EN Oración
Serie Rediseño

Siendo moldeados: dejar que Dios transforme nuestro interior

Dios es el alfarero que nos vuelve a formar las veces que sea necesario. Descubre cómo nos moldea con sus manos, con las circunstancias y a través de otros, y por qué el orgullo tiene que morir.

Predicadora
Sofía Bocache
Publicada
Duración
37 min

El deseo de Dios es moldearnos. Siempre está formando dentro de nosotros lo que diseñó desde antes de la fundación del mundo. A lo largo de la vida nos deformamos en el camino, y por eso Dios tiene que volver a darnos forma. Desde Génesis vemos a Dios tomar el polvo de la tierra y darle forma al hombre, y esa sigue siendo su intención. ¿Cómo nos da forma? Hay tres maneras: con sus manos, por medio de las circunstancias y a través de otras personas.

Con sus propias manos

Jeremías 18 dice: «Palabra de Jehová que vino a Jeremías, diciendo: Levántate y vete a casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras». ¿No podía Dios hablarle en otro lugar? Claro que sí. Y Dios nos habla en lo íntimo, en nuestra habitación y en nuestra casa. Pero hay momentos en que espera nuestra obediencia y nos dice: «Ve a donde te envío, porque allí te haré oír mis palabras». Por eso también nos congregamos.

Jeremías descendió a casa del alfarero, y él trabajaba sobre la rueda. Dios está trabajando, y está trabajando en nosotros. «Y la vasija de barro que él hacía se echó a perder en su mano; y volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla». Entonces vino palabra de Jehová: «¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano».

Versículo clave

«Como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano.»

Jeremías 18:6

Dios es nuestro alfarero. Nos hemos deformado muchas veces, y él nos recoge y empieza a darnos la forma que quiere. ¿Cómo es que la vasija se echó a perder en sus manos, si él es perfecto? Quien conoce el oficio sabe que, mientras la rueda gira, cuando el alfarero encuentra una piedrecita o una basura en el barro, tiene que detenerse y tomarse el tiempo, la paciencia y la precisión para sacarla, y ahí la vasija se echa a perder. Así trabaja Dios: tiene que detenerse para quitar esa piedra, porque quiere que la vasija que diseñó llegue a ser lo que él quiere. No importa cuántas veces hayas fallado ni tus errores: Dios te volverá a formar las veces que sea necesario, hasta que seas la vasija que él quiere. Ahí se va toda culpa.

La vida es como ese barro sobre la rueda, siempre en movimiento. Hay veces en que Dios tiene que detenerse porque hubo una herida, una crisis o una pérdida, y te dice: «Voy a detener este movimiento porque tengo que sanarte, rediseñarte y restaurarte; mi amor por ti es demasiado grande para dejarte así». Hay cosas del pasado y errores que cometimos que han querido deformarnos, pero Dios dice: «Estás en mis manos y te voy a volver a formar una y otra vez». Quizá no estás donde Dios quiere, pero él no va a soltar esa vasija: va a quedar como él quiere.

Por medio de las circunstancias

Dios también usa las circunstancias para moldearnos. Jonás 4:5 relata que Jonás salió de la ciudad, se hizo una enramada y se sentó a su sombra para ver qué sucedería con Nínive. Dios preparó una planta que creció sobre Jonás para hacerle sombra sobre su cabeza y librarlo de su malestar, y Jonás se alegró grandemente por ella. Pero al amanecer del día siguiente Dios preparó un gusano que hirió la planta, y se secó. Al salir el sol, Dios preparó un viento solano, y el sol hirió a Jonás en la cabeza, y deseaba la muerte, diciendo: «Mejor sería para mí la muerte que la vida».

Dios le preguntó si tenía razón de enojarse tanto por la planta, y Jonás respondió: «Mucho me enojo, hasta la muerte». Entonces el Señor le dijo que él tenía lástima de una planta en la que no trabajó, que en espacio de una noche nació y en espacio de otra noche pereció, y ¿no tendría él piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde había más de ciento veinte mil personas que no sabían discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?

