EN Oración
Serie Fortaleza

Mi debilidad, mi fortaleza: cómo Dios transforma lo que le entregamos

Una cosa es saber que tienes debilidades y otra reconocerlas delante de Dios. Él no te las quita: espera que se las entregues para convertirlas en fortaleza y testimonio. Su gracia te basta, porque su poder se perfecciona en tu debilidad. Pasa del modo débil al modo fe: tienes un lugar en la mesa del Rey.

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Solemos pensar que las debilidades son simplemente malas, algo que Dios dejó en nosotros por error. Pero no es lo mismo saber que tienes debilidades que reconocerlas. En el momento en que reconoces tu debilidad delante de Dios, él comienza a usarla para traer un cambio maravilloso en tu vida. Quizá no has visto ese cambio en años porque nunca le entregaste esa debilidad. A partir de hoy puede ser distinto.

La luz del justo y la oscuridad del que tropieza

«Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto. El camino de los impíos es como la oscuridad; no saben en qué tropiezan». La diferencia no está en tener o no tener debilidades, sino en lo que haces con ellas.

Versículo clave

«Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, Que va en aumento hasta que el día es perfecto.»

Proverbios 4:18

Piensa en tu cuarto a oscuras. Como lo conoces, puedes levantarte de noche, rodear la cama y volver sin tropezar: sabes dónde está cada mueble. Pero en un hotel desconocido, a oscuras, avanzas con miedo, temiendo golpearte el pie contra algo. Así vives cuando no reconoces ni entregas tu debilidad: caminas a oscuras, con incertidumbre, y tarde o temprano tropiezas. Cuando la entregas a Dios, lo que antes te hacía caer, gobernado por él, se convierte en algo fuerte y grande.

Siempre tendrás debilidades, y Dios no te las va a quitar porque espera que se las entregues, para hacer de ellas una fortaleza y de tu vida un testimonio que lo glorifique. Si usas tu debilidad para Dios, tu vida será como la luz de la aurora que va en aumento. Si la usas para dejarte llevar por el pecado y la tentación, tu vida será oscura y tropezarás. Puedes ser débil, pero fuerte en la fortaleza de Dios.

Debilidades que glorifican a Dios

Cuando cambias en un área donde antes caías, quienes te conocen lo notan: «Algo le está pasando». Si no tuvieras debilidades, ¿cómo sabrían que Dios está obrando en ti? Gracias a que eres débil puedes mostrarle al mundo que tienes un Dios que, a pesar de lo malo, hace una fortaleza en tu vida. Si llegaste con muchas debilidades, bienvenido: eres el candidato que Dios busca para mostrar que él existe y que transforma a cualquiera que le entregue su debilidad.

Pero Dios solo toma lo que le entregas. Si tú no reconoces tu debilidad, aunque otros la vean, Dios no podrá hacer nada con ella. Pedro le prestó su barca vacía a Jesús, y vino la pesca milagrosa. Un niño puso sus panes y sus peces en manos de Jesús, y vino la multiplicación. Un pollino sirvió para la entrada a Jerusalén. Todo lo que pones en sus manos, él lo usa, también tu debilidad. La debilidad puede ser para destrucción o para bendición: depende de la decisión que tomes. Lo que el enemigo usó para destruirte, Dios lo puede usar para fortalecerte.

Bástate mi gracia

Pablo tenía un aguijón en la carne, una debilidad cuya naturaleza no conocemos con certeza: algunos piensan que era una enfermedad de los ojos, otros, algo distinto. Lo que sí sabemos es que tres veces le pidió a Dios que se lo quitara, pensando que sin él sería un hombre mejor. Y Jesús le respondió:

«Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad». Dios no le quitó el aguijón: le dio algo mayor. Su gracia es suficiente.

Versículo clave

«Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.»

2 Corintios 12:9

La gracia es la fuerza y la obra del Espíritu Santo en ti. Por eso, cuando llegue la debilidad, corre al Espíritu Santo y pídele que tome el control. ¿Dónde se perfecciona el poder de Dios: en tu fortaleza o en tu debilidad? Donde hay una debilidad entregada, habrá una obra de Dios que se perfecciona. Tu carne no es tu enemiga: puede ser el lugar donde se manifiesta el poder de Dios.

Pablo respondió: «Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo… porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». Antes pedía que se la quitaran; ahora se gloriaba en ella, porque entendió que allí reposaba el poder de Dios. Cuando pases por momentos de quebranto, de problemas económicos o en tu matrimonio, en lugar de entristecerte, adora: en medio de esa debilidad experimentarás la gracia y el favor de Dios. Un día te dirán: «Te veo cambiado; ¿qué hiciste?». Y podrás responder: «Le entregué esa debilidad al Espíritu Santo». Una debilidad transformada pone en evidencia que Dios existe.

Puedes decirle hoy: «Señor, gracias por esta debilidad, porque ya no la voy a esconder. Te la entrego. Que sea el lugar donde se vea tu poder». Lo que antes te avergonzaba puede convertirse en la historia que otros necesitan escuchar para creer que Dios también puede cambiarlos a ellos.

La fe suple lo que tu debilidad no tiene

Hebreos 11 parece un cuadro de honor, pero sus personajes eran personas con imperfecciones y debilidades. Su testimonio no se basó en su conducta perfecta, sino en cuánto estuvieron dispuestos a creerle a Dios. Cuando estás en modo débil, Dios espera que pases a modo fe, porque la fe da la fuerza que tu debilidad no tiene.

Abraham ya era anciano y Sara era estéril. Moisés ponía excusas, y Dios le dio a Aarón como apoyo. Rahab era una mujer con un pasado señalado, y aun así confió en Dios. Dios escogió debilidades evidentes para que no quedara duda de que era él quien obraba. Si lo lograras con tu intelecto o tus fuerzas, la gloria sería tuya; cuando lo hace en tu debilidad, la gloria es de él. No uses tu debilidad como excusa para vivir una vida débil; úsala como la oportunidad para que el poder de Dios se manifieste en ti.

Un lugar en la mesa del Rey

Una debilidad no entregada te hace vivir por debajo de las promesas de Dios: acomodado como víctima o escondido en el orgullo. Naamán era un general admirado, pero bajo su armadura llevaba lepra; fue al reconocerla y obedecer que comenzó su mejor etapa. Mefiboset era lisiado de los pies, y aun así el rey David lo sentó a su mesa como a uno de sus hijos, por amor a Jonatán.

Tú también tienes un lugar en la mesa del Rey, por el pacto que Dios hizo en la cruz. Ninguna debilidad es tan grande que Dios no pueda intervenir. El mayor momento de gloria de Jesús ocurrió en su aparente debilidad: en la cruz anuló el acta de los decretos que había contra nosotros. Hoy puedes venir a él, entregarle lo que te hace tropezar, y dejar que su gracia te baste.

Referencias bíblicas