En la Biblia vemos a Dios rediseñando. Cuando destruyó la tierra con el diluvio, rediseñó el mundo, y a partir de Noé y su familia comenzó algo nuevo. Quizá Dios ha visto tu vida, de dónde vienes y cómo se repiten en tu familia ciclos y patrones, y quiere hacer en ti un rediseño que marque a las siguientes generaciones: romper ciclos, patrones de conducta y todo lo que nos lastima y nos detiene. Donde hay transformación, hay avance: en lo personal, en el matrimonio y en la familia.
Proverbios 16:1 dice: «Del hombre son las disposiciones del corazón; mas de Jehová es la respuesta de la lengua». Dios es dueño de todo, pero hay algo que nos toca a nosotros: disponer el corazón. Disposición significa preparar, ordenar, disponer. Necesitamos decirle: «Señor, quiero que mi corazón sea como un lienzo en blanco donde tú hagas lo que quieras, le pongas color a mi vida y dejes tu huella para siempre».
Volver a ver
Lo primero que Dios quiere dar es vista. Quiere quitar toda ceguera espiritual y correr los velos, porque muchas veces no estamos viendo como necesitamos ver. En Juan 3:3, Jesús dijo: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios». El cristianismo se trata de eso: de un rediseño. Quizá sufriste en tu niñez o algo te marcó, pero necesitas nacer de nuevo para poder ver el reino de Dios: su gobierno, su cultura y su propuesta, cuando dejamos que sea él quien nos guíe, nos dirija y nos hable. Nos urge que Dios nos quite toda ceguera espiritual.
Versículo clave
«El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.»
Juan 3:3
En el evangelio de Juan hay siete señales de Jesús, y siete es número de plenitud. La sexta está en Juan 9:1-7: «Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo. Dicho esto, escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego, y le dijo: Ve a lavarte en el estanque de Siloé (que traducido es, Enviado). Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo».
Jesús vino a dar vista a los ciegos, y no solo de una ceguera física, aunque también la sana, sino de la ceguera espiritual. Cuántas veces, en lugar de ver lo que Dios quiere que veamos, nos enfocamos en lo malo, lo adverso, las tormentas, lo que no tenemos y lo que nos falta. Dios va a quitar muchas escamas de nuestros ojos para que tengamos claridad. A veces solo vemos nuestra propia opinión, lo que pensamos, sentimos y analizamos, y nos perdemos lo que Dios quiere mostrarnos.
No sabía que necesitaba ver
Este ciego no es Bartimeo. Bartimeo clamaba: «Hijo de David, ten misericordia de mí», y cuando Jesús le preguntó qué quería, respondió que recobrar la vista. Este ciego no pidió nada: nunca había visto la luz y no sabía que necesitaba ver. Así hay mucha gente. No sabe que se puede vivir de otra manera, porque es lo único que conoce, ni sabe que necesita que Jesús le dé vista. Creemos que lo que aprendimos en casa, lo que vimos y lo que nos enseñaron es la única manera de vivir. Pero hay una buena noticia: no lo es. Dios quiere mostrarte otra manera de vivir: la suya.
Hay gente que no puede tener gozo si no es por medio del alcohol, porque es lo único que ha conocido. Pero Dios te dice: «Quizá eso viste y eso aprendiste, pero te voy a quitar la ceguera para que conozcas otra manera de vivir, contigo y con los tuyos». Hay una historia de unos hermanitos adoptados: sus nuevos padres les prepararon un gran banquete, y los encontraron escondidos en una esquina con los bolsillos llenos de comida. Les tuvieron que explicar que no necesitaban esconderla ni robarla, porque había una mesa servida para ellos. Era lo único que conocían. Dios te quiere enseñar a vivir con libertad, con gozo y con plenitud.
Mateo 6:22-23 dice que la lámpara del cuerpo es el ojo: si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. En los ojos se puede ver si hay luz u oscuridad. Necesitamos ver, porque por falta de visión caminamos en oscuridad, sin saber que hay otra manera. Por eso lo primero que Jesús nos da es luz. Donde hay luz hay vida, avance, plenitud, gozo y alegría; donde hay oscuridad, hay muerte. Necesitamos recuperar la vista.
Versículo clave
«La lámpara del cuerpo es el ojo.»
Mateo 6:22
Dejar de buscar culpables
Los discípulos preguntaron quién había pecado, el ciego o sus padres. Como seres humanos tenemos una tendencia a buscar culpables, y empieza desde Génesis, cuando Adán le dijo a Dios: «La mujer que me diste». En aquella época, cuando alguien nacía con un defecto, pensaban que él o sus padres habían pecado. También nosotros, cuando hemos vivido cosas difíciles que nos marcaron, lo primero que buscamos es al culpable.
Pero Jesús respondió: «No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él». Muchas cosas que has vivido no son para que busques culpables, sino para que el poder de Dios se manifieste en tu vida. Siempre preguntamos quién tiene la culpa de lo que quedó marcado en nuestro interior: ¿quién tiene la culpa de ese abuso, de ese rechazo, de ese abandono, de esta adicción, de esta ira, de esta falta de perdón? La respuesta de Jesús no es buscar culpables, sino quién se hace cargo. Y él dice: «Yo me hago cargo. Yo me hago responsable de ti».
