor. Lo que Dios dice, como lo dice, te está haciendo bien. El maná era un entrenamiento para vivir como Jesús nos enseñaría: un día a la vez. ¿Cuánto perdemos por vivir con prisa? ¿Cuánta ansiedad, cuántos ataques de pánico y cuánta confusión vienen porque nuestras agendas están aceleradas? Cuando la agenda está demasiado llena, Dios no está en el centro, porque cuando Dios está en el centro, todo se ordena.
El maná también era fruto del amor, del cuidado y de la provisión de Dios. Antes tenían que trabajar arduamente y sin descanso por su sustento; ahora la provisión venía de las manos de Dios, y aun así decían: «Solo tenemos maná». Guardemos el corazón del menosprecio, de menospreciar lo que Dios está haciendo por nosotros. Confía en que lo que hace en tu vida es lo mejor para ti y en que te está entrenando en esta novedad de vida. Ese es el ritmo de la fe: hoy creo en ti, confío en ti y recibo tu provisión; mañana creo en ti, confío en ti y recibo tu provisión. Enséñales a tus hijos que así se vive.
A veces, cuando insistimos e insistimos y oramos desde nuestros propios deseos, lo terrible es que Dios nos lo conceda, como el padre que, ante un hijo que insiste, termina diciendo: «Haz lo que quieras». Dios le dijo a Moisés que el pueblo tendría carne. «Quiero esta relación, este trabajo, esta puerta abierta, quiero, quiero, quiero», y el deseo se vuelve el centro. En el versículo 19, uno de los más duros de la Biblia, Dios dice que comerían carne no un día, ni dos, ni cinco, ni diez, ni veinte, sino un mes entero, hasta que les saliera por las narices y la aborrecieran, porque menospreciaron a Jehová que estaba en medio de ellos y lloraron diciendo: «¿Para qué salimos de Egipto?».
De eso tenemos que guardarnos: de quejarnos de Dios, de menospreciar lo que hace, de pasar por alto sus lecciones y de volver a poner nuestros deseos en el centro. Confía en que Dios te está haciendo bien. Tu vida está rendida y guardada en las manos de un Dios que te ama, que sabe y que te cuida. Dile a tu corazón: lo que sale, así está bien; lo que no sale, así está bien; quien se queda, así está bien; si alguien se va, así está bien. Que el alma empiece a tener fe en que Dios nos hace bien con todo.
Guardarnos de los recuerdos distorsionados
Ese pueblo hablaba de una historia que no era cierta. La mente es así: empezamos a hablar de los lugares donde sufríamos como si allí nos hubiera ido de maravilla, y por eso queremos regresar a donde Dios ya nos sacó. Romantizamos lo que nos esclavizaba. ¿De qué puerros y de qué cebollas hablaban? Cuando extraño algo en lo que Dios no está, ¿qué cebollas extraño? Rinde tu mente al Señor, porque tus recuerdos no son confiables: la mente recuerda lo que quiere y lo que puede. No dejes que el enemigo te engañe haciéndote extrañar los lugares de donde Dios te sacó ni haciéndote creer que hay vida sin Cristo. «Extraño mi vida anterior». ¿Cuál vida, si estabas muerto? «Antes todo me era claro». ¿Qué claridad, si éramos tinieblas? Lo que pasa es que no estamos acostumbrados a tanta luz. Dios nos está instruyendo en esta novedad de vida y caminará con nosotros hasta que el carácter de Cristo sea formado en nosotros.
Dios jamás abandonó a ese pueblo. Moisés todavía no había bajado del monte con los mandamientos y ya habían roto los dos primeros: no tendrás dioses ajenos y no te inclinarás ante imágenes. Y estaban postrados ante un becerro. Igual que nosotros. ¿Y qué hizo Dios? Decidió venir a vivir en medio de ellos, en el centro. Eso es amor. Lo mismo hizo con nosotros: un día dijo «se acabó», y no vino a vivir con nosotros, sino en nosotros, en el centro de nuestra existencia.
