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Serie Sueña

Sueños que transforman: cómo saber si tu anhelo viene de Dios

Todos soñamos, pero no todo anhelo viene de Dios. Un sueño de Dios te acerca a él, bendice a otros además de a ti, y es transformado por Jesús en algo más grande. Zaqueo, Nehemías y Simón Pedro lo descubrieron: lo más importante no era lo que tenían, sino su relación con Dios.

Predicador
Raúl Rosenberg
Publicada
Duración
52 min

Todos hemos soñado. Soñar es anhelar, desear, planificar, imaginar. Un sueño debe llevarte a una meta y mostrarte hacia dónde caminar; un gran anhelo es el punto de partida de una gran conquista. Dios todavía da sueños a quienes están dispuestos a creerle. Él lo transforma todo para mejor: tu matrimonio, tu relación con tus padres, tu trabajo. Y también puede transformar tus sueños en algo más grande.

Muchas veces nos preguntamos: «¿Este deseo viene de Dios? ¿Esta relación, este emprendimiento, este trabajo?». Hay tres preguntas que te ayudan a discernir si tu sueño está alineado con lo que Dios quiere para ti y tu familia.

1. ¿Tu sueño te acerca a Dios?

Si lo que anhelas te aleja de Dios y de su palabra, no viene de Dios, porque uno de sus principales sueños es estar cerca de ti. Ningún padre sueña con que sus hijos no quieran hablarle ni tengan tiempo para él. Un sueño de Dios tiene como objetivo acercarte a él.

«Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad. Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico…». No era un cobrador cualquiera: era el jefe. Quizá de joven soñó con eso: dinero, poder, estatus, joyas. Anhelar prosperidad no es malo en sí mismo. Pero si lo que anhelas te corrompe por dentro y destruye lo que te rodea, no viene de Dios. Si Dios conoce tu futuro y sabe que ese trabajo o esa relación te alejarán de él, ¿qué tan bueno es que lo tengas?

Zaqueo pertenecía a su pueblo, pero servía al imperio romano, y los cobradores solían exigir más de lo debido para enriquecerse. Lo tenía todo, pero su vida no era la de un hombre feliz. Puedes alcanzar muchas cosas sin Dios, pero ninguna podrá sostenerte para siempre. Hay personas que lo lograron todo y descubrieron que eso no era la respuesta.

Zaqueo se enteró de que Jesús pasaba por su ciudad, y decidió hacer algo diferente. Ya no quería seguir viviendo en esa amargura. «Y procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura. Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle; porque había de pasar por allí». Nadie le dio espacio, pero él buscó la manera. No te pierdas la oportunidad de ver a Jesús.

«Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa». Jesús siempre te ve; pero reconocer que él te ve marca la diferencia. Allí, en el árbol, sin joyas ni ropa distintiva, Zaqueo resaltó de entre la multitud, no por lo que tenía, sino por lo que hizo por buscar a Jesús. Su anhelo había cambiado: ahora quería que Jesús lo viera.

Versículo clave

«Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.»

Lucas 19:5

«Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso». La gente murmuraba: «Ha entrado a posar con un hombre pecador». Pero Zaqueo, puesto en pie, dijo: «He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado». Y Jesús le dijo: «Hoy ha venido la salvación a esta casa». La generosidad es consecuencia de la relación con el Padre, no al revés: no puedes limpiar tus pecados sirviendo; pero cuando Jesús entra en tu casa, tu corazón cambia.

Quizá también tú has escuchado que hay una iglesia cerca de tu casa, o un grupo donde se estudia la palabra, o alguien que te puede ayudar a salir del modo de vida que llevas. Haz algo diferente para acercarte a Dios, como Zaqueo. Aunque llegues tarde, Jesús te está esperando, y te llama por tu nombre.

2. ¿Tu sueño bendice a otros?

Examina el motivo de tu anhelo. Si solo piensa en tu bendición personal, es difícil que venga de Dios, porque uno de sus sueños es bendecir a todos. Nehemías era copero del rey: vivía en el palacio y tenía todo cómodo. Pero cuando le dijeron que el muro de Jerusalén estaba derribado y sus puertas quemadas, se sentó y lloró, hizo duelo, ayunó y oró.

Las comodidades pueden hacerte olvidar de dónde vienes y quién te dio lo que tienes; la cercanía con Dios no lo permite. Los dones que Dios te dio son para bendecir, no para guardarlos. Nehemías dejó el palacio para cargar piedras en un muro, y lo hizo con alegría. Cuando el muro se terminó, los pueblos vecinos «conocieron que por nuestro Dios había sido hecha esta obra». Un sueño de Dios bendice a muchos y le da la gloria a él.

Pregúntate: si mañana se cumpliera lo que anhelas, ¿quiénes más serían bendecidos? ¿Tu familia, tu iglesia, tu ciudad? Cuando tu sueño incluye a otros, se parece más al corazón de Dios.

3. ¿Dejas que Dios lo haga más grande?

Simón había pescado toda la noche y no había conseguido nada: su esfuerzo había sido en vano. Aun así, Jesús estaba cerca, viendo cómo reaccionaba. Le pidió prestada su barca vacía para enseñar desde ella a la multitud. Esa frustración, llevada a la orilla donde está Jesús, se convirtió en el lugar donde él habló.

Luego le dijo: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón respondió: «Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red». Y encerraron tal cantidad de peces que su red se rompía. Jesús no se detiene en tus quejas, pero honra tu obediencia. Aunque nadie te lo agradezca y todavía no veas frutos, él ve tus esfuerzos.

De Simón a Pedro

Al ver el milagro, Simón cayó de rodillas ante Jesús: «Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador». Pero Jesús, que conocía su valor y su llamado, le cambió el sueño: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres».

Versículo clave

«y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres.»

Lucas 5:10

«Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron». Ya no era solo Simón el pescador: era Pedro. Quizá la persona que eres hoy no puede sostener el sueño que Dios tiene para ti, y por eso él quiere transformarte. No necesita que todo te funcione; necesita que le creas. Nuestro llamado es hacer discípulos, y participar del sueño de la salvación es el mayor sueño que podemos vivir.

Entrega tus sueños a Jesús

Piensa en aquello que crees que te haría feliz. Zaqueo, Nehemías y Pedro entendieron, por su relación con Dios, que lo más importante no era lo que tenían. Acércate a Jesús con valentía, sin importar lo que piensen los demás: ábrele tu corazón, tu casa y tus anhelos. Presenta tus sueños al Señor, para que él los alinee con su voluntad y los transforme en algo más grande de lo que imaginabas.

Referencias bíblicas