Jonás estaba molesto porque Dios había perdonado a Nínive y porque el sol era muy fuerte. Para aliviarlo, Dios le dio una planta que Jonás no había cultivado ni cuidado. Así funciona la gracia de Dios: él tiene cuidado de ti aun cuando tú no has intervenido. Muchas cosas que tenemos no las merecemos; son por gracia. Pero Jonás estaba conmovido por una planta pasajera que le beneficiaba a él, y no por la vida de miles de personas que iban a perecer. Muchas veces somos como Jonás: nos conmueve más lo temporal y lo efímero que lo que Dios quiere hacer dentro de nosotros, y nos desgastamos en lo que va a pasar.

A un predicador de noventa y ocho años le preguntaron qué consejo le daría a las nuevas generaciones, y respondió con uno solo: «Todo pasa». La crisis, el momento difícil, el desierto y la confusión van a pasar. Todo pasa, pero lo que Dios está haciendo dentro de ti es eterno. Es la huella de Dios, y nadie te la arrebata. La fe que crece en ti, la sabiduría, el aprendizaje, la madurez y el carácter no pasan. A veces le prestamos demasiada atención a lo pasajero. Dios usó una planta para moldear el corazón de Jonás, y puede usar lo que quiera. Lo importante no es la planta, sino lo que él está haciendo dentro de ti en medio de lo temporal. Cuando diriges tu mirada hacia eso, las circunstancias no te mueven.

Dios estaba volviendo compasivo el corazón de Jonás. Y no lo reprendió: dialogó con él. «¿Por qué te molesta esto?». Dios quiere tener ese diálogo íntimo con nosotros para abrirnos los ojos, para que no nos distraigamos y no pongamos toda nuestra energía en lo temporal. Cuando ponemos la mirada en lo temporal, vivimos cansados y abatidos; cuando la ponemos en lo eterno, sabemos que Dios nos está moldeando conforme a su imagen.

A través de otros

Dios también nos moldea a través de otras personas. Quizá la persona que tienes al lado es la que Dios usa para moldearte; a veces Dios usa a tu esposo o a tu esposa. 2 Crónicas 26:3-5 dice que Uzías tenía dieciséis años cuando comenzó a reinar, y reinó cincuenta y dos años en Jerusalén. Hizo lo recto ante los ojos de Jehová, conforme a todo lo que había hecho su padre, y persistió en buscar a Dios en los días de Zacarías, entendido en visiones de Dios; y en estos días en que buscó a Jehová, él le prosperó.

Uzías salió y peleó contra los filisteos, rompió el muro de Gat, el de Jabnia y el de Asdod, y edificó ciudades. Dios lo prosperó de manera impresionante: tenía gracia, favor y muchas conquistas. Era un hombre de desafíos, de los que no salen huyendo ante un muro porque saben que Dios está con ellos. La Biblia no dice que los muros cayeron, sino que los rompió, y romper es símbolo de conquista. Con la gracia y la fuerza de Dios, es posible enfrentar los desafíos con valentía y romper los muros, a pesar de la oposición.

Pero fíjate: persistió en buscar a Dios en los días de Zacarías, y mientras buscó a Jehová, él lo prosperó. Todos necesitamos un Zacarías: gente con visión, que no nos deja acomodarnos, que nos empuja en fe y que entiende lo que Dios está haciendo y lo que va a hacer.

Pero la historia no termina ahí. El versículo 16 dice que cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina, y se rebeló contra Jehová su Dios entrando en el templo para quemar incienso en el altar. Entró tras él el sacerdote Azarías con ochenta sacerdotes valientes, y se le opusieron diciendo: «No te corresponde a ti, oh Uzías, el quemar incienso a Jehová, sino a los sacerdotes hijos de Aarón, que son consagrados para quemarlo. Sal del santuario, porque has prevaricado». Uzías, con el incensario en la mano, se llenó de ira, y en su ira contra los sacerdotes le brotó lepra en la frente, delante de ellos, junto al altar.

Muchas veces amamos a nuestros Zacarías, los que nos empujan, pero no a los Azarías. Necesitamos los dos: los Zacarías, que tienen visión, y los Azarías, que nos corrigen. Azarías le puso un límite al rey. Necesitamos personas que nos digan «hasta aquí», que nos pongan límites y tengan la libertad de decirnos no lo que queremos, sino lo que necesitamos. Uzías abrazó a su Zacarías, pero rechazó a su Azarías, y le salió lepra en la frente. Hay veces que, por no recibir la corrección, nos sale lepra en la frente.