Piensa en la mujer de Lot, que extrañaba el lugar que acabaría con ella. Los ángeles los tomaron de la mano a ella y a su esposo y los sacaron. Ella había salido del lugar, pero el lugar no había salido de ella. Cuando el lugar no ha salido del corazón, uno voltea a mirar y suspira por el sitio donde iba a morir. Dios ya nos sacó, pero hay algo en nuestro corazón que tiene que salir. Si solo leyéramos Números 11, pensaríamos que en Egipto tenían una buena vida. Pero una buena vida sin Cristo no existe.
Lo que sigue en el capítulo es la corrección de un Padre amoroso que no nos va a dejar donde nos encontró. Dios nos ama tanto que no nos deja igual, y por eso su palabra saca a flote lo que hay en nuestro corazón. ¿Qué había detrás de esa queja, de esos recuerdos distorsionados y de ese menosprecio por el maná? El versículo 34 dice que llamaron a aquel lugar Kibrot-hataava, porque allí sepultaron al pueblo codicioso. Cuando el corazón olvida que Dios es el proveedor, que su providencia llena la sed, el hambre, los pensamientos, los vacíos y las ausencias, y que lo primero que proveyó fue salvación y libertad, el corazón se vuelve codicioso. Y de eso me tengo que guardar yo.
Detrás de todo había codicia: «No me conformo; no es suficiente lo que Dios me da». Eso tiene un nombre: desconfianza, que es lo opuesto a la vida de fe. El Señor ya nos sacó de Egipto, pero necesitamos rendirle el Egipto que todavía llevamos dentro, el que nos hace suspirar por todo lo que no es Dios y le dice al alma que hay otra fuente que lo llena todo.
Guardarnos del orgullo y la murmuración
Números 12 relata que María y Aarón hablaron contra Moisés por causa de la mujer cusita con quien se había casado, y dijeron: «¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros?». Todo esto pasaba mientras caminaban en el desierto, y la presencia de Dios nunca se fue de allí. Cuando el pensamiento no persevera en Dios, empieza a perseverar en detalles que no tienen nada que ver, como el origen de una mujer. La mente necesita contenido para funcionar, y el Señor nos pregunta: ¿de dónde sacas tu contenido? ¿De dónde vienen las palabras, las opiniones, las noticias y las irrelevancias que entran en ti?
Decir «¿No ha hablado Dios también por nosotros?» es orgullo, y Dios y el orgullo nunca van juntos. La Biblia dice que Dios resiste a los soberbios. Para resistir a alguien no le das la espalda: te pones enfrente y le dices «hasta aquí llegas». Guardemos el corazón de todo orgullo, de pensar que fuimos muy buenos al cruzar el mar y que ahora tenemos derecho a quejarnos y a exigir.
Y guardémonos de la murmuración, llámala como quieras: chisme, o pasar un dato «para que alguien ore» cuando esa no es la intención del corazón. Aquel que lo ve todo sabe por qué decimos lo que decimos, ante quién y para qué. A veces, en un momento de tristeza y soledad, le reclamamos a Dios que no tiene cuerpo para darnos un abrazo. Pero nosotros somos su cuerpo: la iglesia es el cuerpo de Cristo. La murmuración hiere y mutila el cuerpo de Cristo. Guardemos nuestro corazón y nuestra boca de herir el cuerpo del Señor. Guarda tu boca, tu corazón y tus pensamientos; guárdate de la queja y de la murmuración. Eso nos toca a nosotros, porque el Señor no lo pasó por alto.
Guardarnos de otras voces
También tenemos que guardarnos de otras voces que no sean la de Dios. Cuando murmuro, cuando pienso y cuando siento, tengo que guardarme de mi propia voz; pero hay otras voces que no entienden ni conocen y que también pueden venir. Dios dijo que había una tierra que fluye leche y miel y envió doce espías a reconocerla, a probar primero lo que él les estaba prometiendo. Diez volvieron con un informe terrible.
Números 13:27-28 dice que le contaron a Moisés que habían llegado a la tierra a la cual los envió, que ciertamente fluía leche y miel, y que ese era su fruto: lo que Dios había dicho era cierto. Pero añadieron que el pueblo que la habitaba era fuerte, que las ciudades eran fortificadas y muy grandes, y que también vieron allí a los hijos de Anac. Eso pasa cuando nuestras palabras no están alineadas con lo que Dios dice, sino influidas por las circunstancias y por otras voces. En Cristo hablamos cosas que para otros son locura, como decía Pablo.
