Todos nos cansamos. «Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen». Por más joven y fuerte que seas, cuando llegan los momentos difíciles, tu condición física no basta para sostenerte. Pero hay una fortaleza que nunca falla: la fortaleza de Dios. Es inesperada, porque llega justo cuando creías que ya no podías más.
La paz es un arma de guerra
«Jehová dará poder a su pueblo; Jehová bendecirá a su pueblo con paz». Cuando la fortaleza de Dios está en tu vida, hay paz. En medio de tu cansancio y tus aflicciones, acercarte a Dios te da una fuerza que nada ni nadie más puede darte.
Versículo clave
«Jehová dará poder a su pueblo; Jehová bendecirá a su pueblo con paz.»
Salmos 29:11
Solemos imaginar al Dios de paz como alguien tranquilo y distante. Pero la Escritura dice: «Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies». La paz no es debilidad: es un arma. Por fuera todo puede estar desmoronándose, y por dentro tener una paz que solo Dios da. La paz no es la ausencia de problemas, sino la presencia de Dios en medio de ellos. Problemas y adversidades habrá; pero Dios estará allí.
Imagina cómo queda el enemigo cuando, después de una semana difícil, sigues adorando a Dios, escuchando su palabra y creyéndole. Seguiste de pie un día más. Eso ya es una victoria.
Cuando todo se derrumba, pregunta qué sigue
David llegó agotado de la batalla y encontró Siclag quemada, su familia y las de sus hombres llevadas cautivas, y a su propia gente hablando de apedrearlo. Cuando lo que más quieres es descansar, no siempre puedes. David pudo preguntar: «¿Por qué a mí? ¿Por qué no a otro?». Pero «David se fortaleció en Jehová su Dios».
Y en lugar de preguntar por qué, preguntó qué seguía: «¿Perseguiré a estos merodeadores?». Y Dios le respondió: «Síguelos, porque ciertamente los alcanzarás». Esa pregunta lo cambia todo: dejas de mirar la herida y comienzas a mirar el propósito. No pierdas el tiempo sintiéndote la mayor víctima; acércate a Dios confiadamente y pregúntale: «¿Qué sigue?».
Dios no arrebata tu corazón; te lo pide. No te obliga a tener paz; te dice: «Acércate. Soy el Dios que todo lo restablece. Aunque esté en cenizas, puedo devolvértelo todo y hacerlo nuevo».
El cansancio no puede ser tu excusa. Hay quienes siempre están cansados: de no tener hijos, y luego de tenerlos. Todos nos cansamos. Si esperas estar al cien por ciento para seguir avanzando, te quedarás estancado. Dios consuela, pero también desafía. Cuando das un paso más, aunque estés agotado, la fuerza sobrenatural llega en el camino. David y sus hombres, cansados, alcanzaron al enemigo y recuperaron todo.
¿Dónde buscas tu fortaleza?
«Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza». No en tu fuerza, sino en la suya. Tu esperanza descansa en quien tiene un poder inagotable, por siempre y para siempre. El problema no es cansarte; es dónde buscas tus fuerzas. No es pecado estar agotado. Lucha, aunque estés cansado, porque en la lucha llegará la fortaleza.
«Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes». Cuando combinas el poder de Dios en ti con las armas que te ha dado, puedes permanecer de pie después de la batalla. Y la armadura está hecha a tu medida.
Versículo clave
«Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.»
Efesios 6:13
Estás en una guerra real. El enemigo te quiere a ti, a tu familia y a tus generaciones, y será sutil. Lo primero que buscará es agotarte, para que dejes de adorar, de congregarte, de aprender, y para que confíes solo en ti mismo. Por eso el afán es una trampa. Hay quienes no pueden desconectarse ni un momento, ni siquiera mientras escuchan la palabra de Dios, porque llegaron a creer que ellos son el proveedor de su hogar. Pero tú eres solo el instrumento por medio del cual el verdadero Proveedor se manifiesta.
El día de reposo era un día de confianza en Dios. Hoy nuestro reposo es Jesús. Descansar en él es un acto de fe: quizá pierdas una oportunidad por no contestar un correo, pero no pierdes el principio de confiar en Dios. Hasta Dios reposó el séptimo día; no te pide algo que él no haya enseñado. El enemigo quiere que estés agotado para que pierdas la alegría.
Guarda tu corazón y sé constante
La armadura incluye la coraza de justicia, que protege lo más vital: el corazón. «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida». Si no lo guardas, se endurece tanto que la palabra ya no puede entrar, y la palabra es lo único que puede levantarte. Por eso quien vive amargado siempre está estancado.
Cuida también a quienes amas. Fortalecer a un hijo en Dios es mejor que consentirlo, porque un hijo que solo ha sido consentido no sabrá enfrentar la adversidad. Enséñale a buscar a Dios en lo difícil.
Lo que llamamos el «de repente» de Dios nace de la constancia. Pablo y Silas, azotados y encarcelados, cantaban himnos a medianoche, y de repente hubo un terremoto y se abrieron las puertas. Ese «de repente» venía de una vida constante en Dios. No es una emoción pasajera, sino un proceso. A Dios le agrada la gente esforzada: tú te esfuerzas, y él te da la fortaleza.
No renuncies
No renuncies a tu propósito, a tu llamado, a lo que Dios te dijo, a los sueños que puso en ti. En Getsemaní, Jesús llegó a un cansancio tan profundo que su sudor era como grandes gotas de sangre. Oró: «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». No renunció. «Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle». Esa es la fortaleza inesperada: cuando decides no abandonar, Dios envía la fuerza que necesitas.
Eliseo, enfermo de muerte, seguía fuerte en el espíritu. Le dijo al rey Joás que tomara el arco, abriera la ventana y disparara, y que golpeara la tierra con las saetas. Usa lo que ya tienes en tus manos. Joás golpeó solo tres veces y se detuvo, y el profeta se enojó: debía haber seguido hasta acabar con Siria. No te detengas antes de tiempo.
Una victoria que Dios ya te dio
Cada uno tiene su propia Siria, un desafío que lo detiene: una adicción, una falta de perdón, una decepción. Esta semana, en lugar de hacer la lista de lo que te falta, enumera las armas que ya tienes: el yelmo de la salvación, la espada de la palabra, el escudo de la fe, el poder de Dios en ti. Dispara, sigue golpeando la tierra, y no renuncies hasta que Dios diga. La victoria ya te fue dada.
Referencias bíblicas
- Salmos 29:11 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Romanos 16:20 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Efesios 6:10 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Efesios 6:13 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Reyes 13:14 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Corintios 15:54 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


