La familia es un diseño maravilloso de Dios: tanto la familia de Cristo como el núcleo de cada hogar. Dios sueña con las familias. Y no solo se trata de que tengas sueños para tu familia, sino de que tu familia se convierta en el sueño de Dios.
No hay excusa para no soñar
Quizá eres viudo o viuda; quizá estás separado o divorciado; quizá crías solo a tus hijos; quizá fuiste abandonado y creciste en orfandad. Desde que llegaste a Cristo, no hay excusa para no soñar con una familia en él. «Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá». Si el dolor fue grande porque un padre o una madre te dejó, Dios no te ha dejado. Él restaura, transforma, da nuevos comienzos y sana.
Versículo clave
«Aunque mi padre y mi madre me dejaran, Con todo, Jehová me recogerá.»
Salmos 27:10
Cada etapa tiene su plenitud. Hay mujeres que, viudas desde hace años, dicen con gozo: «En esta etapa mi esposo es Jesús, y mi familia está en la iglesia; me siento realizada». Dios hace en cada uno lo que necesita. Si estás solo, no lo estás: bienvenido a la familia de Cristo.
En una generación corrompida, Dios encontró a un hombre que caminaba con él: Noé. Y por ese uno, salvó a toda su familia. Quizá hoy eres el único creyente de tu casa. Sigue creyendo por los tuyos: verás el fruto de tu fe. Pasa de generación en generación la adoración, la fe, el propósito y el amor. Deja el «yo» y piensa en «nosotros»: Dios provee y tiene planes para tu familia.
Haz espacio a la presencia de Dios
«Y estuvo el arca de Jehová en casa de Obed-edom geteo tres meses; y bendijo Jehová a Obed-edom y a toda su casa». Obed-edom ni siquiera estaba en los planes humanos, pero sí en los de Dios. Abrió espacio, y Dios bendijo su casa y todo lo que tenía. Todo empieza en casa, y luego alcanza la ciudad. Cuando abres tu casa para reunirte con otros a estudiar la palabra, la ciudad llega a tu hogar.
Hoy el Señor no solo te visita: habita en ti y en tu familia. ¿A qué le estás abriendo espacio en tu hogar? No se trata de religión, sino de una relación con Dios. Donde su presencia se manifiesta, no hay nada que no pueda ser restaurado, transformado o sanado. Que tu familia sea anfitriona de la presencia de Dios, con un altar continuo en casa, con las manos de Marta y el corazón de María, trabajando en equipo con los dones que Dios les dio.
Un niño que crece viendo a su padre orar, y orando con él, aprende a amar la presencia de Dios. Dios le dijo a Abraham: «Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar… Así será tu descendencia». Dios quiere glorificarse en tu descendencia.
Si el Señor no edifica la casa
«Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia». Dios no te está diciendo que va a poner los bloques y el cemento: eso lo haces tú. Pero si él no está, todo será en vano.
Versículo clave
«Si Jehová no edificare la casa, En vano trabajan los que la edifican; Si Jehová no guardare la ciudad, En vano vela la guardia.»
Salmos 127:1
Puedes levantar casas, empresas y patrimonios. Pero lo que edificas no puede responder por ti ni por tus generaciones; solo Dios puede. Las construcciones pasan; Dios y su palabra permanecen. No pierdas años de esfuerzo en algo que no podrá darles a tus hijos lo que solo Dios les puede dar.
El afán está atacando a las familias: queremos tener más y construir tanto, que no dejamos que Dios nos construya a nosotros. «Basta a cada día su propio mal». El Padre alimenta a las aves y viste a los lirios del campo; confía en él. Trabaja con esfuerzo, sí; pero no dejes que el afán te robe el tiempo para bendecir a tu familia. Ese tiempo no lo recupera ningún dinero.
«Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores; pues que a su amado dará Dios el sueño». Dios da descanso a los suyos.
«He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre. Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud. Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos». Tus hijos no son una carga que te distrae del trabajo: son la herencia que Dios te confió. No llegues al final del camino diciendo que lo que construiste fue en vano porque nunca le abriste espacio a Dios, porque te afanaste tanto en lo temporal que olvidaste lo que permanece para siempre.
Una familia comprometida con su palabra
«Por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano… Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes, y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas». Una casa puede tener sala, comedor y áreas sociales impecables, y no tener un lugar donde se escuche la palabra de Dios.
En el libro de los Hechos, a los seguidores de Jesús se les llama discípulos, y el nombre de cristianos aparece pocas veces. Entonces, entre los discípulos había que buscar a un cristiano; hoy, entre los cristianos hay que buscar a un discípulo. Dios no te llama a cumplir un horario ni una liturgia, sino a ser discípulo de Jesús en tu casa, en tus conversaciones y en tus decisiones.
Llena tu casa de recordatorios de su palabra: «Dios bendice esta casa y a todo el que entra en ella», «Cuenta tus bendiciones», «Esfuérzate y sé valiente», «Yo y mi casa serviremos a Jehová». En los días de frustración, esas palabras te devuelven la mirada a lo bueno que Dios ha sido contigo y a lo que Jesús hizo en la cruz.
Tus hijos te ven. Verán tu adoración y tu compromiso con la palabra cuando la vives en medio de tus defectos. Pablo le escribió a Timoteo: «trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice». Si eres la primera generación de creyentes en tu familia, estás comenzando algo nuevo. No te avergüences del Señor, aunque algunos te rechacen.
Los hijos quieren ser como sus padres; y tú, para ser mejor, buscas ser como Jesús. Así se levantan generaciones benditas: niños que crecen en el altar y no en una religión, que aprenden a orar junto a su papá y a su mamá, y que saben que el día del Señor es para escuchar su palabra y adorarlo en familia.
Riqueza, libertad y generaciones
Eclesiastés habla del mal de quien lo tiene todo y no puede disfrutarlo. Disfrutar lo que Dios da es un don que no se compra. Puedes tener poco en la mesa y tener el gozo del Señor: eso es riqueza. No cambies el amor por comodidades. No trabajes solo para tus hijos: invierte en ellos. Suple sus necesidades, no solo las materiales.
Dios quiere familias libres, no familias que viven de apariencias y esconden un pecado sin resolver. Habla con quien tengas que hablar para traer libertad a tu hogar. Cuando el dinero ya no pueda sanar ni libertar, Dios sigue esperando por ti. Lo que construyas con él no será en vano: será glorioso, con generaciones que lo adoren.