Pero hubo dos hombres diferentes. En el versículo 30, Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés y dijo: «Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos». La Biblia dice que Caleb tenía otro espíritu, y ese espíritu distinto es el resultado de una vida rendida al Señor, de una mente rendida, de una boca guardada y de no dejar que otras voces afecten lo que Dios ha dicho. La voz que determina nuestro destino es la de Dios. Las voces que escuchamos pueden contaminar nuestra fe. Caleb no confiaba en sí mismo: sabía que lo que Dios dice, lo hace. Tu voz y las voces de otros pueden decirte algo, pero la voz que determina tu vida y dirige tu camino es la de Dios. Si tu narrativa sobre la vida es mala, estás mirando al lugar equivocado. Esto les pasó a personas que cruzaron el mar Rojo, así que nos puede pasar a todos.
Saca a Egipto de mí
La historia no termina ahí, porque Dios es bueno y fiel. Esa generación dijo que morirían en el desierto con sus hijos, y Dios les respondió que ellos no entrarían por sus palabras, pero que sus hijos sí, porque sus hijos eran de él. Todos los menores de veinte años pasaron al otro lado. Eso significa que la voz de tus padres no determina tu destino: lo determina el Padre celestial, porque los padres podemos equivocarnos. ¿Qué voz te está sacando de la fe y del camino? Volvamos a la voz que un día dijo «te voy a sacar de Egipto», y ahora digámosle: «Señor, saca a Egipto de mí».
Quizá nos hemos quejado o hemos querido volver a una forma de vida que solo nos aprisionaba y entristecía. No te dejes engañar: guarda tu corazón, tus pensamientos y tus razonamientos. Deuteronomio muestra un pueblo distinto: Moisés en la llanura con una nueva generación, y dos hombres, Caleb y Josué. Josué guiaría al pueblo en esa novedad de vida, y Caleb diría, ya mayor, que se sentía con la misma fuerza que años atrás, porque su fuerza tenía que ver con a quién miraba. Tu mente, tus emociones y hasta tu cuerpo pueden revestirse de una fuerza, una claridad y una calma distintas cuando escuchas la única voz que puede dirigir tu destino. La palabra de Dios no cambia: hay una tierra que fluye leche y miel, y la conquistaremos porque Dios lo dijo. Crean, aprendan a ser fieles. Lo que Dios dice, eso es; el maná del día, eso es.
Quien ha pasado mucho tiempo preso necesita aprender de nuevo al salir: nuevas formas de hablar, de sentir y de pensar. Un esclavo no sabe ser libre, pero Dios nos enseña: liberta y entrena nuestros pensamientos, le enseña al corazón a sentir y a la mente a funcionar. El orden de Dios facilita la vida y nos da identidad. Nos vino algo mejor que una tierra prometida: el Mesías prometido, que nos salvó de una vez y para siempre. Él no solo te hace libre; te enseña a ser libre. Y Pablo nos dice que permanezcamos en esa libertad. Guárdate de regresar, de los falsos recuerdos, de las distorsiones que te hacen suspirar por lo que te hace daño y de otras voces, porque eres su hijo: esa es tu nueva identidad, y desde ahí caminamos.
¿Qué te ha quitado la paz? ¿Qué te ha robado la fe? ¿La voz de quién, qué circunstancias, qué actitudes del corazón? ¿De qué nos hemos quejado y qué ha hablado nuestra boca contra el cuerpo de Cristo? Ríndelo delante del Señor y pídele que vuelva a ser el centro de tu vida. Y si no conoces a este Señor que es el guardián de la vida, la puerta está abierta. Puedes decirle: «Te necesito. Te abro mi corazón y mi vida; entra en mis pensamientos. Sé que necesito un salvador: sálvame. Quiero vivir sin prisa y depender de tu provisión cada día. Quiero comer el pan del cielo y beber del agua de la roca, que es Cristo. Te recibo como mi Señor y mi Salvador».