La lepra en la frente representa nuestros propios pensamientos: formas, patrones y estructuras de pensamiento de las que nadie puede sacarnos. Dios envía a quienes nos dicen lo que necesitamos porque quiere moldearnos. Recuerda al rey Saúl: Dios le envió al profeta Samuel, y no quiso recibir la corrección. Tener un Azarías en tu vida es una muestra de la misericordia de Dios y de que está interesado en moldearte. Todos necesitamos a alguien que nos diga: «Por ahí no es; recapacita; hay un límite».

La lepra en la frente también representa el orgullo, y todos tenemos algún nivel de orgullo. Lo único que detiene la corrección es el orgullo. Uzías nunca más se levantó: murió leproso. Podemos decirle: «Señor, no quiero lepra en mi vida. Te rindo todos los patrones de pensamiento y todo orgullo».

Cuando murió el orgullo

Isaías 6:1 dice: «En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo». ¿Por qué Isaías menciona a Uzías? Porque su visión comenzó cuando Uzías murió. Hasta que no muera el orgullo en nosotros, no podremos ver los cielos abiertos ni todo lo que el cielo tiene a nuestro favor. Hasta que Uzías no murió, Isaías no vio al Señor sentado en su trono. Hay un Uzías que tiene que morir en nosotros para ver lo nuevo de Dios y caminar con cielos abiertos. Es mejor decirle: «Señor, aquí está mi lepra, aquí está mi orgullo; límpiame y sáname», que quedarnos con ellos y perdernos las bendiciones y el diseño de Dios.

Versículo clave

«Vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime.»

Isaías 6:1

Cuando Dios seca el arroyo

Hay temporadas en que llega un cansancio y un desgano que no son habituales en nosotros. Le preguntamos a Dios qué está pasando, y hay silencio. A veces Dios nos lleva a un punto de quiebre, porque hay cosas que tiene que cambiar. Nos volvemos adictos al éxito y a vivir en la cima, pero no todo el tiempo se florece. Hay árboles que florecen en una temporada y en otra están secos; no han perdido su propósito, están en una pausa. Ver las redes de otros no tiene nada de malo, pero no compares tu vida con la de otros, porque cada persona tiene su propio proceso.

Lo que parece agotamiento puede ser que Dios está secando tu arroyo para prepararte para una nueva temporada. Recuerda al profeta Elías junto al arroyo de Querit: tenía agua, y los cuervos le traían pan y carne. Estaba cómodo. Pero el arroyo se secó, y Dios lo envió a Sarepta, donde le pidió agua a una viuda. Hay momentos en que Dios seca tu arroyo para provocar una nueva sed y una nueva hambre, y llevarte a lo nuevo que tiene para ti. Si tu arroyo se ha secado y te sientes desgastado sin entender por qué, no te preocupes: puede ser Dios preparándote para la siguiente temporada.

Lo que se usa se renueva. El aceite viejo se pone rancio, el vino viejo se echa a perder y el fuego no dura para siempre si no se le echa leña. Dios trae fuego nuevo, vino nuevo y aceite nuevo. Esa incomodidad te va a llevar a buscar a Dios como nunca. Es fácil cuando el arroyo está ahí y los cuervos traen el pan; pero Dios despierta una nueva sed para que te levantes y busques, porque lo que antes funcionaba ya no funcionará en la nueva temporada.

Puedes decirle a Dios: «Señor, te entrego mi lepra. Te rindo el orgullo, la necedad y la obstinación. Perdóname, límpiame y trae libertad. Quiero caminar con cielos abiertos y entrar en lo nuevo que tienes para mí». Y si quieres recibir a Jesús, puedes orar: «Señor Jesús, gracias por tu paciencia y por darme vida eterna. Gracias por morir en una cruz por mis pecados. Hoy te recibo como mi Señor y mi Salvador. Entra y gobierna mi vida».

Referencias bíblicas