Cuando dejamos de buscar culpables, entendemos que Jesús nos dice: «Yo me hago cargo de ese abuso y de lo que viviste. Yo me hago responsable de lo que te lastimó y te hirió». El amor de Dios se responsabiliza y nos rescata una y otra vez. Cuando Dios te dice que él se hace cargo, esa ceguera empieza a sanar.
Saliva, lodo y obediencia
¿Cómo lo hizo Jesús? Con saliva y barro. Jesús hizo varios milagros con saliva: escupió y tocó la lengua de un sordomudo, y sanó; en Marcos también sanó a otro ciego con saliva. La saliva representa el poder divino, y el barro, nuestra humanidad: nuestra naturaleza, nuestros errores y defectos. Cuando lo divino se mezcla con lo humano, sucede algo poderoso que sana nuestros ojos. Es la intervención de Dios. Él te dice: «Yo me hago cargo y te quito la ceguera. Meto mi mano en tu humanidad, en tus errores, tus debilidades, tus pecados y tus faltas, y traigo vista a tu vida».
¿Dónde fue sanado el ciego? No fueron las aguas las que lo sanaron. El poder estaba en la saliva mezclada con el barro. Pero había algo que Jesús no iba a hacer por él: le dijo que fuera a lavarse al estanque de Siloé, que significa Enviado. Dios espera de nosotros obediencia y fe. El Señor quiere intervenir en tu vida y quitar la ceguera, pero te toca caminar hasta el estanque y lavarte. Eso no lo hace Jesús por ti. El ciego fue obediente, y las aguas lo limpiaron porque Jesús se lo había mandado, pero el poder ya había obrado desde que el lodo tocó sus ojos.
Todos necesitamos un Ananías
A veces somos necios. Saulo tuvo a su Ananías, y todos necesitamos uno. Deja de buscar gente que siempre te diga lo que quieres oír y no lo que necesitas, que alimente lo que tiene que morir en tu vida o que te adule para quedar bien, en lugar de decirte: «Esto no está bien; quizá tú no lo ves, pero yo, desde afuera, sí lo veo». Dios levanta Ananías que imponen las manos para que se caigan las escamas de los ojos. Aprende a reconocer a los Ananías de tu vida, porque son necesarios, y a veces son los más cercanos, en tu propia casa.
La vida en Cristo no se trata de hacer lo que yo quiero cuando yo quiero, sino de dejarme gobernar por Dios, recibir a sus mensajeros y recibir lo que me incomoda. Si quieres una comunicación saludable con Dios, deja que él toque temas incómodos, porque toda comunicación sana necesita mensajes incómodos. «¿Por qué me dicen eso?». Porque Dios te lo quiere quitar. Cada vez que te envía un Ananías, te está enviando al estanque a lavarte.
Nadie debería vivir ciego toda la vida, no porque Dios no tenga poder para sanar, sino porque uno no quiso. Uno puede decidir quedarse con el lodo toda la vida aunque el Señor ya quiso sanarlo, porque no quiso ir a lavarse, porque prefirió quedarse con el orgullo antes que rendirlo a los pies de Cristo, porque prefirió el lodo antes que reconocer que necesitaba un cambio. Dios va a llegar a áreas muy profundas. Deja de buscar culpables. El Señor dice que él se hace cargo, porque el que paga tiene derecho, y él pagó en la cruz del Calvario y tiene derecho a tomar lo que es suyo.
Recibe su milagro
Dios quiere quitar toda ceguera. Basta de vivir como se nos da la gana, porque la propuesta de Dios siempre es mejor. Jesús es el Enviado por nosotros. A veces creemos que el pecado hiere a Dios, pero es a nosotros a quienes hiere. Dios ama al pecador, pero aborrece el pecado. ¿Qué sientes al ver a un niño sucio, ciego y encadenado? Así nos ve Dios, porque somos sus hijos, lo que más ama y aquello por lo que dio su vida en la cruz. Y nos dice: «¿Por qué te estás haciendo daño, si quiero enseñarte otra manera de vivir y tengo planes de bien para ti?». El pecado no afecta la pureza de Dios, pero sí nos destruye a nosotros.
Dios quiere quitar toda cadena, toda venda, todo velo y toda ceguera; todo lo que nos limita, nos paraliza, nos ensucia y nos roba el deseo de vivir y la esperanza. Su amor es tan puro y suficiente que nos limpia y trae gozo y libertad. Lo único que te pide es que recibas su milagro. No te acusa ni te condena: te dice que él se hace cargo de esa violación, de ese abuso, de ese abandono. Te has pasado la vida buscando culpables: por qué te abandonaron, por qué te dijeron lo que te dijeron, por qué te rechazaron, por qué te golpearon. Jesús te dice hoy: «Yo me hago responsable. Yo estoy a cargo de lo que te pasó».
Si quieres recibir su luz, puedes orar: «Señor Jesús, perdóname por vivir lejos de ti y por no reconocer que necesito tu luz. Hoy te pido que entres en mi corazón y seas mi Señor. Gobierna mi vida y enséñame. Gracias por la vida eterna y por tu sacrificio en la cruz».


